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De las lides del amor en veintidós sonetos

Publicado por lesmo en el blog El blog de lesmo. Vistas: 18

Estimado lector:
Se traen a este espacio veintidós sonetos publicados en este Portal de Mundopoesía en estos, aproximadamente, tres años atrás. Se trata de una miscelánea de temáticas y algunos de ellos se han aderezado con una pizca de humor. Muchas gracias por su lectura.
Salvador.


I

Tus almenas

Me agoto del poder de tu conciencia
marmórea que cubre mi mortaja
que por dura y maciza no se raja
aplastando mi ardor con su prudencia.

Y ahogas mi brutal concupiscencia
destinando mi mar a una tinaja,
que oprimido con una estrecha faja
ni embiste en sus mareas con violencia.

Tú me cortas las alas y los vuelos
dejando sin resquicio a mis anhelos
en tu fuerte castillo y tus almenas.

Y allí ni me alzaré siquiera un palmo
ni tendré un instante de aire calmo
si a la vez con miradas me enajenas.

II

Tiránico deseo
(Soneto dialogado)


– Cuando miro tus labios sensüales,
insuflados de aliento tan volcánico
yo me muero en tus ojos con el pánico
de caer en mis ansias más carnales.

– Tu mirada traspasa mis portales
despertándome así el ardor titánico
y ya sin voluntad siento el tiránico
deseo de tus puntos cardinales.

– Arden mis más ocultos pensamientos
cuando me acerco a ti, acelerando
cada fibra sensible y esperando.

– Si me aguardas, amor, bebo los vientos
por tu boca que grita, en tanto avanza
hacia ti el fiero impulso de mi lanza.

III

... un punto de lo justo

Yo me enredo en tus formas, dulce musa,
de redondo asomar exuberante
y en la prenda sutil, y en el tirante,
con mirada solícita e intrusa.

Y en esa tesitura que me acusa
disimulo, mas nunca lo bastante,
mis ojos abandonan tu semblante
descendiendo y recaban en tu blusa.

Qué hábil el botón que se libera
aireando tu escote con cuidado
y te alivia en un punto de lo justo.

De forma que parece que supiera,
al haberse por fin desabrochado,
mi mucha gratitud por darme gusto.

IV

Tu carmín

El carmín de tus labios que perfila
la delicia que tienes en el gesto
de encarnados matices, por supuesto,
me seduce, me arroba y me encandila.

Con brillante destello que rutila
siempre pone en mi ser de manifiesto
la esencia varonil, y así por esto
también se me dilata la pupila.

Tu carmín es objeto del deseo
e incesante martirio de mi boca
y en mis ojos motivo de recreo.

Y es tanta la pasión que me provoca
que si acaso algún día lo blanqueo
con mis besos será con furia loca.

V

Diez golosinas

Tus brazos encarnados se terminan
en diez dulces y largas piruletas
que son las golosinas con que aprietas
mis ansias enervadas que alucinan.

Y cuando me recorren me adivinan
aviesas intenciones, nada ascetas,
que luego con el índice sujetas
al ver con la pasión que se avecinan.

Mas ay, si descuidada y sin resabios
me las pones sin más sobre los labios,
tranquila, porque nunca soy arisco;

que es mucha la bondad que me supones
sin saber el peligro al que te expones
pues me muero por darte algún mordisco.

VI


Tu envés


El envés que decora tu figura
te hermosea el compás cuando te alejas
y con las ansiedades que me dejas
no puedo manejar la tesitura.

Desprovista de su nomenclatura
tu espalda, demudada en dos bermejas
colinas de parábolas parejas,
al marcharte, imponente, te clausura.

En ese caminar perfecto y bello
claudico en menoscabo de mi cuello
que se gira hasta un límite imposible.

Y mi vista entregada que se mece
te persigue hasta que desaparece
ese encanto en lo onírico intangible.

VII

Quién diría

Quién diría que pasas los cincuenta,
Dios ayuda, seguro, al que madruga,
hermosea en tu piel la escueta arruga
si en encajes, sutil, se transparenta.

De esa colección que tan bien sienta
y el armario a tu gusto te conjuga,
aunque vaya con paso de tortuga,
por supuesto, me sigo dando cuenta.

Con esos deliciosos ingredientes
aún pones larguísimos los dientes
y lo noto si vamos de paseo.

Tal cosa ya carece de importancia,
pues mantengo una estrecha vigilancia
con los ojos abiertos del deseo.

