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Robsalz — Blog

Robsalz
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- ¿No ha llegado el hombre a quien le lancé el beso?

- No – dije de manera natural.

- Qué raro, debió haber regresado.

- Pues imagino que no es cierto eso de que vienen y van – a Lucrecia pareció sorprenderle que el hombre no hubiera vuelto a la floristería.

- Seguramente es casado y es completamente fiel a sus principios.

- Eso debe ser.

Las flores de mi casa ya se habían marchitado, ni siquiera quedaba el aroma, se había esfumado. Deborah tiró el ramo tan pronto como se secó, no dio tiempo a que me despidiera de aquel detalle tan lindo que habían tenido para mí.

En cuestiones de romance yo no tenía muchas expectativas, después de los años de matrimonio, ya no esperaba que Alejandro fuera detallista, eso simplemente no iba a pasar nunca, a él no le importaba conquistarme, es como todos los hombres, cuando se casan, creen que la mujer debe mantener el interés simplemente porque sí, como si el matrimonio fuera un motivo ideal para que el romance desapareciera del mapa. También estaba pendiente la cena para celebrar los quince años de Gabriel, por fecha cumple el lunes, pero decidimos celebrar la cena el domingo, no invitó a ningún amigo a la cena, dice que eso de invitar gente es para las mujeres. Así que me tocó a mí buscar alguien más aparte de nosotros cuatro para cenar.

De esa manera, le dije a mis padres y a los de Alejandro, a Angélica, Cristina y Lucrecia. Mis padres tenían otro compromiso, la vela de uno de sus amigos, muerto por un paro cardiaco, por lo que pasarían a dejarle un regalo temprano al festejado. Yo luciría mis dotes de cocinera, el menú incluía arroz blanco con maíz dulce y zanahoria; carne de res en salsa, ensalada de lechuga con tomates y aderezo, un postre a base de gelatinas y un queque de chocolate que Deborah se encargó de decorar con crema chantilly y melocotones.

Angélica había estado ayudando con la carne, llegó temprano para evitar que el estrés se adueñara de mi cabeza (como si nunca ocurriera), así aprovechamos para hablar sobre el embarazo de Cristina y otros chismes que estaban a la orden del día.

- Menos mal que ustedes son sus mejores amigas – nos recriminó Alejandro – ¡líbrame, Dios!

- Precisamente por eso – le contesté – porque somos sus mejores amigas, nos preocupamos por ella.

- Yo creo que ya está bastante grande – añadió.

- No, Ale – le dijo Angélica – parece grande, pero es como una niña. Bueno, creo que esta comida está riquísima. Si me permiten voy a robar su ducha por unos minutos para estar presentable para la cena.

Entonces recogió su ropa, la llevó al dormitorio principal y se metió a la ducha, mientras Alejandro y yo terminábamos de preparar la cena. Casi de inmediato tocaron a la puerta, era Cristina, con mejor aspecto que la última vez que la vi en la floristería y detrás de ella, a pocos pasos venían los padres de Alejandro, que saludaron y se sentaron en la sala a ver televisión, luego llegó Lucrecia, para completar la lista de invitados al agasajo.

La cena estaba a pocos minutos de servirse, el queque, esperaba en media mesa, con quince pequeñas velas, Gabriel había ido a su cuarto para ponerse una ropa más decente que la que llevaba puesta (pantaloneta de fútbol y camiseta sin mangas). Angélica se sentía tan cómoda en casa, que dejó su ropa encima de la cama matrimonial, en nuestro dormitorio que está junto al baño. Y eso no habría significado nada, Alejandro estaba conmigo, pero había un pequeño detalle, Gabriel estaba ahí, observando la ropa interior de Angélica, husmeando.

- ¿Qué haces? – preguntó. El muchacho dio un brinco del susto, se quedó callado y sin decir nada, giró hacia donde estaba ella, de pie bajo el marco de la puerta, cubierta con una toalla - ¿qué haces? – y se recostó a la pared.

- Nada – respondió él, dándose cuenta de que había sido pillado.

- Me parece que haces algo.

Y entonces, hizo algo que sacó a Gabriel del guion, algo que el muchacho no preveía como posibilidad. Desvió su mirada hacia el pasillo, todos estaban en la sala o en el comedor, solo ellos dos estaban en el segundo piso de la casa.

- ¿Quieres ver la percha? – le murmuró, y acto seguido dejó caer la toalla. Gabriel estaba inmóvil, como estúpido mirando el cuerpo desnudo de ella, que se giró para que él terminara de conocerla. Sucedió lo obvio, Gabriel tenía la pantaloneta hinchada, era la primera vez que estaba con una mujer desnuda frente a sus ojos.

Entonces Angélica miró al muchacho y advirtió la situación en que él se hallaba, se colocó la toalla, se acercó a él que estaba frío debido a sus emociones y le habló.

- Anda – dijo colocando su mano sobre el hombro del muchacho – ve y te desahogas en tu cuarto, porque eso… - y señaló la pantaloneta – no lo vas a liberar en frente mío.

Gabriel no pudo mirarla a los ojos, estaba ido mirando la toalla que la cubría, ella la entreabrió y volvió a cerrarla, apenas para que él pudiera verla de prisa. Luego se acercó al oído del muchacho y le dijo:

- Feliz cumpleaños.

- Gracias – logró responderle él en medio de tartamudeos. Entonces salió, mientras que ella cerró la puerta para vestirse. Después de ese día, en dos ocasiones intentó Gabriel que se repitiera la escena, pero ella se negó, dijo que aquello había sido su regalo de cumpleaños y en caso de repetirlo, dejaría de ser especial.

También hubo otro detalle, no menor, en esta escena. Deborah estaba en su dormitorio, con la puerta entreabierta y observó todo lo que sucedió, sin perder ningún detalle de lo acontecido. Pero nunca delató a Angélica ni contó lo ocurrido a nadie, lo guardó para sí. Quién sabe, tal vez algún día podría repetir esa escena con el hijo de alguna amiga, ser la amiga sexy de alguna familia, como lo era Angélica. Durante la cena, todo estuvo tranquilo, tan tranquilo que parecería que nada anormal hubiese pasado, todos celebramos con música, algo de baile improvisado y recuerdos sobre el cumpleañero. Estábamos entre familia.
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Yo tenía mi propia lista de preocupaciones ajenas a los embarazos de Cristina. Se aproximaba el cumpleaños de Gabriel, cumpliría quince y aunque yo pensé en salir a pasear y hacer algo lindo como familia, porque no es mucho el tiempo que pasamos juntos, Alejandro y él se conformaban con una comida en casa. Los hombres son tan simples, podríamos aprovechar la ocasión para salir como familia, lejos de los teléfonos, las redes sociales, los juegos en línea, pero ellos tenían mejores planes, quedarse a comer en casa y así poder conectarse a los videojuegos y la computadora ¡vaya novedad!

Me encontraba en la floristería cuando un hombre cruzó por la puerta, saludó y comenzó a mirar los arreglos que estaban ahí. Lo dejé que mirara un poco y seguí en lo mío, miró las tarjetas de regalo, sin hablar, luego se despidió y salió. Dos minutos después volvió a entrar, comenzó a mirar las flores, de nuevo, entonces crucé los brazos, sonriendo, me apoyé en el mostrador y esperé lo peor, podría ser un asalto, pero ¿quién asaltaría una floristería? ¿robaría un ramo de rosas para alguna mujer lastimada emocionalmente? ¿me pediría que pusiera todas las petunias en una bolsa? Entonces lo miré con calma, era el hombre a quien Lucrecia le había lanzado el beso, tenía razón, había regresado. Ahora que lo miraba de cerca, era más guapo de lo que parecía en un inicio y también era más joven, no debería tener más de treinta y dos o treinta y tres años.

- Estoy para lo que ocupes – le dije de manera amable.

- ¿Disculpa? – hasta tenía una linda voz, todo masculina.

- Es que, tengo la impresión de que estás un poco indeciso sobre las flores que quieres llevarle a tu esposa – dibujó una risa antes de contestarme.

- Sí, verás, en mi caso es un poco más complicado.

Dejé lo que estaba haciendo, puse las tijeras sobre el mostrador, pasé por lado de la caja y me acerqué a él.

- Las mujeres no somos tan complicadas como nos quieren hacer ver – volvió a reír.

- Cuando dije que en mi caso es un poco más complicado, me refería a que no tengo esposa.

- Ups… bueno, a tu novia le gustarán, estoy segura.

- Tendré que conseguir una novia entonces, solo para llevarle flores.

Regresé detrás del mostrador, caminó hacia la puerta y luego me miró de reojo.

- Me causó curiosidad el nombre de la floristería “El alfabeto de Dios”, no sabía que Dios tuviera un alfabeto.

- Yo tampoco - volví a pasar por delante del mostrador - pero Lucrecia, la dueña, sí.

- Compraré un ramo de flores.

- Para eso estamos.

Di media vuelta y le sugerí un hermoso ramo de gardenias que estaba justo a su lado, no sin antes, preguntar por la clase de persona que sería la afortunada de recibir el detalle.

- La verdad, es que apenas estoy conociéndola.

- No hay mejor manera de conquistar que con flores – tomé el ramo, lo cargué y le puse un moño rojo, el ramo estaba hermoso.

Preguntó el precio, sacó la billetera y me dio un billete, abrí la caja, tomé el vuelto y se lo di, pero cuando iba a entregarle las flores, me detuvo y con total seriedad me dijo:

- Te las regalo.

- ¿Cómo? – estaba atónita – pero son para la mujer que estás conociendo.

- Sí, y la mujer que estoy conociendo, está vendiéndome un ramo de gardenias.

- No puedo aceptarlas, no es debido. Ni siquiera te conozco.

- Ernesto – y me extendió su mano.

- Nazareth.

- Ya está, ya nos conocemos – y se dirigió hacia la puerta.

- ¿Qué se supone que le diré a mi esposo?

- No sé – y salió.

Cuando Alejandro vio las flores en la noche, preguntó el motivo de que las hubiera llevado y le di la respuesta más lógica que como mujer se me pudo haber ocurrido.

- Las vi tan lindas que se las compré a Lucrecia.

- O sea… que ¿compraste flores de las que vendes? – estaba algo confuso, pero mi rostro dejaba pocos espacios para discutir.

- Discúlpame por querer comprar algo que se vea lindo en la casa.

- Mejor no le discutas, creo que está en sus días – agregó Deborah. Las cuidé tanto como pude hasta que evidentemente se marchitaron, a veces, pasa lo mismo con el amor.
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Tres días han pasado y seguimos con el agua fría en la ducha, Gabriel y Deborah optaron por calentar agua en ollas y bañarse como si fuésemos víctimas de la pobreza extrema, a esto hemos caído, a calentar agua en ollas, yo también lo he hecho, pero apelo a que Alejandro demuestre su lado varonil y se decida a aceptar que el problema no es la instalación eléctrica de la casa, el problema es que en esta familia carecemos de un hombre que se haga cargo de sus deberes.

"Tenemos que hacer algo con ella, está terrible, yo creo que va a volver con él” así de lapidario era el mensaje que acababa de escribirme Angélica.

Cristina no daba trazos de componerse, estaba como en trance, casi no comía, se despertaba cuatro o cinco veces por noche, lloraba antes de acostarse. Para alguien que tenía dos meses de embarazo, estaba cadavérica, translúcida, no había que hacer mucho esfuerzo para mirar a través de ella. Así entró a la floristería, tambaleando, irreconocible. Angélica estaba en el baño, cuando la vio se apretó los cachetes con tristeza y soltó el saludo.

- ¡Ay, amiga! - la otra estaba seria - ahora sí vas a irte con San Pedrito.

- Ese bebé no va a nacer con buen peso si sigues sin comer - añadí.

Cristina tomó asiento, puso su bolso junto a un ramo de rosas, sacó su teléfono y comenzó a leer "te extraño, ojalá hubiese sabido aprovechar mejor el tiempo juntos, pero, sabes... Segundas partes siempre son buenas".

- ¿Cuándo te escribió eso, ese desgraciado? - pregunté con ira.

- En realidad - y comenzó a llorar - yo se lo escribí y no me respondió - Angélica y yo estábamos incrédulas.

