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Rubula dentro de Mundo Poesía

Rubula
Rubula dentro de Mundo Poesía
126 entradas · 6612 visitas
· 1 comentarios · ♥ 0 Poesía Sensual y Erótica
Rubula;4117132 dijo:
Tus ojos se manifiestan; me reclaman.

Emociones sensitivas que proclaman
la calma confiesa.

Con ardor se apresa
entre sábanas que claman
un ansia velada, –pero– ilesa.

Tu mirada me pronuncia. –Apresa–.
Mis labios te beben, calman
tu latir que atiesa.
–O se plasman–.

–Así–, plasman
verdades que atiesa
unos deseos que claman
por tus labios:¡que me beban! –Esas–,
cual latir que atiesa –pero– que reclaman.​
· 0 comentarios · ♥ 0
Rubula;4111009 dijo:
Es por la aventura de llegar amarte
-un "cedo"-.

Un "quedo"
perdido en el eco
de tus pasos hacia mi encuentro
donde me desfleco.

Uno, en donde ahueco
mi "yo" compartido en un encuentro
antaño reseco.
-Un "cedo"-
entre tu "yo", y el mío; un encuentro
ya no tan reseco.

Donde me desfleco
por mis pasos, hacia tu encuentro
perdido en el eco
del "quedo".

