dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Llegué a la casa de Olegario Munizaga al atardecer. Llovía. Golpeé la puerta con el llamador de hierro en forma de serpiente. Su mujer me indicó que Olegario estaba en la biblioteca como siempre. Entré en la casa y me encaminé a la biblioteca. Había un hombre en ella, pero no era Olegario. Alto, delgado, pelo largo y larga barba blanca. Sentado frente a un escritorio, escribía algo en un grueso libro encuadernado en piel. Me quedé mirando a través de la ventana cómo caía la lluvia. Una antigua lámpara colgada del techo daba una luz mortecina. Este es el libro de su vida, me dijo una vez había terminado de escribir, entregándome el libro. Salí y anduve hasta mi casa. Seguía lloviendo. Cuando desperté, vi que había un libro sobre mi mesilla de noche. No recordaba haber estado en casa de Olegario Munizaga, aunque sí recordaba haberlo soñado. Extrañamente, mis zapatos estaban empapados, como si mis pies hubiesen paseado bajo la lluvia durante la noche. Abrí el libro por la primera página. Leí con asombro la historia de mis primeros años hasta la adolescencia. Reviví situaciones ya olvidadas. Cada hoja contaba lo ocurrido en un día de mi vida. Cerré el libro con terror. Para saber la fecha de mi muerte, no tenía más que ir hasta la última página. Até fuertemente el libro con una cuerda, para evitar que un golpe de viento hiciese lo que yo, en mi cobardía, no me había atrevido a hacer.
Eladio Parreño Elías
11-Junio-2011
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