- Nazareth, lo ama - Angélica también estaba a punto de llorar.

Yo parecía la madre de estas dos mujeres, siempre ha sido así. Y cuando estaba por gritarle sus verdades a Cristina, vomitó en medio piso, con la suerte de que al vomitar no pringó ninguna flor. Ahogué un grito de terror ante semejante espectáculo, mientras que Angélica se agarraba con fuerza a la pared en un intento de que los desechos de Cristina no llegaran donde ella, había fallado... La punta de su zapato izquierdo tenía una mancha amarillenta de aquellos asquerosos residuos.

Sabe Dios lo que pasó en aquel momento por la cabeza de Angélica, pero al ver la baba en su zapato corrió al baño, se quitó el zapato y lo lavó mientras blasfemaba contra Cristina. Menos mal que Lucrecia no llegó a la floristería para ver eso. Más tarde, cuando por fin llegó a cubrirme, el piso estaba inmaculado, el local completamente limpio y no quedaba ni un rastro de lo acontecido.

- ¿Pasaste desinfectante?

- Sí, tuve un tiempo y quise limpiar.

Al salir pude respirar tranquila, Dios me había puesto a prueba y sobreviví para contarlo. Bien por mí.




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Cuatro años había sido mi periodo anterior en este negocio, esta vez tan sólo llevo dos semanas, pero siento como si nunca me hubiera ido. Me fui por Alejandro, porque estábamos a punto de separarnos, llegamos a un punto donde simplemente ya no podíamos ni debíamos seguir como pareja. Entonces renuncié a mi lugar feliz y después de algunos años, no sé si hice lo correcto o si sirvió de algo.

- Me alegra tener a alguien de confianza aquí.

- A mí me alegra estar de vuelta, Lucrecia.

- La verdad no recuerdo ni por qué te fuiste - Lucrecia llegó más temprano ese día a la floristería, dijo que ahí vivía mejor - debió ser por una tontería.

- Los chicos estaban pequeños y Alejandro... No pasábamos un buen momento.

Entonces me abrazó, la miré extrañada, volvió a tomar las flores en que trabajaba y yo hice lo mismo, por unos segundos no dijimos nada, sólo éramos nosotras y las flores.

- Sabes, Nazareth... Los hombres vienen y van, mírame. A mis cincuenta y dos, estoy bien.

- ¿Con dos divorcios? ¿Bien?

- Eso ve la gente, dos divorcios, pero yo veo a una mujer que huyó de dos posibles escenas del crimen - entonces, se detuvo, me señaló la ventana y alcé la vista, había un hombre sumamente atractivo, rondaría los cuarenta, miraba los arreglos que estaban en la ventana, notó que lo observábamos. Yo quité la mirada, pero Lucrecia le tiró un beso, él sonrió y siguió su camino.

- Lucrecia ¿Qué haces?

- Tiene razón Alejandro. Eres bien aburrida. Déjalo que sueñe esta noche con la mujer que le lanzó un beso. Quién sabe, tal vez vuelva.

- ¿Tal vez vuelva? ¡Estás loca! ¿Y ese cuento de que los hombres van y vienen?

- Ya este se fue, quizás venga.

Yo sabía que no iba a regresar, seguro estaba casado o con pareja, jamás volvería, pero parecía que aquello abría la locura en Lucrecia. Puso la radio, sonaba un merengue de Juan Luis Guerra, dejó las flores, puso sus manos en mi cadera y cuando me di cuenta, bailábamos en medio local, nos reímos, hicimos un par de giros y volvimos a lo nuestro. Estaba loca, yo también.

- ¿Bailando? - me dijo Alejandro con cara de muerto cuando le conté en la noche.

- Seguro estaban borrachas - agregó Deborah.

- ¡Mamá! ¡Qué ridículos haces! - fue la sentencia de Gabriel.

Yo los miré con actitud relajada, los tres comenzaron a reír.

- Pues bailo muy bonito, yo lo sé - y me fui al dormitorio.

Antes de acostarme, decidí darme una ducha para dejar ir los pensamientos que amenazan la paz de una mujer en las noches. Pero al parecer fue un tremendo error, la ducha no calentaba y el agua estaba completamente helada, para mi desgracia, Alejandro discute cada vez que eso pasa, echando la culpa a quienes construyeron la casa alegando que la instalación es el problema, entonces se me suben los ánimos y es mejor quedarme callada.
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Había una vez, en un lejano país cuyos edificios estaban construidos a base de sueños y estrellas fugaces…

Comencemos otra vez. Había transcurrido una semana desde que Cristina me había dejado completamente helada confesando o delirando, aún no sé bien cuál de las dos opciones es la correcta, que se encuentra embarazada. Durante esta semana no habíamos tenido la oportunidad de hablar al respecto con la devoción, claridad y el discernimiento que tal evento se merece, dado que ella se encuentra recién divorciada del hombre que le fue infiel durante años y que, en este caso, sería el presunto padre de la criatura que se halla haciendo espacio dentro de su vientre.

Caigamos en la realidad, en la cruda realidad, esa que nos grita que, a través de la historia, Cristina nunca ha sido capaz de valerse por sí misma, siempre había dependido de una u otra forma de alguien más. Abandonó los estudios cuando su padre se dio cuenta que andaba con uno de sus profesores y no tuvo la iniciativa jamás de costearlos ella misma cuando su padre dejó de darle dinero. Por eso se casó, porque la responsabilidad de hacerse cargo de sí misma, era una lápida muy pesada y era más fácil, buscar un esposo que le diera una vida cargada de buenos momentos y pocos problemas, pero… para su desgracia pasó todo lo contrario.

Era casi el mediodía cuando se asomó por la puerta de la floristería, como un chiquito que se preparaba para una regañada por parte de su mamá.

- ¡Bu! – le gritó Angélica que estaba detrás de ella sin hacer ruido y cuya presencia Cristina no había notado.

- ¡Idiota! – le gritó Cristina mientras se sujetaba a la puerta luego de brincar y aún blanca por el susto - ¡casi me matas!

- Hay que tener ojos en la espalda, querida – le respondió la otra, riendo.

- Parecen dos chifladas – les dije yo.

- Entonces contigo completamos a los tres chiflados – dijo Angélica.

Las dos pasaron, faltaban cinco minutos para el mediodía, cerré la puerta, para cubrir el almuerzo con los eventos que pasaban en la vida de Cristina. Angélica había traído unos panes con jamón y queso, yo tenía un refresco, hicimos usos sándwiches y comenzamos la charla incluyendo el asombro normal que era lógico para nosotras.

- Sí – dijo Cristina – me hice la prueba la semana pasada.

- Pudo ser errónea – le sugerí.

- Me hice dos.

- ¡Diablos – dijo Angélica, con medio sándwich en su boca – estás bien embarrada ¿y de quién es? – Cristina la miró con enojo y yo solté una risa - ¡No! ¿de tu ex?

Cristina soltó el llanto, dejó el sándwich que estaba todavía sin morder, encima del escritorio y luego se puso de pie, dio dos vueltas en el local y volvió a sentarse.

- No vas a decirle ¿verdad? – pregunté con tranquilidad.

- ¡Cómo dices!, por supuesto que tengo que decirle.

- No va a regresar contigo, debe estarse revolcando con aquella zorra, empapados en sudor con las sábanas mojadas y gimiendo de placer – fueron las palabras de Angélica que provocaron que Cristina le tirara el sándwich al piso - ¡Oye! Estaba a medio comer.

- No le digas todavía, espera un poco mientras que decidimos cómo darle la noticia.

- Ocupo decirle ya.

- Claro, cómo no se me ocurrió. Anda, llámalo, llórale y dile que estás embarazada, que tu hijo va a crecer sin padre, que puede seguir con la amante mientras esté contigo. Es más – la tomé por los hombros – dile que aceptarías un trío, así de seguro te pone atención - se sentó en el piso, con las manos en la cara y comenzó a llorar con más fuerza.

- ¡Qué insensible, Nazareth! – dijo Angélica mientras levantaba el sándwich del piso, lo soplaba y limpiaba con una servilleta antes de darle otro mordisco - ¡qué insensible! Pobrecita, está embarazada, sola, acaba de divorciarse, su esposo la engañó con cuántas ¿dos o tres mujeres? – la otra pataleaba mientras lloraba – de veras Nazareth ¡qué insensible!

Entre los lloriqueos de Cristina se evaporó la media hora que yo tomaba de almuerzo, cuando abrí la puerta, se levantó, agarró su bolso y salió limpiándose las lágrimas sin decir nada. Yo quise decirle algo, pero la conocía bien, no entraría en razón en ese estado.

- Deberías aprender a ser menos obstinada y más espiritual – me dijo Angélica chupándose los dedos llenos de salsa de tomate – las mujeres somos el lado romántico de la vida.

Le señalé la puerta con la mirada, salió dando saltos pequeños y cuando puso un pie en la acera, se volteó y se despidió. Después de dar cuatro pasos, volvió a entrar, se hizo otro sándwich más pequeño sin decir palabra y se fue.
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- ¿Vas con Jessica? – Deborah estaba al teléfono, conversando sobre la dichosa fiesta a la que iría hoy por la noche.

- Mamá, estoy al teléfono.

- Lo sé y por eso pregunto si vas con Jessica – hubo un silencio incómodo de cerca de cinco segundos y luego siguió hablando. Yo esperé a que terminara la llamada – otra vez ¿vas con Jessica?

- Mmm… tal vez.

- Esa respuesta no me deja satisfecha, probemos otra cosa – la miré de arriba abajo, estaba a punto de seguir cuando Gabriel me interrumpió.

- Y si le preguntas mejor quién es Matías – Deborah miró a Gabriel sin decir nada y yo la miré a ella, de la misma manera, sin decir nada. Deborah se dirigió al refrigerador, tomó una botella con agua fría, bebió dos tragos y luego se fue a su habitación.

La culpa era de Alejandro, no había que darle muchas vueltas al asunto, ella era la princesa de mi marido y él caía irremediablemente ante sus caritas de tristeza “entonces que no conozca nunca a nadie” me decía cada vez que salía a relucir alguna de esas dichosas fiestas con amigos. En el fondo yo tampoco estaba en desacuerdo, pero me enfurecía que él siempre quedara bien y yo fuera el ogro que siempre ponía un, pero.

Había, sin embargo, algo que yo también contemplaba y él no. Yo también fui colegiala, y al igual que Deborah asistí a fiestas con amigos y a la edad de ella hay cosas que pasan por capricho de la naturaleza “aparecen los hombres”, al inicio son solamente bromas, pero luego, intentan ligar contigo, y si ese hombre resulta atractivo a la vista de la mujer, los besos y caricias son inevitables. No es que yo esperara que Deborah se convirtiera en monja, nada más alejado de la realidad, pero fue a su edad que yo había perdido mi virginidad. La perdí de la manera más estúpida posible, y, sin embargo, de la manera que más comúnmente la pierden las mujeres, pensando que el chico iba a ser alguien especial en nuestra vida, luego pasa lo que tiene que pasar, nos damos cuenta de que es un cretino que no valía la pena, lloramos, nos sentimos como un pedazo de mierda y esperamos que aquel sea un episodio que pase sin pena ni gloria por nuestra vida. El problema es que nos venden la virginidad como el premio del siglo, los hombres se sienten dioses al saber que una mujer se ha entregado a ellos por primera vez, son como primates, como cavernícolas, llevan aquello con orgullo y cuando son ancianos rememoran el hecho con jodida nostalgia “no me casé con ella, pero fui el primero en probarla”, a veces usan otros términos menos caballerosos, pero no viene al caso entrar en esos detalles tan repugnantes.

- Un par de años más y podré salir hasta la hora que me venga en gana – era Gabriel, pensando en voz alta y devolviéndome a la realidad.

- Yo no pienso pagar pensión a ninguna muchacha, ojalá que cuando eso pase, te acuerdes de ir a la farmacia antes.

- No le digas eso – me respondió Alejandro – también los venden en los supermercados.

Sonó entonces mi celular, era Cristina, le hice señas a Alejandro de que en un rato seguiríamos con la conversación, pero antes de que yo pudiera siquiera saludar, Cristina soltó la bomba y al oírla, casi dejo caer el teléfono, quedé pálida, simplemente blanca.