-Un "cedo"-;
desvarío entre “un estando" y “un amarte”.
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Rubula;4105523 dijo:
“Cabrón –pensaba para sí.”
Catherine miraba a través de la ventana de su dormitorio pero aunque lloviese como lo estaba haciendo, su atención no recaía en ello ya que su mente vagaba por otros rumbos, en el hijo que llevaba dentro. Con un mes de gestación se hallaba inmersa en un mar de dudas.
Había conocido a Matías dos años atrás en el cumpleaños de su mejor amiga, Ivonne, una noche de julio. Por ese entonces le faltaba una materia para recibirse de Ingeniería. Luego de algunos encuentros no carentes de sexo decidieron irse a vivir juntos al departamento, el de él. Por ese entonces Catherine había estado viviendo en el Campus Universitario.
Si bien la atracción en principio fuera mutua, no todo se dio como ella esperaba.
Si, era cierto, la relación de sexo era muy buena y no faltaba oportunidad para practicarlo, pero luego vino el embarazo.
Un embarazo que Matías no quería.
Por ese entonces, él acababa de egresar del Campus; se había recibido de físico y entre sus aspiraciones era especializarse en cuántica. En su mundo no había lugar para criar un hijo.
Así pensaba.
Pero no habiéndose casado, solo conviviendo, fue que ella quedó encinta.
No se lo esperaba.
Quedó.
Fue cuando empezaron los problemas.
Estando en la cocina, ella acostumbraba a prepararle un suculento desayuno: huevos revueltos, un vaso de zumo de naranja, yogurt con cornflakes y un sanwiche hecho con pastrami y queso. Desayunaban así, incluso con alguna fruta en el medio, luego cada uno se iba por su lado.
Catherine se marchaba para el Campus a temprana hora en la mañana. El por su parte, había adquirido un trabajo de medio tiempo en el Centro Universitario; estando allí y viendo como se desempeñaba, un buen día, ayudado por un profesor logró matricularse en una maestría sobre Física Cuántica.
Ocasión que no desaprovechó.
El quería el Master en esa materia.
–¿No querrías unos niños corriendo por aquí? –una mañana desayunando le dijo.
Ella no solo no tenía ni idea sobre lo que pensaba él sobre la posibilidad de ser padre, menos que menos hablar de como abordar ese tema. Cuando realizó esa pregunta Matías estaba leyendo el matutino, con un croissant en la boca. Casi atragantándose, dejó a un lado lo que comía.
Había quedado mudo.
–No –fue su repuesta.
La sola idea de que Catherine quedase encinta no solo le sentaba mal sino que ni interés tenía siquiera de ser padre. Por lo que siguió leyendo como desechando una mosca molesta.
–¿No? –Se levantó, se giró hacia donde estaba la mesada, se sirvió un vaso de leche cuyo recipiente reposaba sobre la mesada y casi inmediatamente acotó ya más firmemente–: ¿no?
Se sentó y lo miró.
–Estoy con el período –dijo, colocando su mano derecha sobre la de él. Adrede, pues se la apretó, provocativamente, insinuante.
Hacía ya un tiempo que rondaba por su cabeza la idea de ser madre, de procrear. Matías levantó sus ojos y éstos se dieron de frente con los de ella. Fue el momento que toda esperanza acumulada se viniera abajo.
–No es momento Cat –dijo–. No ahora.
Catherine abrió los ojos como platos.
Depositando el matutino sobre la mesa, él agregó:
–Tú no te has recibido; yo apenas tengo un magro ingreso y tú dependes de una beca para terminar tus estudios.
“Carajo con el tío” pensó más para sí misma pues esa repuesta indiscutiblemente la había agarrado
Un un momento de debilidad.
“Pero que pedazo de imbecil”
Aún así, aunque se molestare y pensare que Matías era un cabronazo de primera, un individuo que pensaba en sus propios intereses, no dejó de insistir aunque el tiempo llegó a hacer lo suyo.
