El poema
A K. I.
El sol del mediodía
congrega con frecuencia
a viejos jubilados
con periódico en ristre,
algún perro salchicha,
gafas de sol, visera
y camisa de rayas,
para observar
las obras de rigor;
analizar andamios,
juzgar alturas,
ver a los albañiles
dejándose el pellejo
o comiendo un bocata.
No es muy distinta
mi forma de integrarme
en el espacio urbano.
Asisto sin ambages
al día a día
que siempre se repite
con cierta diferencia.
Algunas veces
el poema se acerca
con saltos de gorrión
buscando que lo escriba
como quien lanza migas
en la plaza del tiempo
y todo me resulta misterioso.
A K. I.
El sol del mediodía
congrega con frecuencia
a viejos jubilados
con periódico en ristre,
algún perro salchicha,
gafas de sol, visera
y camisa de rayas,
para observar
las obras de rigor;
analizar andamios,
juzgar alturas,
ver a los albañiles
dejándose el pellejo
o comiendo un bocata.
No es muy distinta
mi forma de integrarme
en el espacio urbano.
Asisto sin ambages
al día a día
que siempre se repite
con cierta diferencia.
Algunas veces
el poema se acerca
con saltos de gorrión
buscando que lo escriba
como quien lanza migas
en la plaza del tiempo
y todo me resulta misterioso.