- Nazareth ¡estoy embarazada!
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- Creo que no tengo mucho que explicar, la verdad tienes más experiencia que yo en esto de las flores – las palabras de Lucrecia tenían toda la razón, yo había trabajado mucho tiempo en la floristería, pero por cosas personales había salido hacía cinco años – si ocupas algo sólo llámame.

- Lo haré y otra vez, gracias por la oportunidad.

- A nadie le confiaría esto como a ti.

Aquí estaba yo, cinco años después, rodeada de flores, había renunciado por una estupidez. En aquel tiempo me cansé de los reclamos de Alejandro porque dedicaba mucho tiempo al trabajo, pero cuando me fui, empezó a reclamar porque el dinero nunca alcanzaba. Así son los hombres, no ha nacido la mujer que se amolde a sus necesidades. El turno estaba lejos de molestarme, estaba a cargo de abrir el local a las ocho de la mañana y Lucrecia llegaría luego, a eso de las tres de la tarde, de lunes a viernes.

Bajo ese horario lograba volver a mi independencia financiera, a los tiempos donde podía comprarme un refresco sin necesidad de tener que pedirle a Alejandro que me facilitara efectivo.

- Otra vez, dime ¿cómo fue?

- Llamó llorando, porque me necesita a su lado – Cristina y yo tomábamos un café mientras que yo arreglaba un ramo de tulipanes anaranjados y geranios que recogerían en el transcurso de la tarde.

- ¿Te reíste en su cara?

- ¿Qué otra cosa podía hacer?, aunque… - y puso el café en el mostrador – no sé si fue buena idea lo del divorcio.

- ¿No sabes? ¡te fue infiel! – tomó un trago de café y se limpió una lágrima.

- Sí, Nazareth, pero tiré al basurero once años de matrimonio, le quité el papá a mi hija, quedé sola.

- No es cierto – le tomé la mano y la miré – no es cierto, hiciste lo que tenías que hacer, te hiciste sentir, ojalá todas las mujeres actuaran como tú.


Terminó el café y luego se levantó, tenía algunas cosas que comprar para la escuela. Pero yo la conocía, la tristeza estaba haciendo nido en ella, tres semanas no se borraban once años de matrimonio, necesitaba tiempo para asimilar la etapa que estaba comenzando ahora. A todos se nos dificulta empezar de cero, nos acostumbramos a un estilo de vida y luego se nos hace imposible recomenzar por nosotros mismos y a Cristina se le dificultaba más.

Siempre había presumido del esposo que tenía, pero no era la primera vez que la engañaban, llevaba cerca de cuatro años viviendo en ese infierno, ocupaba salir; no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante. Sí, sería complicado, pero era joven, un par de años menos que yo, con un cuerpo bonito, ni tan flaca, ni tan gorda. Y, sin embargo, ahí estaba, cediendo a las frágiles líneas del amor, como cualquier otra persona. Hay trazos que se dibujan entre nosotros y que resultan invisibles aún para el mejor de los observadores, por eso no podemos subsistir nosotros solos, por eso somos una especie tan dependiente, por eso somos humanos, porque no desarrollamos la capacidad de poder aislarnos por completo, eso no es lo nuestro.

Yo quedé sola en la floristería. A media tarde, antes de que Lucrecia llegara, recogieron las flores. Aquel ramo de tulipanes y geranios estaba bellísimo, pareciera que yo nunca me hubiera ido de aquí, la práctica no se había ido de mis manos ¡qué buena que soy!
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Deborah estaba en el sillón, con el teléfono en la mano, escribiendo a máxima velocidad, si fuese secretaria podría escribir hasta quinientas palabras por minuto con la devoción que tenía. Acostada con las piernas cruzadas, mientras que yo trataba de inventar algo para la cena. La carne totalmente congelada, porque nadie había tenido la gentileza de ponerla a descongelar durante el día. Yo con las uñas recién pintadas, era imposible preparar algo para cenar antes de las ocho, hora que yo tenía como límite, porque no como nada luego de esa hora para que el cuerpo pueda digerir con tranquilidad y la comida no encuentre habitaciones disponibles en mi cuerpo. Entonces seguí el camino que tomaba siempre que lo necesitaba, una torta de huevos y dos trozos de jamón para cada uno, acompañados de una limonada.

- Mamá, no ¿en serio? – Deborah estaba junto a mí observando con cara de agonía aquellas tortas de huevo – otra vez no.

- Y se va a poner peor, te lo advierto.

- ¿Peor que esto?

- Sí.

- Ocupo terminar de crecer, sabes.

- Pues sí, pero si me ayudaran a hacer las cosas. Si, por ejemplo, tú no tardaras cinco horas con el teléfono o tu hermano no pasara toda la tarde con sus videojuegos.

- Y ¿por qué dices que se va a poner peor?

- Mañana empiezo a trabajar. Me llamaron de la floristería y vuelvo a trabajar ahí.

- Y ¿quién hará la comida?

Eso era yo para mis hijos, una criada que lavaba la ropa, que además planchaba, cocinaba y aseaba la casa sin derecho a cobrar. Ya había trabajado en la floristería anteriormente, la verdad es que el trabajo se me daba bien y el turno que me habían ofrecido tenía buen horario, trabajaría de ocho a tres, con tiempo suficiente para mis cosas. Los hombres de la casa tampoco estaban enterados, lo supieron esa noche, luego del jamón y los huevos.

- Dinero es dinero – así dejó Alejandro claro, que estaba de acuerdo con que volviera a trabajar, le hice una cara de asombro, ante el ánimo tan descomunal que mostraba por aquello. Luego se fue a la sala, encendió la televisión y se puso a observar un partido de fútbol que por la claridad del día no era de aquí.

- Recuerda – le dije a Deborah – no busques un hombre que cubra tus necesidades como mujer, no lo vas a encontrar.

- Y ¿yo? – dijo Gabriel, que estaba jugando con una de las rebanadas de jamón – imagino que tampoco me ves cumpliendo las expectativas.

Miré a Alejandro, ido en aquel partido, luego lo miré a él. Quizás el problema en sí no era que Gabriel fuese hombre, bueno, ese era un problema. Pero el problema más grave es que no tenía el mejor ejemplo a seguir.

- Hablaremos cuando tengas novia ¿te parece? – no pareció muy convencido y entonces se levantó, fue donde estaba Alejandro, se sentó con él y ambos se quedaron dormidos mirando el juego.

Deborah recibió una videollamada de una de sus amigas para invitarla a una fiesta y yo busqué ropa para mi primer día de trabajo. El amanecer encontró a Alejandro con dolor de espalda por dormir en el sillón, a Gabriel con la cabeza en los regazos del papá, al televisor encendido con un programa de aeróbicos, a Deborah bailando sin música en la puerta de su habitación y a mí arreglándome las cejas para ir a trabajar. Ojalá los hombres cumplieran las expectativas que las mujeres tenemos sobre ellos, pero esas cosas, pasan muy rara vez.
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- ¿Qué? ¿Qué pasó con Gabriel?

- Lo que tenía que pasar – le dije tranquilamente a Cristina – va camino al quirófano.

- ¡Qué terrible! – sacó algunos polvos de maquillaje y comenzó a pasarlos por su rostro – nunca se sabe cuándo te tocará la suerte de un doctor guapo - yo aproveché para hacer lo mismo, no por romance, si no, porque una mujer debe andar siempre hermosa.

- ¡Chicas! – era Angélica - ¿qué diablos están haciendo aquí?

Así comencé a contarle los detalles de aquel día que nos habían llevado a Cristina y a mí a estar en licras en el hospital. Pero aquello no era todo, resulta que a la mamá de Angélica le iban a practicar una ureteroscopia para despedazarle las piedras mediante láser, había un espacio y dado que las piedras estaban avanzadas, el médico procedió de una vez.

- Esto es trágico – comentó Angélica – dos tragedias en medio de nosotras – Cristina y yo asentimos con la cabeza mientras mirábamos al techo.

Entonces las tres encontramos una manera de pasar aquellos ratos tan amargos, Cristina sacó un papel doblado que llevaba en el bolso, yo saqué un lapicero y comenzamos a contar la cantidad de doctores que se ajustaban a nuestros gustos femeninos. Los primeros tres que pasaron frente a nosotras, ni siquiera entraron en la lista de reemplazos. El primero era un anciano que seguramente estaba allí terminando de pagar los estudios de algún nieto, porque hace muchos años que tuvo que cobrar la pensión. El segundo era un caballero de pobre andadura que aparentaba llevar consigo el espíritu de la pereza. El tercero podría haber sido la inspiración para que Carlo Collodi hubiese inventado la historia de Pinocho.

- ¡Gloria a Dios! – y acto seguido arqueó la cabeza. Las dos seguimos la mirada de Cristina y confirmamos sus palabras. Aquel doctor hubiese servido para que las tres nos sintiéramos mujeres – eso es lo que ocupo para terminar de consumar el divorcio, un revolcón con un hombre así.

- Pásamelo cuando termines – añadió Angélica – yo lo puedo ayudar en lo que quiera.

Y en eso, en medio de la puerta, apareció Alejandro, con las manos metidas en los bolsillos, la camisa por fuera del pantalón y una barba mal rasurada. Se acercó donde estábamos no sin antes rodear con la mirada a una de las enfermeras cuya tanga se hacía notar en su trasero.

- Señoras – y buscó silla junto a nosotras. Así se acabó el juego que llevábamos con papel y lapicero. Entonces, Cristina me metió un pellizco en la pierna, frente a nosotras estaba un dios pelirrojo, de unos veintiséis o veintiocho años, preguntando por la mamá de Gabriel, yo me pasé la mano por el cabello, di un salto y me reporté con él.

Todo había salido bien, el ángel, digo, el doctor había sido quien operó a Gabriel y durante las próximas dos semanas yo debía fungir como enfermera, quizás menos tiempo, pero eso era relativo. A Angélica le tocó el mismo empleo, su mamá salió sin mayor problema. Camino a la casa le hice notar a Alejandro la manera estúpida en que las tres lo habíamos agarrado mirándole el trasero a aquella enfermera que con seguridad no pasaba de los veinticinco, una chiquilla para alguien como él. Lo peor, porque había cosas que empeoraban aquello, como si él no tuviera mujer en casa, como si yo, no estuviera en mis mejores años. Todos los hombres no son iguales, eso lo habíamos constatado en el hospital, hay hombres de hombres y existen mujeres que, como yo, debemos observar a nuestros esposos haciendo el ridículo frente a nuestras amigas.
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- Amor, acuérdate que hay que ir a comprar algo de carne, porque si no, no comemos en la noche.

- Y ¿qué hago? – le respondí a Alejandro de la manera más amable que pude e hice una mueca al teléfono – no puedo partirme en cinco.

- Yo te digo, porque seguramente llego tarde.

- ¡Entonces que no coman! – y terminé la llamada antes de que pudiera responderme cualquier cosa.

El gimnasio estaba apenas con un par de personas, muy poco movimiento para un viernes en la tarde. Aunque el almuerzo acabara de pasar hacía apenas un rato. Ninguna de las chicas había llegado hoy. Angélica estaba en una cita con su madre, al parecer la señora está padeciendo de piedras en los riñones y están por definir la fecha para operarla. Tampoco ha llegado Cristina, pero ya sabía que no vendría hoy, a esta hora debe estar dando su firma para divorciarse, su marido es uno de esos hombres que no aprovechan la mujer que tienen en la casa y se la pasan jugando de casanova. Terminó enredado con una muchacha de veintidós y resulta que la desgraciada ha quedado embarazada ¡Válgame, Cristo redentor!

- Llegué, tarde, pero llegué – era Cristina, enfundada en una malla roja y quitándose la camiseta gris que llevaba, para quedarse en ropa de gimnasio.

- ¿Qué haces aquí? No esperaba verte, imaginé que estabas firmando.

- Ya fui, pero muérete de la risa – se acercó y nos sentamos en una banca – el muy idiota se puso a llorar porque resulta que abrió los ojos como por arte de magia y se dio cuenta de que el matrimonio es algo importante en su vida.

- ¡Qué imbécil! Y tú ¿qué le dijiste?