Y así pasó.
Este hizo lo suyo.
El tiempo.
Catherine se sentía cada vez más veterana, le faltaba una materia para recibirse, y Matías acababa de adquirir el Master que tanto había ansiado. Fue cuando ella quedó encinta; no de él precisamente; había buscado consejo en el que menos debía: un amor de antaño, uno que a ella lo dejó.
Ahora sin esperarlo, no sabía como decirle a su pareja, pues no quería saber nada sobre el tema que tanto le afectaba.
Eso.
Hasta que se lo dijo.
Ese hecho, la relación con otro estando ya con uno, aunado al acostumbramiento en la pareja, el hastío fue adquiriendo forma. Al principio no se notó, luego fue adquiriendo más incidencia en la pareja. Cada vez fue alejando y enfriando la relación.
Ello se había ido manifestando a través de lo escaso en hacer el amor, pretextos que se imponían cuando alguno de los dos quería algo del otro. Catherine estaba sumergida en un mar de emociones y sensaciones cada vez más proclives a un mal talante, en tanto Matías, más sumergido en su trabajo como físico. Un escapismo.
Ser madre en Catherine, era una idea que se había ido gestando con el transcurrir del tiempo; el evitar ser padre, por temores inculcados o sentimientos no encontrados, hacían de Matías un huraño. Uraño, cuya faceta no se había expresado en su total magnitud.
No hasta ahora.
No hasta que se enteró.
Lo de la infidelidad.
“A joderse tío –pensaba Matías– ¿y es a mi quién critica?”
Matías comenzó a frecuentar ambientes más sórdidos, tan así, que hasta relaciones extramatrimoniales llegaban a consumarse en su propia cama matrimonial, la que hasta ese entonces compartían con Catherine.
“Yo solamente quería un hijo –pensaba ella en contrapartida– y con él, no con Sebastián”
Por otro lado, estaba más inmersa en su trabajo, que si bien era demandante, no lo era tanto como pareciere ser. Ella se demandaba a sí misma.
No quería ver a Matías.
Con Sebastián se conocía de niña. El había vivido a dos cuadras de la casa donde naciera. Cursaron la escuela pública para luego ya siendo adolescentes, su amigo de infancia se ausentase del país. No lo volvió a ver hasta el día que se encontraron en un cafetín.
Nunca se lo había dicho, pero por ese entonces Catherine veía en Sebastián un amigo, no una pareja.
Hasta ese día.
En el cafetín.
De ahí a la cama fue sólo un momento.
Un instante de debilidad.
Por aquello de lo que hubiera podido ser y no fue.
Por querer ser madre y no poder serlo.
Por hastío.
En Matías veía otra cosa: un cabronete. Uno a quien culpar de no querer ser padre y vivir para él y únicamente para él, eso, hasta el día en que:
–Eres un hijo de puta –le espétare en su propia cara– ¡Cabronazo!
–¡Malparida!
Eran palabras que otras circunstancias o se habrían suscitado nunca.
Ahora sí.
Su matrimonio estaba en crisis.
Catherine dio a luz un varón al cual recibió el nombre de Esteban. Inconscientemente le había puesto el nombre del padre de Matías.
El no fue a verla.
Ivonne si.
Ivonne era amiga de niña. Se conocían desde los primeros años de la escuela. A partir de ahí fueron inseparables, hasta pasaron por los mismos cursos y compartían los mismos amigos, entre ellos Sebastián.
“Cabrón”, pensaba para sí.
Con su hijo en manos, sola, un único pensamiento rondaba por su mente.
Catherine miraba a través de la ventana de su dormitorio pero aunque lloviese como lo esta haciendo, divagaba en otro rumbo, hacia su hijo, no en quien alguna vez fuere su compañero, el que se enamoró locamente aquella noche de julio en casa de su amiga Ivonne.
· 2 comentarios · ♥ 0 Microcuentos
Rubula;4101734 dijo:
¿Por qué golpeas? –espetó el clavo enojado–. ¡Matratante!

