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Biografía de Chéjov, Antón Pávlovich

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Tema: Biografía de Chéjov, Antón Pávlovich

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    Predeterminado Biografía de Chéjov, Antón Pávlovich

    Biografía Chéjov, Antón Pávlovich

    Extraída de http://www.agenciaperu.com/cultural/portada/chejov/bio.htm




    (1860-1904) Narrador y dramaturgo ruso, n. en Taganrog, un puerto menor en el mar de Azov, y m. en Badenweiler (Al.). Hijo de un tendero y nieto de un siervo que había comprado la libertad de su familia a setecientos rublos por cabeza, el escritor creció en una atmósfera de dificultades económicas y de estricta disciplina doméstica que le exponían a ser azotado por la más mínima falta. Los negocios de su padre entraron en bancarrota en 1876 y la familia marchó a Moscú, aunque él permaneciera en Taganrog hasta concluir los estudios. En la escuela superior local tuvo una dura experiencia, cuidando de los muchachos más atrasados mientras realizaba los trabajos más diversos para los comerciantes de la ciudad. La pobreza, el trabajo y la mala alimentación minaron su salud (más tarde contraería la tuberculosis), pero no pudieron cambiar su ánimo alegre. Su juventud retozona gustaba de las diversiones, de las bromas y de las travesuras. Era, al mismo tiempo, un gran trabajador, dotado de una mente lúcida y de un ojo observador y sagaz. En 1879, después de graduarse, fue a Moscú a unirse al resto de su familia y comenzó a estudiar medicina en la Universidad. Para añadir algunos rublos a sus magros recursos, escribía aleluyas, parodias e historietas cómicas para las revistas humorísticas. Firmaba entonces «Antosha Chejonte» y estos trabajos literarios le ayudaron a que, en 1884, se convirtiera en doctor en medicina. En ese mismo año publicó a sus expensas Cuentos de Melpomene, su primera colección de narraciones cortas. Comenzó a ejercer de médico, pero la literatura le atraía más que la medicina y dedicaba todo su tiempo a escribir. En nueve años produjo unas 600 obras festivas. Con la publicación de La estepa (1888), en que se describen las andanzas de un escolar por las provincias meridionales, el escritor abrió una nueva fase a su desarrollo literario. Sus narraciones crecieron en profundidad, intención y dominio artístico, y pronto adquirieron amplio reconocimiento. Las mejores de ellas representan un vasto panorama de la vida rusa entre 1880 y 1900, retratan hombres extravagantes o vacuos y describen con ironía y compasión la existencia estúpida y carente de espiritualidad, la soledad y la alienación de las gentes vulgares, y el tedio de la trivialidad ambiente. Escribió con objetividad y tolerancia, en un estilo de reservado y sobrio equilibrio, mostrando extraordinaria perspicacia y habilidad en la definición de los personajes con unos pocos rasgos y un especial énfasis en los pequeños detalles. El mismo método utilizaba con sus comedias. Al principio escribió una serie de piececillas humorísticas (El oso, La oferta, etc.), pero en 1887 se volvió hacia las comedias normales. Su Ivanov (1887) y La gaviota (1896) confundieron a actores y espectadores y parecieron destinadas al fracaso, mas cuando fueron interpretadas por el Teatro de Arte de Moscú entre 1898 y 1904, todas sus comedias -Tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901), El jardín de los cerezos (1904)- se convirtieron en grandes acontecimientos teatrales, y sus éxitos, tanto en su país como en el extranjero, aún llegaron a sobrepasar su fama como narrador. En sus obras teatrales falta la acción exterior; se basan únicamente en el retrato de un personaje y una sutil amalgama de caracteres y atmósfera. Combinan el lirismo y el humor y poseen un ligero toque impresionista con un diálogo natural y elevadamente individualizado.
    Exceptuada su visita en 1890 a los penados en la isla de Sajalín (Siberia) y los viajes a Europa, la vida de Chéjov estuvo totalmente ocupada por su obra y sus amigos, entre los cuales se contaba Máximo Gorki. El escritor era un hombre encantador,afable y delicado, y los que le conocieron quedaron fascinados por su amabilidad y su generosidad. Aunque algunos críticos le reprochan su exceso de objetividad y encuentran carentes de filosofía sus relatos, éstos denotan en realidad una fe poderosa en la libertad y la dignidad humanas. Se negó a pertenecer a ninguna facción o partido, pero cuando el zar Nicolás II prohibió la elección de Gorki como miembro de la Academia por razones políticas, el escritor dimitió de esa entidad. En 1901 casó con Olga Knipper, una actriz que dio interpretaciones llenas de talento a los papeles femeninos de todas sus comedias. Su vida familiar se vio afectada, sin embargo, por su pobre salud, que le obligó a pasar la mayor parte de su tiempo en los lugares de reposo de Crimea y Europa. Su influencia en Rusia y en todo el mundo continuó extendiéndose después de su muerte. En el s. xx, y particularmente con el régimen soviético, la popularidad de Chéjov alcanzó su cenit. Sus obras se reimprimen actualmente en millones de ejemplares, y los lectores modernos saludan en el escritor la perfección y el humanismo con que supo criticar el inmovilismo, la rutina y la hipocresía, y soñar una vida mejor, más libre y más digna.




