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La multitud

Publicado por Pessoa en el blog El blog de Pessoa. Vistas: 184

LA MULTITUD

Sábado, mediodía, verano. Una ciudad de provincias. Era una cita a ciegas. Habíamos quedado en una recoleta plaza, casi en las afueras, próxima a la zona industrial. Ella era una mujer conocida y yo recién acababa de llegar del otro lado del mundo, exótico y austral y no convenía. Ya se sabe: la gente es cobarde y murmura.. Yo, aunque negro, debía de llevar un pequeño bouquet de violetas en la mano para que ella no tuviese dudas. Y es que, pude comprobar, la gente de mi raza ya era numerosa en esa ciudad, sobre todo en la periferia. Decidí acudir al lugar de la cita en autobús, en uno de aquellos confortables asientos y disfrutando del aire acondicionado. Algunas cosas de esta sociedad bien merecen la pena los sacrificios que nosotros, viajeros de otras culturas, hemos de padecer. Podía haber llegado en bicicleta, esa especie de chatarra con la que acudo diariamente a la obra. Pero algo me decía interiormente que la mujer con la que estaba citado merecería una mejor representación.

Me situé en los soportales, a la sombra, en la esquina convenida. La plaza y sus alrededores aparecían en total soledad. A esa hora, en plena canícula, era lo normal. Aunque, ahora, un pequeño grupo entró por una de las callejas laterales. Más gente, en ese momento, comenzó a acceder a la plaza por otras callejuelas. Yo procuraba disimular mi presencia y mi estúpido ramo de violetas. Siguió llegando gente, que ocupaba ya el centro de la plaza, incluso los exiguos parterres que rodeaban la fuente. Oh dios mío, más y más gente. ¿Qué era aquello? Cientos, quizá miles de personas se iban agolpando, ocupando todos los rincones. Yo era zarandeado, arrancado de mis posiciones inmediatas al lugar de la cita. Me encontré como desenchufado de la realidad, de aquella apacible realidad de apenas un rato antes. La multitud seguía aumentando hasta convertirse en una especie de monstruoso miriápodo, fragmentado y sudoroso. No se oían voces; sólo un murmullo, que recordaba al sordo golpear de cientos de martillos de madera sobre arena, con el bajo continuo del zumbido de millones de avispas invisibles. Aquello era como un terrorífico ensueño producido por el calor asfixiante del verano. Yo era presa ya de ola humana y había perdido toda referencia de mi situación. El espectáculo al que asistía incrédulo era alucinante, demoníaco, algo que ni en las terribles manifestaciones de desplazados a las que tuve que acudir en mi país pude comprobar con tan inhumanas propociones. (Reflexiono: ¿cómo una aglomeración semejante de seres humanos puede volverlos tan inhumanos?)

Sudor/sofocón/golpes/gemidos/vaho/pechosaplastados/codospuntiagudosseclavanenmi pecho/fueranegrodemierda7incompetente/pandemoniumdemanosybrazoselevadoscomoimprovisadospulmones/brillodegafasrotas/miniñominiño/dondeestáminiño/faldasrasgadas/latarderota/ellarota/apenasplaza/nuncaciudad/measfixio/memuero...memuero…

Noto que la presión de los cuerpos que me aplastan va cediendo, un poco más de aire, aun no veo sobre el mar de cabezas pero siento que la multitud va disminuyendo en cantidad y en densidad. Primer hueco, aumentan los claros por el centro, ya se distingue la fuente. La turbamulta ya apenas gentío. En silencio, ahora con rapidez, la plaza va quedando vacía. Al final yo, con mi mustio ramito, solo en un rincón. Miro a mi alrededor y allí está: ella con su sonrisa igual a una rosa apenas entreabierta que ilumina su rostro armonioso. Apenas deslucido su atuendo por la muchedumbre. El brillo de sus ojos glaucos es mi semáforo verde. Me acerco y tomo su mano…
negra. Aquel momento me hizo absolver la crueldad recién vivida. Ella y yo y la plaza vacía. Es la hermosa soledad de los principios.

A Oncina, Fulgencio Cibertraker y malco les gusta esto.
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