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Palito

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Alicia12, 22 de Abril de 2022. Respuestas: 54 | Visitas: 8888

  1. Alicia12

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    Palito



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    La señora Flora es una anciana lo bastante mayor como para acordarse de todos los chiquillos que ha visto crecer, dando saltos ―y no solo saltos― en el patio de vecinos de la comunidad donde vive.

    Vivienda que estrenó cuando se casó, y de eso hacía ya más de sesenta años. Desde que enviudó, para refrescarse de sus cuatro paredes, todas las tardes se desprende de su domicilio y las pasa sentada en un banco del patio de la comunidad.

    Patio en el que, dentro de sus arranques, lo máximo que se atreve a decir sobre los críos es la capacidad que tienen para hacer desaparecer hasta el cemento.

    ―Señora Flora, ¿sabe algo de Palito? ―le gritó una voz infantil, separándose del grupito de niñas sin llegar a ella.

    ―No, preciosa, nadita de nada.

    Niña que se dio la vuelta y regresó con sus amigas.

    ―La pregunta iba para ti, Violeta ―le dijo la señora Flora a la chica que estaba sentada en el otro extremo del banco, el que ambas compartían.

    ―Ya ―contestó Violeta con una sonrisa, apartando la vista de la revista que hojeaba―. Son varios los niños, y no tan niños, los que me preguntan por ella.

    ―Es lógico. Ahora vives en el piso donde vivía Palito; creerán que formas parte de su familia…

    ―Tampoco es ninguna molestia que me pregunten, señora Flora.

    ―Sobre todo los que por entonces eran muy críos ―continuó, como si no la hubiera oído―. Ellos sí que sintieron su ausencia. Al igual que la chiquita que me acaba de preguntar.

    Indicó con el mentón a las niñas que habían pasado de largo, y que ahora se encontraban sentadas en un banco, frente a ellas.

    ―Crecen tan deprisa…

    ―Yo pensaba que solo era un nombre ―comentó Violeta―. Pero, por lo visto, no la olvidan.

    ―Tú la resucitaste. Antes de que ustedes se instalaran, ese piso llevaba al menos dos años vacío.

    ―Como si vivir en la casa que perteneció a una estrella hace que me sienta en el centro de las preguntas.

    ―Sí, en cierta forma, te están haciendo partícipe de ello.

    Violeta la miró directamente.

    ―¿Tanto se dejó querer?

    ―No creo que una niña sea consciente de eso. Palito era una cría como las demás, aunque era muy vivaz y hacía piña con todos. Lo cierto es que yo, cuando estoy por aquí, también la echo de menos…

    ―Después de todo, son los juegos y no los juguetes los que dan vida a los niños ―dijo Violeta, como si acabara de resolver algún enigma.

    Sin embargo, la señora Flora se resistía a concluir su charla.

    ―Y eso que ya han pasado cuatro largos años desde que nos dejó… A la misma edad que tú tienes hoy. Porque ya eres una quinceañera… ¿no es así?

    ―Quince años y seis meses, sí. Cuente, cuénteme algo más de ella, señora Flora...

    ―Siendo ya toda una mujer como lo eres tú ―continuó Flora―, hasta el último día de su marcha, y aunque fuera por un ratito, siempre y cuando estuviera por casa, Palito no dejaba de venir por el patio, de entretener a los más pequeños.

    Claro que su madre se marchó definitivamente del barrio un año y pico después de que lo hiciera la hija. Y quizás ese es el motivo por el cual los niños esperan su vuelta.

    ―Antes de que su madre se fuera a vivir al centro de la ciudad, mandó a la niña a estudiar lejos de casa; a la península. Seguro que no quería que continuara estudiando aquí, como ella no era de las islas. A saber... También hay que decir que no era muy querida ―le confió la señora Flora―, pero no por peninsular, no vayas a pensar otra cosa, sino porque no se dejaba querer. Que la mujer no tenía por qué hacerlo. La mayoría de los vecinos la tachaban de antipática por el simple hecho de comportarse como una desconocida.

    ―No sabíamos nada de ella; bueno, al menos yo. Sé que trabajaba de celadora en un hospital, con turnos semanales de mañana, tarde o noche. Que saludaba a los vecinos con buenos días, buenas tardes y sus adioses cuando salía o entraba de casa, o si la tropezábamos por la calle… y de ahí no pasaba. Y nunca, que yo la viese o escuchara decir lo contrario, se acercó por el patio con su hija.

    ―Recuerdo que cuando el matrimonio empezó a vivir por aquí ella estaba embarazada. Y desde el primer año de vida de Palito, con quien se la veía de la mano era con su padre. Como que fue él quien la acercó desde el primer instante al parque infantil. Y en unos añitos lo hizo ella; Palito bajaba y subía sola a casa.


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    Ni Violeta intentó que la señora Flora se callara, ni Flora pensó en callarse.

    ―Cuando se fue a estudiar a la península, su padre ya no vivía en el barrio ―continuó―. Y es que, desde los nueve años, Palito vivía solo con su madre. Las malas lenguas solían decir que sus padres se separaron porque él trabajaba un mes y descansaba seis.

    La señora Flora se encogió de hombros.

    ―Por estos barrios hoy no es nada del otro mundo, y este no iba a ser la excepción; cada vez son más los hombres que se ven de cháchara en las puertas de los bares o en las mismas esquinas. Bueno, esto último también lo digo por mí, porque yo no trabajé fuera de casa. Ya me hubiera gustado, pero eran otros tiempos… si bien los viejos, en nuestras añoranzas, no nos damos cuenta de que siempre son otros tiempos...

    Suspiró. E hizo una pausa antes de continuar.