Nota.
Nanorelato: relato expresado entre 6 a 10 palabras incluido el título.
· 0 comentarios · ♥ 0 Microcuentos
Rubula;4099446 dijo:
¡¡Auchh!!... ¡¡Piedras!!

Nota:
Picorelato: relato compuesto por 3 palabras incluido el título
· 0 comentarios · ♥ 0
Rubula;4098475 dijo:
Cronometrémonos –dijo el reloj–. Es hora: ¡Huelga!

Nota.
Nanorelato: relato expresado entre 6 a 10 palabras incluido el título.
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Rubula;4097736 dijo:
–Gustosilla–, como cerezo lozano
o fruto incipiente.

De andar consistente
de fémina con desgano
suscita –en áquel–, que aún anuente,
deslumbrado cae a sus pies cual insano.

-- oo --

De pelo aciago, –o bien–, al tiempo espartano
oteo, ausente se reconvierte
incubando un existente
deseo malsano.

–Uno–, insano.

–En fragor pelviano–
incubando una existente
presencia, que se autoreconvierte
en un permanente figurín lozano.

-- oo --

Fascinado, ante sus pies recala –insano–,
una presencia vigorizante
forjando un empeño sano.
–Reconstituyente–.

–Un fruto incipiente–.
Gustosilla como cerezo lozano.

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Rubula;4089457 dijo:
Sois como el viento que las dunas moldea;
–una, con su vela extendida–.
Sois como el agua que a los cantos, zurrea.

Sois bramido que puja y se regordea
entre la audacia acongogida
y una gracia rea.

–Sois rea–.

Sois entre vitrea
y lastimera; endurecida
roca, –pujante–, al igual que majadea.

