Crónicas de la Guerra que nunca existió - "El puesto de Anselmo"

Luis Elissamburu

Poeta fiel al portal
No era muy grande el territorio que controlábamos. El enemigo tampoco controlaba mucho. El triste juego, consistía en patrullar aquellos lugares a los que podíamos llegar.

La curiosidad mas grande en todo ese mapa de ajedrés inútil era un puesto de estancia. Lo llamábamos cariñosamente "el puesto de Anselmo", porque así se llamaba el puestero. Una joya de la patagonia. El pirata terrestre mas astuto y miserable que conocí en mi vida. Todo era comerciable para él. En aquellos días, por supuesto, la mercadería que mas cotizaba era la información. Anselmo le vendía datos nuestros a los "otros" y viceversa.

Lógicamente, nosotros suministrábamos datos falsos al puestero y el enemigo hacía lo mismo. En tal enrriedo andábamos, por abril del `83, cuando nuestros comandantes nos dieron la órden de ocupar el puesto en cuestión.

Tres días tardábamos en llegar al lugar, caminando por un sendero de altura que nos dejaba al descubierto en unas cuántas partes.

La casa de Anselmo era de techos bajos y dominaba desde una ladera del tupido bosque la vista del camino que nos llevaba hasta él. Dos horas antes de que llegáramos, bajo la bandera extranjera y enarboló la nuestra. Era un artista. Nos llenó de mates y tortas fritas. Contento con nuestra "visita",
hasta que supo que nos quedábamos.

Su cara pasó del tinte oscuro de su piel al verde fúria. Sencíllamente, no podía creer que nosotros le "hiciéramos eso".

Colocamos una ametralladora en la altura de un cerro pequeño y dos morteros de campaña detrás del
galpón de esquila.

Anselmo seguía con su enojo, pero no contaba por qué.

Al día siguiente nos enteramos. Cumplía años. Y le organizaban una fiesta, precisamente sus clientes del otro lado de la frotera. Hacia las cinco de la tarde, un helicóptero enemigo, lo vino a buscar.

El piloto bajó, se sacó el casco y cuando nos vió, apuntándole, casi se muere del susto.

Nos contó el jóven oficial que se preparaba un gran asado de cordero en honor del puestero cerca de
una de las poblaciones fronterizas.

Había que decidir que hacer. Todos votamos para que la culpa no fuese individual. Anselmo tuvo su
fiesta. Nosotros fuimos también, de civil, sin los uniformes.

Las fotos de ese asado, tendrían que valer una fortuna. Sin embargo, demuestran que nada es absoluto
en este mundo.

Hasta la guerra se suspende por un "buen motivo".
 
Suele pasar, eso esperamos siempre, que en el fondo la semilla de la paz en el ser humano prospere y triunfe sobre la guerra, un interesante relato.
 
Suele pasar, eso esperamos siempre, que en el fondo la semilla de la paz en el ser humano prospere y triunfe sobre la guerra, un interesante relato.

La guerra le teme tanto a la paz que nos usa a nosotros para edificar su reino. Siempre estamos a tiempo de suspender un ataque, lo que no aprendemos es evitar el agravio.
Un honor que te gustara.
Luis Elissamburu.
 

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