El cielo está derramando lágrimas con la brisa.
En su cándido azul se ha perdido una caricia.
Las nubes se confunden con radiantes azucenas,
ayudándole al amor a escapar de su condena.
Esa garúa sabihonda que lento baja y que moja,
se ha ido escondiendo entre el negro de su pelo,
con el ángel violeta que custodia al firmamento
y que ha dejado caer besos para aunar su tormento.
El morado de su aura es embrujo de las huestes,
es la metáfora viva en el estigma de un poema,
con el rojo coral del amor en sus venas
y la espina agitada con la gota de cera
que ha caído del cirio,
adhiriendo a cada pena el sabor que hay en la piel
de los orgasmos de azucenas.
No controla sentimientos, ni reproches, ni a los mismísimos celos;
ni al ocaso que ha paliado su cruento padecer,
porque los besos del cielo le han besado sin querer.
Y un cuarto creciente de luna,
se refleja en el oasis de la sombra del amor;
se envejeció un torbellino del furor de su pasión…
Te pido ángel violeta me concedas el favor
que al caer besos del cielo
dejes los atrape yo.