- Le pedí la copia del acta al abogado, firmé y me vine.

Nos quedamos hablando todavía unos minutos más y luego comenzamos a ejercitarnos. Llevaríamos cerca de diez minutos cuando el teléfono comenzó a sonar. Era Gabriel, dejé que sonara dos veces más y luego finalicé la llamada. Ocupaba que el sudor comenzara a correr por mi cuerpo, y en eso estaba cuando otra vez, comenzó a sonar el teléfono, esta vez, era Deborah.

- ¿Qué pasa hija?

- Es Gabriel, dice que no se siente bien y que necesita que lo recojan en el colegio.

- ¿Qué tiene?

- Hasta donde sé, dolor de estómago.

Puse el teléfono en altavoz, volví a mis ejercicios y continué con la conversación.

- ¿Qué hago?

- Nada, que pida una pastilla y vuelva a clases, nadie se muere de un dolor de estómago.

- Eso le dije yo.

- Listo, entonces no hay nada más que hablar.

Cristina asintió con la cabeza, los jóvenes de hoy necesitan mano dura al momento de sus estudios. O eso creí, al menos… media hora después recibí una llamada del colegio, habían llamado una ambulancia, Gabriel iba camino al hospital, aparentemente, con apendicitis. En estas fachas me tocaba otra vez salir en carreras, si por un momento se detuvieran a pensar en una, pero no, ahí iba yo con licras provocativas camino a que posiblemente operaran a mi hijo. No gano para lo que me toca correr.
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Veinte años. Ese es el tiempo que llevamos de matrimonio Alejandro y yo, ¿feliz? No conozco a nadie que sea feliz durante tanto tiempo, eso de la felicidad a largo plazo ha de ser un mito tan grande como el minotauro, la Biblioteca de Alejandría o el chupacabras; alguien lo inventó para darse aires de maravilla y el resto de la humanidad lo tomó como un canon, eso debe ser.

Con todo y todo, ratos buenos, regulares, malos y pésimos… Alejandro y yo hemos logrado concebir dos bellos hijos: Deborah, que es la mayor y recién cumplió sus diecisiete primaveras, está en el último año de secundaria, camino a la universidad, con excelentes calificaciones que de seguro heredó de mi lado familiar, porque del lado paterno no es mucho lo que se puede rescatar ni en cuestión de estudios ni de vidas como ejemplos a seguir. Gabriel es el menor, tiene catorce años y es el vivo ejemplo del padre, despreocupado por los afanes de la vida, aficionado a sufrir cuando es temporada de exámenes, le da lo mismo ser primer promedio de su clase o dejar los pelos en el alambre, como se dice popularmente.

Este hermoso núcleo familiar lo completamos mi esposo y yo, Nazareth, para servirles. Alejandro es oficinista de lunes a viernes, de siete de la mañana a cuatro de la tarde, árbitro de fútbol los fines de semana, aunque lo ejerce desde el sillón de la sala, crítico de cine cuando mira películas en la televisión y observador mudo de las faldas que se asoman por la calle cuando salimos. No sé cómo hace para pasar viendo la misma cosa todos los días en el trabajo, dice que está bien ahí, pero aquí entre nos, tampoco es de aspirar a mucho. A sus cuarenta y dos años se ha descuidado un poco con el peso, y tiene canas, se deja la barba durante dos semanas y luego cuando se acuerda, se da un par de navajazos que seguramente aprendió en alguna vida anterior siendo un pirata.

Luego estoy yo. Treinta y ocho años, bien cuidada para mi edad, cabello café, un metro sesenta y tres de estatura, soy lo que en el ambiente lujurioso llaman una milf. Muchas muchachas desearían tener mi aspecto cuando cumplan mi edad.

Hay dos cosas que en esta familia nunca pasarán de moda por más que llegue el fin del mundo. La primera es la belleza de las mujeres, ingrato es el que no se dé cuenta de eso. La segunda, la fe y la religión como base de una familia que ha crecido al amparo de Dios, que así sea por los siglos de los siglos.

- ¡Mamá! – se supone que Gabriel no estaba en la casa.

- Aquí estoy ¿qué necesitas, tesoro de mis arrullos?

- ¿Has visto la tarea de matemáticas? – respiro profundamente – no la encuentro en el bolso.

- Y ¿qué quieres? Fíjate donde guardas las cosas en ese desorden que tienes en el dormitorio, si fueras un poquito ordenado la encontrarías.

Diez minutos más pasaron, la maldita tarea nunca apareció, tuve que correr para ir a dejarlo al colegio y cuando llegamos, justo cuando se bajaba en el portón, recordó otra cosa.

- También tenía que entregar el trabajo de Ciencias, yo creí que era para el lunes.

Así me recibió el viernes, así recibí al fin de semana.
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Día 1. Sé que tengo los ojos cerrados, eso lo tengo totalmente claro, tan claro, como sé que estoy solo en este lugar. Sea donde sea que me encuentre, no tiene buen aspecto. Lo describiré tan triste como está, las paredes son de hielo, el techo es una llama viva, tan potente que no entiendo cómo el hielo no se derrite, no distingo puertas, ni ventanas. No me pregunten cómo puedo describirlo si tengo los ojos cerrados, el piso es de piedra, parece de río, aunque por como luce, hace mucho tiempo que no recibe algo de agua. No puedo distinguir nada a través de las paredes. Tampoco hay decoraciones, aunque podría contar como decoración un pozo de sangre que está en la esquina opuesta de donde me encuentro. Aquí, el silencio es aterrador.


Día 13. No me pregunten quién, pero cada cierto tiempo se escucha una voz estridente que pronuncia siempre la misma frase “día concluido”, de ese modo llevo la cuenta y sé que han transcurrido trece días. Ciertamente da lo mismo, porque continúo con los ojos cerrados, pero el pozo de sangre ha aumentado de tamaño paulatinamente. No he sentido hambre, eso es bueno, supongo. La llama, al igual que la sangre ha aumentado su tamaño, en menor medida, pero es evidente que su luz es mayor, podría ser una ilusión, no estoy seguro.


Día 27. No tengo cuerpo. Desconozco la materia de la que estoy hecho, pero no tengo un cuerpo, al menos como lo tuve cuando fui humano, y digo fui, porque no sé tampoco lo que soy en este punto. Comienzo a tener hambre, pero temo que solamente sea algo mental, un juego cruel de mi cerebro, porque de alimentarme, no sabría dónde se iría la comida, ni sé qué alimentaría. Por eso guardo la hipótesis de que sea mental, no puede ser físico.


Día 49. Justo ahora estoy escuchando un continuo martilleo, lo que me incita a dos interrogantes: ¿dónde se produce ese martilleo? Y la segunda y quizás la más importante ¿Quién produce ese martilleo?, porque con esta segunda, pierdo la idea de que me encuentro solo, alguien debe producir el ruido, no es posible que se produzca en la nada. Ese martilleo me alienta, porque significa que este sitio sobre el cual no tengo certeza alguna de lo que sea… tal vez… y es solo un tal vez… tenga salida.


Día 75. Trato de ya no darle tanta importancia a los sonidos, gemidos, crujidos, martilleos, que puedan producirse aquí. Pero tengo noticias, no sé si buenas, o malas. Hace tres, cuatro o seis días, no sé… logré abrir los ojos, lo sé porque tengo la sensación de eso. No es que me haya servido de mayor cosa, sin embargo, ahora soy consciente de algo. La sangre ha cubierto el piso en su totalidad, alcanzando una altura de aproximadamente un centímetro ¡nada serio! Dirían algunos ¡un centímetro! Pero si tomamos en cuenta lo que esa medida representa extendida por toda la habitación, cabrá para el lector algún indicio de la sensación y el horror al ver este espectáculo. Haré anotación también sobre el techo, porque la llama que flameaba, ahora se ha dividido en varias de menor tamaño, que, no obstante, producen más calor.


Día 139. Han surgido formas ¡sí! ¡formas! En medio de la sangre. Algunas demasiado abstractas, otras tan claras como el agua que quisiera beber, aunque no tengo sed. He adivinado la presencia de ranas, gusanos y algunas manos, visibles desde donde estoy. Perdón, no he indicado que estoy flotando, si eso cabe acá, a una altura media entre el techo y el piso, no sé si estoy sujeto a algo, creo que no. La sangre ha ganado alguna altura desde la última vez que hice observación sobre este tétrico escenario.


Día 200. Es la primera vez que hago anotación en un día par. Aclaro, que estas anotaciones en realidad no tengo ni idea de dónde las almaceno, porque no tengo cuerpo, por lo que, no tengo manos para escribir. Me temo que sea un síntoma de locura acumulada, en vez de una anotación, la verdad, no hace mucha diferencia que sea o no. Pero quiero confirmar que aquellas figuras que otrora eran simples formas han tomado cuerpo y ahora las ranas saltan, las manos poseen brazo y los gusanos comienzan a ascender las paredes de hielo ¿qué pasmoso desenlace me espera en este desgraciado sitio donde me hallo?


Día 221. El sonido de grilletes y cadenas se suma al caos que yace aquí.


Día 259. ¿Cómo me llamaba? No recuerdo mi nombre.


Día 301. ¿Por qué me miran así?


Día 319. Tienen razón. El mejor truco del Diablo es hacernos creer que no existe.


Día 400. Los brazos se convirtieron tarde o temprano, en cuerpos completos y dichos cuerpos, se han convertido a su vez en demonios. Las ranas se han reproducido, están por todas partes, los gusanos ahora andan por el techo, sin quemarse. Esta visión es simplemente atroz.


Día 561. La locura es tal, que escucho un piano con alguna melodía de rock orquestal.


Día 737. La sangre está casi a mi altura, prácticamente podría tocarla si tuviese manos. Los demonios acercan su rostro y puedo notar la miseria y la ruina en sus almas.


Día 811. He recuperado el cuerpo, pero lejos de ser algo bueno, es una maldición. Al recuperar el cuerpo, me he dado cuenta de cosas indeseables. Estoy literalmente colgado en medio de la habitación, enganchado por los brazos y las piernas, con ganchos metálicos que me oprimen. Los gusanos se movilizan por mi espalda y puedo sentir donde alguno incluso incuba. Las ranas saltan a mi boca y al escupirlas, los ganchos se aferran con más fuerza a mi piel.


Día 1000. Hace mucho que la voz que anunciaba los días ha enmudecido, pero aún sigo llevando la cuenta. En medio de la sangre se dibujan números, que han sido consecutivos, iniciando la cuenta en el novecientos veintiuno, que fue el día en que la voz se escuchó por última vez. No sé si describir las cosas que me suceden. Los ganchos están aflojándose a pasos agigantados, pero eso no me causa alegría, porque la sangre ¡Oh, Dios! La sangre hierve a borbollones, los demonios sonríen y me lanzan las ranas, los gusanos han causado llagas ensangrentadas en mí, dos ganchos se han liberado ya, mi destino es caer en medio de esa sangre hirviente ¡Dios, clamo a ti en medio de mis agonías! escúchame, ¡Oh, Señor de los desdichados!

El tercer gancho se ha zafado y estoy sujeto únicamente de mi mano izquierda, la sangre ha comenzado a quemarme, trato inútilmente de subir, pero el hielo me hace resbalar, los demonios tiran con fuerza de mis piernas, el cuarto gancho está cediendo, me desgarra la piel ¡Dios!

Lo han logrado, me han soltado del último gancho y estoy a su merced, unos me toman por las piernas y otros sumergen mi cabeza en la sangre, me quemo por completo, que alguien corra a ayudarme…

Estoy cubierto de sangre, pero me siento en mi charco, es más, tan así es, que literalmente estoy en un charco, es un charco de sangre, pequeño, pero sé que crecerá, lo hará y cuando sea lo suficientemente grande, alcanzaremos a aquella mujer que está allá arriba, sujeta por ganchos cerca del techo ¡Sí! ¡la alcanzaremos!, jaja.
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Tienes razón, ¡qué vamos a hacer! Pero hay cosas que yo ni loca te diría en la cara un lunes en plena oficina, aunque cuando pases a mi lado sienta que el mundo es mío, me arrepiento de los momentos que tuvimos a solas y no fui capaz ni siquiera de tomarte la mano, mirarte a los ojos e intentar darte un beso para saber si tú lo aceptabas.