Sois como el agua; a los cántaros zurrea.
La que siendo acero, –ella–, oxida.
Sois como el viento que a las dunas moldea.
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Rubula;4086698 dijo:
–¿Alguna novedad para mi? –dijo al llegar al la Clínica.
La recepcionista, una mujer de mediana edad, elegante en su porte levantó la vista de lo que estaba haciendo, y lo miró.
–Hola doctor –respondió–; los doctores Estefanell y Márquez desean hablar con usted.
–Bien. –Rubinstein propinó dos golpecitos sobre su mesa y se giro hacia la Sala de Reuniones, no sin antes decirle–: ¡Gracias!
“Cuanto hace que no me aparecía por aquí –se dijo–, ¿con qué me encontraré?”
Hizo un ademán con su mano como queriéndose sacar ese pensamiento de su cabeza y acotó para si mismo: “Veremos”
Cuando llegó se detuvo un instante, contó hasta tres, y luego golpeó la puerta que daba a la Sala de los Galenos: la de consultas.
–Adelante –escuchó decir.
“Veamos”, se dijo para si y entró.
El Doctor Estefanell había sido el primero en llegar. Era un hombre de contextura atlética, de mediana edad el cual poseía una especialización en traumatología forense.
Le siguió unos minutos después el Doctor Márquez siendo el último en arribar: Rubinstein.
Los dos primeros habían estado dialogando sobre el caso que tenían entre manos.
Márquez era un hombre pequeño, de pelo morocho y desgarbado. Se había especializado en una asignatura conocida como: diagnóstico psico-forense.
Una reciente especialidad.
–¿Cómo está Doctor? –Estefanell le dijo al tiempo que se estrechaban las manos–. Soy el Doctor Estefanell y le presento a mi colega, el Doctor Márquez.
Hizo un gesto para que se acomodara.
–Un gusto conocerlo –agregó Márquez extendiéndole la mano–, queremos cotejar nuestras impresiones con usted sobre un caso que tenemos en estudio –adujo.
–Bien.
–El caso –dijo Estefanell–, es sobre un paciente que se llama Otto –y rebuscando entre los informes clínicos dijo–: un hombre que al momento en cuestión que arribó tenía unos sesenta y tantos años, de buena contextura.
–Trabajaba como costumbre en el Minimarquet de la Estación de Servicio Shell en la frontera con la República Checa, sobre la autopista que conecta Hamburgo con Dresden –agregó Márquez.
Estefanell lo observo como diciendo: “estoy hablando”, pero dejo que Márquez acotara.
Rubinsteín escuchaba lo que decían y cada tanto hacía un gesto de asentimiento.
–Ya se había cumplido prácticamente el doble horario que tenía asignado en su trabajo –prosiguió–, hacía el recuento de caja y se quería ir a su casa.
Estefanell, hacía un reconto de la historia del paciente.
–Por ese entonces, caía nieve y abundante –complementó Márquez con los dedos encruzados apoyados sobre la mesa que había en la Sala–. Fue cuando llegaron.
–¿Quiénes?
–Dos individuos procedentes de Nassau –terminó la pregunta Estefanell. Márquez observaba–. El instinto le hizo desconfiar pero sólo logró eso. Aún así, oprimió el botón que tenía debajo del mostrador: una alarma silenciosa.
Márquez asentía.
–Fue el momento que una escopeta de caño recortado se posesionó frente a sus ojos –complementó la explicación de su colega. Estefanell hizo un gesto de concordancia.
–Entiendo –asintió Rubinstein– pero, ¿cómo es que terminó en la Clínica?
Y acercó su torso sobre la mesa directamente mirando hacia sus colegas.
–¿Es qué terminó muerto?
Los hombres que tenía delante se miraron un instante y volcaron la vista hacía el invitado, Rubinstein.
Se tomaron su tiempo en responder.
–Según lo que se extrae del parte policial.. –la frase quedó inconclusa.
–Si... –Rubinsteín le hacía un gesto con la mano como diciendo:”Prosiga, lo escucho”.
–Según lo que se extrae del parte policial –prosiguió la frase cortada de Estefanell–, prendieron fuego la estación de gasolina, no sin antes robarle el dinero. –Concluyó Márquez–. Lo mataron para robarle la recaudación.
–Entonces se halla aquí? –dijo el invitado–. Su alma..
El silencio se apoderó de la Sala acayando todo eco de las palabras.
–Su alma.. –Ahora repitió, ya con un tono más contundente: ¿su alma se halla reposando aquí?
–Si –Contestaron al unísono.
–Pero.. –expresaba gesticulando Rubinstein–. ¿Qué queréis exactamente de mi?
Y ya los miraba directamente a sus ojos; fue cuando se recostó sobre el respaldar del sillón.
–Venga.
En medio de colinas verdes y praderas ondulantes descansaba Otto, debajo de la sombra de un gran Ciprés.
El alemán de unos sesenta y tantos años descansaba leyendo un libro. Sobre él, unas hadas movían las hojas del mismo cada tanto y cantaban acompañadas de una melodía de Strauss.
–Buen trabajo señores.
Rubinstein comenzaba a desvanecerse del lugar paulatinamente a medida que el sueño cobraba vida.
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Rubula;4078663 dijo:
Sois la simiente del eterno latido
–subyaciendo–, amodorrada
entre reveses de un prohibido.


Sois cual mezcla de amor asumido
con una antipatía bregada
–que aún apreciada–,
haya huido.


Sois mi nido.


–Nido ido–.
Donde tu luz da
entre reveses de un prohibido.


Sois mi simiente; cual eterno desvaído.​
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Rubula;4068160 dijo:
¡Me matas nena! –pronunció haciendo el amor– y murió.