    ―Sí, mi niña, y más a estas alturas de mi vida o más bien bajura, que solo es ver y dejar… Pero no es lo mismo para las crías; de la misma manera que les sucede una cosa, se les echa encima otra. Algo parecido ocurre en los patios de vecinos, a veces tampoco se es consciente de que hay gente mala y, sin darnos cuenta, nos creamos enemigos. Por ti sabrás que a la edad de trece años, para ciertas cosas, aún se es una niña. Y no hace falta que tengamos una u otra razón para ponernos la zancadilla; eso es propio de nosotras, de las mujeres… según la edad, vamos, o eso pienso yo.

    Violeta la escuchaba en silencio.

    ―¿Conoces a Amaranta? ―preguntó Flora.

    Violeta asintió.

    ―Pues tuvo el descaro de abordar a Palito en el supermercado cuando cumplió sus trece años. De avergonzarla con el hecho de que ya era una señorita y que no debía estar todo el día con unos y con otros. Sin embargo, Palito no tenía reparos en darse o dejarse hacer con todos por igual, chicos y grandes. Sin la intención malpensada que tenemos los mayores, no, y menos aún con la intención de la Amaranta. De eso estoy segura, pues es una entrometida de cuidado. Y, aunque así fuera, ¿no era una cría? ¡Ni adulta! El hecho fue que Palito no se quedó corta y, por lo visto, le dio para el pelo del que carece desde hace mucho…

    ―Esto me lo contó la propia Amaranta, no vayas a pensar lo contrario. Ante su queja del poco respeto que los niños le tienen hoy a las personas mayores. Vamos, como que se dio el gusto de ponerme sobre aviso de los antecedentes de Palito. ¡A mí! Que sabrá Dios cuántos niños he visto crecer en el barrio. De lo malcriada y contestona que era desde muy pequeña. Que no entendía cómo los padres consentían que sus hijos siguieran jugando con una niña tan problemática. Y todo porque Palito le respondió que era cuestión de pluralidad y no de divisas. Y ya me dirás tú si no era para quedarse callada.

    ―Seguro que no solo fue el modo y el tono; actuó como era ella. Además de entrarle a la gresca con palabras más feas para que Palito le volviera a contestar al alejarse. Eso fue lo que la hizo enfurecer. A mí no me quedó otra que hacerme la sorprendida cuando me dijo que Palito le soltó, por lo bajini, que no había nada como darse y recibir en caricias; dándose la gracia de imitarla. Aunque después tronó: ¡Y se quedó tan fresca, Flora!, gritando y haciéndose la escandalizada. “¿Te puedes creer lo de esa niña?”, me decía hecha una furia.

    Violeta reprimió una sonrisa.

    ―En resumidas cuentas, nada más salir del supermercado se vino derecha para acá, a donde estaba yo, hecha un basilisco. Sin poner en duda que fue porque no encontró a nadie más por el camino para deshacerse de su mal humor. Aquí, hasta este banco. Sin olvidarse del supermercado, echando pestes también de él, ya que, para más inri, cuando se dirigía a las cajas a pagar se chocó de frente con uno de los espejos de las columnas del local. Delante de todo el mundo.

    La señora Flora suspiró, más calmada.

    ―Y es que, realmente, según la edad, los niños son vivarachos, faltaría más. Ellos irradian inocencia por todos lados, ¿por qué hay que hacerles creer otra cosa? Al fin y al cabo, no somos más que lo que vivimos en el momento dado, ¿no te parece?

    ―Bueno, tampoco me hagas mucho caso, preciosa, lo que pasa es que esa mujer saca de quicio a cualquiera. No anda más que metiéndose donde no la llaman. Por aquí no hay quien no la conozca, así que tú ándate con ojo con ella. Es exasperante ―exhaló un suspiro, entrando en sí―. Como si no pasásemos todos por la niñez… Si es que la vida se representa en la juventud. A veces pienso que aunque parezca que solo hay un fondo, la realidad del día a día nos indica que la diversidad no siempre da más de lo mismo.


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    Las voces que se oían acerca de Palito no venían de su primera infancia. Una niñez que pasó inadvertida, ni distinta de la de varios de sus amigos con los que aún continuaba manteniendo contacto.

    Todo fue resultado del intervalo en el que sus padres la mandaron a pasar una temporada veraniega en el campo, con su abuela paterna, Pino. Cosa que, hasta esa fecha, lo más alejada que había estado de ellos era el patio de la casa, a los pies de la vivienda familiar.

    No solo se podía concluir, sino afirmar, que al final de aquellas vacaciones Palito regresó al barrio con la cabeza llena de pájaros.

    Sin dejar de lado su gusto por la música ―los bailes que, desde chiquita, hacía acompañar con un radiocasete junto a sus amiguitas―, comenzó a compaginarlos contando pequeños cuentos e historietas.

    A esos corrillos se iban sumando, poco a poco y sin franja de edad, más oídos. También niños de otras zonas del barrio. Un acto al que no le faltaron otros participantes ni voces voluntarias.

    Entre sus juegos, motivaba a sus amigas a que los padres adornaran el patio en las vísperas de algunas fiestas populares, interviniendo ellas con distintos tipos de música.

    También organizaban pequeños teatrillos, incluyendo a veces a padres y vecinos; aun sin reparar en feos, los más mayores acabaron formando parte de algunas escenas teatrales.

    Tanto fue así que los árboles y las plantas de los parterres ―y los propios parterres del patio comunitario―, que de por sí estaban escaldados de tanto niño explorador, de los pelotazos, de la basura y de los desperdicios que se arrojaban en ellos, volvieron a cobrar vida.


    ------


    Fue la tarde de un veintidós de junio cuando el padre de Palito depositó la maleta de su hija en el portabultos del coche.

    Tras mirar la hora en el reloj, se dijo que el trayecto, por muy despacio que condujera, no le llevaría más de cuarenta y cinco minutos hasta la casa de su madre.

    ―¿Te parece que llevemos unos pasteles? ―preguntó a su hija.

    Palito lo miró y se encogió de hombros.