    TRES CUENTOS BREVES:



    EL TALENTO

    El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
    Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
    Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.
    La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la ciudad.
    La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza.
    Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
    Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
    –No puedo casarme.
    –¿Pero por qué? –suspira ella.
    –Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
    –¿Y no lo sería usted conmigo?
    –No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
    –¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
    –¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
    Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
    –¡Yo debía irme al extranjero! –dice.
    Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
    –¡Naturalmente! –contesta Katia–. Es lástima que no haya usted pintado nada este verano.
    –¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? –grita, indignado, el pintor–. Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
    En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista se queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
    –¡Puerca! –le grita a Katia la viuda del oficial– ¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
    El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
    Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
    –¡Ese maldito samovar! –vocifera la viuda–. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
    Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
    –Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.
    Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
    –¡Tú por aquí! –exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama– ¿Cóma te va, muchacho?
    Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
    –Habrás pintado cuadros muy interesantes –dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
    –Sí, he pintado algo... ¿y tú?
    Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de polvo y telarañas.
    –Mira –contesta–. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
    En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana, por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
    Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
    –Sí, hay expresión –dice–. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
    No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
    Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al fin se la bebe.
    –¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! –dice–. Quiero pintar a Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y oponerle la idea cristiana. ¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
    Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso, entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les sorprende la muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
    A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de género.
    Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas, con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
    –¿Qué haces ahí? –le pregunta, asombrado, el pintor– ¿En qué piensas?
    –¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! –susurra ella–. Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y estoy orgullosa.
    Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.



