Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
HOY SE ACORDÓ DE CUHRT
Cuhrt o, lo que para el caso es lo mismo, Dionisio Mellado Sisternes, producto pensante autolimitado, adoptó ese sobrenombre a raíz de haber visto publicados tres de sus relatos en el semanario local de Braza, Braza hoy. El hoy no dejó nunca de ser un tanto atemporal, como sus artículos.
Cuando yo lo conocí ya se ganaba la bebida, perdón, la vida escribiendo. Su consumo no iba mucho más lejos; por lo tanto tenía razón cuando decía Que puta es la vida. Su guarida era un ático, una especie de estudio sin cocina, con un cuartucho de necesidades en la esquina de una terraza incapaz de ubicar más de diez macetas. Que hubiera vegetación en ella era impensable; Cuhrt solamente estaba capacitado para regarse a sí mismo.
Su estado civil machucho, decía él.
Nunca he querido tener un vástago, y por eso no lo tengo; pero un nieto me dijo una vez, no dudaba, sus pausas eran medidas. Tener un nieto sería algo estupendo y casi perfecto confesaba sin pudor. Ni que los nietos vinieran sin intermediarios.
Pues ya me dirás cómo, porque no lo veo nada fácil. Si con ser tío te conformas podríamos investigar, pero ser abuelo sin haber sembrado, francamente, lo veo imposible, qué quieres que te diga.
¡Usted perdone! Sepa que dije me gustaría, no que fuera a buscarlo. No soy tan apocado. Solo era un comento me trataba de Usted cuando quería marcar las distancias.
Del pasado para qué hablar. Intentar sonsacarle algo era poco menos que delinquir a sus ojos. A la menor pregunta empezaba a mirarte mal, acabando por ignorarte si persistías en el tema. Tú tuviste un pasado ¿No? me aventuré en una ocasión.
No, que yo sepa y me echó una mirada cargada de reproches, disuasoria.
¿Cómo que no? Tendrías padre, madre, hermanos quizás.
Soy el menor de cuatro hermanos; pero eso no es un pasado, es una realidad.
En toda mi vida no sé si llegaríamos a cruzar más de cuatro palabras fuera de aquel bar en donde siempre coincidimos, físicamente al menos, que en lo referente a otras cosas rara era la ocasión en que no tuviéramos nuestras diferencias, por pequeñas que fueran.
Si la vida fuera un tango, corta y cruel, el Cuhrt del que hablo se encontraría a mitad camino entre la madurez y la puñalada trapera; que mirándolo desde el punto de vista positivo equivaldría a las dos terceras partes de una vida normal. Tendría por lo tanto, cuando lo conocí, unos cincuenta años, eso sí, bastante mal llevados por su flaco esqueleto e imposibles de disimular detrás de aquellas gafas de pasta oscura que no hacían sino aumentarlo todo.
Posiblemente Cuhrt lo que arrastraba, entre otras cosas, era la frustración de no haber sido un escritor de verdad, y se refugiaba en ese escribir a tramos, que es como el coser y no coser; vas perdiendo el hilo.
Pero no nos pongamos trágicos, que a mis setenta y cinco otoños sería lo peor y no quiero arruinar mi perspectiva, que cuando los dolores me respetan, al día de hoy y en este lugar, me encuentro en el paraíso.
El primer relato suyo lo leí, cómo no, en el bar de Fausto, y como soy propenso a coleccionar recortes de periódico no se me ocurre hacer otra cosa que trasladarlo, con todas sus letras y signos de puntuación, de su fondo amarillo a éste bastante más claro.
Decía así:
Mi vecino Matías creíase gafe. Siendo hombre honrado, como era, carecía totalmente de suerte. Todos le compadecíamos. Nunca caía una teja sin que pasase él por debajo; apenas había economizado unos cuartos que venía una depreciación; siempre lo sorprendía la lluvia sin paraguas. En diez años se casó cuatro veces, enviudó tres y no disfrutó de ninguna amante. Proclamarse gafe era su argumentación predilecta, y fue también lo más cómodo. No pasaba una jornada sin que tuviera algún motivo para quejarse. Quienes conocíanle temían preguntarle ¿cómo estás?.
No es que en realidad se lamentara, únicamente sonreía ante su mala suerte fabulosa. De hecho le ocurrían cosas que los demás se ahorraban. Pura mala suerte, no se puede negar, tanto en lo significativo como en las nimiedades. A pesar de todo, lo soportaba con valentía. Hasta que ocurrió el milagro.
Fue un golpe para él, un duro golpe, cuando a este hombre le tocó el premio gordo de la lotería. Salió en los periódicos y no pudo negarlo. Yo me lo encontré en la calle, fuera de sí, pálido. El enfado le había comido el color. No dudaba de que tenía gafe sino de la lotería, sí, y del mundo en general. Risa ninguna, aunque parezca asombroso había que consolarle. En vano. No podía comprender que ya no tuviera gafe; no quería comprenderlo. Estaba tan trastornado que yendo al banco perdió, efectivamente, el billete. Creo que lo prefirió; pensó que de otra manera hubiese tenido que inventarse otro yo, puesto que el suyo ya no valdría sin gafe. Naturalmente un yo nuevo supone más que unos simples millones. Hubiera tenido que renunciar a la historia completa de su vida, y vivir los acontecimientos de manera distinta, ya que lo cotidiano no iba a resultar adecuado para su nuevo yo.
Poco tiempo después también lo engañó su mujer. Verdaderamente era gafe.
Cuhrt
No sé por qué me pareció el escrito un tanto autobiográfico en aquel momento. Después olvidé el asunto, entre otras cosas porque Cuhrt no estaba casado.