    En carretera, incluso con música de fondo y sin intención de cambiar de postura, el padre sintió el silencio de su hija, siendo él, palabrero y dicharachero nato. A ratos la ponía al corriente de algunos detalles sobre la abuela; pese a que hacía pocos años que se había quedado sola, era una anciana feliz.

    ―Vive con y para las plantas; habla tanto con las de interior como con las de exterior ―le bromeaba―. No hace ningún tipo de diferencia entre ellas; intima tanto con las que florecen como a las que no dan ni una triste flor.

    ―Dices tonterías.

    ―Donde además ―cambiando el tono de voz y estirándose en el asiento― está el huerto, que cuenta con verduras, hortalizas, algunos frutales y hierbas aromáticas. Pero eso es harina de otro costal, porque ya sabes que con las cosas de comer no se juega…

    ―Quizá lo haga yo.

    Hizo un alto.

    ―La abuela Pino, más que de oír la tele ―que ya no tiene―, ve la radio ―le decía más adelante―. No hay rincón de la casa donde no tenga una; vamos, como que también duerme con ella ―concluyó divertido―. Podría decirse que es su actual pareja.

    ―¿No hay tele?

    ―Me temo que no. Y al igual que la abuela, no es que seas muy aficionada a ella...

    ―Bueno. Ni de la radio.

    Y él continuó con la perorata.

    ―Los abuelos se fueron a vivir al campo después de la jubilación de mi padre, al término de su vida laboral. Le dio el gusto a mi madre de vender la casa de la ciudad y trasladarse a un espacio rural, adónde vamos ahora. Hecho que no le importó porque el trayecto ―como verás―, no es largo. Era un sueño de mi madre, no así de mi padre; pero él, como no tenía impedimento alguno para bajar a la ciudad cada vez que le apetecía, aceptó el cambio que le pidió su mujer.

    No faltó el instante en que aprovechó la ocasión, como uso y costumbre en él, para empalagar a su hija en relación con su nacimiento. Para hacerle la observación, sin ninguna fe en ello, de lo tardía que fue su llegada al mundo.

    De que no estarían yendo hacia donde iban en ese momento si ella hubiera nacido antes, pues los abuelos nunca se habrían ido a vivir al campo; ya que, para ellos, tu llegada fue un gran acontecimiento.


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    Una vez en el pueblo, el padre de Palito se bajó del coche para comprar los pasteles.

    ―Unos kilómetros más y ya estamos ―le dijo al regresar, poniendo de nuevo el coche en marcha.

    Poco a poco, las casas y los almacenes se difuminaban entre las curvas de la carretera. En su lugar, a ambos bordes, la vegetación se volvió más espesa. Solo se veían árboles, palmeras, cañaverales altos, zarzas y alguna planta enorme que Palito no sabía el nombre.

    Ella giró la cabeza hacia su padre.

    ―Este lugar es nuevo para mí ―dijo―. Hemos estado muchas veces en el pueblo, pero aquí no.

    ―Porque a tu madre y a mí nunca nos ha gustado el campo.

    ―Pero sabes dónde vive tu madre, ¿no?

    ―Claro. He venido pocas veces y por poco rato.

    Palito insistió.

    ―Quizá si los recuerdo…

    ―Eras muy chiquita.

    ―¿Y si no le gusto a la abuela?

    ―¿Cómo se te ocurre decir eso? ―respondió él, sorprendido―. ¿A quién no le gustan las niñas? Y menos de una como tú ―añadió zalamero―. Haréis buenas migas, pequeña. Ya lo verás.

    ―Vale ―contestó Palito.

    Intentó tranquilizarla.

    ―Todo irá bien. Terminarás el verano con muchos amigos nuevos. Es eso lo que echarás de menos, ¿me equivoco?

    E intentó acercarla hacía él.

    ―No te preocupes. Tu abuela está deseando tenerte con ella.

    Palito sabía, por su padre, que iba a pasar el verano con la abuela porque ellos se estaban separando.

    Motivo por el cual su madre aceptó enviarla allí.

    A diferencia de su padre, su madre hablaba poco; costaba sacarle las palabras. Era una mujer silenciosa, y aún más en sus contratiempos. Palito nunca la había visto disgustada, ni compartía sus preocupaciones con ella.

    Sin embargo, por su madre supo que ese verano, durante sus vacaciones laborables, sus padres harían un viaje en el mes de agosto.

    La intención ―según su padre― era salvar el matrimonio.

    Palito no conocía a más miembros de su familia que a sus progenitores.

    Por parte de su padre, al ser hijo único, no tenía más pariente que la abuela Pino.

    Sin embargo, la familia de su madre era más abundante, pero no eran de las islas, así que difícilmente podría conocerlos, como en su momento y con una sonrisa le había contado su madre. También le había dicho que era la menor de dos hermanos varones, mencionándoles a varios de sus primos, aunque estos también vivían muy lejos.

    El padre de Palito giró el coche y lo aparcó en la cuneta de la carretera, en sentido inverso, de vuelta a la ciudad. Frente a un conjunto de seis u ocho viviendas, de una o dos plantas de altura.

    Con dos coches aparcados delante de ellas y con espacio suficiente para unos pocos más; aunque el aparcamiento era de uso exclusivo para los residentes de la zona.

    ―El resto, a pie, pequeña ―dijo su padre―. No te asustes, la casa no se encuentra muy arriba. Bueno, un poco sí ―añadió guiándole un ojo.

    Palito miró a lo alto y se vio rodeada de montañas y vegetación. Mucha vegetación.

    Cruzaron la carretera e iniciaron el camino que se abría paso entre dos de las viviendas. Cuesta arriba, por una acusada pendiente de tierra. A poco más de media altura, el padre dobló por un recodo a su izquierda, a quien, algo más retrasada, siguió Palito.

    Al inicio era un pasadizo estrecho y oscuro entre la pared de la montaña y un roque, que no tardó en aclararse. La luz dio paso a un pasillo igual de estrecho, llano y largo; eso sí, con un suelo agrietado y, por las lluvias, lleno de piedras que dificultaban el paso.

