¡Qué pura es la amapola!.
¡Qué casta es la azucena!.
En el mar de los pesares he ahogado mis penas,
con el rojo que gotea desde dentro de mis venas,
tiñendo la blancura de la nieve tan serena.
Se acabó la inocencia que anidaba dulcemente
en el sabor de sus besos…
Y con ella se ha esfumado entre rimas y estribillos
la nostalgia de mis versos…
Inocencia arrullada en el clamor de un abrazo,
en el cariño callado por tantas dudas ingratas,
en el medio de la bruma que domina en soledad,
a mi alma hecha pedazos por tan burda falsedad.
La dulzura de la niña que adornaba aquel rosal,
es la magia de la luna en arrecife de coral,
cabalgando entre las nubes para abrazarse con el mar,
con las lilas margaritas haciéndole brujería
a las espinas del nopal.
¡Inocencia!...
Ahora vuelas cautelosa
con las alas del pegaso de purpúreo crisol;
vas besando al horizonte perdida en tanto fulgor,
con las gotas de rocío que le dan vida al hechizo
del canto de los bulbules
que fingen felicidad, aunque sus notas claudiquen
en una pasión que arde
de puro llanto doloso
pues su corazón herido por el desdén de la pasión
aun late impetuoso con melodías de amor.