Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
A José Miguel Arrarte, que se fue un día, con el frío de la mañana.
Me faltó la despedida.
Ese abrazo que quería darte
con cariño sincero,
poniendo en él la vida.
Es así el vivir: imprevisible,
que nos quita en un momento
lo que creímos tener para siempre.
Triste muerte impredecible.
Y, sin embargo, tengo que decirte
que te aprecio, que te quiero
y habitas mi recuerdo
del que, ya, no podrás irte.
Eres una sonrisa y una voz afable,
una mano tendida,
una canción, una frase.
Bondadoso y amable.
No quedó tu ilusión quebrada,
ni dejaste el equipaje
en la orilla del camino,
ideal de juventud esperanzada.
¡Cuántas horas!
¡Cuántos días! ¡Cuántas noches!
De hablar, discutir, soñar,
organizar los corazones.
Estás con nosotros José Miguel,
ya joven y eterno,
presente en nuestras filas,
mantenedor de un sueño.
Me faltó la despedida.
Ese abrazo que quería darte
con cariño sincero,
poniendo en él la vida.
Es así el vivir: imprevisible,
que nos quita en un momento
lo que creímos tener para siempre.
Triste muerte impredecible.
Y, sin embargo, tengo que decirte
que te aprecio, que te quiero
y habitas mi recuerdo
del que, ya, no podrás irte.
Eres una sonrisa y una voz afable,
una mano tendida,
una canción, una frase.
Bondadoso y amable.
No quedó tu ilusión quebrada,
ni dejaste el equipaje
en la orilla del camino,
ideal de juventud esperanzada.
¡Cuántas horas!
¡Cuántos días! ¡Cuántas noches!
De hablar, discutir, soñar,
organizar los corazones.
Estás con nosotros José Miguel,
ya joven y eterno,
presente en nuestras filas,
mantenedor de un sueño.