    No habían caminado por aquel estrecho más de diez minutos cuando su padre se paró en seco. Volteó la cabeza y le gritó a su hija:

    ―Tu abuela nos saluda desde la puerta.


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    El padre de Palito soltó la maleta en la entrada de la casa; besó a su madre en las mejillas y dijo casi solemne:

    ―Ésta es tu nieta, madre.

    ―Ésta es tu abuela Pino, hija.

    Aunque su abuela era menuda y solo un poco más alta que ella, Palito alzó la cabeza.

    ―Has crecido mucho, pequeña ―la saludó, como si desde siempre hubiera formado parte de su vida.

    ―Hola, abuela Pino.

    ―Abuela, solo abuela…

    ―El resto es cuanto ves ―dijo su padre, haciendo el payaso; abrió los brazos y giró sobre sí mismo.

    Palito echó un vistazo al interior del hogar.

    La sala, en razón de cómo se la había imaginado esa misma tarde, le pareció enorme.

    ―Tiene dos salones en uno ―se dijo, viendo que era tan grande o más que toda su casa.

    Mientras que su padre y su abuela seguían hablando, anclados en la entrada y sin intención de moverse, Palito avanzó hacia el fondo del salón, hasta la pared que compartía las puertas de los dos únicos dormitorios.

    Allí había un aparador con un estante encima, repleto de portarretratos en ambas superficies y, hasta el mismo techo, un amplio número de cuadros enmarcados con fotografías.

    De espaldas a la calle, al ver pasar a Palito hacia el interior de la vivienda, el hijo le hizo un gesto a su madre:

    ―A ver si me reconoces en alguna… ―le gritó satisfecho.

    ―Ese es mi santuario ―respondió la abuela, volviendo la cabeza―. O mejor, mi altar mayor ―apostilló.

    Palito había visto escenas parecidas en consolas de vestíbulos, mesas camilla, estanterías o lugares similares en las casas de sus amigas; menos en la suya.

    En casa no existía una cámara fotográfica ni sus padres eran aficionados a ellas.

    El día que le preguntó a su madre por qué no tenían fotos suyas en casa, le respondió que no eran de su agrado; que las vivencias eran para llevarlas encima y no esparcidas por cualquier lado, aunque fuera en casa. Que así no tenía que escarbar demasiado dentro de sí para recordarlas.

    En ese momento también pensó que su madre conservaba una foto suya en blanco y negro de colegio medio oculta en la cartera. Y cuando estaba a punto de descubrir que en una de las fotografías del aparador reconocía el rostro familiar de su abuelo, su abuela le susurró por detrás:

    ―¿Te has visto de pequeña?

    ―Sí ―respondió con un hilo de voz.

    Mientras que la abuela acaparaba a su nieta, sin pasar del umbral, con un movimiento de mano el padre de Palito se despidió de ellas.

    ―Vamos, ven conmigo, que aún nos queda todo un verano para nosotras solas… ―le pidió, revelándole―. En el campo no hace falta que cerrar la puerta de la calle.

    Pero la cerró.

    ―Y ahora, a tu habitación ―dijo después, tirando de la maleta y desviando la vista hacia el paquete de pasteles que Palito había dejado sobre la silla junto a la puerta.

    ―Son del pueblo ―añadió Palito.

    No fue hasta que depositó la maleta de su nieta encima de la cama para facilitarle el trabajo a la hora de deshacer el equipaje, cuando le comentó:

    ―Luego te pondrás con ella, tranquila. Ahora daremos buena cuenta de los dulces que no es bueno juntar la merienda con la cena, porque esas dos son capaces de hacer estragos en nuestros estómagos.

    Y fue a descorrer la cortina de la ventana.

    Mientras tanto, Palito, de espaldas a ella, se deshacía de la mochila que aún colgaba de sus hombros. Ensimismada, la dejó caer sobre una butaca del dormitorio y, entretenida, sacó de ella su pequeño radiocasete, cuando oyó que su abuela volvía a hablar, diciendo algo acerca de la parte trasera de la casa.

    Al darse la vuelta vio que ya separaba las hojas de cristal de la ventana, dejando al descubierto el hueco del muro.

    ―Te decía que aquí tienes espacio suficiente para bailar, que sé lo mucho que te gusta…

    ―A ver… ―dijo Palito mirando hacia afuera. De un salto apoyó los brazos en el alfeizar, colgando la cabeza al exterior.

    ―¿Qué te parece? ―pregunta su abuela.

    ―¡Es un patio enorme!

    ―Un jardín ―rectificó orgullosa su abuela―. Y ahora me voy a la cocina.

    ―¿Qué lo hace jardín?

    ―No tardes, pequeña ―le recomendó desde la puerta de la habitación.


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    Con el runrún de la radio, la abuela la esperaba sentada a la mesa de la cocina.

    ―Toma antes un sándwich… ―le dijo al llegar, destapándolos de la servilleta con la que los cubría.

    Sin tomar asiento, Palito alzó el vaso con zumo de naranja que estaba junto a un plato y los cubiertos preparados para ella.

    Desvió la cabeza y fijó los ojos en la puerta trasera de la cocina.

    ―¿Puedo salir? ―preguntó, ausente.

    ―Estás en tu casa ―respondió la abuela y, viendo que su nieta no tenía intención de sentarse, insistió―. ¿Y un pastel?

    Pero Palito ya depositaba el vaso vacío en la mesa del jardín, debajo de un árbol robusto.

    Al girarse, de cara a la vivienda, se fijó en que la casa no concluía en la cocina.

    ―Tienes razón ―observó la abuela Pino, saliendo detrás de ella―. Esto es un patio.

    ―Si tú lo llamas jardín, es un jardín.

    Y avanzó hacia el hueco entre la pared de la cocina y de la ladera.

