Un rayo de sol se ha alojado en el crepúsculo de una vida.
En un fuerte abrazo ella me cuenta de su partida.
Se perdió en el tiempo entre paisajes y sueños nuevos,
bajo el lustroso brillo que llevaba su pelo negro.
Soy por más afortunado a pesar de tantas penas,
por los miles torbellinos del desierto y tanta arena,
y la avalancha de la fuerza donde corre tormentosa
la sangre roja por mis venas.
Poco antes de morir dijo: “”quiero dejar mi legado””.
Y vislumbró los recuerdos sobre las olas del mar,
contempló en el espejo la bondad infinita que revestía su alma.
¡Terrible sería perder ciertos dones en la vida!.
¡Crepúsculo en el desierto…luz de selva dormida!.
Su alma contemplaba a un sutil rayo de sol,
dejó marcada su huella en la corola de una flor.
Con bombo y platillo quiso declarar guerra al amor,
para arrancarse por fin esa espina del corazón.
Y quiso entre nubarrones aterrizar en el llano,
controlar sola su rumbo y llorar con quien sonriera
ante el iris de sus ojos y sus pupilas soñadoras;
más todas sus ilusiones ya sabe que se desploman,
cuando vuelan los gorriones sobre el jardín de amapolas.
Escucha silbar al viento entre ramos de hojas secas.
Los cedros y los robles sienten venir la brisa desde lo alto en la montaña.
El espíritu de su hada se ha posado en la fontana,
con las gaviotas blancas en el aura de las olas.
En el cielo las estrellas le dan refugio al amor,
exiliando en su canción a la belleza de esa flor.
Se ennegrecieron las nubes con ganas de llorar,
porque su amor aun perdido ha naufragado en alta mar.
Crepúsculo de mil soles, girando junto a su luz,
hará que ella encuentre en la presencia de Jesús
el consuelo de un anhelo soñador,
por aquello que un día fue y que pronto terminó.