Y mira que ya van varios amigos que me han jurado que tú no quitarías tus labios, al contrario, que me tomarías el rostro con tus manos varoniles para hacer mejor aquel tímido beso que yo inicié con el rostro rojo por la vergüenza, entonces, en ese momento posiblemente yo colapsaría porque todos mis demonios dejarían de lastimarme y encontraría al fin un momento de paz interior y física que tanta falta me hace.

No te preocupes, no pretendo que al leer esto hagas algo al respecto, yo también me sincero conmigo misma y aunque quisiera recibir un mensaje tuyo (cosa que nunca pasará) entiendo que nuestras situaciones son completamente distintas. Yo soy la idiota que no se anima a confesar que desde que te conozco, el horario de trabajo es más placentero, no importa que otros lobos anden rondando cerca de mí, mi corazón no se ilusiona con ninguno de ellos, porque entiendo que me miran con deseo de un rato, en cambio, tú eres hombre para soñar algo bonito. Como dije antes, nuestras situaciones son distintas, tienes pareja y se te oye tan feliz cuando hablas de ella que te aseguro que la envidia me lastima el alma.

De sobra sé que no tengo nada que reclamar, la culpable de mis delirios soy yo. ¿Quieres reír un segundo? En estos años de conocernos he hablado con chicos, con hombres que se creen la gran cosa, algunos mayores, otros menores que yo y sí… he de admitirlo, he tenido algunos desvíos emocionales, tú entiendes… me refiero… he besado a algunos y seguramente intimé con alguien, pero solo fueron eso, desvíos emocionales mientras buscaba huir de la sombra que provoca tu figura en mi corazón.

También lo sé, lo descubrí en este tiempo, hay personas que llegaron a ti con las palabras erróneas, con malas lenguas, como las vecinas que tenía mi abuela y que se sabían la vida de todo el vecindario, por eso trataste de averiguar las cosas por tu cuenta o al menos, eso me contó un pajarito, sí, ¡ese mismo!, el pajarito que cuando empieza a hablar se acomoda el cabello al tiempo que comienza a sonrojarse y cuyo rostro aun conserva alguna espinilla de su adolescencia recién concluida.

Me alegra dejar en claro que hay cosas que por estúpida nunca te diré, porque antes de hacer eso, tengo la esperanza de que tú me busques para continuar aquella conversación que quedó pendiente en el ascensor ese día que nos declaramos incompetentes para abrir nuestra boca.

Me despido, sin saber si estas letras te llegarán algún día y aclaro que este misil lo escribo para sanar heridas que yo misma me hice, ilusionada con que me beses, como si yo nunca hubiese tenido la oportunidad de hacerlo, ¡qué cobarde!, perdón.
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- Cierto, tienes razón, hay nombres que definen a las personas.

- Pues si es así, Larry, este chico debe haber sido un personaje digno de conocer.

- Lo era, ciertamente que sí. Era una persona de esas que la vida te pone solo una vez, porque los astros no son para todos – Larry miró a su alrededor, puso voz melodramática y continuó – por eso el mismísimo William Shakespeare usó su nombre para una de sus mejores obras.

- Romeo – suspiró el otro.

- ¡Oh, Romeo!, ¡Romeo! ¿dónde estás que no te veo? – y los dos hicieron un minuto de silencio mientras degustaban la cerveza.



Diario de Bianca, página 23

De hace mucho tiempo lo conocía, ya van varios años, aunque nunca fuimos de sentarnos a hablar de corrido, un saludo, alguna conversación en el almuerzo, pero fuera de eso, muy poco de lo que yo recordara que hablara con él. Pero en esas pocas veces que conversamos me quedó claro algo, Romeo es un diamante de persona, una exquisitez de educación, un ejemplar que engalana por todo lo alto lo que debe ser un humano. Es alguien simple, tan transparente que no aparenta lo que no es.



Titular de Noticiero

Aumenta ola de crímenes en el país.



Recorte de periódico

Hombre joven es hallado muerto en Parque Central de Alajuela a altas horas de la noche, no se detalla la presencia de testigos en la escena del crimen.



Anotaciones de Larry

Era un tipo de buen ver, un buen partido, la clase de hombre que a una chica le gustaría presentarle a mamá. Me pregunto cuántas Julietas habrán estado rondando cerca en busca de este Romeo.



Diario de Bianca, página sin numerar

Creo que cuando por fin nos sentamos a hablar, a pocas personas he conocido con el ímpetu de este muchacho, su disposición, su sonrisa, su elegancia que es lo que más le admiro, porque viste tan bien y sin embargo sigue teniendo pinta de ser un amor de persona. Nada más equivocado que la opinión que tiene de sí mismo, y si como él piensa es cierto, eso de que a muchos no les cae bien, yo no entro en ese grupo, a mí me gusta la gente con energía, con amor por la vida. Es un hombre amable, que se olvidó de llevar su tristeza al frente como carta de presentación, marcado por la vida de sacrificios que llevó en su etapa más joven.

Pocas veces le veo el color amarillo, ese que simboliza armonía y que tan bien le iría en su armario.



Encuentro en el bar

- No entiendo – Larry lo miró con cara de estúpido – si opinaba tan bien sobre Romeo, ¿por qué lo mató?

- Sabes, pedazo de imbécil – el otro miró atónito – a veces, solo a veces, el ser humano es tan salvajemente animal que vemos en los demás, cosas que nos gustarían reflejar a nosotros.

- ¿Envidia?

- No, no tiene que ver con envidia.

- ¿Qué es entonces?

- Anhelo… – el otro se quedó sin entender – hay gente que irradia felicidad y cuando nosotros queremos eso para nosotros mismos, no es envidia, es anhelo de ser mejores, hay gente que nos inspira a ser como ellos. Eso se llama: ganas de aprender a vivir.



Diario de Bianca, página 8

Imagino que los padres de este muchacho habrán sido ávidos espíritus de la literatura, de ahí debe haber venido su nombre, que significa “peregrino”. Ese significado explica las diferentes etapas que él ha debido superar para llegar hasta dónde está en la actualidad y ser la persona perseverante que es.

A Romeo lo encontré en un gimnasio y no es que yo vaya a esa clase de lugares, pero cierta amistad me pidió retirar unas cosas y la casualidad es algo tan certero que rara vez no hallamos a quien ocupamos. Ahí estaba ese chico, tratando de entender cosas que habían pasado, fantasmas que se niegan a irse de su vida, amores que naufragan entre las dudas. Tantas veces ha buscado una Julieta y no se da cuenta que Julieta únicamente es una manera de morir, porque así es el amor, una cadena perpetua que llevamos en el alma.

Salimos charlando del lugar, el reloj casi daba las siete de la noche, a esa hora los sonidos son más leves, las nubes se detienen casi por completo para mirar a las personas. Entonces lo entendí, Romeo ya tenía una Julieta, su amor por la vida.

De repente parecíamos dos amigos de siempre, hablando por aquella acera, contando cosas que nunca diríamos frente a nadie, Romeo me contó de amores que guardaba en secreto y yo le narré algunos pecados que habían llegado por cosas de la vida, por situaciones que nadie espera, pero que llegan.

Entonces tropezó, resbaló y golpeó una de las rodillas contra el filo de la acera, nos sentamos, me permití mirar para chequear que no fuera grave y le ofrecí una pastilla que llevaba conmigo para el dolor. Todos merecemos que un ángel se aproxime y nos saque de nosotros mismos, se la tomó con total confianza y fue cuestión de unos minutos para que el opio hiciera efecto, quedó aturdido, sin poder levantarse, me pidió entre risas que lo ayudara a llegar a su carro y así lo hice, pero no podía permitirle manejar así que yo tomé el volante, continuó riendo a más no poder y sin querer me empujó de manera que casi me salgo de la vía. Entonces lo empujé contra su asiento.

- ¡No nos llevemos así! – me gritó.

Empezamos a discutir y desgraciadamente la paciencia no es uno de mis fuertes. Así que frené el carro, busqué entre las cosas que llevaba en mi bolso, volví a sentarme y giré mi brazo derecho. la bala había atravesado el pecho de Romeo y ya no reía, ahora se quejaba del dolor, metí el dedo en el hueco que había quedado en él y lo abrí con mi mano derecha tanto como pude, con la mano izquierda acomodé la pistola en el lugar que estaba ya abierto, la dirigí hacia el lado derecho de su cuerpo y entonces realicé el segundo disparo. Estuve con él hasta que sus manos dejaron de apretarme y supe que había descansado de sus dolores. Limpié mi sudor, conduje cerca de una hora hasta llegar a la ciudad de Alajuela, di varias vueltas alrededor del parque hasta que no vi a nadie cerca, era casi medianoche. Bajamos, bueno, en realidad bajé yo y luego bajé a Romeo que parecía un borracho sujeto a mi hombro, nos sentamos en una de las bancas que está frente al museo y lo acomodé.

Quedó acostado en posición tranquila, puse una rosa sobre su pecho sujeta por sus manos y me devolví a la capital. Al día siguiente hablaban los noticieros sobre el cuerpo de un muchacho con una rosa, como si aquello fuera un acto ceremonial o estuviera sacado de alguna novela romántica.
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- Ella era una chica atlética, practicaba deportes, tenía buena salud…

- Parece que todas las víctimas eran completamente diferentes.

- No te lo creas – le aclaró Larry tratando de limpiar su tos – no te lo creas. Las personas por más distintas que parezcan tienen muchas similitudes entre ellas.

- Dime, ¿nadie sospechó que todos se relacionaban?

- Por más estúpido que te parezca ¡no! – entonces se detuvo para mirar entre el escote de la mesera que servía los tragos - ¡Amén por eso!



Recorte de periódico

Se continúa en la búsqueda de Evangeline J. desaparecida desde la mañana del pasado jueves, cualquier información que tenga sobre su paradero, favor comunicarse con las autoridades locales.



Diario de Bianca, página 3

Sí, esta chica es bastante noble, en ciertas cosas aún parece inocente, no quiero decir que lo sea, es solamente que lo parece. Las apariencias suelen engañarnos, demasiado, diría yo. Es una mujer deportista, practica varios deportes, entre ellos la arquería que es un deporte de habilidad, fuerza mental y piscología.

Los sábados acude a una academia y además lleva prácticas en su casa. También es una chica gamer, amante de consolas de videojuegos y sus secretos ha de tener, como todos.

Me confesó que al principio no le interesaban las charlas, no les encontraba sentido, sus pasatiempos incluían el heavy metal, pero entonces le dije que hasta el heavy metal servía como un rito de motivación si se sabía prestar oído de forma eficiente.



Apuntes de Larry

Heavy metal, gamer, deportista. Un emporio multicolor es esta muchacha. Mi consulta es, si eres feliz en tu relación sentimental, si eliminas el estrés con el sexo y el deporte, si socializas de buena manera, ¿qué te lleva a charlas motivacionales? ¿qué secretos esconde alguien que aparenta tener la vida que tantos otros quieren?



Diario de Bianca, página 17

Vuelvo con Evangeline, la dejé atrás porque prioricé a otros, pero tengo curiosidad de las cosas que esta mujer parece conversar con ella misma cuando está en silencio. Es el tipo de persona que saluda sin prejuicios a quien quiera, que hace conversación y a quien todos le hacen conversación, siempre tiene disposición para socorrer a un alma. A mí me encantan las personas que son tan dadas a ayudar, yo tengo la misma disposición, Dios nos pide a todos ser apóstoles y eso significa ir por el mundo ayudando al más necesitado, algunos dan comida, techo, abrigo, yo quiero dar libertad, la libertad de no temer a nada y estar cerca de Dios todopoderoso.



Apuntes de Larry

Esta chica definitivamente es rara, entendí que vivió esperando un apocalipsis zombie o una mierda de ese tipo, hay gente demasiado chiflada “cu cu cu cu”.



Diario de Bianca, página 19

A mí me encanta el deporte, me incentiva a mí misma el mejorar como persona, tanto física como mentalmente.