    ―¿Qué hay ahí detrás?

    ―Más macetas, la escalera de la azotea y, al fondo, la cancela que da al exterior.

    ―Ah…―dejó escapar, con decepción.

    ―¿No te gustan las plantas?

    ―Sí, pero solo son plantas.

    Con un brazo apoyado en la baranda de la escalera, preguntó:

    ―¿Puedo subir?

    Y, sin esperar por respuesta, corrió escaleras arriba.

    La azotea estaba desprovista de cualquier cosa. Impoluta.

    Después de dar varias vueltas, de bailar y de apoyar los brazos por los cuatro costados del muro, se sentó en la parte que daba al frontis, justo encima del huerto.

    La huerta era un terreno situado por encima del nivel del suelo, acondicionado para el cultivo.

    Un antiguo muro de piedra la delimitaba, y a uno y otro lado de las laderas se extendían espacios de agricultura abundante.

    Entonces escuchó una voz sobre su cabeza:

    ―No irás a saltar ―le dijo un jilguero.

    ―¡Eh!

    El pájaro se posó a su lado.

    ―¿Por qué iba a hacerlo?

    ―Tú sabrás ―le respondió el jilguero.

    ―Volar tampoco ―dijo ella, al darse cuenta del balanceo de sus pies, que levantó y cruzó bajo el cuerpo.

    ―Oh… ―expresó el jilguero.

    ―¿Mejor?

    ―No del todo.

    Palito se encogió de hombros y no dijo nada.

    Pensó que desde allí no podría caerse a menos que alguien la empujara, porque, mirándolo bien ―se decía―, el muro era bastante ancho. Incluso dando un salto no habría peligro, siempre y cuando no cayera en la zanja, que desde arriba se veía como un pasaje estrecho entre el huerto y la casa. Aunque, por supuesto, nunca se le ocurría experimentar tal cosa.

    Aun así, antes de volver abrir la boca, miró detrás de ella.

    ―¿Qué motivo me invitaría a saltar?

    ―Correr peligros innecesarios, por ejemplo.

    ―Ninguno, que yo sepa o deje de saber.

    ―Eres una niña lista.

    ―Gracias.

    ―No hay de qué, pequeña.

    ―¡Me dicen Palito! ―replicó con voz poco amigable. “Pequeña” solo se lo llamaba su padre, y esa tarde ya era la segunda vez que lo oía salir de otras bocas.

    ―¿Ese no es un nombre de chico?

    ―Yo no he dicho que sea mi nombre. Pero si quieres, me pongo de pie.

    Pues no estaba poco contenta ella con su sobrenombre como para que ahora viniera un pájaro a decirle, como si fuera una gran cosa, que Palito era nombre de chico, como si eso tuviera la menor importancia.

    Y volvió hablar. Rompiendo el silencio.

    ―Y hasta donde yo sé, tú eres un pájaro. Y si hablas es porque repites lo que dicen los humanos.

    ―¿Eso crees?

    ―Claro. Los hombres lo saben todo ―respondió molesta.

    ―Eso es mucho decir.

    ―Para ti, sí.

    ―Quizá la gracia está en no adueñarse de nada.

    ―¿Hay algo que no tenga dueño?

    ―Desde luego, nuestra naturaleza.

    ―Ah, bueno. Eso es cosa de los adultos.

    ―Crecer no tiene nada que ver con la altura ni con los años ―la corrigió el jilguero―. Está en el desarrollo que genere cada cual.

    ―Pues eso.

    ―Eso qué ―replicó el jilguero.

    ―Que tampoco es de buena educación corregir a quien no se conoce ―le regañó.

    ―¿Y tú? ―protestó el jilguero.

    ―Lo mío fue para que no te dieras en confianza.

    ―Vaya con la niña… ¿De dónde sales, bonita?

    En ese momento, desde la parte trasera de la casa se oyó la voz de su abuela, llamándola.

    Salvada por la campana.

    ―¿Ves? Ni a mi abuela le importa cual es o deja de ser mi nombre ―insistió―, solo cómo me llaman.

    ―A mandar ―zanjó el jilguero, inclinando el cuello hasta rozar el pico con el muro―, su señoría…

    Pero, cuando levantó la cabeza, Palito ya había abandonado la azotea.


    ...



     
    #6
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  7. Alicia12

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    ―¡Estoy aquí! ―gritó Palito a mitad de la escalera.

    En el rellano vio a su abuela embutida en un impermeable amarillo con capucha y unas altas botas de agua negras. Al imaginarla en la cubierta de un barco, bajo el ojo de una tempestad, no pudo aguantar la risa.

    ―Estás muy graciosa.

    ―Ven, sígueme, voy a enseñarte algo.

    ―¿Vamos al huerto?

    ―Al otro extremo del jardín ―le contestó con un gesto de cabeza, indicándole que la siguiera.

    En fila de dos, Palito se encaminó detrás de ella. Cruzando por delante de los muebles de terraza, le insistió:

    ―¿Entonces, adónde vamos?

    En lugar de contestarle, la abuela repitió, sin soltar prenda:

    ―Quiero que veas algo.

    Siguieron por un pasillo largo sin parra; ocupada por trepadoras, enredaderas, jardineras y macetas que no dejaban hueco ni a la propia tierra. Al final de esta, tuvieron que agacharse para pasar por debajo de una hiedra enmarañada que se entrecruzaba cubriendo un cuarto de madera. Aquel pasillo las llevó al otro extremo de la casa.

    El claro la cogió por sorpresa.

    ―Guau, qué buen escondite… ―articuló, evocando a sus amigas―. Quién lo diría…

    ―No tardarías en descubrirlo ―le confesó su abuela―, y me apetecía verte la cara…

    ―Esto es más que un jardín… ¿Por qué lo ocultas?

    ―¿Yo? No, pequeña. Se ha hecho a sí mismo… o ya no soy la que era. Bueno, ambas cosas.