    EN LA OSCURIDAD

    Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana.
    Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital.
    Fue María Michailovna quien rompió el silencio. De pie, junto a la ventana, mirando hacia fuera, lanzó de pronto un grito. Le había parecido que una sombra, que procedía del arriate, en el que se destaca un álamo deshojado, se dirigía hacia la casa. Al principio creyó que era una vaca o un caballo, pero, después de restregarse los ojos, distinguió claramente los contornos de un ser humano. Luego le pareció que la sombra se aproximaba a la ventana de la cocina y, después de detenerse unos instantes, al parecer por indecisión, ponía el pie sobre la cornisa y... desaparecía en el hueco negro de la ventana. "¡Un ladrón!", se dijo como en un relámpago, y una palidez mortal se extiende por su rostro. En un instante su imaginación le reprodujo el cuadro que tanto temen los veraneantes: un ladrón se desliza en la cocina, de la cocina al comedor..., en el aparador está la vajilla de plata..., más allá el dormitorio..., un hacha..., los rostros de unos bandidos..., las joyas... Le flaquearon las piernas y sintió un escalofrío en la espalda.
    –¡Vasia!–exclamó zarandeando a su marido–. –¡Vasili Pracovich! ¡Dios mío, está roque! ¡Despierta, Vasili, te lo suplico!
    –¿Qué ocurre?–balbucea el consejero suplente, aspirando aire profundamente y emitiendo un ruido con las mandíbulas.
    –¡Despiértate, en el nombre del cielo! ¡Un ladrón ha entrado en la cocina! Yo estaba junto a la vidriera y he visto que alguien saltaba por la ventana. De la cocina irá al comedor..., ¡las cucharas están en el aparador! ¡Vasili! Lo mismo sucedió el año pasado en casa de Mavra.
    –¿Qué pasa? ¿Quién... es?
    –¡Dios mío! No oye... Pero, comprende, pedazo de tronco... Acabo de ver a un hombre entrar en nuestra cocina. Pelagia tendrá miedo y...¡la vasija de plata está en el aparador!
    –¡Majaderías!
    –¡Vasili, eres insoportable! Te digo que hay un ladrón en casa y tú duermes y roncas. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué nos roben y nos degüellen?
    El consejero suplente se incorporó lentamente y se sentó en la cama bostezando ruidosamente.
    –¡Dios mío, qué seres!–gruñó–. ¿Es que ni de noche me puedes dejar en paz? ¡No se despierta a uno por estas tonterías!
    –Te lo juro, Vasili; he visto a un hombre entrar por la ventana.
    –¿Y qué? Que entre... Será, seguramente, el bombero de Pelagia que viene a verla.
    –¿Cómo? ¿Qué dices?
    –Digo que es el bombero de Pelagia que viene a verla.
    –¡Eso es peor aún!–gritó María Michailovna–. ¡Eso es peor que si fuera un ladrón! Nunca toleraré en mi casa semejante cinismo.
    –¡Vaya una virtud!... No permitir ese cinismo... Pero ¿qué es el cinismo? ¿Por qué emplear a tontas y a locas palabras extranjeras? Es una costumbre inmemorial, querida mía, consagrada por la tradición, que el bombero vaya a visitar a las cocineras.
    –¡No, Vasili! ¡Tú no me conoces! No puedo admitir la idea de que, en mi casa, una cosa semejante..., semejante... ¡Vete en seguida a la cocina a decirle que se vaya! ¡Pero ahora mismo! Y mañana yo diré a Pelagia que no tenga el descaro de comportarse así. Cuando me muera puedes tolerar en tu casa el cinismo, pero ahora no lo permito. ¡Vete allá!
    –¡Dios mío!...–gruñó Gaguin con fastidio–. Veamos, reflexiona en tu cerebro de mujer, tu cerebro microscópico: ¿por qué voy a ir allí?
    –¡Vasili, que me desmayo!
    Gaguin escupió con desdén, se calzó sus zapatillas, escupió otra vez y se dirigió a la cocina. Estaba tan oscuro como en un barril tapado, y tuvo que andar a tientas. De paso buscó a ciegas la puerta de la alcoba de los niños y despertó a la niñera.
    –Vasilia–le dijo–, cogiste ayer mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?
    –Se la he dado a Pelagia para que la limpie, señor.
    –¡Qué desorden! Cogéis las cosas y no las volvéis a poner en su sitio. Ahora tengo que andar por la casa sin bata.
    Al entrar en la cocina se dirigió al rincón donde dormía la cocinera sobre el arca, debajo de las cacerolas...
