¡Se está despertando el cielo!...
¡Hay lágrimas en los pétalos de las rosas!...
Las codornices cantan, las mariposas se levantan.
Un colibrí agita sus alas a la velocidad del sonido,
succionando en un parpadear el néctar de mil flores.
Las abejas en las colmenas van almacenando miel…
Vuelan las gaviotas sobre el campo florecido,
cuando empieza a amanecer;
por la selva un riachuelo entona su melodía
y truchas multicolores van dejando huella fiel
en la corriente tranquila.
Cocoteros y palmeras al final de la pradera, se erigen caprichosos;
en la montaña rocosa una fuente de agua pura, mata la sed del cachorro;
las nubes ennegrecidas aceleran su paso anunciando la tormenta;
se esparcen los temores abriéndole paso a las dudas…
y con ritmo mustio y sereno,
la brisa entrega en cada gota
la penumbra de una vida que agitada no reposa.
Se inclinó el reflejo del sol a lo ancho del lago.
Los rayos de la luna se posaron en la colina,
al fondo de la quebrada…
y aparece de la nada, tu sombra glamorosa y dilatada;
descripción con que descubro las facetas de tus días,
los muchos amaneceres, los tristes atardeceres.
Las espinas talladas con ahínco indescriptible,
adhiriéndose a la piel con burdo afán
cuando tu amordazado corazón se atreve aun a palpitar
y a derramar sangre negra por su ahondada herida.
Las horas van pasando y la lluvia sigue cayendo
con eco embravecido;
el aire susurrante nos lleva hasta el oído,
la breve descripción del amor en sus silbidos,
y en un gracias relevante va y le entrega el alma
al omnipresente cariño que sin pensarlo le ha negado
la calidez de un beso y las caricias que ambiciona
el pistilo humedecido con el sabor de las nubes
sobre el azul-morado de tu agonizante flor.