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EL PROSTITUTO (3).- LAS TRES TÍAS. 1ª parte

Publicado por Pessoa en el blog El blog de Pessoa. Vistas: 205

LAS TRES TÍAS. 1ª parte

El abuelo de Teodulfo, terrateniente según los viejos cánones, anclado en la tradición y respetuoso con ella, había aceptado con sumisión el designio divino de no haberle dado hijos varones. Cuatro hijos concibió su esposa de sus numerosas coyundas, pero los cuatro fueron hembras. Cierto es que con el paso del tiempo en todas ellas, menos en la madre de Teodulfo, aparecieron caracteres viriloides que menguaron, y no poco, su atractivo. Aunque quedaban las tierras, las mejores de la comarca, el viejo labrador no ponía muchas esperanzas en que esa dote compensara la falta de belleza y natural femenino de sus hijas a la hora de encontrar marido. Porque además de los aditamentos pilosos en sus rostros, todas ellas tenían portes y ademanes que evidenciaban que, en el seno materno, iban para chicos, gañanes de recio cuño que hubiesen alegrado la vida del Sr. Orencio, el frustado abuelo. Andares recios y escasez de atributos femeninos: hombros salientes, pecho deprimido, trasero liso como un trillo de era. Y las vestimentas. Como en tantas ocasiones en los pueblos de las profundidades rurales, los lutos frecuentes con sus manifestaciones de largas ropas negras, u oscuras en los “alivios”, hicieron que las cuatro hermanas pasasen gran parte de su infancia y de su juventud cubiertas con sayas negras, las cabezas tapadas con espesos velos y faldas hasta los pies. Salvo, claro está, la madre de Teodulfo; y le pasó lo que ya sabemos. Y ese culto a la tradición, impuesto por el severo abuelo, hizo que las mujeres de la familia -sólo mujeres, que desgracia, se lamentaba el viejo Orencio con la mirada perdida en sus trigales que llegaban hasta el horizonte -cuyo sensual ondearse con la brisa de poniente evocaba a las bailarinas orientales-- fuesen y tuviesen fama en la región de seres inalcanzables, puestos en la Tierra para advertencia de pecadores. Y no es que faltasen durante algún tiempo pretendientes atraídos por el señuelo de las buenas tierras. Pero la actitud de las pretendidas, la displicencia de su trato, su total falta de atractivos físicos y el evidente rechazo que manifestaban hacia el sexo fuerte, los ahuyentaba rápidamente. Y el abuelo Orencio los dejaba marchar aceptando la voluntad de Dios.

Pero como las desgracias nunca vienen solas, como enseña la sabiduría popular, la llegada a la vida de cada una de las cuatro hijas coincidió con un particular onomástico, regulado por el santoral cristiano, que según la tradición debía imponerse en el bautismo a cada una de las criaturas. Resultó de tal coyuntura que las cuatro hermanas vinieran a llamarse Otilia, Obdulia, Orencia (por el abuelo) y, por fin, la madre de Teodulfo, que se cristianó con el nombre de Baudilia. Y ello unido a la escasa femineidad de las muchachas pareció labrarlas un destino áspero, austero, contenido y abstinente, lejos de toda fruición, deleite o complacencia que las escasas situaciones que se ofrecen al ser humano para entibiar los rigores de su condición de “ser-para-la-muerte”. Bueno, el señor párroco lo decía con otras palabras menos existencialistas. Ni siquiera en las fiestas del pueblo ni en los atardeceres en las eras, que ya es limitarse.

Pues como anunciábamos en el capítulo anterior, las tres hermanas, deseando mejorar su situación social y ser iluminadas con los resplandores de la cultura, sin asomo, eso sí de la menor lubricidad ni tendencias volterianas de las que estaban advertidas por su señor párroco y director espiritual, buscaron casa en la capital (pongamos que hablamos de Madriz) para tratar de alcanzar ese desideratum que la austeridad castellana cristalizada en el ambiente de sus pueblos, les negaba. Y allí marcharon con carta de recomendación al secretario del señor Obispo, quien cumplidamente las puso en contacto con banqueros, registradores de la propiedad, notarios… en fin, con las personas adecuadas para resolver los intrígulis de unas gestiones irresolubles para ellas. Y todo ello bendecido con el santo óleo del dinero para engrasar cualquier obstáculo.

Y así se situaron en un amplio y oscuro piso (un segundo sin ascensor) de la calle de las Huertas, próxima al Paseo del Prado. Y la iglesia tan reverenciada donde se daba culto al Jesús de Medinaceli. Un barrio todavía no contaminado por la modernidad, apacible, sin “movida” ni gentrificación, conceptos estos desconocidos todavía, anteriores al tumultuoso devenir de la ciudad. Las costumbres de las que pronto fueron conocidas como las “tres beatas” no rompían mucho con las que eran del uso cotidiano del barrio; misa matutina en la Basílica de Jesús de Medinaceli, compra en el Mercado de Antón Martín, un paseíto por el Paseo del Prado, santo rosario en casa, con Teodulfo; y asistencia cuando tocaba a las Conferencias de San Vicente de Paúl, en la algo lejana calle de Peligros. Allí empezaron a tomar contacto con lo más granado de la sociedad católica, conservadora y guardiana de los valores de la sagrada tradición que volvía por sus fueros pasado ya el cataclismo de la guerra civil. Allí estaba su caldo de cultivo y allí se encontraban como en el pueblo; pero en un ambiente mucho más distinguido.

Las actividades que, poco a poco, se fueron instituyendo como actos sociales de las recién llegadas solían ir acompañadas por otras más atractivas, como degustación de chocolate casero con dulcería pueblerina, que eran muy apreciadas por los concurrentes, que ya habían olvidado los sabores de su infancia, proporcionados en los ya lejanos años de la anteguerra por las habilidades de abuelas, tías solteronas y empleadas de hogar de las que, para disimular los deslices de los amos, se acogían con el estatuto de familiar lejano a las caritativas prácticas de la casa. Se empezaba con el rezo del santo rosario en cuanto había un mínimo “quorum”, los asistentes bajo los más aparatosos pretextos solían llegar tarde a la parte piadosa de la velada, para seguir con el servicio de la chocolatada y los pestiños, churros calientes, torrijas y demás delicias caseras que, con inusitada abundancia para los tiempos de escasez que todavía se vivían, se servían como adobo de una cierta tertulia, en la que se pretendía repasar los problemas nacionales y, si procedía, denunciar algún desliz ideológico de conocidos y vecinos, o la sospecha de la infiltración de algún rojo en la comunidad.



(continuará, espero)
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