    –¡Pelagia!–gritó, buscando a tientas sus hombros para sacudirla–. ¡Eh, Pelagia! ¡Deja de representar esta comedia! ¡Si no duermes! ¿Quién acaba de entrar por la ventana?
    –¿Eh? ¡Por la ventana! ¿Y quién va a entrar por la ventana?
    –Mira, no me andes con cuentos. Dile a tu bribón que se vaya a otra parte. ¿Me oyes? No se le ha perdido nada por aquí.
    –Pero ¿me quiere hacer perder la cabeza, señor? ¡Vamos!... ¿Me cree tonta? Me paso todo el santo día trabajando, corro de un lado para otro, sin parar ni un momento, y ahora me sale con esas historias. Gano cuatro rublos al mes..., tiene una que pagarse su azúcar y su té, y con la única cosa con que se me honra es con palabras como ésas...¡He trabajado en casa de comerciantes y nunca me trataron de una manera tan baja!
    –Bueno, bueno... No hay por qué gritar tanto... ¡Qué se largue tu palurdo inmediatamente! ¿Me oyes?
    –Es vergonzoso, señor–dice Pelagia, con voz llorosa–. Unos señores cultos... y nobles, y no comprendan que tal vez unos desgraciados y miserables como nosotros...–se echó a llorar–. No tienen por qué decirnos cosas ofensivas. No hay nadie que nos defienda.
    –¡Bueno, basta!... ¡A mí déjame en paz! Es la señora quien me manda aquí. Por mí puede entrar el mismo diablo por la ventana, si te gusta. ¡me tiene sin cuidado!
    Por este interrogatorio ya no le quedaba al consejero más que reconocer que se había equivocado y volver junto a su esposa. Pero tiene frío y se acuerda de su bata.
    –Escucha, Pelagia–le dice–. Cogiste mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?
    –¡Ay, señor, perdóneme! Me olvidé de ponerla de nuevo en la silla. Está colgada aquí en un clavo, junto a la estufa.
    Gaguin, a tientas, busca la bata alrededor de la estufa, se la pone y se dirigió sin hacer ruido al dormitorio.
    María Michailovna se había acostado después de irse su marido y se puso a esperarle. Estuvo tranquila durante dos o tres minutos, pero en seguida comenzó a torturarla la inquietud.
    "¡Cuánto tarda en volver!–piensa–. Menos mal si es ese... cínico, pero ¿y si es un ladrón?"
    Y en su imaginación se pinta una nueva escena: su marido entra en la cocina oscura..., un golpe de maza..., muere sin proferir un grito..., un charco de sangre... Transcurrieron cinco minutos, cinco y medio, seis... Un sudor frío perló su frente.
    –¡Vasili!–gritó con voz estridente–. ¡Vasili!
    –¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? Estoy aquí...–le contestó la voz de su marido, al tiempo que oía sus pasos–. ¿Te están matando acaso?
    Se acercó y se sentó en el borde de la cama.
    –No había nadie–dice–. Estabas ofuscada... Puedes estar tranquila, la estúpida de Pelagia es tan virtuosa como su ama. ¡Lo que eres tú es una miedosa..., una!...
    Y el consejero se puso a provocar a su mujer. Estaba desvelado y ya no tenía sueño.
    –¡Lo que tú eres es una miedosa!–se burla de ella–. Mañana vete a ver al doctor para que te cure esas alucinaciones. ¡Eres una psicópata!
    –Huele a brea–dice su mujer–. A brea o... a algo así como a cebolla..., a sopa de coles.
    –Sí... Hay algo que huele mal... ¡No tengo sueño! Voy a encender la bujía... ¿Dónde están las cerillas?
    Te voy a enseñar la fotografía del procurador de la audiencia. Ayer se despidió de nosotros y nos regaló una foto a cada uno, con su autógrafo.
    Raspó un fósforo en la pared y encendió la bujía. Pero antes de que hubiese dado un solo paso para buscar la fotografía, detrás de él resonó un grito estridente, desgarrador. Se volvió y se encontró con que su mujer le mira con gran asombro, espanto y cólera...
    –¿Has cogido la bata en la cocina?–le preguntó palideciendo.
    –¿Por qué?
    –¡Mírate al espejo!
    El consejero suplente se miró en el espejo y lanzó un grito fenomenal. Sobre sus hombros pendía, en vez de su bata, un capote de bombero. ¿Cómo ha podido ser? Mientras intenta resolver este problema, su mujer veía en su imaginación una nueva escena, espantosa, imposible: la oscuridad, el silencio, susurro de palabras, etc. ¿Qué pasa entre Gaguin y la cocinera? María Michailovna da rienda suelta a su imaginación.


