Abrojos
Nada existe más vacuo que la caricia ausente,
que la boca cerrada, que una mano hacia abajo,
que el vacío es inmenso si es del alma y no siente
y ademas es alegre con gentil desparpajo.
La sonrisa que hiere, la que muerde y se clava
es como de aguijones si mordaz el semblante,
que un insulto se frota y con genio se lava
y la risa sufrida es pesada y cargante.
En tan solo un instante se derriban los muros,
se agosta la florcilla que amaneció dichosa
y se vuelven los días de mil soles oscuros.
Cuando llega el ocaso y la vida es tediosa
y se pierden los brazos que de otrora seguros
son los secos abrojos y una espina de rosa.
Nada existe más vacuo que la caricia ausente,
que la boca cerrada, que una mano hacia abajo,
que el vacío es inmenso si es del alma y no siente
y ademas es alegre con gentil desparpajo.
La sonrisa que hiere, la que muerde y se clava
es como de aguijones si mordaz el semblante,
que un insulto se frota y con genio se lava
y la risa sufrida es pesada y cargante.
En tan solo un instante se derriban los muros,
se agosta la florcilla que amaneció dichosa
y se vuelven los días de mil soles oscuros.
Cuando llega el ocaso y la vida es tediosa
y se pierden los brazos que de otrora seguros
son los secos abrojos y una espina de rosa.
No creo, Salvador, que sea este tu caso. La edad madura (el prólogo de la vejez, seamos claros) ofrece al ser humano atractivos ricos y diferentes. A veces es cuestión de nadar contra corriente, pero ya sabemos hacerlo... Excelente soneto, querido amigo. Un abrazo,
miguel