Monté mi propio terreno de arquería, en una montaña, a algunos kilómetros de distancia de mi casa, pero para saber qué tanto he afinado mi puntería voy a necesitar a alguien que me ayude con algunas dificultades que tengo, más que todo en la precisión. Evangeline es una mujer bastante corpulenta con respecto a mí, es más alta y eso dificulta emplear métodos simples, por eso he tenido que darle un buen uso a mi cerebro para hallar la manera de contactar con ella.

Sé que los lunes acude a entrenamientos en el centro de la capital, por lo que de casualidad me ha tocado asistir a la zona justo esa noche. Veamos, según mis cálculos llegué algunos minutos de que ella saliera, y en efecto, la miré salir del estadio y despedirse del resto de sus compañeras. Lo admito, no es la forma más bonita, me puse unos audífonos y salí a correr, al acercarme a donde ella estaba la saludé, me devolvió el saludo y entonces comenzamos a conversar, ninguna de las dos esperaba ver a la otra a esa hora, antes de subir a su carro le ofrecí uno de los dulces que llevaba conmigo, con tan mala suerte que mi memoria olvidó en aquel momento que el caramelo estaba inyectado con somníferos, cuestión de segundos para que hiciera efecto en el organismo, la sujeté con ambos brazos para que no cayera al suelo, la llevé a como pude a mi carro que estaba en la acera del frente y la subí al asiento delantero. Iba profundamente dormida, anduvimos cerca de media hora hasta llegar al campo de entrenamiento, la bajé, aún iba dormida, la senté sobre una silla que estaba acomodada a unos diez metros de una línea que dibujé a base de pintura en el suelo, coloqué un paño alrededor de su boca y esperé a que despertara mientras yo tomaba un vaso de café.

Cuestión de una hora más o menos y la bella durmiente despertó de su sueño, eran cerca de las diez de la noche.

- Me di cuenta de que no tengo la agilidad para manejar estas cosas, así que preferí la supervisión de una experta.

Algo intentó decir, pero el paño estaba tan ajustado que no se escuchaba con claridad. Entonces cargué la primera flecha, pero el lanzamiento salió a varios metros de donde mi profesora estaba sentada tratando de zafarse. El segundo intento, también fallido, pero un poco más cerca, lo que me motivó bastante. Tercer intento, logré atinar en la pierna izquierda, mi esfuerzo estaba dando al fin frutos, volví a cargar el arco, ya más emocionada, atiné sobre el brazo derecho, en ese momento, la chica logró zafarse de ambas manos, pero cuando entre lloriqueos hizo el esfuerzo para levantarse, atiné el quinto intento justo en la sien izquierda, pocos deportes he podido practicar con gente que de verdad sepa lo que está haciendo.

He de decir que la verdad me dio cierta pereza volver a cargar con el cuerpo y dado que aquella montaña no es tan transitable, me dispuse a cavar una fosa o algo parecido para darle una cristiana sepultura, la tierra estaba suave y cerca del amanecer ofrecí una oración por el descanso eterno de aquella alma, pocos rastros quedaron de la deportista y el Cielo tiene un ángel para que compita en sus campeonatos internos.
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- ¿Regina?

- Sí, ella es la siguiente que apunté en mi lista.

- Regina era una mujer muy callada, demasiado diría yo – volteó a mirar a una pareja que se deshacía en un beso, miró a su compañero, le lanzó un beso como broma y entonces volvió sobre el asunto – la cosa como te dije antes es que esta chica era en extremo callada y buscaba conectar con su yo interior.

- A este punto debiste estar harto del maldito.

- En realidad – dijo Larry afinando la voz – yo no entré en el caso hasta varios asesinatos después, muchos después. El inepto que pusieron sobre el asunto es un bueno para nada, sabes, para estas cosas se ocupa un tipo sin estómago, ¡con nervios de acero!

- Tal vez algún día yo pueda entrar a trabajar en homicidios.

- Te falta espuela, pero conmigo podrías aprender.


Anotaciones de Larry

El silencio es un tesoro, las personas calladas tienen la cualidad de escoger mejor a quienes harán confidentes. Claro, algunos equivocan el camino, la felicidad en ocasiones se parece a una caricatura, aclaro, solo en ocasiones. Si Regina no hubiera escuchado a su “amigo” cuando este le instó a ser parte de las charlas, aún estaría con vida, desgraciadamente el otro tampoco sobrevivió.


Diario de Bianca, página 26

Regina no participaba de aquellas reuniones los fines de semana en el templo, nunca había asistido a mis charlas sobre superación personal, había llegado mediante otro de los asistentes quien me comentó al respecto y no vi ningún problema en que ella se incluyera en el proyecto, nunca está de más alguien dispuesto a ser mejor persona de lo que es y Regina, ella se notaba con serios problemas de autoestima, de tiempo, era una chica perfecta para estar ahí.



Anotaciones de Larry

En mis años en el departamento de homicidios uno termina por ver tantas cosas, que llega el momento en que sientes que, si el día es tranquilo, es porque Dios se olvidó de ti. La pereza, la tranquilidad, esas cosas reprimen al ser humano, todos necesitamos adrenalina, aunque nos la administramos de formas distintas.



Diario de Bianca, página 27

Durante una de las charlas le hice la consulta de si tenía a alguien que la escuchara.

- Por lo general no, aprendí a escucharme a mí misma.

- La felicito, la voz interior es la guía que ocupamos muchas veces. Me da curiosidad que siento que usted cree mucho en las auras, en las relaciones que tenemos con la naturaleza en general, no solo con las personas.

- La energía nos conecta a todos, las cosas, las personas, los animales, y las almas.

Y, sin embargo, aquella mujer parecía disfrutar el viaje terrenal que llevaba a cabo, como si supiera que sus acciones simplemente eran algo que el destino tenía escrito que debía suceder ¡qué coraje! ¡qué envidia!, yo no podría vivir la vida a como ella la llevaba. Siempre que nos veíamos usaba vestimenta de personajes de manga, de caricaturas, de seres fantásticos. Ella en sí misma era un ser fantástico y yo necesitaba ver la vida desde su perspectiva.



Anotaciones de Larry

Creo y es solamente mi opinión, que de las personas a las que este sujeto ejecutó, probablemente ninguno tenía una conexión tan fuerte con la naturaleza, con la vida, con los animales, como la que ostentaba Regina, aún a pesar suyo de ser una chica que se aislaba con frecuencia.


Expediente 20240701-RG

Regina Q. Mujer soltera, vida estable, sin vínculos con el uso de narcóticos o psicotrópicos. De vida tranquila. Familia conocida.


Recorte de periódico

La brutalidad de los actos no pareciera un accidente. Sin embargo, la policía sospecha que se trate de un ajuste de cuentas o algún tipo de venganza, no obstante, por las averiguaciones que se pudieron hacer sobre la víctima mediante entrevistas a vecinos y otros conocidos, el hecho no parece concordar con este tipo de crimen. Se continúa en la búsqueda de posibles lazos que lleven a conclusiones más certeras al respecto.


Diario de Bianca, página 29

Con un amigo de la infancia conseguí pasaje a peleas de perros clandestinas. Es increíble lo que esas máquinas pueden ocasionar en sus contrincantes, me queda la duda si será posible emular ese mismo acto de salvajismo contra una persona acostumbrada a tratar de buena manera con los animales.

- Estos perros no son precisamente amigables – me dijo el chico que estaba a cargo de las peleas.

- Lo único que preciso es realizar un experimento científico.

- ¿Con quién? – entonces me lanzó una sonrisa que no ocultaba su satisfacción por aquella idea.

Quedamos de vernos en las afueras del condominio donde sabía que vivía Regina, llevaba un par de días observándola, siempre sacaba a pasear a sus perros por las tardes, la ronda se extendía alrededor de una hora, y siempre era a la misma hora, aproximadamente. Llegamos en una Vanette de color blanco, vidrios oscuros y con buen tiempo. Cerca de veinte minutos después allí estaba ella, con sus dos mascotas, le dimos doscientos metros de ventaja, el carro comenzó a moverse lentamente, luego aceleramos un poco hasta alcanzarla.

- Disculpa, ¿cómo hago para regresar al centro? – le preguntó el encargado de las peleas, que oficiaba como chofer.

En el momento en que amablemente se disponía a contestarnos, un tercero apareció detrás de ella y la golpeó por la espalda, yo bajé de prisa, ayudé a subirla al carro y emprendimos viaje. El sitio donde nos dirigíamos se encontraba a poco más de once kilómetros, trayecto durante el cual nos tocó hacernos cargo de ella, yo terminé golpeándola con una valija que estaba ahí.

El sitio era el mismo que yo había visitado anteriormente, un lugar casi en estado de abandono, abrimos los portones, el dueño ingresó en el vehículo, bajamos a Regina a como pudimos, se defendió, me dio un par de buenos golpes, pero luego cuando fuimos tres, sus fuerzas no pudieron ayudarla, entonces quedó arrodillada, mientras lloraba preguntó el motivo por el que estaba ahí. Le aclaré que simplemente se debía a un experimento científico que queríamos corroborar.

Arrastrada la condujimos dentro de las instalaciones, ahí estaba el chico que la golpeó para subirla al vehículo con tres Staffordshire Bull Terrier, hambrientos, con ganas de saciarse.

En la noche, cuando la dejamos a la entrada del condominio (o al menos, dejamos lo que los perros despreciaron) nos dimos cuenta de algo, no todos los animales reaccionan a la voz humana de la misma manera, algunos no entienden razones, ahí acababa el experimento.
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- ¿Hiciste la tarea?

- Creo que sí – dijo el otro mientras sacaba una hoja de su billetera, la tenía doblada en cuatro partes – aquí está.

- Vamos a ver – Larry tomó el papel, bebió un trago de cerveza y le echó una mirada – quién lo diría, pareces un chico muy listo – devolvió el papel a su compañero y siguió - ¿quién es el siguiente en tu lista?

- Augusto.

- Sí, Augusto, mmm… de los pobres cuerpos que pasaron por esa lista, Augusto es el que menos tiempo tuvo relación, de hecho, apenas escribió una vez al diario, pero esa vez, fue más que suficiente.



Diario de Bianca, página 18


“Yo le dije a mi madre, que ni se le ocurriera vender la casa donde vivimos, porque me amarro a la casa y luego le prendo fuego”, “yo recuerdo a aquella modelo famosa en Costa Rica a la que le di un buen beso en una fiesta, pero no sé si ella se acordará de mí”.

Con frases como esa venía la carta que escribía un muchacho joven, de no más de veintidós años y que respondía al nombre de Augusto. Se describía a sí mismo como una persona solitaria, con mirada de misterio e incomprendido por la sociedad, no había logrado encajar en el ambiente laboral más reciente, sentía que otros lo menospreciaban, que no se sentían bien con la compañía de él, los escuchaba murmurar a sus espaldas, escuchaba sus risas a pesar de que no estuviera con ellos.



Anotaciones de Larry


La “Dra. Bianca” se refiere a Augusto como el caso más satánico que tuvo a cargo, el tipo más desenfrenado, más oscuro y con tendencia a la ira, con respecto a las personas que conoció. Tal vez por ello sea por lo que, de todos, fue con él con quien actuó con más prontitud, la agonía de algunas personas es el paraíso para otros.


Diario de Bianca, página 20


La vida de Augusto es una montaña rusa de desvaríos entre el alcohol y el tabaco, aunque para sus adentros cree que vapear es algo que no es nocivo para su salud, ¡pobres almas en desgracia!, cantaba Úrsula en una de las escenas de La Sirenita.

Con Augusto es con quien menos tiempo he tenido de intercambio de ideas, pero de quien escuché las peores aberraciones que alguien con mi salud puede escuchar. Contactarlo, sin embargo, no incluyó métodos de investigación ni nada que se le parezca. Las personas como Augusto buscan una cosa, ser escuchados, que alguien preste atención a sus desgracias, a las atrocidades que la vida insiste en ponerles en medio del camino.


Recorte de periódico



Su cuerpo fue encontrado sin vida bajo circunstancias que se detallan más adelante y de las que las autoridades han pedido toda la ayuda posible para localizar a quien sea culpable de semejantes actos que atentan contra la vida humana.