    MALA SUERTE

    Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin.
    -Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.
    Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo:
    -¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas.
    -¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si escribe usted tan mal?...
    -¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.
    -Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera pasado el tiempo haciéndome versos!
    -También yo puedo hacerle versos si lo desea.
    -¿Y sobre qué sabe usted escribir?
    -Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas! Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su manecita?
    -¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.
    Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a jabón de huevo.
    -¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la chaqueta-. ¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par en par-. ¡Hijos! -balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y multiplíquense!...
    -¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija! ¡Mímela!...
    La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía pronunciar una sola palabra.
    «Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»
    -¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a llorar también-
    .¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!... ¡Petrovna, trae la imagen!
    Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro se alteró con furia.
    -¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...
    -¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...
    ¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el momento de confusión y huyó.

    FIN

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    UNA CRÍTICA A UN POEMA NO ES UNA CRÍTICA A LA PERSONA DEL AUTOR



    "De las aguas mansas me libre Dios, que de las bravas ya me libro yo"
    (dicho popular)

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  3. #2
    Poeta que no puede vivir sin el portal hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza!hadita Vas bien, muy bien, ¡que no se te suba a la cabeza! Avatar de hadita
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    Question Re: Biografía de Chéjov, Antón Pávlovich

    Cita por JULIA Ver Mensaje
    Biografía Chéjov, Antón Pávlovich

    Extraída de http://www.agenciaperu.com/cultural/portada/chejov/bio.htm




    (1860-1904) Narrador y dramaturgo ruso, n. en Taganrog, un puerto menor en el mar de Azov, y m. en Badenweiler (Al.). Hijo de un tendero y nieto de un siervo que había comprado la libertad de su familia a setecientos rublos por cabeza, el escritor creció en una atmósfera de dificultades económicas y de estricta disciplina doméstica que le exponían a ser azotado por la más mínima falta. Los negocios de su padre entraron en bancarrota en 1876 y la familia marchó a Moscú, aunque él permaneciera en Taganrog hasta concluir los estudios. En la escuela superior local tuvo una dura experiencia, cuidando de los muchachos más atrasados mientras realizaba los trabajos más diversos para los comerciantes de la ciudad. La pobreza, el trabajo y la mala alimentación minaron su salud (más tarde contraería la tuberculosis), pero no pudieron cambiar su ánimo alegre. Su juventud retozona gustaba de las diversiones, de las bromas y de las travesuras. Era, al mismo tiempo, un gran trabajador, dotado de una mente lúcida y de un ojo observador y sagaz. En 1879, después de graduarse, fue a Moscú a unirse al resto de su familia y comenzó a estudiar medicina en la Universidad. Para añadir algunos rublos a sus magros recursos, escribía aleluyas, parodias e historietas cómicas para las revistas humorísticas. Firmaba entonces «Antosha Chejonte» y estos trabajos literarios le ayudaron a que, en 1884, se convirtiera en doctor en medicina. En ese mismo año publicó a sus expensas Cuentos de Melpomene, su primera colección de narraciones cortas. Comenzó a ejercer de médico, pero la literatura le atraía más que la medicina y dedicaba todo su tiempo a escribir. En nueve años produjo unas 600 obras festivas. Con la publicación de La estepa (1888), en que se describen las andanzas de un escolar por las provincias meridionales, el escritor abrió una nueva fase a su desarrollo literario. Sus narraciones crecieron en profundidad, intención y dominio artístico, y pronto adquirieron amplio reconocimiento. Las mejores de ellas representan un vasto panorama de la vida rusa entre 1880 y 1900, retratan hombres extravagantes o vacuos y describen con ironía y compasión la existencia estúpida y carente de espiritualidad, la soledad y la alienación de las gentes vulgares, y el tedio de la trivialidad ambiente. Escribió con objetividad y tolerancia, en un estilo de reservado y sobrio equilibrio, mostrando extraordinaria perspicacia y habilidad en la definición de los personajes con unos pocos rasgos y un especial énfasis en los pequeños detalles. El mismo método utilizaba con sus comedias. Al principio escribió una serie de piececillas humorísticas (El oso, La oferta, etc.), pero en 1887 se volvió hacia las comedias normales. Su Ivanov (1887) y La gaviota (1896) confundieron a actores y espectadores y parecieron destinadas al fracaso, mas cuando fueron interpretadas por el Teatro de Arte de Moscú entre 1898 y 1904, todas sus comedias -Tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901), El jardín de los cerezos (1904)- se convirtieron en grandes acontecimientos teatrales, y sus éxitos, tanto en su país como en el extranjero, aún llegaron a sobrepasar su fama como narrador. En sus obras teatrales falta la acción exterior; se basan únicamente en el retrato de un personaje y una sutil amalgama de caracteres y atmósfera. Combinan el lirismo y el humor y poseen un ligero toque impresionista con un diálogo natural y elevadamente individualizado.
    Exceptuada su visita en 1890 a los penados en la isla de Sajalín (Siberia) y los viajes a Europa, la vida de Chéjov estuvo totalmente ocupada por su obra y sus amigos, entre los cuales se contaba Máximo Gorki. El escritor era un hombre encantador,afable y delicado, y los que le conocieron quedaron fascinados por su amabilidad y su generosidad. Aunque algunos críticos le reprochan su exceso de objetividad y encuentran carentes de filosofía sus relatos, éstos denotan en realidad una fe poderosa en la libertad y la dignidad humanas. Se negó a pertenecer a ninguna facción o partido, pero cuando el zar Nicolás II prohibió la elección de Gorki como miembro de la Academia por razones políticas, el escritor dimitió de esa entidad. En 1901 casó con Olga Knipper, una actriz que dio interpretaciones llenas de talento a los papeles femeninos de todas sus comedias. Su vida familiar se vio afectada, sin embargo, por su pobre salud, que le obligó a pasar la mayor parte de su tiempo en los lugares de reposo de Crimea y Europa. Su influencia en Rusia y en todo el mundo continuó extendiéndose después de su muerte. En el s. xx, y particularmente con el régimen soviético, la popularidad de Chéjov alcanzó su cenit. Sus obras se reimprimen actualmente en millones de ejemplares, y los lectores modernos saludan en el escritor la perfección y el humanismo con que supo criticar el inmovilismo, la rutina y la hipocresía, y soñar una vida mejor, más libre y más digna.




