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El silencio es la más afilada de todas,
porque no necesita letras para decirlo todo.
Te deja solo con tu eco,
obligándote a leer entre las ausencias
y a traducir lo que no fue dicho
como si fuera un idioma secreto
inventado por la distancia.
Es una respuesta sin firma,
pero con destinatario claro.
Un punto final que no pidió permiso.
Un adiós sin labios.
Una frase entera que se traga a sí misma.
Y aun así, duele más que un “no”.
Porque el “no” al menos te mira de frente.
El silencio, en cambio, te da la espalda
y se va…
como si nunca hubiera estado.
Sí… hay silencios que abrazan y silencios que desgarran.
Hay unos que son pausa necesaria, y otros que son vacío impuesto.
Pero todos, en algún rincón del alma, dejan eco.
A veces necesitamos ese silencio para sanar,
para escucharnos dentro,
para volver a nacer desde la herida.
Y aunque duelan —porque duelen—,
también nos enseñan a distinguir
quién se queda incluso cuando no decimos nada.
Aquí estoy, sin prisa y sin ruido,
acompañándote desde este lado del silencio.