Diario de Bianca, página 22


He de confesar que siento algo de empatía con esta persona, en mi juventud también experimenté cambios de humor y desesperación, existimos quienes no somos parte de los parámetros de belleza de la sociedad, nos miran como bichos raros, como excentricidades de circo.

Por eso mi premura por sacarlo a él de este laberinto donde se encuentra sumergido, por eso la celeridad con la que debo actuar, hay cosas para las que por desgracia no tenemos tiempo de usar un lubricante, hay que ir como sea, por las buenas o las malas, porque Dios nos juzgará por lo que hicimos y por lo que dejamos de hacer, esto último es todavía más importante que lo primero.



Diario de Bianca, página 24


Las personas confían tanto en quienes no conocen que escriben las direcciones correctas donde viven, con detalles, color de muro, lado de la vía, si poseen ornamentos o cualquier otro detalle. Así llegan los carteros, los cobradores, los encargados del servicio exprés de comidas rápidas, en fin, todos tienen acceso a nosotros, nosotros mismos se lo damos.

Ese día estuve rondando la dirección todo el día, tenía claro cuál era la casa, no se me dificultó el llegar ahí, durante todo el día no hubo ningún movimiento. Cerca de las tres de la tarde, quien supuse correctamente era Augusto llegó, parqueó el carro frente a la casa, abrió la puerta, encendió un cigarrillo y dejó la puerta a medio abrir. Unos segundo más tarde, lo miré salir por la puerta trasera, sacó una bolsa con basura y nuevamente, dejó la puerta a medio abrir.

Saludé a un par de transeúntes que pasaron a mi lado y de a poco me fui acercando al lugar. No se escuchaba ni un suspiro, quien estuviera allí estaba en silencio, asomé la cabeza por entre la puerta, rodeé la casa y me asomé por la parte posterior, no se observaba a nadie y, sin embargo, este hombre, Augusto, se encontraba allí, yo lo había visto entrar. Caminé de manera pausada, yo ya estaba en la cocina, había platos sucios sumergidos en agua, un par de trapos en el piso y una bolsa de cereal regada en el desayunador. Escuché una ducha sonando a pocos pasos de mí, me acerqué al sitio, miré por entre la sala y en algún dormitorio, no había nadie más, me senté en uno de los sillones hasta que escuché la ducha cerrarse. Me pregunto en qué parte de la casa planearía este sujeto amarrarse para atormentar a su madre.

Entonces vi el lugar adecuado, la pared que se encontraba entre la sala principal y el pasillo de dormitorios, estaba completamente lisa, era el lugar perfecto. Me coloqué detrás de donde debía abrir la puerta y al observar que esta abría pude ver a aquel tipo a medio vestir todavía secándose el cabello con una toalla, en un acto rápido le cubrí la cabeza, lo amordacé con la toalla y a como pude lo reduje en el piso, luego de unos cambios de golpes por fin pude dominarlo. A pesar de sus patadas y sus rabietas, conseguí amarrar sus manos a una columna y la otra la enlacé a uno de los muebles voladizos, hice lo mismo con sus piernas atándolas a las patas de la mesa, luego, puse unas revistas que encontré a su lado, sábanas, cajas de cartón, cualquier cosa que sirviera como combustible y que hubiera en el lugar. Vacié un poco de gasolina que llevaba en una botella y antes de prenderle fuego, lo miré a sus ojos llorosos y le dije:

- Esto es para que aprendas a no amenazar a tu madre.

Salí por la puerta principal, la cerré y a un par de calles de distancia miré la casa prender en fuego con su habitante dentro de ella, las ambulancias pasaron a los pocos minutos, pero poco pudieron hacer, quien amenaza a su madre… necesita una lección.
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- Te dije que este bar era bastante bueno, solo mira las nenitas que llegan por acá – comentó el viejo Larry – pero creo que no estamos aquí para ver traseros ni sonrisas. La verdad es que hay tanto que hablar de ese maldito que ocupo algo más fuerte que echarle a la garganta.

Le hizo un ademán a la mesera y pidieron una botella de ginebra. El guarda más joven estaba atento a lo que Larry pudiera contarle sobre el personaje que estaba en aquella celda.

- Aquí tengo la información de cada uno de esos desdichados que murieron en las manos de ese hombre con esquizofrenia paranoide – dijo señalando su cerebro.

- Creí que no se sabía lo que había pasado con todos.

- No seas idiota, han pasado quince años. Todos tenían familia y hay cosas que los periódicos nunca llegan a saber, porque el mundo no necesita enterarse de todo lo que pasa, el amarillismo también tiene sus límites.

- Entonces sabes todas las historias.

- Todas. Pero no puedo contarlas en una noche. Hagamos algo, veámonos cada fin de semana y entonces te iré contando lo que pude averiguar sobre cada uno, hice algunas investigaciones, yo estuve en homicidios y fui uno de los que tuvo a cargo este caso, pero renuncié y acepté el puesto de guarda en la cárcel para poder estar más cerca de tipos como él, la gente solo los ve como asesinos, yo los miro como maestros del sigilo, si los observas durante un tiempo aprendes a descubrir sus pensamientos.

La mesera llegó con la botella, la colocó a la derecha de Larry y este, luego de agradecer, llenó los vasos de ambos y continuó con su relato.

- La primera en desaparecer fue una mujer llamada Rebeca. Parece ser que la susodicha era una muchacha cuya disposición a ganar se volvió un tanto obsesiva.

- ¿No soportaba perder?

- Exacto, bien dicho. Mira esto es lo que sé sobre ella – Larry sacó un libro mal formado con recortes de periódicos y anotaciones que él mismo había añadido, algunas correspondían a datos dados por algunos familiares de las víctimas, algunos borradores escritos por el propio acusado y otras eran simplemente ideas sacadas de su mente a partir de los hechos que le daban como ciertos, simples conjeturas.


Diario de Bianca, página 10

La mañana de aquel jueves recibí la carta de una mujer, tenía la apariencia de ser persona simpática, de buen ver y vestir elegante, apostaría a que nadie en su lugar de trabajo vestía tan bien como ella. Da la impresión por lo que cuenta en sus cartas que es una persona a la que no le gusta expresar sus miedos en público, es bastante cerrada a mostrar sus debilidades, motivo por el cual ve en el deporte un escape a sus preocupaciones, a sus tristezas.

La vida le ha sabido pagar con creces sus buenas acciones. Es la clase de persona que jamás admitiría que necesita ayuda terapéutica, sin embargo, en el fondo de sus pensamientos conoce la necesidad que tiene de expresarse y ser escuchada, es lógico, todas las personas tenemos esa necesidad. Es cierto que cuando Rebeca me escribió vi en ella una figura sin mayores trastornos, se miraba tan altiva, tan sincera consigo misma. Simplemente quería felicitarme porque mi sección en el periódico ayudaba a mucha gente, eso pensaba ella, en medio del amarillismo, mis humildes líneas eran un respiro para las masas.

Comenzamos por intercambiar comentarios, muy rara vez hablaba sobre sus problemas, la chica era un encanto de persona, esa gente es la peor, porque esconde sus agonías en medio de su felicidad y eso los lleva a confrontaciones internas que algunas veces terminan por afectar a seres inocentes. Hablaba mucho sobre deportes, viajes al extranjero, pero entonces, comenzó por describir su dificultad para conciliar el sueño, comentó que había asistido con algunos psicólogos pero que ninguno había dado en el clavo para acabar con sus dolencias, con sus aflicciones.

La piedad humana es una bola de hipocresía, hay quienes se interesan en ayudar a los demás a cambio de una mísera paga, como si Dios mismo nos cobrara por cargar con la culpa de nuestros pecados. Si uno puede ayudar a alguien a escapar de lo que lo fatiga, entonces nuestras acciones están bien respaldadas, eso creo yo y eso debe ser así.



Anotaciones de Larry

Esquizofrenia paranoide: trastorno mental grave que se caracteriza por delirios y alucinaciones, y que afecta la forma en que una persona percibe la realidad. Es la esquizofrenia más común. Quienes padecen esta enfermedad tienden a tener sentimientos de persecución, sospecha o grandiosidad, pueden creer que tienen una misión especial que cumplir, y pueden tener alucinaciones sexuales, entre otras. Son personas aisladas, con pensamientos de suicidio, depresivas y pueden tender hacia el consumo de tóxicos y abuso del alcohol.



Diario de Bianca, página 15

Cuando por fin nos reunimos, al cabo de un par de semanas de la primera carta, confirmé lo que sospechaba, Rebeca era una persona de la que uno se sentiría orgulloso de conocer, sus ademanes, sus maneras educadas. Sin embargo, estaba enferma, aunque ella no lo supiera, el estrés le dañaba sin que ella se enterase. Los ángeles son seres de luz, seres de divinidad, pero ¿y si uno puede ser un ángel para alguien? ¿está mal que uno quiera ayudar a alguien a sanar?



Recorte de periódico

La víctima que respondía al nombre de Rebeca P. fue encontrada en las afueras de la ciudad, a la orilla de la calle, se desconocen las causas que pudieron llevar a su asesinato. Su vehículo fue encontrado a un par de kilómetros del sitio.



Diario de Bianca, página 7

He de confesar que he dejado mis medicamentos y me siento bien, no se lo he dicho al médico, ¿para qué? Sigue recetándome cada mes sin sospechar nada, aunque es cierto que he vuelto a descontrolarme un poco, nada serio creo yo, si Dios tiene el poder de curar leprosos, imagino que también podrá sanarme a mí.



Diario de Bianca, página 16

Aquella noche la esperé a la salida de su trabajo, mi labor era liberarla de los demonios que atormentan en silencio, esos demonios que no vemos pero que se manifiestan en las noches, cuando lloramos sin que nadie nos vea.

Estaba oculta tras una columna del edificio de parqueos, la miré acercarse a su auto, colocó un bolso con su computadora en el piso y luego sacó las llaves de su cartera, abrió una de las puertas traseras, puso el bolso en el asiento, cerró la puerta con cuidado y luego se sentó dentro. Todavía estaba colocándose el cinturón cuando llegué a su lado.

- Buenas tardes.

- Buenas tardes – me dijo extrañada.

- ¿de casualidad no tendrá algo que pueda ayudarme?, dejé mis llaves dentro del carro.

- Creo que tengo una varilla en la parte trasera que puede servir.

Se bajó, abrió atrás, yo me coloqué al lado suyo, no había nadie más en el parqueo y le coloqué un pañuelo con narcóticos que tras unos segundos la puso a dormir plácidamente. Entonces me di prisa, la metí en el asiento trasero y yo tomé el volante. En el camino fui recitando Apocalipsis 3:5 una y otra vez, hasta que sentí que estábamos en un lugar seguro, el efecto de los narcóticos comenzó a disminuir y Rebeca dio muestras de despertar sin tener completa noción de la realidad.

- Dime una ciudad que inicie con la letra E – pero no respondió, el efecto aún no pasaba por completo – está bien, dime el nombre de una fruta que inicie con A.

- ¿Qué pasa? – se frotaba la cabeza con ambas manos.

- ¡El nombre de una fruta que inicie con A!

- ¿Dónde estoy? ¿quién es usted?

- ¡Te dije que me dieras el nombre de una maldita fruta que empiece con A! – entonces despertó por completo.

Frené el carro de pronto, su cabeza golpeó el asiento del conductor, me bajé algo enojada, abrí la puerta, la tomé por el cabello y la tiré al suelo.

- Dime un apellido que empiece con F.

Sospecho que el que yo tuviera mis manos apretando su cuello disminuyó sus facultades para hablar, después de un par de minutos en que no respondió, la solté. Estaba libre, su cuerpo se había liberado de aquellos males que lo aprisionaban y yo había ayudado a un alma a estar más cerca de Dios. La dejé recostada a la orilla de la calle, estaba tan calmada, tomé el carro y al volver a la ciudad, lo dejé bien parqueado, luego hice el camino a casa sin prisa, con la emoción de haber ayudado a alguien que no sabía que necesitaba que lo socorriesen.
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“Contrario a lo que piensan algunas personas, el sexo no es lo que más corrompe a la sociedad, lo que más corrompe es el dinero, eso cambia a las personas, hay quienes se creen la gran cosa porque tienen dinero en sus bolsillos, a esas gentes las escupo… son tan miserables que se creen mejor que el resto, por ellos llegará el Juicio Final, por lo que le quitaste a tu hermano y por las veces que viste a los demás por debajo del hombro”.