    TRES CUENTOS BREVES:



    EL TALENTO

    El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
    Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
    Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.
    La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la ciudad.
    La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza.
    Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
    Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
    –No puedo casarme.
    –¿Pero por qué? –suspira ella.
    –Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
    –¿Y no lo sería usted conmigo?
    –No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
    –¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
    –¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
    Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
    –¡Yo debía irme al extranjero! –dice.
    Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
    –¡Naturalmente! –contesta Katia–. Es lástima que no haya usted pintado nada este verano.
    –¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? –grita, indignado, el pintor–. Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
    En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista se queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
    –¡Puerca! –le grita a Katia la viuda del oficial– ¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
    El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
    Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
    –¡Ese maldito samovar! –vocifera la viuda–. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
    Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
    –Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.
    Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
    –¡Tú por aquí! –exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama– ¿Cóma te va, muchacho?
    Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
    –Habrás pintado cuadros muy interesantes –dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
    –Sí, he pintado algo... ¿y tú?
    Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de polvo y telarañas.
    –Mira –contesta–. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
    En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana, por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
    Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
    –Sí, hay expresión –dice–. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
    No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
    Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al fin se la bebe.
    –¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! –dice–. Quiero pintar a Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y oponerle la idea cristiana. ¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
    Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso, entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les sorprende la muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
    A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de género.
    Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas, con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
    –¿Qué haces ahí? –le pregunta, asombrado, el pintor– ¿En qué piensas?
    –¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! –susurra ella–. Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y estoy orgullosa.
    Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.