VIII

Las debidas precauciones

Me matan las debidas precauciones
que tomas a mi lado talentosa
de cuando, con mirada candorosa,
escondes, a la vez, las tentaciones.

Así te pediré que le condones
las deudas a mi vista, si nerviosa
desciende por tu blusa cuidadosa
que oculta mientras muestra tantos dones.

Mujer, si alguna vez me propasara,
¡piedad!, si me lo notas en la cara
son solo pensamientos, te aseguro,

que llegan pasionales y me fluyen,
pues sabes que los mismos se concluyen
como ya es de costumbre, sin futuro.

IX

Me dices que me quieres

Me dices que me quieres, no lo dudo
por mor de este soneto y de su rima,
que yo te quiero más si estas encima
y más estando encima tu desnudo.

Verás, si tú no puedes yo te ayudo
que ganas no me faltan que me oprima,
dulcísimo, el vaivén que no dé grima,
sudando, en tanto que yo quieto sudo.

Así es como el amor más se comprende,
así, cuando no existe ni un "depende",
con gracia, desparpajo y sin camisa.

Que tiempo habrá después para el descanso
y para hacer también un poco el ganso,
y para reventar los dos de risa.

X

A tus piernas

La imponente y solemne simetría
que, ingrávida, te eleva hacia la altura,
nacaradas, te funde a la cintura
proezas de alabastro y poesía.

Quien te hiciera tal molde rompería
solo al ver, con asombro, en su escultura,
la exacta columnata en alzadura,
y supo que otra igual ya nunca haría.

Fuera entonces, mujer, y solo entonces
que guardaron tus fustes en los bronces,
y en romances, canciones y aleluyas.

Pero fuera al instante de cruzarse
que las diosas tuvieron que allanarse
pues tus piernas jamás serían suyas.

XI

Tu lágrima

Tu lágrima es un brote diamantino
que trémulo desciende en la mejilla,
perlado rebosar que fluye y brilla,
y guarda en sus esencias lo salino.

Tu lágrima es goteo cristalino
de pena alambicada, y sin mancilla
a veces se suspende y maravilla
al párpado que ampara su destino.

Tu lágrima es acuosa, y decidida
se apresta a revelar en mi pañuelo,
a mis labios, secretos de tu herida.

Tu lágrima, rivera de tu duelo,
al quedarse en mi pecho detenida
hierve de mi ansiedad por tu consuelo.

XII

No perderé

Tú fuiste un gran amor inacabado,
camino sin final no recorrido,
tú fuiste cuadro, al fin, descolorido,
al cual dejó el buril difuminado.

Tú fuiste el gran trigal jamás segado,
vacío de gavillas y de ruido,
tú fuiste pasajera del olvido
al tiempo que reinaste en mi pasado.

Tú fuiste mi caer al hondo abismo
y nunca terminar de allí caer,
y fuiste el gran poema del mutismo.

Tú fuiste mi batalla sin vencer,
eterna, interminable, y por lo mismo
la guerra que jamás he de perder.

XIII

... y sé que me amas

Despierto con la magia del momento,
hasta el aire parece que se atreve
a llamarme a la vida, suena el viento
al cristal devanado, arcano y leve.

Despierto, y tengo sed y sigo hambriento,
la luz no será luz hasta que pruebe
el agua y el sabor del alimento
gozoso del asombro que me mueve.

Despierto con la furia de las rosas
que inunda de color todas las cosas
y son en ese instante vivas llamas.

Despierto, todo es nuevo al comprobarte
y ansío como nada el abrazarte,
y sé que estás dormida, y que me amas.

XIV

Te recuerdo

Te recuerdo esperándome en la puerta
con abrazos sin fin, la dulce boca
carnosa que me dabas como loca
y cómo la dejabas entreabierta.

Te recuerdo mirándome despierta,
y tu lágrima, como cristal de roca,
cayendo de ansiedad porque era poca
la tarde que nacía medio muerta.

Te recuerdo de nácar, y tu mano
que me daba la hondura de tu seno
y cómo yo libaba tus sabores,

y cómo me decías, ¿no es temprano
aún para colmarme de veneno?,
y marcharme contigo en mis olores.

XV

El beso de dora
(Soneto con eco)


Del beso aquel, aquí confieso, eso,
que fue de amor, con mi sentido ido;
haber de ardores tan transido, sido;
ni de pensarte en el exceso, ceso.

Si en tal manera hoy me expreso, preso,
es por deseos, y a Cupido pido,
me deje en paz, que del descuido, huido,
me traspasó, sin más, mi obseso, seso.

