¿Qué esperáis mi bella dama
de andar cansino y melancólico?
No escucháis acaso las voces
de una atormentada conciencia
cual junque al hierro con cadencia,
hace de su palpitar, roces.
Silentes aullidos en coro
de una fetida moral y ética,
perniciosa y crítica géstica.
En esencia, inexistente oro.