    EN LA OSCURIDAD

    Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana.
    Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital.
    Fue María Michailovna quien rompió el silencio. De pie, junto a la ventana, mirando hacia fuera, lanzó de pronto un grito. Le había parecido que una sombra, que procedía del arriate, en el que se destaca un álamo deshojado, se dirigía hacia la casa. Al principio creyó que era una vaca o un caballo, pero, después de restregarse los ojos, distinguió claramente los contornos de un ser humano. Luego le pareció que la sombra se aproximaba a la ventana de la cocina y, después de detenerse unos instantes, al parecer por indecisión, ponía el pie sobre la cornisa y... desaparecía en el hueco negro de la ventana. "¡Un ladrón!", se dijo como en un relámpago, y una palidez mortal se extiende por su rostro. En un instante su imaginación le reprodujo el cuadro que tanto temen los veraneantes: un ladrón se desliza en la cocina, de la cocina al comedor..., en el aparador está la vajilla de plata..., más allá el dormitorio..., un hacha..., los rostros de unos bandidos..., las joyas... Le flaquearon las piernas y sintió un escalofrío en la espalda.
    –¡Vasia!–exclamó zarandeando a su marido–. –¡Vasili Pracovich! ¡Dios mío, está roque! ¡Despierta, Vasili, te lo suplico!
    –¿Qué ocurre?–balbucea el consejero suplente, aspirando aire profundamente y emitiendo un ruido con las mandíbulas.
    –¡Despiértate, en el nombre del cielo! ¡Un ladrón ha entrado en la cocina! Yo estaba junto a la vidriera y he visto que alguien saltaba por la ventana. De la cocina irá al comedor..., ¡las cucharas están en el aparador! ¡Vasili! Lo mismo sucedió el año pasado en casa de Mavra.
    –¿Qué pasa? ¿Quién... es?
    –¡Dios mío! No oye... Pero, comprende, pedazo de tronco... Acabo de ver a un hombre entrar en nuestra cocina. Pelagia tendrá miedo y...¡la vasija de plata está en el aparador!
    –¡Majaderías!
    –¡Vasili, eres insoportable! Te digo que hay un ladrón en casa y tú duermes y roncas. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué nos roben y nos degüellen?
    El consejero suplente se incorporó lentamente y se sentó en la cama bostezando ruidosamente.
    –¡Dios mío, qué seres!–gruñó–. ¿Es que ni de noche me puedes dejar en paz? ¡No se despierta a uno por estas tonterías!
    –Te lo juro, Vasili; he visto a un hombre entrar por la ventana.
    –¿Y qué? Que entre... Será, seguramente, el bombero de Pelagia que viene a verla.
    –¿Cómo? ¿Qué dices?
    –Digo que es el bombero de Pelagia que viene a verla.
    –¡Eso es peor aún!–gritó María Michailovna–. ¡Eso es peor que si fuera un ladrón! Nunca toleraré en mi casa semejante cinismo.
    –¡Vaya una virtud!... No permitir ese cinismo... Pero ¿qué es el cinismo? ¿Por qué emplear a tontas y a locas palabras extranjeras? Es una costumbre inmemorial, querida mía, consagrada por la tradición, que el bombero vaya a visitar a las cocineras.
    –¡No, Vasili! ¡Tú no me conoces! No puedo admitir la idea de que, en mi casa, una cosa semejante..., semejante... ¡Vete en seguida a la cocina a decirle que se vaya! ¡Pero ahora mismo! Y mañana yo diré a Pelagia que no tenga el descaro de comportarse así. Cuando me muera puedes tolerar en tu casa el cinismo, pero ahora no lo permito. ¡Vete allá!
    –¡Dios mío!...–gruñó Gaguin con fastidio–. Veamos, reflexiona en tu cerebro de mujer, tu cerebro microscópico: ¿por qué voy a ir allí?
    –¡Vasili, que me desmayo!
    Gaguin escupió con desdén, se calzó sus zapatillas, escupió otra vez y se dirigió a la cocina. Estaba tan oscuro como en un barril tapado, y tuvo que andar a tientas. De paso buscó a ciegas la puerta de la alcoba de los niños y despertó a la niñera.
    –Vasilia–le dijo–, cogiste ayer mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?
    –Se la he dado a Pelagia para que la limpie, señor.
    –¡Qué desorden! Cogéis las cosas y no las volvéis a poner en su sitio. Ahora tengo que andar por la casa sin bata.
    Al entrar en la cocina se dirigió al rincón donde dormía la cocinera sobre el arca, debajo de las cacerolas...
    –¡Pelagia!–gritó, buscando a tientas sus hombros para sacudirla–. ¡Eh, Pelagia! ¡Deja de representar esta comedia! ¡Si no duermes! ¿Quién acaba de entrar por la ventana?
    –¿Eh? ¡Por la ventana! ¿Y quién va a entrar por la ventana?
    –Mira, no me andes con cuentos. Dile a tu bribón que se vaya a otra parte. ¿Me oyes? No se le ha perdido nada por aquí.
    –Pero ¿me quiere hacer perder la cabeza, señor? ¡Vamos!... ¿Me cree tonta? Me paso todo el santo día trabajando, corro de un lado para otro, sin parar ni un momento, y ahora me sale con esas historias. Gano cuatro rublos al mes..., tiene una que pagarse su azúcar y su té, y con la única cosa con que se me honra es con palabras como ésas...¡He trabajado en casa de comerciantes y nunca me trataron de una manera tan baja!
    –Bueno, bueno... No hay por qué gritar tanto... ¡Qué se largue tu palurdo inmediatamente! ¿Me oyes?
    –Es vergonzoso, señor–dice Pelagia, con voz llorosa–. Unos señores cultos... y nobles, y no comprendan que tal vez unos desgraciados y miserables como nosotros...–se echó a llorar–. No tienen por qué decirnos cosas ofensivas. No hay nadie que nos defienda.