    ―¿Mi padre sabe que existe? ―preguntó Palito, preguntándose a su vez por qué él no se lo había mencionado.

    ―Para nada, criatura. Si pisó esta parte de la casa fue cuando la compramos, y de eso ha llovido mucho…

    ―Más escondido, imposible.

    ―Tampoco es para tanto… ¿Qué te parece?

    ―Un bosque. En miniatura, pero un auténtico bosque ―dijo adelantándose unos pasos―. Claro que más alegre, con más colores.

    ―Me satisface oírte. No voy a negar que también me gusta: me consuela pensar que ahora las plantas viven a su aire ―dijo, disponiéndose a abrir el cuarto de las herramientas.

    Mientras su abuela preparaba la manguera para regar, a Palito no se le escapaba el trinar de los pájaros. Se dio cuenta de su diversidad cuando se posaban o pasaban volando; sin embargo, ninguno daba muestras de saber hablar.

    Después se interesó por los dos enormes bidones de agua que la superaban en altura, en los que cabrían al menos seis personas dentro ―le comentó a su abuela―. Esta le respondió que se utilizaban para almacenar el agua de la lluvia que recogían de la azotea.

    ―Este invierno pasado no, pero ha habido años en que el agua les rebozaba.

    ―¿Tanto llueve aquí?

    ―Y más. A diferencia de la ciudad, en el campo las estaciones se dejan sentir. Y, como siempre, el calor ya aprieta...

    ―¿Me dejarás hacerlo? ―preguntó Palito, acordándose de los parterres del patio de su casa y de lo encantada que se quedaba viendo cómo los regaba el vecino encargado de ellos.

    Al ver que su abuela guardaba silencio mientras terminaba de instalar la manguera insistió:

    ―¿Me la dejas usar a mí, por favor?

    ―Te pondrías perdida. Además, voy a empezar a regar por las macetas del patio. Aprovecha y da un paseo; hay flores extraordinarias: calas, esterlicias, rosas, gladiolos…

    Palito siguió su consejo con la ilusión de volver a ver al jilguero, pero en medio de aquella selva, por lo tupido del jardín, no le parecía posible.

    Muchos de los setos tenían más altura que ella, y el poco margen de espacio entre ellos le obstaculizaba el paso.

    Aunque, como le había dicho su abuela, había flores maravillosas que desconocía, no dudada en apartarlas para avanzar, como si fueran malas hierbas, junto a las ramas que se interponían en su camino.

    Le disgustaban más los rasguños en brazos y piernas que la usencia del jilguero, que no hacía acto de presencia.

    Cuando volvió cerca del punto de partida, escuchó el sonido del agua corriendo por la manguera.

    ―Por favor, abuela, ahora déjame a mí ―le rogó.

    ―Por arriba ―le indicó acercándose―, solo se trata de refrescarlas.

    Su abuela no solo le entregó la manguera, sino que además fue a deshacerse del impermeable y de las botas con las que había iniciado el riego; no le quedaba otra que bajar a la altura de su nieta.

    Y aunque los días eran más largos, entre juegos de “ahora yo” y “ahora tú”, y sin darse cuenta de que la noche se les echaba encima, acabaron caladas hasta los huesos.


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    #7
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    Al terminar su desayuno, y no encontrarse con su abuela, Palito recogió la mesa y dejó la cocina como si allí no hubiese ocurrido nada.

    Una comida que, por su novedad y gusto, había degustado entusiasmada, despacio, muy despacio.

    ―Ya está todo ―le dijo a su abuela al cruzarse con ella justo cuando salía de la cocina.

    ―¿Qué has hecho, criatura?

    ―También lo hago en casa.

    ―Aquí estás de vacaciones. ¿Qué tal el desayuno?

    ―Todo estaba muy rico, abuela.

    ―Supongo que sigue en pie lo de esta tarde, ir a por la leche de cabra...

    ―Sí, claro. Y el gofio, el queso, las aceitunas verdes...

    ―Así conocerás a mi amiga Margarita, la promotora del huerto, que, como ya sabes, es la mujer del cabrero. Y no olvides que te muestre dónde se ubica la aldea… que a veces soy algo olvidadiza.

    ―También me puedo hacer cargo de la compra, abuela.

    ―De eso se encarga la tienda, pequeña, aparte de alguna cosa que ya me alcanza Margarita… ―dejó escapar un suspiro―. No sé qué haría yo sin ella. Pero ahora venía a por ti y por una cesta de mimbre.

    ―¿Ahora?

    ―¿No me preguntabas ayer por el huerto?

    ―Sí.

    ―En este tiempo hay que ir temprano, antes de que el sol le dé de lleno.

    Palito se alegró por fuera, no así por adentro.

    Ya salía por la puerta de atrás, la que daba a la azotea. No podía rechazar la oferta de su abuela, aunque le resultaba imposible sentarse frente al huerto como la tarde anterior; lo más probable era que desde allí viera la azotea.

    Así que acabó diciéndose que tendría tiempo de confirmar si el encuentro con el jilguero había sido real o solo producto de su imaginación.

    ―Vamos entonces, que necesito unas acelgas ―dijo su abuela, haciéndose con una cesta de mimbre plana y otra para la fruta de uno de los muebles de la cocina.

    ―Cuando quieras.

    Al alcanzar los tres escalones del huerto, a su abuela no se le ocurrió otra cosa que quedarse plantada justo debajo del mismo tramo del muro de la azotea en el que ella había estado con el jilguero.

    Se entretuvo hablándole de las hierbas aromáticas plantadas en el borde del huerto: cortando alguna ramita, retirando hojas secas o brotes ajenos que intentaban abrirse paso por la tierra.

    Por mucho que se aplicara en poner al día a su nieta, Palito solo tenía ojos para los aleteos del entorno y para lo alto de la azotea.