Nota:
Nano-relato: Relato compuesto entre 6 a 10 palabras incluido el título.
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Rubula;4063106 dijo:
La pieza no poseía nada distintivo, como una ventana, un cuadro adosado a la pared. Nada, a excepción de una puerta.
Vació total: su característica.
Anonadina.
–¡Hey! ¿Qué es éste lugar? –preguntó el visitante–. ¿Tuyo?
Marcos, era un adolescente que no llegaba a cumplir los 17 años, flaco, un tanto desgarbado. Observaba la pieza, en tanto caminaba a través de ella.
“Es nuevo el sitio”, pensaba para si.
–Si –recibió como repuesta–. La acabo de abrir –se giró hacia su visitante y luego dijo–: todavía no se que uso darle.
Andrés, no tendría más de 18 años, también delgado, pelirrojo.
Su dueño.
“Bueno, aquí estoy”, había estado pensando.
Tanto él como Marcos se ubicaron en el centro y comenzaron a mirarla. La sala no decía nada: No tenía nada distintivo, hasta su puerta tenía el color de la pared.
–¿Eres nuevo en esto? –mencionó– digo, porque nunca te había visto por este lugar.
“Que raro se siente ver la sala así –era un pensamiento recurrente desde que había arribado–, ¡vacía!
–Si –respondió sin mirarlo, dándole la espalda en tanto miraba su diseño–, ¿Qué piensas? –fue cuando se detuvo en sus ojos. Se giró.
–Le tienes que poner muebles, pintar un poco –dijo su vistante, Marcos–, no se.. dependerá el uso que quieras darle.
Andrés se dio vuelta sobre si, mirando las paredes, el piso, el techo..
–Talvez una ventana allí –Marcos le señaló una pared–, un artefacto lumínico en el techo..
–Un desván allá –escucharon decir.
Ambos se dieron vuelta, y observaron; una adolescente que acababa de arribar pero había tenido tiempo para escuchar las últimas palabras entre ambos.
–Por cierto, me llamo Ana.
–Yo Marcos.
–Y yo Andrés, bienvenida.
–¿estas mucho en el sitio? –mencionó Andrés; Marcos se había distanciado y comenzado a tocar el relieve de la pared.
Y se giró luego de saludarla.
–Si. Se puede decir que yo vivo aquí –respondió Ana y comenzaba a dar sus primeros pasos por la sala vacía–, necesitas muebles –acotó.
–Es lo que yo le decía recién –mencionó Marcos, tendiéndole la mano–, necesita ser rellenado –y se giró hacia su dueño y preguntó: ¿Andrés, que utilidad piensas darle a tu sala?
“Tengo una sala de Chat”, –se decía hacia sí mismo–. Acabo de abrirla”
Fue cuando se giró.
–No se, acabo de abrirla y ustedes son mis primeros visitantes –adujo–. Quizás.. ¿una sala privada? –y los miró–: ¿qué piensan?
Ana lo desvió y camino hasta el centro, se giro y observó. Marcos y Andrés se quedaron juntos. La miraban hacer.
–No se –dijo–, ¿privada? ¿Y que función cumpliría una sala privada? –fue cuando sus ojos se posaron en ellos..
“Humm..” –dijo para si Andrés–, buena pregunta”
Marcos observaba la escena.
–En principio –dijo para que los escucharan–, una sala donde podamos conocernos, opinar e intercambiar ideas –a lo que agregó ya mirando a ambos de cerca: conocernos, luego se verá. –y concluyó: Luego si se da el caso de modificar algo, lo pondríamos a consideración. ¿Estáis de acuerdo?
–Vale –dijo Ana.
–Bien –Respondió Marcos–, ¿pero si has de hacerla privada te convendría ponerle seguridad?
–¿Seguridad?
–Si –acotó Ana– los internautas acostumbramos a ir de aquí y de allá y si no tuviera seguridad.. –fue cuando ella lo miró: lo que dijéramos en la Sala, no sería tan privado, ¿no crees? –Los cuerpos de ella y Andrés, su dueño, casi se entrechocaron.
–Por cierto, si la Sala ha de seguir abierta –acotó Marcos– habrá que ponerle un nombre.
Andrés lo quedó mirando: “tiene razón”, pensó.
–¿Qué les parece “Los chicos del interior” –Mencionó locuazmente Ana– yo soy habitué de “Las Chicas de Alejandría” –y se detuvo un momento y en ello quedó.
“¡Que bien! –Se decía para si Andrés, su dueño–, hace apenas unos minutos no sabía que haría aquí y ahora no sólo soy dueño de una Sala sino que tiene una aplicación gracias a éstos visitantes”
–¡Humm! –se dio vuelta por la sala y se detuvo ante ellos–: ¿alguien de ustedes sabe de seguridad?
–Yo –Dijo Marcos. Soy estudiante de Ingeniería.
–Yo algo, pero fugazmente.
–Bien –y los miró–Marcos me has de ayudar con eso de la Seguridad –y la miró a Ana–: esta bien “Los Chicos Sanduceros” ¿ok Ana?
Ella lo miró haciendo un gesto de aceptación.
–¿Y la clave? –dijo ella–: ¿Cuál sería?
“¿Clave? –Se preguntó Andrés– ¡Cuánto me falta aprender!"
Meditando un instante los observó y luego respondió:
–Paysandú ¿Qué os parece?
–Vale –acotaron ambos.
–La próxima vez que nos encontremos estará el sistema de seguridad instalado, acuérdense de la clave. – y antes de irse acotó: ¡No entrarán!
–Si –recibió como repuesta, quedando solo en medio de la Sala.
“Se puede poner interesante” pensaba para si..