Salí con la frente en alto, con la convicción de un trabajo bien hecho, con la tranquilidad de que durante todo este tiempo siempre había dado lo mejor de mí. Y eso es mucho, es mucho porque hay personas que siempre dan menos, siempre se creen superiores, viven su vida con arrogancia, con ínfulas mal puestas, a ellos no les debe la vida nada, son ellos quienes le deben a la vida, al prójimo, a la historia. Pero yo puedo mirar con la frente en alto a quien sea, he hecho todo lo que me ha sido posible, nunca renuncié a ser yo, si hoy me voy, es porque todas las historias terminan, ¿cómo no habría de terminar la mía?

Compré un boleto sin retorno a Estados Unidos, iba por el sueño americano, para comprobar por mí misma si realmente es mejor la vida en ese país. Justo ahorita estoy bajando del taxi y camino hacia el aeropuerto, por costumbre solamente llevo una maleta, no es mucho lo que alguien como yo ocupa para cambiar de vida, voy con una sonrisa, incluso saludando a la gente.

Entonces, comienza el espectáculo, comienzan a sonar las sirenas de las patrullas, se oye un disturbio en las afueras, la gente voltea a ver, como lo hacen las personas que se interesan en los asuntos de los demás más que en los suyos propios, me detengo, tengo seis policías que me impiden el paso. Me siento como Cristo cuando llegaron los soldados a atraparlo como un ladrón en aquel monte en medio de la noche.

- ¡Suelte la maleta! – me grita uno de ellos por tercera vez, la suelto, más que eso, la dejo caer pausadamente - ¡con las manos arriba! – me colocan las esposas.

- Todo lo que diga puede ser usado en su contra – me dice otro más joven.

¡Qué voy a decir!, las personas no conocen a sus pastores cuando los tienen en frente, existen personas que queremos arreglar este mundo, pero las masas políticas nos lo prohíben. Nos argumentan que somos iguales, pero cuando alguno quiere ser luz, aparecen los intereses de los poderosos para llevarnos a la oscuridad.


Quince años después, en la cárcel de máxima seguridad, San Rafael de Alajuela.



- Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Aleluya! ¡Aleluya! – así terminé mis oraciones aquella tarde.

Habían cambiado de turno, los guardas aun hablaban de los pormenores que sucedieron durante el día, las duchas de agua fría que habían dado a los que habían resistido, los presos malcriados que lanzaban excremento a la comida y a las paredes, en fin, tantas cosas que un chico como ese guarda nuevo no estaba acostumbrado a ver.

- Este es singular, verdaderamente singular – le dijo el viejo Larry, soltando una risa apenas perceptible.

- Dice aquí que su nombre es …– estaba contestando el otro hasta que fue interrumpido.

- No – le dijo Larry – no lo llames por el nombre que viene en esas libretas estúpidas, eh mira, pon atención – luego abriendo la rejilla de la puerta y dirigiéndose a mí con un tono bastante burlón, dijo mientras el otro se alejaba dos pasos – ¡Eh, Doc!

- ¿Es doctor? – le preguntó el más joven.

- No te acerques tanto – luego le señaló las paredes y cerrando los ojos movió sus manos como si estuviera dirigiendo una orquesta filarmónica.

- ¿De quién son esos nombres?

Entonces, Larry sacó un viejo recorte de periódico que llevaba en su billetera, lo desdobló y roncando para afinar su voz leyó:

- Asesino múltiple condenado a cadena perpetua en cárcel de máxima seguridad – el otro chico estaba atónito, Larry siguió leyendo – mmmm… veamos… ah sí, conocido por su alias de la Dra. Bianca, el hombre fue acusado por la muerte de más de quince víctimas, a quienes aseguró liberó de sus trastornos, dado que en su opinión eran personas con problemas psicológicos cuyo tratamiento no podía ser coordinado por los profesionales en la materia. Sus víctimas fueron personas que contactaron al homicida en busca de consejo o pidieron a algún conocido que los contactara por ellos. Algunos fueron sepultados en los jardines traseros de su propiedad y terrenos aledaños, algunas de las víctimas llevaban meses perdidos y sus casos habían sido perseguidos minuciosamente por las autoridades. Este hombre con problemas de personalidad múltiple escribía para un conocido diario local bajo su pseudónimo de la Dra. Bianca dando mensajes sobre temas personales, se dedicaba a terapia espiritual durante los fines de semana en la iglesia de su pueblo y procedió con los asesinatos a lo largo del último año.

- Pero – le interrumpió el otro guarda, asustado – esos nombres que están en las paredes, Nicolás, Paolo, Rebeca.

- Son los nombres de sus víctimas, este bastardo los escribió él mismo – le contestó Larry guardando de nuevo el papel en su billetera – el último al que asesinó fue un tal Vinicio, lo estranguló a medianoche, después de salir de un bar de mala muerte ¿quieres saber lo que pasó con el resto?

- ¿Sabes lo que pasó con todos?

- Con algunos, vamos ¡pregunta! – a Larry le temblaba la voz de la emoción.

- ¿Enrique? – la voz de este era más temblorosa todavía.

- Lo sepultó vivo, a dos terrenos de su casa.

- ¿Donato?

- Cinco puñaladas en la espalda – Larry lo tomó por los hombros – ¡vamos hombre, pregunta con emoción!

- ¡Tadeo! – dijo el otro alzando los brazos.

Larry le bajó los ánimos y luego le contestó:

- Créeme, no quieres saber lo que le pasó a ese tipo, tampoco quieres saber lo que le pasó a esa chica que está escrita arriba, Amalia. Mira, vayamos por unas cervezas cuando salgamos y tal vez con alcohol te cuente lo que les pasó a los otros desdichados. Algunos quedaron tan maltrechos que las autoridades no saben a ciencia cierta lo que les hizo y el pedazo de infeliz nunca quiso hablar.

- Es un hijo de la gran …

- Sí, tranquilo, tranquilo, en el bar te lo cuento.

Luego cerraron la rejilla y los escuché alejarse a pasos lentos, tan lentos que casi podía contarlos, contrario a lo que creían, no estaba sola en aquella habitación, algunas veces, puedo ver a Isabel, Romeo y el resto de mis chicos que vienen a visitarme, no lograron sanar en su totalidad y me visitan usualmente para que yo continue contando sus memorias, no son simples cadáveres como la gente quiere hacerlos ver, hay gente que no muere nunca, son eternos. Tal vez sean ángeles, tal vez tengan razón, quizás estoy en una celda, pudiera ser, aunque para mí, simplemente me alejé de la gente, descubrí que las personas tenían tantos conflictos que yo no podía curar, y si no podemos cumplir con nuestro propósito en la vida, no tenemos razón para seguirla llevando a cabo.
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Ese día mientras toda la oficina se encontraba en su diario vivir, yo estaba camino a una cafetería del centro de la capital, no apunté el nombre o al menos no lo recuerdo en este momento, fui para encontrarme con el abogado, me escribió el día anterior y me pidió que nos viéramos porque tenía una noticia agradable que contarme, una noticia que sería un impacto en mi vida, así la describió. Mi querido abogado iba a sorprenderme con algo, espero merecer esa noticia.

Quedamos en estar a las nueve y cuarenta de la mañana, yo llegué al sitio diez minutos antes, había una pareja desayunando y un señor leyendo uno de esos periódicos donde disfrutan alarmar a la población con noticas sobre crímenes, gente desaparecida y demás atrocidades. Aproveché para pedir una taza con café sin leche y un pan dulce, mientras esperaba que él llegara. Puse mi bolso en la silla que se ubicaba frente a mí, revisé que el maquillaje no fuera tan estrambótico y esperé por la noticia. Un minuto antes de cumplirse la hora acordada ingresó en el local un joven, un niño que debía andar entre los once y los doce años, venía bien vestido, imaginé que los padres entrarían tras de él pero llegó solo, empezó a mirar por todo el sitio buscando a alguien, yo estaba con el celular en la mano esperando algún mensaje que no iba a llegar.

Entonces el muchacho caminó hacia mí, me saludó y me pidió permiso para sentarse, le indiqué de manera cortés que estaba esperando a alguien y que era cuestión de segundos para que mi acompañante llegara.

- No va a llegar – se sentó y se quedó observando mi cara de asombro.

- ¿Disculpa?

- Me llamo Eliseo y soy el hijo de Mauricio.

El sorbo de café que estaba en mi boca casi se devuelve a la taza, pero por su cara pude notar que mi reacción era la más natural.

- Así que usted es Bianca, es bastante bonita.

- Gracias, así que tu papá no va a venir.

- Ni siquiera sabe que usted está aquí esperándolo, fui yo quien le escribió.

Si algo le reconozco al chico es que no perdió la tranquilidad, al contrario, se mantuvo tan relajado que parecería que era mi hijo, le pedí un café, pero dijo que no esperaba tardar demasiado.

- ¿Qué pasaría si llamo a tu papá? – yo simplemente estaba desafiándolo para saber hasta dónde podía llegar.

- Pasaría que usted perdería el tiempo y mi papá le haría una escena por lo que voy a decirle y por lo que él no ha tenido el valor de contarle – parecía tan tranquilo, tan normal que empecé a sentir algo extraño dentro de mí misma.

Acto seguido abrió un sobre que llevaba en sus manos, sacó unos papeles y los puso en la mesa junto a mi taza de café.

- ¿Qué es eso?

- Los boletos de avión.

- ¿De cuál avión?

- Nos vamos en quince días para Argentina, a mi padre le salió una oportunidad de trabajo y ya tiene todo listo para irse.

Los dedos de las manos me comenzaron a hormiguear, la pierna izquierda me dio un jalón y no tuve muchas cosas que decir.

- Es mentira, tu padre me lo habría dicho.

- Compruébelo por usted misma, busque las reservaciones para el vuelo y verá que no es mentira. Mi papá piensa irse sin decirle nada a usted, de lo contrario, ya usted lo sabría. Puede estar tranquila, mi mamá no sabe que usted existe, pero yo no soy tonto, y una noche me levanté casi a las once y sin que él me viera me quedé recostado a la pared mientras tenía una videollamada con usted, hay maneras de recuperar los números que se borran de un teléfono.

No dijimos mucho más, me sentí sucia, inmunda, quería que la tierra me tragara en ese momento, salimos juntos del local, yo no pude terminar el café y el pan de seguro se me habría atragantado de comer siquiera un pedazo más. Yo tenía tantas cosas dentro, tenía rabia, tristeza, dolor, culpa.

Le prometí que no hablaría más con su padre y tomé un taxi para irme a casa. Esa tarde fui al banco e hice los trámites para renovar mi pasaporte, yo tenía visa estadounidense, pero mi pasaporte estaba vencido, así que hice el trámite respectivo y quince días después tuve el documento en mis manos, entonces comencé a buscar algún destino para comenzar el sueño americano, para irme lejos, no volví a contactar al abogado y tampoco le respondí ninguna de sus llamadas ni de sus mensajes, yo había sido una estúpida durante todo este tiempo, lo peor es que creí que yo era la lista de la relación, pero aquella charla en la cafetería me hizo entrar en razón y abrí los ojos.

Sé que hay cosas inconclusas, la casa la dejo patas arriba, con tantos despojos, tantas tonterías, una mujer como yo no ocupa recuerdos que la atormenten, no somos hombres, somos flores delicadas que nacen en jardines. Tengo un tumulto de cartas que dejé a medio escribir, ya no tiene sentido que las termine, sus destinatarios no van a recibirlas, ya no.

Cuando tuve las fechas de vuelo hablé con mi jefe y puse la renuncia, fue viernes, ese día todos mis chicos están trabajando desde sus casas así que no le vi la cara a ninguno de ellos, no me despedí, no quería dejar rastros, me oculté entre las sombras para que nadie me viera partir, para que nadie estuviera presente cuando yo diera por terminadas mis labores, me fui en silencio, con un poco de nostalgia sí, pero con la sabiduría de que había hecho las cosas de la mejor manera, porque uno no debe marcharse ni antes ni después, uno debe irse cuando debe irse.
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