Raúl Rouco
Poeta que considera el portal su segunda casa
Llorando se quedó el cielo
de mi tristeza,
lágrimas envueltas
en la soledad
de mi nostalgia,
lloros que corrían
como torrentes de agua
que la lluvia alimentaba
según caía,
salpicando mi corazón,
humedeciendo mi alma,
ahogando mis sentimientos
y mis sentidos.
Ya no recuerdo
cuanto duró,
ya no se como fue,
pero desde entonces
perdí mis sueños,
abandonados quedaron
arrastrados por lágrimas
derramadas con dolor,
nostálgicos momentos
que, casi sin saberlo,
llegaron a mí
de sorpresa,
llenos de misterio,
todo ocurrió muy rápido
y no estaba preparado
para tanto sufrimiento.
Me quedé sin nada,
mi corazón herido,
maltratado por el tiempo,
escondido por temor
que sea arrastrado
por las lágrimas
que, en su profundo desconsuelo,
sin entender cual es la verdad
de lo que pasa,
continúa llorando el cielo.
Esto es, pues,
lo que me queda,
es de la vida
el último mandamiento,
y del mundano hacer,
lo más simple
o lo más complicado,
nos deja exentos del placer
y nuestros amores muertos.
de mi tristeza,
lágrimas envueltas
en la soledad
de mi nostalgia,
lloros que corrían
como torrentes de agua
que la lluvia alimentaba
según caía,
salpicando mi corazón,
humedeciendo mi alma,
ahogando mis sentimientos
y mis sentidos.
Ya no recuerdo
cuanto duró,
ya no se como fue,
pero desde entonces
perdí mis sueños,
abandonados quedaron
arrastrados por lágrimas
derramadas con dolor,
nostálgicos momentos
que, casi sin saberlo,
llegaron a mí
de sorpresa,
llenos de misterio,
todo ocurrió muy rápido
y no estaba preparado
para tanto sufrimiento.
Me quedé sin nada,
mi corazón herido,
maltratado por el tiempo,
escondido por temor
que sea arrastrado
por las lágrimas
que, en su profundo desconsuelo,
sin entender cual es la verdad
de lo que pasa,
continúa llorando el cielo.
Esto es, pues,
lo que me queda,
es de la vida
el último mandamiento,
y del mundano hacer,
lo más simple
o lo más complicado,
nos deja exentos del placer
y nuestros amores muertos.
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