1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación

Katia N. Barillas - Escritor * CAVILARES EN PROSA - Prosema: ENTRE SOLEDAD Y HASTÍO

Publicado por Katia Barillas en el blog EfÍmera ilusión. Vistas: 51

ENTRE SOLEDAD Y HASTÍO
© Katia N. Barillas

Estaba sola en casa y buscaba la manera de cómo entretenerme con la belleza que solo tiene el sonido vacuo del silencio. Escuchaba afuera ulular al viento. En cada uno de sus fuertes soplidos, me traía los recuerdos vanos y perdidos… Recalcaba en traer a la memoria, lo que hacía mucho tiempo había dejado en los callejones abarrotados de malas sensaciones y de olvido.

Es martes, 22 de enero del año 2019. Estoy en San Francisco, California, Estados Unidos de América. En el reloj de pared que tengo frente a mí, sigue transcurriendo el tiempo sin descanso, con un tic-tac agónico, errantemente moribundo que me provoca desestabilidad y desesperación. Sus agujas pendencieras marcan las 12:22 de la madrugada. Me detengo en el umbral de la puerta que conduce hacia mi rincón favorito, ese que me sirve para analizar a solas mis vicisitudes, alegrías, tristezas; ese cuyo hermetismo coadyuva a que encuentre una salida a cada desagravio y una solución a lo que parecía no tener respuesta aparente. Mis ojos inquietos se posan sobre la vieja hendija por donde siempre dejo asomarse a los sueños. La chimenea tenía su gran boca abierta y dentro, unos cuantos trozos de leña semi apagados y cenicientos. Los revuelvo y alimento el fuego, agregando más madera y le atizo despacio, hasta que las llamas se yerguen de nuevo.

Tomo mi libro preferido: Las obras selectas de don Miguel de Cervantes Saavedra (que me regalara un buen y querido amigo, que hace diecisiete días -de manera repentina- partió por el desconocido sendero del no retorno, ese que conduce directo hacia las infinitudes de lo eterno). Me dispongo a leer “La española inglesa”. Preparo el sillón, acomodo los cojines (quiero sentirme más cómoda), halo el banquito para suspender mis piernas, tomo la colcha que me calienta más y me preparo un café con vino tinto, para palear un poco el desconsuelo que me agobia con soledad y hastío.

Enciendo mi equipo de sonido. He insertado un disco compacto desde donde emergen los mejores conciertos de Mozart. Tomo el “best seller”, corro la cortina para ver a través del cristal de la ventana a las gotas de lluvia caer densamente así… Como si en su gotear permanente, deseara decirme algún secreto… Algo que desconozco.

Al fin me siento. Comienza el viaje favorito de la mano del legado que dejara a la humanidad, “El manco de Lepanto”. Voy leyendo y me sumerjo de tal manera, que vivo el momento del secuestro de la jovencita española por los soldados ingleses. Cuando ya llevo leída la décima página, comienzo a sorber mi café con vino; de repente se deja sentir el destello de un rayo que cayó como un latigazo del cielo empurrado, hiriendo el suelo a tal grado, que se sentían los gemidos que daban sus grietas con sollozos amargos; y a continuación, la estruendosa y temida voz de un siniestro trueno que me secuestró las cavilaciones profundas con un susto, cuando mi fértil imaginación dibujaba con maestría, el recorrido que daba por el bosque enamoradizo, exactamente donde se habían perdido la joven doncella campesina, católica y española y el refinado noble y protestante caballero inglés.

Después de las bravuconadas del tiempo en vendaval y del aire que como un toro resoplaba, Mozart me lleva otra vez sobre el desplazamiento sutil de sus melodías… El solo de violín llega con la dulzura breve de un adagio, una nota musical repetida e invariable que expresa la fragilidad del pensamiento, que te transporta y aconseja, como un maestro que se compromete en dejarte una clara enseñanza o una experiencia sólida cuya base es el conocimiento.

¡Qué relajada me siento! Atrás he dejado los malos presentimientos y todo aquello que alguna vez me dejó sin aliento. La lluvia ha amainado. Solo se ve una brisa leve, salpicando el cristal de la ventana. Se siente el olorcito a tierra mojada y al pasar la mano sobre el sudor interno del vidrio de la ventana, puedo ver las gotas cristalinas de rocío, besando con ternura las hojas agachadas de los limoneros, soltando su cítrico perfume, que se filtra aromatizando -como el zumo de sus frutos- cada espacio abierto, impregnado antes de nostalgia y desazón.

Apago la luz y me vuelvo a sentar, solamente rodeada del resplandor del fogonazo que sale de la chimenea y de la cadencia coludida que llevan piano, violín y clavecín en los conciertos del gran Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart. Y así, me quedé ensoñada y relajada en el regazo del sillón, dormitando en el carruaje que conduce el dios y soberano de los sueños, bajo la lana suave de la frazada que me calienta en este bravío e impetuoso invierno.

48408270_516461885528189_3644115695790194688_n.jpg
Necesitas tener sesión iniciada para dejar un comentario