--- 00 ---​


La realidad.
Andrés era hijo de una familia pudiente de la capital. Hijo único, cuyo padre era un alcohólico y su madre no se preocupaba de su instrucción. Andrés era un rebelde. Había tenido algunas entradas en el Juzgado del menor por rapiña e intento de violación.
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Rubula;4054784 dijo:
¡Petrificado! .. ¡Diablos!

Nota:
Pico-relato: Relato compuesto entre 3 a 5 palabras incluido el título.
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Rubula;4049205 dijo:
¡Muñecota mía!

Nota:
Pico-relato: Relato compuesto entre 3 a 5 palabras incluido el título.
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Rubula;4049120 dijo:
Fuego que socava el alma; incinerante

llama que cual si lava al interno

consume. Sofocante, traumatizante.



Grito que al alma inculpa ser tremulante;

una pujanza confraternó.

En olvido se cernió

una cita vacante.



Arrogante.



Una subyugante

llamarada se alternó

entre, el abucheo del interno

y la conciencia desatendida: andante.



Fuego socavando el alma. Dominante.

llamarada concienzuda; eterno

ser odioso. Ser impermeabilizante.​
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Rubula;4036572 dijo:
Comenzaba a amanecer en el Golfo, aún así la noche persistía. Sobre el horizonte se perfilaba la figura del portaviones. Desde la barandilla de babor de la fragata que lo acompañaba, se le veía como una figura que lentamente iba cobrando vida.
El Sargento Hernández, no dejaba de observarlo cada vez que podía. Era su lugar favorito dentro de la fragata. Cada vez que terminaba su ronda, gustaba de ir allí, fumar un marlboro y estar solo con sus pensamientos. Estando en ello, vislumbró el despegue de dos aviones de caza.
“Ahí van dos F22 Raptor –pensaba-. Fueron diseñados por Lockheed Martin para la USAF durante la guerra fría, para hacer frente y "competir" contra un supuesto caza ruso de última generación que jamás fuera construido.”
Nunca dejaba de maravillarse del poder de ellos.
“Pueden llevar a cabo todo tipo de misiones –se decía a si mismo-. Desde ataque aire/aire, aire/tierra, guerra electrónica, derribar misiles de crucero enemigos, volar largas distancias a velocidades supersónica.”
No dejando de fumar los veía levantar vuelo. En su mente. Pues lo que veía era la estela que surcaba hacia los cielos sobre la costa de Los Emiratos Arabes Unidos.
”Esto es lo último en tecnología –pensaba mientras los observaba-. Evitan todos los sistemas de radar gracias a su tecnología Stealth”
No sólo era acompañado por una fragata, sino por un Barreminas, claro éste último iba delante, muy delante del Portaviones.
“Gringos”, pensó el comandante del submarino irani.
Adnan había nacido en Shiraz. Hijo de un general iraní y –de haber seguido existiendo– una princesa persa. Su nombre: Jameela.
Adnan hizo su carrera militar en la Academia Militar de Teherán, de donde se graduó como oficial. Había sido Agregado Militar de la Embajada Iraquí con sede en Washington he invitado en varias ocasiones, a cenas protocolares en la Casa Blanca. Por ese entonces corría el período de Bush hijo.
Hacía tan solo cinco días que habían cerrado el Golfo de Omán, entre por un lado Khasab, en los Emiratos Arabes Unidos y Bandar –e Abbas, en la costa de la República Islamita.
Fue un domingo que se decidió actuar. Fecha patria: La muerte de Jomeini.
En medio de la celebración nacional se informó al pueblo iraní sobre el cierre del Golfo de Omán. En más de una ocasión El Mossad y su contraparte la CIA habían incursionado en Iran. Operaciones camufladas bajo la apariencia de operaciones no autorizadas. La última vez, antes del cierre, fue en Bushehr, hogar de la Armada y Centro Técnico.
Hasta ese entonces, el petróleo iraní había seguido fluyendo, a pesar de todo el esfuerzo por poner a Irán en una celda petrolera.
No pudieron.
Un grupo conformado por marines americanos e israelitas, habían incursionado en dicho lugar. Procedentes de un submarino apostado a varias millas de dicho centro portuario. Seis seals y tres de Logística e Inteligencia del Estado Hebreo desembarcaron furitivamente, atacando dos fragatas que en ese entonces se hallaban en reparación a horas de poder zarpar.
Lo que en principio había sido marcar la zona para un eminente ataque, se convirtió rápidamente en ataque literalmente.
En ese proceso fueron muertos dos seals y un israelita. Los otros lograron huir.
Eran lo que estaban esperando.
La oportunidad y momento adecuado para el cierre.
Ya se habían dado situaciones donde uno u otro bando capturasen al otro. No, como en esta magnitud, no como ahora donde dos fragatas iraníes terminaron fondeadas en el puerto.
Si. Se dieron encuentros con los americanos pero eran golpear y huir. Lanchas rápidas pasaban, unas ráfagas de uno u otro lado y seguían el curso de los acontecimientos. Los petroleros proseguían su curso a través del Golfo de Omán.
Ahora ya no.
Cinco días de eso.
Los F22 Raptor surcaban los cielos. Obama era de nuevo el presidente de los estadounidenses. Su última campaña se vio bajo la sombra de una inminente guerra. No alcanzó Irak, Afganistán. No. Se necesitaban más, ya que había que acallar la opinión del pueblo americano. Silenciar, y si había que inventar un nuevo conflicto, pues un nuevo surgiría. Y fue lo que aconteció.
El malo ahora: Irán.
Los buenos: Los Estados Unidos de Norteamerica y Compañia.
Uno de los puntos de la campaña electoral había sido ¿Qué hacemos con los iraníes?
Ahora ya sabían.
Hacía tres, que Teherán recibía la visita de los tomahawk. Dos misiles lograron su cometido entre la marea de antimisiles que habían instrumentado los estadounidenses. Sólo dos. Uno en Jerusalén, otro en Dubai.
Nuevo armamento.
Nueva tecnología.
Otras tácticas mismos halcones.
“Gringos”, pensó el comandante del submarino irani y se preparó a atacar.



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Rubula;4033948 dijo:
¡Callad! ¿Es qué os no dais cuenta, flasheado?

¿Esnifa o estrella? Da igual.

¿Enganche drogata?

Lonchado.

¿Estar mamucado

o mismo, os sirve el mandangal?