    Intentó repetir lo mismo con las verduras y las hortalizas, pero no tardó en darse cuenta de que hablaba solo para ella; Palito llevaba rato sin pronunciar una sola palabra.

    ―¿Palito, te preocupa algo?

    Ella negó con la cabeza, pero aun así le preguntó:

    ―¿Puedo salir por ahí, a pasear por el campo…? ¿Se dice así?

    ―Era eso… ―se tranquiliza la abuela. Conocía las licencias que le daban sus padres y pensó que ella no iba a ser menos―. Corretea por donde desees. Solo te pido que vayas con cuidado, porque por aquí no corres más peligro que el daño que te puedas causar tú misma.

    A continuación, por si ascendía por lo alto de la casa camino de la montaña, aprovechó para ponerla al tanto de los pocos vecinos que residían en la loma y le recomendó que no dudara en acudir a ellos si en algún momento lo necesitara.

    ―¿Y el camino que sigue después de tu casa?

    ―Ese pasaje no tiene más vida que la de acabar en un estanque. El resto es intransitable. No sucede lo mismo a la inversa, por el camino que llegaste hasta aquí.

    ―¿Iremos por ahí?

    ―Esta tarde, cuando vayamos a por la leche. Y me retiro, que aún tengo que poner la comida al fuego.

    Antes de marcharse volvió a interesarse por ella:

    ―¿Estas segura de quedarte sola?

    ―Sí, abuela.

    No había dado más de tres pasos cuando se volvió de nuevo y le recordó:

    ―No olvides de hacerte con la escalera si vas a coger fruta.

    Tras coger de los pocos árboles frutales repartidos por el huerto unas cuantas naranjas y limones, dejó la cesta en la tierra, y se acercó al margen del huerto para ver si desde allí se divisaba la carretera donde había aparcado el coche su padre.

    Pero no era más que ladera.

    Y al fondo, en la otra pared de montañas, se extendía un ancho barranco con tierras de cultivo escalonadas, por lo que acabó diciéndose que la carretera debía de encontrarse justo debajo, a la derecha del barranco.

    De regreso a la casa, se entretuvo pensando que, al igual que su padre, su abuela hablaba hasta por los codos. A excepción de su madre, le parecía que la mayoría de los adultos eran así… y aunque creía que siempre decían la verdad, esta se desdibujaba en cuanto se quedaba sola.


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    Estaba a punto de abrir la verja para entrar en casa por el patio, cuando desde una larga rama de la higuera incrustada en el pedregoso suelo lleno de malezas y matorrales que colindaba con el huerto de la abuela, la sorprendió el jilguero.

    ―¿No olvidas algo? ―preguntó sin moverse del sitio.

    ―El amigo jilguero… ―se le escapó de los labios.

    Palito retrocedió y volvió al huerto.

    ―Mmm… Este era el olor tan rico que me llegaba ayer en la azotea ―dijo, señalando la higuera―. ¿Vives aquí, en ella?

    ―Aquí, ahí, allá, ahora,… en arreglo a lo que llames vivir. No suelo permanecer mucho tiempo en un mismo sitio ―le respondió el jilguero.

    ―Me gusta lo que dices. Quizás algún día yo también pueda hacerlo.

    Se dirigió a los dos palos largos con cuatro tacos atravesados para subirse a la higuera.

    ―El peligro te gusta, ¿eh? ―insinuó, mientras ella escalaba.

    ―Lo mismo que a ti te gusta hacer de ángel de la guarda.

    ―¿Cómo es eso?

    Ya acomodada, en una gruesa rama.

    ―Sí, porque ayer evitaste que me hiciera daño ―dijo, mostrándole los rasguños de los brazos y de las piernas―. ¿Los ves?

    ―Y… ¿dónde?

    ―En el jardín secreto de la abuela.

    ―¿Secreto?

    ―¿No te gustan los jardines?

    ―Pshsss.

    ―¿A qué viene ese Pshsss?

    ―A que son más de lo mismo.

    ―¿Y las flores?

    ―Pshsss.

    ―¿Vas a seguir?

    ―Las flores son para las abejas.

    ―Hablo de sus aromas, de los colores, las formas… ¿No es la belleza?

    ―Por supuesto. También hay belleza en ti.

    ―Bueno.

    ―¿Bueno, qué?

    ―Que no estás diciendo nada.

    ―Estando donde estamos, qué hay para decir ―expresó el jilguero.

    Mientras daba pequeños saltos entre las frondosas ramas de la higuera.

    ―¿No puedes hablar en serio? ―le gritó Palito.

    ―¿Por decir que hay que dar al César lo que es del César?

    ―No, porque no dices nada del otro mundo.

    ―Entiendo.

    ―¿Significa que no tienes interés?

    ―Que el mundo que yo conozco es aquel al que los niños le dan patadas.

    ―Eso es un balón.

    ―Igual o lo mismo, preciosa.

    ―Aunque los niños dan patadas a todo lo que se les pone delante. Pero te estás riendo de mí… ―se queja Palito.

    ―Vamos, que solo tú puedes decir lindezas.

    ―Temía que no fueras verdad.

    ―Haber empezado por ahí. ¿Y qué otra cosa podía ser?

    ―¿Imaginario?

    ―Y si hubiera sido así, ¿qué pensarías?

    ―Ahora nada. De todas maneras lo hubiera dado por válido. Y yo también juego al fútbol.

    ―¿No dices que bailas?

    ―También hago deportes. Y muchas otras cosas.

    ―No te engañes, pequeña.

    ―Que no me engañe, ¿de qué?

    ―Lo que digo es que no eres risueña ni una niña triste; después de todo, eres como los chicos: despreocupada y resuelta.

    ―Pues mira que bien. ¿Contento?

    ―Si tú lo estás, yo no tengo inconveniente alguno.

    ―Pero, ¿a qué viene eso?

    ―Que si quieres algo de este lugar tendrás que ganártelo.

    ―¿Y dónde juegan los niños al balón, si se puede saber…?

