Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un patio de hierba breve;
un camino de grijo con calveros,
desdibujado.
El manzano en flor
abierto en blanco de pétalos
y pólenes, como un surtidor.
De una rama pende
el vacío
que dejó un columpio allí colgado,
donde se balanceaba el aire
a impulsos de una voz infantil:
¡Más alto! ¡Más alto!
y queda la cicatriz en el viento dibujada
por los pies que recorrían
circunferencias de la nada.
La leñera
bosteza en su quicio sin puerta,
mientras cuelga de una pilastra
la rota cadena que sujeta
a un perro que no hay,
cuando desaforado ladra.
Una mirada al membrillo
que se enmarañó de ramas
sin mano que lo podara
y se agita en el vacío
de sus flores negadas.
Hierbabuena bordeando la tapia,
la ventana de la sala,
inundando el patio de olor
cuando el agua la baña.
Hay un vértice de añoranzas
que llora la mañana.
Enferma de ausencias,
se muere de nostalgias
herida en el silencio
de las voces que ya no son,
de unas niñas
alegrándole el alma;
se agrietan los adobes
de los muros
de la casa.