Cercenad esa voz; dejadlo. ¡Gatazo!​



Nota del argot usado.
Pasota: Indolente, indiferente.
Flasheado: aquel que sufre alucinación producida por la droga (flashear).
Esnifa: El que inhala cocaína o heroína.
Estrella: LSD en forma de estrella.
Enanche: Estado de dependencia de drogas.
Drogata: Consumidor habitual de droga.
Lonchado: Aquel consumidor de cocina (lonchar)
Mamucado: Aquel que consumió cigarrillo de Hachís o Marihuana.
Mandangal: Sitio donde se consume marihuana (mandanguero).
Gatazo: Es aquel que vende droga de mala calidad.
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Rubula;4031855 dijo:
–Pero, ¿quién te pensas que soy? –dijo–. ¿Una cualquiera? –Y mostrando su cólera acotó–: ¡Enfermo!
Fue el momento en que sin pensar me tiró un florero que pude esquivar apenas, el cual terminó escarchándose contra la pared.
“¡Carajo con esta loca!”, pensé al tiempo que me tapaba la cara a consecuencia de los escombros.
–¡Loca, pará! –le grité–. ¡Pero que.!
Quedé mudo, cuando la vi tirar por el balcón de un doceavo piso, mis pertenencias.
–¡Pedazo de una anormal! –mencioné– Pero que.. –Y ya sin entender ese cambio brusco de actitud, fue cuando el golpe no demoró en hacerse notar. Claro, en medio del caos reinante no me percaté de ello.– Loca no. Locasa. –Acoté queriendo terminar la situación a como diera lugar.
La había visto horas atrás en un club nocturno sobre la rambla. Habíamos dialogado, reído, tomados unas copas, y luego..
–¿Entrás? –Había dicho ella, invitándome a su departamento.
Entre un beso y otro, vino la música melódica. Fue cuando la quise abrazar de atrás, más, evitó todo contacto riéndose.
–Servite un trago –me dijo desviando el abrazo– ahora vengo, me voy a poner más cómoda.
“¡Vaya! –Pensé en ese momento–, ¡si esta rebuena la piba! –Y para reafirmarme me dije para mis adentros–: ponete cómodo, que ésta se te da”.
No fue así.
Luego de otras copas y unos cigarros, entre besos y arrumacos, terminamos en el dormitorio.
“Pero, ¿a quién estoy tratando de convencer? –Si fue la piba la que, cerrando la puerta me despojó la camisa–. De hierro no soy”. Pensamientos.
“Si entre esa forma de moverse, el vaivén de su trasero, y su cintura, era para volver loco a cualquier cristiano. ¡Joder!” Otros pensamientos.
Hicimos el amor –¡y vaya como!–, pero cuando quise..:
–No. Por detrás no –respondió secamente.
–Pero querida –le dije melodiosamente–; Si.. –en una mera actitud de galán.
Su proceder cambio.
–Pero, ¿quien te pensas que soy? –dijo–. ¿Una cualquiera? –Y mostrando su cólera acotó–: ¡Enfermo!
Fue el momento en que sin pensar me tiró un florero que pude esquivar apenas, el cual terminó escarchándose contra la pared.
No se como salí de ahí. Pero lo hice. Una anciana que asomaba su cabeza, luego de escuchar su griterío me vio.
Mi gesto fue elocuente.
–¡Hay diosito mio! –ella mencionó cerrando de golpe su puerta. Lo hizo, no sin antes peregrinarse tres veces y pronunciar unas “avesmarias y demás”.
Un taxista se apiado de mi, no sin antes haberle tenido –claro–, que dejarle el rolex a cambio del aventón.
“¡Carajo con esta piba –me dije para mi después, ya estando en la comodidad de mi casa–. Loca no. Locasa”.
· 0 comentarios · ♥ 0 Poesía existencial
Rubula;4026275 dijo:
Fuego que socava la voz del interno.

Agridulce melodía del averno;
incesto, drogadicción.

Callad la voz; abducción
por la fuerza bruta.
Violación.
Felación
cual si ésta, tributa
la retroalimentación.

Incesto, drogadicción;
agridulce melodía del averno.

Fuego que socava la voz. Desgobierno.
· 1 comentarios · ♥ 0 Microcuentos
Rubula;4022936 dijo:
–No tengo todo el día –dijo–. Hace frío –Miro para un costado y luego hacia el otro. La carretera estaba vacía. Fue cuando acotó–: Crucemos.
–¿Usted vio lo que pasó? –Mencionó el Pavo Real, micrófono en mano.
–Si yo lo vi –mencionó el venteveo, estando posado en la rama del único árbol en la zona–. Los zorrillos estuvieron un rato sin animarse a cruzar. –Y para reafirmar terminó expresando al noticiero–: Unas luces de la nada aparecieron y como tal, desaparecieron. Al igual que el ruido de algo como un motor. –Concluyó–. Caput. Muerte por aplastamiento.
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