Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
Vos sos, el caracol ermitaño
donde escuche simular
los primeros ecos de la vida
donde escuche simular
los primeros ecos de la vida
Todos los hielos de la tristeza
en la ausencia desvanecida de tu mirar.
La soledad del exilio ha sido un desierto
donde se ahogó a cuenta gota en la espera
la sonrisa de tus ojos verde.
Se estancó el barco de los días alegres
en el banco de los adioses forzados.
De rostros extraviados los nuevos amaneceres
maquillan el frío vahído de la distancia.
La infinitud del ayer, tiene más vigencia.
Es más importante el antes que el después
el después, es cárcel de la rutina
y el ayer fatigado
es la anchura multicolor de la Patria
la Patria son los abuelos, los hermanos
tu historia, mi historia, nuestra historia.
Mama
lo irresoluto del tiempo
está en tus manos de tejedora.
La inconstancia de lo actuado
lo corrompe o lo borra
el viento de nuestro magro olvido.
El amor y la amistad
dejaron de ser en su justo momento.
La nostalgia arrulla el pasado
reescribe con manos de madre
los recuerdos de la niñez ida.
En pálidos murales de fotografías mistificadas
cubrís las paredes de tu apartamento
para alejar el fantasma de la tristeza.
Tus cabellos teñidos de olvido
abrazan el miedo en cada rincón del día,
te aturden las imposiciones maquiavélicas
del frío destino
los adioses pragmáticos
o los simples, mudos e inesperados adioses;
todos Ellos
simulados de cansancio y avalados silencios.
Mama, me duele tu soledad
y el futuro de mis pasos buscan
otros caminos, para no encontrar
estos, tus silencios.
Gardel me recuerda el tango de la vida
que bailaste de la mano de tus hijos.
Heroína de mis recuerdos infantiles,
donde el arrogante fuego de tus ojos
enfrento al mundo para imponérteles.
Mis agudos tormentos, mis históricos enojos
mis turbulentos combates
queriendo imitar a tus héroes
la santa rebeldía de mi conciencia
es tu herencia en mí.
Mama, nos queda poco tiempo
para tejer nuevas memorias
el reloj de tu vida, no acepta
no le apetece más cuerda.
Las manecillas cansadas del vivir
escalan con esfuerzo torpe la rutina de la espera
y la muerte, ya lo sé,
no es un símbolo anónimo en tus plegarias.
Mama, mama;
¡Tengo miedo a mi soledad!
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