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  1. Te traigo jacintos

    Amor, amatista, te traigo jacintos a ti, fina comunión
    con el florido atuendo albino
    de la mágica luna, concebiste pues la venia
    del suspiro diáfano e inmenso
    que se quedara para siempre atrapado en mí,
    como una carta das cabida a que se escriba
    una caricia en tu mejilla…
    Donde he de recoger el arrullo alegre.

    Quédate quieta Natalia, que tienes una mariposa
    en tu cabello de avena, que luces avasalladoramente
    como el amanecer con su azafranado color…
    Exacerbar esa parte ficticia con el murmullo
    del sol efebo, que tu auge de espiga huye
    como engreído a mis brazos pintores.

    Te traigo jacintos de allá de las colinas
    donde hay parvadas melosas de bizantinas hadas,
    y esos pilares de flores son majestades
    que tu corona de reina al campo verde ya piden,
    que eres sutil amatista y yo te traigo jacintos.

    Quédate en los labios que se cimbran enamorados,
    que la noche emigra con su mirada infinita
    como un bajel que despunta del muelle
    que apacienta a mi alma, así tú,
    dulce travesía, duerme en el beso satinado,
    y en el aguijón del viento que fulgurece…
    He de recoger el arrullo alegre, de tu piel.

    Dedicado a Natalia con todo mi cariño.


  2. Sin ti, que albergaras con palmares
    al clavel sereno en las sienes
    del destino, que te posaras a veces
    en lo denotativo de la luna fina.

    ¡Ah! Eres tu, toda mi tristeza,
    la tarde ya no me acoge
    con sus brazos reminiscentes
    ¿Cuando se te acabo el amor,
    Y te fuiste de frente
    con tu artero orgullo de bronce?
    E hiciste añicos al que parecía un cándido porvenir.

    Sin ti, fontana que se dispuso a ser blasona lágrima
    del alud de mis ojos, imprudencia tuya
    que me hiciera llagas, que me volviese hoja bermeja.

    Sin ti, que me albergaras
    en ese vaivén presuntuoso del dulce sarcasmo, sin ti,
    ¡Sin ti! Porque con la entereza
    de hacer tu amor perdedizo… Te alejaste con el estival.
  3. Ya le has dado la vuelta al mundo corazón,
    que acallas en esa piedra núbil el despecho.

    Cupido es una célula, que en caballo blanco
    echa alegorías fanales como si fuera cazador
    del viento y del beso, de los vitrales marinos y bandoleros
    descifrar a la flecha lanzada con tiranía…

    Con toda mi hambre, tu controversial silabario
    que no tiene herencias, ni Querubines ni narcisos.

    ¡Ah! El amor, un paraje salino como nauta
    que en pos de ser romántico, escarba en el cielo
    su estrofa amorosa y desteñida…

    Pero Cupido no me conoce,
    y soy archipiélago y cóndor surcando párpados
    blasones, son de antaño los corazones
    y sus latidos, son riberas que zumban
    en el apogeo de aquellos días y de estos.

    Esta asunción monarca es pescadora,
    es el corazón que a veces se detiene cuando llega febrero,
    montado en una nube desnuda que se esconde
    en mi alma espumosa, pero los grandes labios del día
    se sacuden en mi barcarola arrugada.

    Es que en las venas de un arco, la sangre es flecha
    que choca con mi sombra enamorada
    y con mi pupila resarcida por el sueño de amar…

    Cupido florido, mi corazón ya le ha dado la vuelta al mundo
    hasta se ha ido a los poros ciegos de la caricia.

    Quiero un tren que a tus pies hermosos me lleve,
    y a ras del suspiro… Soñar que no he soñado.
  4. Julieta


    Julieta, ¡Ah! ¡Julieta! Tu los cantaros que loan,
    que se apilan en la dulce arpa del cielo epilogo,
    eres de mi gris cuerpo, tú, Julieta, eres la veleta
    la insensata amapola que a mis venas les sangras,
    dulce, fresca, como los claveles de la tarde lozana…
    En que te pienso, a ti, pulpa de mi alma solemne.

    Julieta, los amarantos son crisoles, son náufragos
    son riachuelos latiendo en tus pupilas férvidas,
    son estivales y son anémonas forcejeando
    con el viento y es el invierno que cambia de dirección…
    Me gustas, porque emerges de mi última ausencia.

    Julieta, allá están delgadas las estrellas
    y las monotonías, tienes la espalda llena de gloria.

    Los suspiros son cipreses, son un mosaico de silencios
    que se hacen flechas y en tu mundo se encajan.

    Julieta mía, ¡Ah! Julieta, aquí te espero,
    con mis brazos para recoger el lucero que se te cayo
    de tus pechos dormidos en la menguante luna…
    Tu, mujer diáfana, de este alud…
    El amor grande que te doy.
  5. Eres

    Eres, la que en aras haces hincar
    la voz de la colina,
    no te han dicho, que eres eslabón y navío,
    que te sacudes el corpiño,
    allá donde zumban los carrizos.

    Tú, de las gemas eres, haces saltar
    al suspiro que me forjas veleidoso,
    eres mi ambrosía ígnea,
    mi ibis que vuela hasta el pabellón
    amoroso de mí mirada fanal.

    Tú, del tul, de ese que visten
    las estrellas cintilantes, las de linaje somero
    como el Anubis férvido que se imanta
    en tus senos risueños,
    muy llenos, muy llenos de amor.

    Tú ¡Oh razón de ser ondina!
    Eres la mocedad de mi alma,
    eres el diáfano puerto donde la luna
    se hace trenzas de oro.

    Eres, la que en aras haces hincar
    la voz de la colina,
    e interactúas con mis caricias
    de porcelana, matinal corola
    de ojos áureos.