Perdido va si el que os adora, Dora,
no tiene al menos, mi señora, hora;
mi voluntad ya no la adiestro, diestro,

ni el corazón, de tanto oscuro, curo;
que en pos de vos va con apuro, puro,
o más bien va detrás de vuestro estro.

XVI

Quinientos veinticuatro y...

No sé si alguna vez te has preguntado
por cuántos son los besos que me diste
en este poco tiempo que ha pasado
desde el feliz momento en que viniste.

Yo sí llevé la cuenta, con cuidado,
también de los adioses que dijiste,
sin éstos, al estar acostumbrado,
sería con certeza un hombre triste.

Así, con cada beso y despedida,
la cifra poco a poco va creciendo,
sin prisas, deja que sumando goce.

Y digo, por razón de mi medida,
en este haber calculo voy teniendo
quinientos veinticuatro y algún roce.

XVII

Mis pecadillos

De algunos pecadillos que cometo
te hago totalmente responsable,
pues siembras mi pensar de lo impensable
dejándome al marcharte todo inquieto.

Te colmo de requiebros, con respeto,
por verte en la sonrisa lo adorable,
también por si pudiera ser probable
dar fin de otra manera a mi soneto.

Bien sé que es la ilusión de lo imposible,
aunque este sufrimiento ya me agrada
al punto de creerme masoquista,

y pongo la esperanza en que un fusible
se funda en tu vergüenza acostumbrada
y empleo el apagón en la conquista.

XVIII

No puedo, no sigas...

No puedo doblegar por más que intente
la lumbre de las tardes que encendiste,
terrible incandescencia con que abriste
mis ojos a tu cuerpo indiferente.

No tengo ya el dominio de mi mente
con esa espuela atroz que te pusiste,
si tensa va la brida, ya lo viste,
por ti se desbocó desobediente.

No sigas con la tala del ramaje
que así fluye la savia y reverdece
el árbol que plantaste en mi paisaje.

No creas en el tiempo, no encallece,
al hueso está llegando tu cerclaje
y, a veces, ni de espino me parece.

XIX

Tatuaje

Sobre tu pulso diestro se sucede
la dulce ondulación de tu latido,
que es un signo vital y repetido
al cual mi tacto ilusionado accede.

Yo sigo el repicar del aleteo
llegado de tu pecho generoso
y acompaso a tu ritmo cadencioso
el ávido bullir de mi deseo.

Allí precisamente te has dejado
que hicieran, indeleble, un tatüaje
a salvo del olvido despiadado.

No sé si lo pensaste aquella hora
que estaban dibujando en tu paisaje
la rosa de mi amor que te decora.

XX

¿Quién sería?

¿Quién le dio con científica metría
a tu cuerpo la exacta arquitectura
y la convexidad a tu cintura
que en su curva derrapo cada día?

¿Quién compuso sinfónica armonía
que en las notas obtuvo tu dulzura
y qué impulsa al andar esa figura
que al ballet inspiró coreografía?

¿Quién te hizo con tan perfecta escala
si pareces venida de algún sueño
que a las diosas de envidia descabala?

¿Quién le puso en tal fábrica su empeño
que en beldad a tu lado nada iguala
porque el molde rompió con tu diseño?

XXI

Tu cuerpo

Tu cuerpo es mi tragedia destilada,
licores tan amargos como ardientes,
tu cuerpo lleva gotas de ponientes
y esencias de mi luz desmantelada.

Tu cuerpo es mi pupila encarcelada
detrás de tus pestañas envolventes,
tu cuerpo tiene montes y vertientes
que apenas rozaré con la mirada.

Tu cuerpo es a la hora vespertina
un río de sonrisas, solo eso,
la tarde con tu gesto se termina.

Tu cuerpo es el lugar donde voy preso,
es hambre, es el grillete y es la espina
y todo en tu mejilla si la beso.

XXII

Con lo poco que das me das la tarde

Con lo poco que das me das la tarde
decorando mi alma de emociones,
y esquirol de la huelga del cobarde
no me atrevo en contadas ocasiones.

Yo sé que solo tú me lo consientes
y la cosa ya toma alguna holgura,
pasaré de decírtelo entre dientes
a expresarme con cierta caradura.

Aun dudando que sea publicable
te lo escribo en el tono más amable,
bien lo sabes, con todo mi respeto.

Y me quedo tranquilo y a tu lado,
hambriento por haberte devorado
entretanto pensaba este soneto.
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