El camión municipal de la basura pasa los lunes,
todos los lunes de cada lunes que siempre son madrugada.
Los lunes no abro el changarro:
no cocino, no atiendo, no finjo sonreír, sonrío si quiero
y no quiero porque no puedo.
Mis lunes son una extensión de las postreras horas del domingo,
así que tengo resaca o sigo borracho.
Y el camión de la basura pasa sonando su campana,
me recuerda que son las seis menos cuatro de la puta madre del lunes
y me levanto de donde no recuerdo haber dormido
y saco los contenedores ahítos de papeles cagados,
bolsas encintas de bolsas, mugre, polvo y piel muerta,
cartón y vidrio separados, y me saco yo del saco de mi todavía borrachera,
y los chavos del servicio de recolección de basura
vuelcan todo a la batea pegajosa y unas poderosas mandíbulas
engullen mis desperdicios, los de mis clientes,
los de mis gatos, los de mis invitadas ocasionales
en una mezcla homogénea y pestilente.
Y así se van, tan campantes.
Dejan los desperdicios orgánicos, carbono oxidado,
cadáveres nutritivos
que van a dar a la composta
que alimenta estas preciosas buganvilias que esperan el sol
en malteadas
a los lados del zaguán sin enterarse del lunes o del martes.
Los cencerros del camión se alejan rumiando.
Yo me quedo sentado en la acera con ganas de no quedarme.
Borrachera y penumbra se disipan, por supuesto.
Todavía es temprano. ¡Y ya es otoño!
Podría volver a la cama, al suelo o al escritorio,
pero voy por una escoba.
No me barro porque el camión de la basura ya se fue
sin llevarse al lunes, pero volverá el otro lunes
y aquí estaré, ciudadano ejemplar, esperando ansioso.
Son las seis y veintitrés en punto. Otra hora cualquiera.
Aquí sí tengo lugar reservado, como todos.
22 de septiembre de 2025
todos los lunes de cada lunes que siempre son madrugada.
Los lunes no abro el changarro:
no cocino, no atiendo, no finjo sonreír, sonrío si quiero
y no quiero porque no puedo.
Mis lunes son una extensión de las postreras horas del domingo,
así que tengo resaca o sigo borracho.
Y el camión de la basura pasa sonando su campana,
me recuerda que son las seis menos cuatro de la puta madre del lunes
y me levanto de donde no recuerdo haber dormido
y saco los contenedores ahítos de papeles cagados,
bolsas encintas de bolsas, mugre, polvo y piel muerta,
cartón y vidrio separados, y me saco yo del saco de mi todavía borrachera,
y los chavos del servicio de recolección de basura
vuelcan todo a la batea pegajosa y unas poderosas mandíbulas
engullen mis desperdicios, los de mis clientes,
los de mis gatos, los de mis invitadas ocasionales
en una mezcla homogénea y pestilente.
Y así se van, tan campantes.
Dejan los desperdicios orgánicos, carbono oxidado,
cadáveres nutritivos
que van a dar a la composta
que alimenta estas preciosas buganvilias que esperan el sol
en malteadas
a los lados del zaguán sin enterarse del lunes o del martes.
Los cencerros del camión se alejan rumiando.
Yo me quedo sentado en la acera con ganas de no quedarme.
Borrachera y penumbra se disipan, por supuesto.
Todavía es temprano. ¡Y ya es otoño!
Podría volver a la cama, al suelo o al escritorio,
pero voy por una escoba.
No me barro porque el camión de la basura ya se fue
sin llevarse al lunes, pero volverá el otro lunes
y aquí estaré, ciudadano ejemplar, esperando ansioso.
Son las seis y veintitrés en punto. Otra hora cualquiera.
Aquí sí tengo lugar reservado, como todos.
22 de septiembre de 2025
Los árboles viejos y quejosos no van al basurero, Flaco, se quedan por aquí, siempre, escribiendo poemas llorones y geniales.
Abrazo y chanclazo.
Te quiero, Baboso.