    –¡Bueno, basta!... ¡A mí déjame en paz! Es la señora quien me manda aquí. Por mí puede entrar el mismo diablo por la ventana, si te gusta. ¡me tiene sin cuidado!
    Por este interrogatorio ya no le quedaba al consejero más que reconocer que se había equivocado y volver junto a su esposa. Pero tiene frío y se acuerda de su bata.
    –Escucha, Pelagia–le dice–. Cogiste mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?
    –¡Ay, señor, perdóneme! Me olvidé de ponerla de nuevo en la silla. Está colgada aquí en un clavo, junto a la estufa.
    Gaguin, a tientas, busca la bata alrededor de la estufa, se la pone y se dirigió sin hacer ruido al dormitorio.
    María Michailovna se había acostado después de irse su marido y se puso a esperarle. Estuvo tranquila durante dos o tres minutos, pero en seguida comenzó a torturarla la inquietud.
    "¡Cuánto tarda en volver!–piensa–. Menos mal si es ese... cínico, pero ¿y si es un ladrón?"
    Y en su imaginación se pinta una nueva escena: su marido entra en la cocina oscura..., un golpe de maza..., muere sin proferir un grito..., un charco de sangre... Transcurrieron cinco minutos, cinco y medio, seis... Un sudor frío perló su frente.
    –¡Vasili!–gritó con voz estridente–. ¡Vasili!
    –¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? Estoy aquí...–le contestó la voz de su marido, al tiempo que oía sus pasos–. ¿Te están matando acaso?
    Se acercó y se sentó en el borde de la cama.
    –No había nadie–dice–. Estabas ofuscada... Puedes estar tranquila, la estúpida de Pelagia es tan virtuosa como su ama. ¡Lo que eres tú es una miedosa..., una!...
    Y el consejero se puso a provocar a su mujer. Estaba desvelado y ya no tenía sueño.
    –¡Lo que tú eres es una miedosa!–se burla de ella–. Mañana vete a ver al doctor para que te cure esas alucinaciones. ¡Eres una psicópata!
    –Huele a brea–dice su mujer–. A brea o... a algo así como a cebolla..., a sopa de coles.
    –Sí... Hay algo que huele mal... ¡No tengo sueño! Voy a encender la bujía... ¿Dónde están las cerillas?
    Te voy a enseñar la fotografía del procurador de la audiencia. Ayer se despidió de nosotros y nos regaló una foto a cada uno, con su autógrafo.
    Raspó un fósforo en la pared y encendió la bujía. Pero antes de que hubiese dado un solo paso para buscar la fotografía, detrás de él resonó un grito estridente, desgarrador. Se volvió y se encontró con que su mujer le mira con gran asombro, espanto y cólera...
    –¿Has cogido la bata en la cocina?–le preguntó palideciendo.
    –¿Por qué?
    –¡Mírate al espejo!
    El consejero suplente se miró en el espejo y lanzó un grito fenomenal. Sobre sus hombros pendía, en vez de su bata, un capote de bombero. ¿Cómo ha podido ser? Mientras intenta resolver este problema, su mujer veía en su imaginación una nueva escena, espantosa, imposible: la oscuridad, el silencio, susurro de palabras, etc. ¿Qué pasa entre Gaguin y la cocinera? María Michailovna da rienda suelta a su imaginación.


    MALA SUERTE

    Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin.
    -Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.
    Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo:
    -¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas.
    -¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si escribe usted tan mal?...
    -¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.
    -Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera pasado el tiempo haciéndome versos!
    -También yo puedo hacerle versos si lo desea.
    -¿Y sobre qué sabe usted escribir?
    -Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas! Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su manecita?
    -¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.
    Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a jabón de huevo.
    -¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la chaqueta-. ¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par en par-. ¡Hijos! -balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y multiplíquense!...
    -¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija! ¡Mímela!...
    La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía pronunciar una sola palabra.
    «Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»
    -¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a llorar también-
    .¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!... ¡Petrovna, trae la imagen!
    Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro se alteró con furia.
    -¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...
    -¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...
    ¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el momento de confusión y huyó.

    FIN

    AYYYYYYYYYYYYYYY
    QUE CUENTOS JULITA
    SI QUE ES todo un personaje ANTON
    GRACIAS POR COMPARTIR esto tan importante

    he leido uno por el momento volveré por los demás

    HADITA
    BESITOS REINA BELLA

    Mis Reconocimientos Poéticos


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