Un grupo de armiños floreció en el umbral donde el gallo canta,
ahí por la veta blanca que lleva justo al hastío.
Lirios y narcisos cierran el ciclo de los siglos,
son símbolo de distancia entre el cielo y su sigilo;
y en el negro inmenso las constelaciones,
son vestigio de amor crónico e impío.
Testigo banal, sol de mi existencia,
la aventura ignorante con cruento desprecio,
yace pensativa encarnada en el olvido.
Cayendo rendido el cáliz del lirio,
ha perdido su aroma…ha desfallecido;
de rosa rosado están sus mejillas,
celos en capullo rondan por sus campos,
la espina de un cactus pinchando va la herida,
que ha quedado abierta al sufrimiento indigno.
Desprende la arena fuego que devora,
temor y evidencia de desplomado agravio,
estrago en desecho llevando zozobra,
cerca de la almohada que, aun prisionera,
se aloja en su pecho;
en ráfagas el fuego asola el desierto,
trayendo su espíritu pueril e imperfecto.
Es esta la crónica que estremece al cirio.
Perpetuo tormento de quien amó un día.
Se fraguó el aliento de la llama inclemente
sobre la luz blanca que usurpó la aurora.
Se acabó el penar con la pesadilla.
perdió su espesor el verde del bosque;
un supremo amor medita a la vida
sobre una mentira que de horror fenece.
Languidecen las llamas y se apagan las velas,
jugó con las penas liberto el espíritu…
Ha derramado lágrimas más que cien palabras,
bajo el desacierto que encierra una estela.
Eclosionan las rosas y en ay, ay, los aromas,
donde la canela café y perfumada
atrae a la suerte
…porvenir tortuoso, lúgubre esperanza
cuando se regresa después de la muerte.