¿Qué habrá sido de Cuhrt?
Cuhrt o, lo que para el caso es lo mismo, Dionisio Mellado Sisternes, producto pensante autolimitado, adoptó ese sobrenombre a raíz de haber visto publicados tres de sus relatos en el semanario local de Braza, Braza hoy. El hoy no dejó nunca de ser un tanto atemporal, como sus artículos.
Cuando yo lo conocí ya se ganaba la bebida, perdón, la vida escribiendo. Su consumo no iba mucho más lejos; por lo tanto tenía razón cuando decía Que puta es la vida. Su guarida era un ático, una especie de estudio sin cocina, con un cuartucho de necesidades en la esquina de una terraza incapaz de ubicar más de diez macetas. Que hubiera vegetación en ella era impensable; Cuhrt solamente estaba capacitado para regarse a sí mismo.
Su estado civil machucho, decía él.
Nunca he querido tener un vástago, y por eso no lo tengo; pero un nieto me dijo una vez, no dudaba, sus pausas eran medidas. Tener un nieto sería algo estupendo y casi perfecto confesaba sin pudor. Ni que los nietos vinieran sin intermediarios.
Pues ya me dirás cómo, porque no lo veo nada fácil. Si con ser tío te conformas podríamos investigar, pero ser abuelo sin haber sembrado, francamente, lo veo imposible, qué quieres que te diga.
¡Usted perdone! Sepa que dije me gustaría, no que fuera a buscarlo. No soy tan apocado. Solo era un comento me trataba de Usted cuando quería marcar las distancias.
Del pasado para qué hablar. Intentar sonsacarle algo era poco menos que delinquir a sus ojos. A la menor pregunta empezaba a mirarte mal, acabando por ignorarte si persistías en el tema. Tú tuviste un pasado ¿No? me aventuré en una ocasión.
No, que yo sepa y me echó una mirada cargada de reproches, disuasoria.
¿Cómo que no? Tendrías padre, madre, hermanos quizás.
Soy el menor de cuatro hermanos; pero eso no es un pasado, es una realidad.
En toda mi vida no sé si llegaríamos a cruzar más de cuatro palabras fuera de aquel bar en donde siempre coincidimos, físicamente al menos, que en lo referente a otras cosas rara era la ocasión en que no tuviéramos nuestras diferencias, por pequeñas que fueran.
Si la vida fuera un tango, corta y cruel, el Cuhrt del que hablo se encontraría a mitad camino entre la madurez y la puñalada trapera; que mirándolo desde el punto de vista positivo equivaldría a las dos terceras partes de una vida normal. Tendría por lo tanto, cuando lo conocí, unos cincuenta años, eso sí, bastante mal llevados por su flaco esqueleto e imposibles de disimular detrás de aquellas gafas de pasta oscura que no hacían sino aumentarlo todo.
Posiblemente Cuhrt lo que arrastraba, entre otras cosas, era la frustración de no haber sido un escritor de verdad, y se refugiaba en ese escribir a tramos, que es como el coser y no coser; vas perdiendo el hilo.
Pero no nos pongamos trágicos, que a mis setenta y cinco otoños sería lo peor y no quiero arruinar mi perspectiva, que cuando los dolores me respetan, al día de hoy y en este lugar, me encuentro en el paraíso.
El primer relato suyo lo leí, cómo no, en el bar de Fausto, y como soy propenso a coleccionar recortes de periódico no se me ocurre hacer otra cosa que trasladarlo, con todas sus letras y signos de puntuación, de su fondo amarillo a éste bastante más claro.
Decía así:
Mi vecino Matías creíase gafe. Siendo hombre honrado, como era, carecía totalmente de suerte. Todos le compadecíamos. Nunca caía una teja sin que pasase él por debajo; apenas había economizado unos cuartos que venía una depreciación; siempre lo sorprendía la lluvia sin paraguas. En diez años se casó cuatro veces, enviudó tres y no disfrutó de ninguna amante. Proclamarse gafe era su argumentación predilecta, y fue también lo más cómodo. No pasaba una jornada sin que tuviera algún motivo para quejarse. Quienes conocíanle temían preguntarle ¿cómo estás?.
No es que en realidad se lamentara, únicamente sonreía ante su mala suerte fabulosa. De hecho le ocurrían cosas que los demás se ahorraban. Pura mala suerte, no se puede negar, tanto en lo significativo como en las nimiedades. A pesar de todo, lo soportaba con valentía. Hasta que ocurrió el milagro.
Fue un golpe para él, un duro golpe, cuando a este hombre le tocó el premio gordo de la lotería. Salió en los periódicos y no pudo negarlo. Yo me lo encontré en la calle, fuera de sí, pálido. El enfado le había comido el color. No dudaba de que tenía gafe sino de la lotería, sí, y del mundo en general. Risa ninguna, aunque parezca asombroso había que consolarle. En vano. No podía comprender que ya no tuviera gafe; no quería comprenderlo. Estaba tan trastornado que yendo al banco perdió, efectivamente, el billete. Creo que lo prefirió; pensó que de otra manera hubiese tenido que inventarse otro yo, puesto que el suyo ya no valdría sin gafe. Naturalmente un yo nuevo supone más que unos simples millones. Hubiera tenido que renunciar a la historia completa de su vida, y vivir los acontecimientos de manera distinta, ya que lo cotidiano no iba a resultar adecuado para su nuevo yo.
Poco tiempo después también lo engañó su mujer. Verdaderamente era gafe.
Cuhrt
No sé por qué me pareció el escrito un tanto autobiográfico en aquel momento. Después olvidé el asunto, entre otras cosas porque Cuhrt no estaba casado.
¿Qué habrá sido de Cuhrt?