Mr.Hellmet
Poeta recién llegado
¡Compasión con todos, sería dureza y tiranía
contigo, señor vecino!
Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y del mal.
Si ahora mismo pusiese una vaca ante ustedes y empezase a fustigarla de manera indiscriminada, pocos serían los que permanecerían impasibles, mientras que la mayoría, horrorizados ante tal acto me exigirían que parase, apelando a lo indecente de mi forma de actuar, a los derechos de la vaca y a mí deber para con ella.
Sin embargo, si ante ustedes exhibiese una placa de Petri con un abundante cultivo bacteriano en su interior y la rociase con metanol realizando un genocidio bacteriano, ninguno se inmutaría.
¿Esto es una descontextualización decís? ¿No puede compararse a una vaca con un organismo unicelular? Y tenéis razón, pero ¿Acaso no nos demuestra esto que todas las formas de vida no son iguales entre si? ¿Qué no todas tienen los mismos derechos y que el valor de un ser vivo puede ser superior al de otro?
Nuestra indiferencia (en algunos casos incluso inclinación) ante la muerte y el sufrimiento de ciertas especies animales nos indica que la máxima “toda vida es sagrada” resulta completamente hipócrita y que, a lo sumo, podríamos decir que “algunas formas de vida nos agradan”. Y es que esta tendencia al aprecio o al desprecio de ciertas especies, a la indiferencia o a la lucha por sus derechos tiene un carácter afectivo y progresista muy marcado, que se aprecia claramente en ciertos grupos de animales. De esta forma, especies evolutivamente superiores como aves o mamíferos, organismos más complejos y con mayor capacidad de interacción con el medio suelen ser los más valorados y a los que más derechos se les atribuyen; esto se ve reforzado cuando la especie en cuestión lleva conviviendo desde hace siglos con el ser humano, de esta forma animales domésticos y aquellos usados en trabajos de ganadería o agricultura son los más humanizados, aquellos por los que un mayor numero de personas se preocupa y, en general, los que gozan de la mejor valoración humana.
Paralelamente a esto, especies de orden inferior, como artrópodos, moluscos o anélidos no solo resultan indiferentes para la mayoría de las personas, sino que algunas incluso son reacias al contacto o la simple visión de estas especies, y gente que defiende a capa y espada la dignidad y los derechos de los animales no suelen tener ningún reparo en matar, sin siquiera pensar mucho en eso, a una polilla, una mosca y demás animales que consideramos desagradables. Y es que parece que las máximas y normas morales que pretenden defender los derechos universales de toda especie animal se derrumban ante estímulos negativos como el miedo, asco o la molestia que nos producen ciertos organismos, mientras que ante la empatía, el cariño o el apego que sentimos hacia otras especies se ven reforzadas.
Y es que, cuando escucho a la mayoría de grupos animalistas o me fijo en la actitud convencional de gran parte de la población respecto a los animales, no puedo evitar pensar ciertas cosas: Que nosotros, imponemos una jerarquía dentro del reino animal, con especies que gozan de privilegio y alta estima y otros que en general son repudiados o ignorados, que esta jerarquización obedece a un criterio afectivo, donde las especies con las que más simpatizamos gozan de mayor numero de derechos y aquellas que nos desagradan o bien nadie se preocupa por ellas o bien son masacradas sin el menor remordimiento (siempre y cuando su muerte no nos perjudique de alguna manera) y que, por lo general, solemos sentir más apego (y por tanto le otorgamos mayores derechos) a las especies más evolucionadas y complejas, es fácil que te guste un mamífero o un ave y que quieras evitar, por empatía, que sufran daño alguno, pero es raro ver esta actitud ante un artrópodo, un miriápodo, un molusco, un bivalvo etc.
Con esto, parece que la lucha por los derechos animales pierde parte del esplendor que en un principio podía tener, no por que resulte en cierta medida deshonesta (pues la empatía y el respeto hacia todo ser vivo no es para nada un atributo humano) sino porque parece ser que, en general, esta lucha tiene un carácter básicamente afectivo sobre el cual trata de fundamentarse racionalmente los deberes para con los animales, y que este carácter afectivo da lugar a un criterio muy poco equitativo: que a mayor complejidad del organismo, mayor numero de derechos.
contigo, señor vecino!
Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y del mal.
Si ahora mismo pusiese una vaca ante ustedes y empezase a fustigarla de manera indiscriminada, pocos serían los que permanecerían impasibles, mientras que la mayoría, horrorizados ante tal acto me exigirían que parase, apelando a lo indecente de mi forma de actuar, a los derechos de la vaca y a mí deber para con ella.
Sin embargo, si ante ustedes exhibiese una placa de Petri con un abundante cultivo bacteriano en su interior y la rociase con metanol realizando un genocidio bacteriano, ninguno se inmutaría.
¿Esto es una descontextualización decís? ¿No puede compararse a una vaca con un organismo unicelular? Y tenéis razón, pero ¿Acaso no nos demuestra esto que todas las formas de vida no son iguales entre si? ¿Qué no todas tienen los mismos derechos y que el valor de un ser vivo puede ser superior al de otro?
Nuestra indiferencia (en algunos casos incluso inclinación) ante la muerte y el sufrimiento de ciertas especies animales nos indica que la máxima “toda vida es sagrada” resulta completamente hipócrita y que, a lo sumo, podríamos decir que “algunas formas de vida nos agradan”. Y es que esta tendencia al aprecio o al desprecio de ciertas especies, a la indiferencia o a la lucha por sus derechos tiene un carácter afectivo y progresista muy marcado, que se aprecia claramente en ciertos grupos de animales. De esta forma, especies evolutivamente superiores como aves o mamíferos, organismos más complejos y con mayor capacidad de interacción con el medio suelen ser los más valorados y a los que más derechos se les atribuyen; esto se ve reforzado cuando la especie en cuestión lleva conviviendo desde hace siglos con el ser humano, de esta forma animales domésticos y aquellos usados en trabajos de ganadería o agricultura son los más humanizados, aquellos por los que un mayor numero de personas se preocupa y, en general, los que gozan de la mejor valoración humana.
Paralelamente a esto, especies de orden inferior, como artrópodos, moluscos o anélidos no solo resultan indiferentes para la mayoría de las personas, sino que algunas incluso son reacias al contacto o la simple visión de estas especies, y gente que defiende a capa y espada la dignidad y los derechos de los animales no suelen tener ningún reparo en matar, sin siquiera pensar mucho en eso, a una polilla, una mosca y demás animales que consideramos desagradables. Y es que parece que las máximas y normas morales que pretenden defender los derechos universales de toda especie animal se derrumban ante estímulos negativos como el miedo, asco o la molestia que nos producen ciertos organismos, mientras que ante la empatía, el cariño o el apego que sentimos hacia otras especies se ven reforzadas.
Y es que, cuando escucho a la mayoría de grupos animalistas o me fijo en la actitud convencional de gran parte de la población respecto a los animales, no puedo evitar pensar ciertas cosas: Que nosotros, imponemos una jerarquía dentro del reino animal, con especies que gozan de privilegio y alta estima y otros que en general son repudiados o ignorados, que esta jerarquización obedece a un criterio afectivo, donde las especies con las que más simpatizamos gozan de mayor numero de derechos y aquellas que nos desagradan o bien nadie se preocupa por ellas o bien son masacradas sin el menor remordimiento (siempre y cuando su muerte no nos perjudique de alguna manera) y que, por lo general, solemos sentir más apego (y por tanto le otorgamos mayores derechos) a las especies más evolucionadas y complejas, es fácil que te guste un mamífero o un ave y que quieras evitar, por empatía, que sufran daño alguno, pero es raro ver esta actitud ante un artrópodo, un miriápodo, un molusco, un bivalvo etc.
Con esto, parece que la lucha por los derechos animales pierde parte del esplendor que en un principio podía tener, no por que resulte en cierta medida deshonesta (pues la empatía y el respeto hacia todo ser vivo no es para nada un atributo humano) sino porque parece ser que, en general, esta lucha tiene un carácter básicamente afectivo sobre el cual trata de fundamentarse racionalmente los deberes para con los animales, y que este carácter afectivo da lugar a un criterio muy poco equitativo: que a mayor complejidad del organismo, mayor numero de derechos.
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