Transcurría el año 1342 a.C., Nefertiti no quería dejar pasar la oportunidad de mirar, le dijeron de su poder y la hora exacta en que se abriría la posibilidad: a las dos de la madrugada tendría que estar ante el receptáculo sagrado del templo. “Un rayo, sólo eso obtendrás”, le advirtió Akhenaton. Rogó sabiduría para entender todo, perseguía un don especial. En minutos de trance, bajo una hipnosis, rezó: “Poderoso oráculo, óvalo de Aton, que dejáis percibir la existencia y su misterios al ser adorado, dime, ¿Cómo se obtiene la felicidad?”. La contemplación le concedió la inmortalidad.