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  1. A Felipe Antonio Santorelli le gusta esto.
  2. A Felipe Antonio Santorelli le gusta esto.
  3. A Azalea le gusta esto.
  4. A Azalea le gusta esto.
  5. Te gusta esto.
  6. Una mirada, no se sienta en un árbol,

    a ver como las nubes respiran bocas

    y espaldas dormidas.

    Una mirada, no se cobija

    con su silencio propio,

    no va a un hotel

    y se despoja de sus ojos.

    Una mirada, no siembra lágrimas

    en la soledad, solo persigue

    turbias ausencias.
    A ti, Felipe Antonio Santorelli y Felixito Omar les gusta esto.
  7. Estanque de soledades


    Estanque de soledades, derribando retamas esta
    la que tanto luce de afrentosa por esa mi careta abnegada,
    es que mi atisbo temerario se acartona en las migas
    de mi ruego último… Y no te he escuchado decir,
    que has regresado, que me quieres la vida devolver
    ¡Oh! Dulce y asesino consuelo.

    Estanque, al corazón mío azorado bordaste
    de anarquía, que en mi alforja guardo mi propia carroza
    para que me lleve a mi providencia…
    Que al cabo puedo presumir de masoquista
    y sentir que jamás te he perdido, ramillete de ensueños.

    Soledad, con tanto desespero brindado, me haces disturbio,
    haces que me vuelque en un cornisa de silencio,
    mi delincuencia mundana… Es haber abierto la boca
    para que me sacaran una isla dormida del alma,
    de mi alma que es, seca hoja.

    Con el tallo sediento del amoroso que soy,
    de ser solitario cadáver no me abstengo porque mi bandada
    de abejas taciturnas murieron en tus labios muertos,
    en esas que yacen, mis ósculos ciegos… ¡Ah! Mi estanque
    de pericias, tu carne que ya no se queja
    y el día que ya no vuelve, quizás por tu culpa,
    quizás por la mía o por las retamas
    con la piel de tu ausencia… Te extraño, gota de rocío
    que entristeces
    A Víctor Mileo y liliana leoni les gusta esto.
  8. Ufana cascada


    Ufana cascada, tu pubis de almíbar sonrosado
    por el jaspe medieval de la tarde que tiembla
    en su condena de caer, de esconderse detrás
    de las montañas ensoñadoras, que se repliegan
    en invierno para parecer marfiles… Caes como tesoro
    a mis ojos que te empuñan, pájaro de oro gigante,
    te vuelves el sol lisonjero como idilio mío.

    Se tuercen los abandonos quiméricos, hace mucho
    que te existo, que me existes, que tu eres de ámbar,
    que yo despierto cuando te asomas por la ventana de hierro…

    Que con el sol te confundo, rubia fantasía de Troya,
    mi suspiro de jade, mi cueva apasionante.

    Tú, racimo benevolente de estrellas,
    mi ser ya enciendes, ritual libidinoso de lujurias.

    Ufano collar de mi alma eres, revuelo de bocas
    buscándose con el corazón abierto por el delirio,
    tú, mí desnudado lirio errante, mi libro perdido
    al final del librero, mi razón y mi monotonía más paralela.

    Intervalo delgado etéreo, llegas como necesidad,
    con tu moral que me asalta con sus manos fervientes…
    y ferviente el rebozar ensalzado, de tu cintura
    constelada, amor, amor.
    A Víctor Mileo le gusta esto.
  9. La celestina


    La trigueña celestina como campánula sonora,
    almidonada la amorosa de su alma que a veces se hace mía
    y del aire juglaresco que dobla a aquel álamo blanquecino
    que juega con el espíritu menudo de tu piel silenciosa,
    y yo me envuelvo entre el páramo y la gala de tu cuerpo,
    muchas veces soy pergamino, te persigo como se persiguen
    los semblantes de los sigilosos, mis brazos se estiran
    como el cuello de las iglesias hasta tu llama viva,
    esa mi dulce y enamorada celestina…
    Tu de lo sutil adoradora, mujer nenúfar, ¡Mucho te amo!...
    ¡Ah mi celestina! Todas mis caricias de ámbar tuyas son.

    Entonces ara, duquesa de la aurora,
    eres dueña de mi bandada de ósculos cristalinos, eres de lino,
    y todos los días de mi vida, entiendo que soy troyano
    que arde en tus portentosos latidos,
    ya tu legado amor, es una marejada colosal,
    ahí donde vuela la ave cítara de color turquesa… Ahí el corazón
    parece gladiador, ahí el corazón y ahí el amor del poeta
    que le escribe a su divina, a esa piadosa estrella de porcelana
    con cutis de luna y boca de plata, que hermosa mi catrina.
    Geisha de la hojarasca y del amanecer púrpura.

    Entonces palideces a tu encuentro con la corona,
    brisa eres y me atrapas en tu memoria
    como el arco a su flecha y el arquero a su presa…
    Y eres vendaval absoluto de la noche, y te vas
    a tu almohada inmensa y duermes como espiga soberana,
    celestina trigueña, celestina amada.
  10. Te traigo jacintos

    Amor, amatista, te traigo jacintos a ti, fina comunión
    con el florido atuendo albino
    de la mágica luna, concebiste pues la venia
    del suspiro diáfano e inmenso
    que se quedara para siempre atrapado en mí,
    como una carta das cabida a que se escriba
    una caricia en tu mejilla…
    Donde he de recoger el arrullo alegre.

    Quédate quieta Natalia, que tienes una mariposa
    en tu cabello de avena, que luces avasalladoramente
    como el amanecer con su azafranado color…
    Exacerbar esa parte ficticia con el murmullo
    del sol efebo, que tu auge de espiga huye
    como engreído a mis brazos pintores.

    Te traigo jacintos de allá de las colinas
    donde hay parvadas melosas de bizantinas hadas,
    y esos pilares de flores son majestades
    que tu corona de reina al campo verde ya piden,
    que eres sutil amatista y yo te traigo jacintos.

    Quédate en los labios que se cimbran enamorados,
    que la noche emigra con su mirada infinita
    como un bajel que despunta del muelle
    que apacienta a mi alma, así tú,
    dulce travesía, duerme en el beso satinado,
    y en el aguijón del viento que fulgurece…
    He de recoger el arrullo alegre, de tu piel.

    Dedicado a Natalia con todo mi cariño.


  11. Sin ti, que albergaras con palmares
    al clavel sereno en las sienes
    del destino, que te posaras a veces
    en lo denotativo de la luna fina.

    ¡Ah! Eres tu, toda mi tristeza,
    la tarde ya no me acoge
    con sus brazos reminiscentes
    ¿Cuando se te acabo el amor,
    Y te fuiste de frente
    con tu artero orgullo de bronce?
    E hiciste añicos al que parecía un cándido porvenir.

    Sin ti, fontana que se dispuso a ser blasona lágrima
    del alud de mis ojos, imprudencia tuya
    que me hiciera llagas, que me volviese hoja bermeja.

    Sin ti, que me albergaras
    en ese vaivén presuntuoso del dulce sarcasmo, sin ti,
    ¡Sin ti! Porque con la entereza
    de hacer tu amor perdedizo… Te alejaste con el estival.