    ―En una de las charcas del barranco.

    ―¿Con agua?

    ―Y con patos ―rectificó―. No, tonta, de charca solo le queda la forma.

    ―Uy, que mi abuela me espera para comer… ―dijo bajando de la higuera.

    ―Pues andando.

    Antes de marcharse, Palito lo puso al corriente, ya que no quería volverlo a perder.

    ―Esta tarde voy a salir con la abuela, y me dirá dónde está la aldea. ¿Estarás por aquí?

    ―Estaré ―concluyó―. Ve a por la cesta…

    Llevándose la escalera consigo, Palito pensaba en cómo le gustaba aprender, así como en lo difícil que se lo ponían los adultos.


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    #9
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    ―De cuento de hadas… ―susurró Palito, alzando la lechera.

    No sabía si era por las recientes novedades o por el aspecto del artilugio que la sacó de la bolsa que había preparado su abuela. Se dio el gusto ―y la importancia― de llevar la pequeña lechera de aluminio en la mano, como si fuera algo suyo.

    Lo verdaderamente gracioso fue cuando su abuela le contó que, en su infancia, en la ciudad también tenían leche en casa. Y no era otra cosa que una cabra en la azotea.

    ―¿De verdad? ―preguntó Palito, incrédula, abriendo los ojos como platos.

    ―De la buena, hija.

    ―No me imagino el barrio con cabras en las azoteas.

    Le sonó impensable.

    ―Claro, en aquella época todas las casas eran bajas ―añadió la abuela―. De una o dos plantas, como mucho.

    ―Ah… Ya me parecía a mí.

    Salieron de casa pasadas las cuatro de la tarde.

    ―Hoy el camino parece otro ―comentó Palito, mirando alrededor.

    ―Y mira que yo voy como un rehilete… ―dijo la abuela, animándola a seguir.

    Esta vez el suelo no se le resistía. Quizás porque la excitación podía más que el cansancio y la pedregosa tierra: estaba a escasa distancia del jilguero. Lo imaginaba revoloteando a su alrededor mientras su abuela continuaba hablándole de cosas de su pasado más reciente.

    ―Nunca he estado en una granja, abuela.

    ―Es solo una casa cueva. No tienen más animales que las cabras y unas pocas gallinas. Y, claro, los dos perros: Canelo y Rocky.

    Tras dejar atrás el recodo que conducía a la casa ―hasta donde había llegado con su padre y que su abuela llamaba camino principal―, siguieron cuesta arriba, hacia lo alto de la montaña.

    No tardaron en torcer de nuevo, esta vez hacia la derecha. Desde aquel punto, Palito ya distinguía algo de la carretera asfaltada que había perdido de vista. La misma que la había llevado hasta allí.

    También se la iban los ojos, una y otra vez, a la hendidura del barranco que cortaba la montaña y la carretera.

    ―¿Y ese olor? ―preguntó, iniciando el descenso.

    ―Es de los animales del cabrero ―respondió la abuela―. ¿Te molesta?

    ―No, no… solo preguntaba.

    Antes de doblar la primera curva pronunciada, en bajada, y justo donde vivían los amigos de su abuela, un perro salió a su encuentro entre ladridos. Era Canelo.

    Los ladridos no cesaron hasta que recibió una buena ración de caricias.

    ―Es un buen perro, ¿verdad, Canelo? ―dijo la abuela, rodeándolo con los brazos, sin olvidar a Rocky―. Rocky era igual, pero ya no puede ni con su alma.

    Palito se agachó para acariciarlo.

    ―Son como personas.

    Detrás de Canelo apareció Margarita.

    ―Pero bueno, Pino… qué callado te lo tenías.

    ―Esta nieta mía es de tu escuela, Margarita ―dijo la abuela, mirando a Palito y dando por hecha la presentación.

    Palito le devolvió la mirada, interrogante.

    ―No irás a…

    ―Pues yo te veo muy buena cara… ―intervino Margarita, sin soltar a Pino.

    ―Es una forma de hablar ―se defendió la abuela.

    ―¿Y tú qué dices, preciosa? ―saludó Margarita, tomándole la cara― ¿Te gusta esto?

    ―Está recién llegada… ―apuntó la abuela.

    ―Tu abuela aún no me perdona que le dijera que la gente del campo tenemos verde a todas horas y en todas las comidas ―rió Margarita, abrazándose a ella.

    Palito se adelantó unos pasos. El espacio que se abría ante ella la dejó quieta.

    Desde allí veía con claridad la carretera comarcal, el desvío vecinal en la ladera de enfrente, perdiéndose dentro de la aldea, y varias viviendas dispersas por el entorno.

    También una vía de tierra que cruzaba el barranco y ascendía hasta la casa del cabrero.

    ―Ayer mi padre pudo aparcar aquí.

    ―Tu padre es tu padre, hija ―respondió la abuela a su espalda.

    Y cambió el tema, poniéndola al corriente de la escasa actividad del lugar.

    ―La aldea aún está de siesta ―le cuchicheó cerca del oído.

    ―El lugar parece muerto… ―dijo Palito, al no ver ni un coche en circulación.

    Con los ladridos de los perros había tomado conciencia de lo silencioso que era el campo. O, al menos, aquella parte donde vivía su abuela.

    ―Por aquí te será fácil encontrar niños de tu edad… ―añadió la abuela, dirigiéndose al contenedor de basura, el único del lugar, que retiraban tres veces por semana.

    Pero Palito ya tenía los ojos puestos en el barranco. Mucho más profundo y atractivo que el que veía desde la casa.

    En cuanto se abrió un claro, avisó a las dos mujeres de que se acercaba a los corrales y se separó de ellas.

    Miró divertida los movimientos del jilguero.

    ―¡Vamos a la charca!


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    Tenía claro que, como en su barrio, los niños no hacían siesta. Aunque, para su propia tranquilidad, a esas horas los padres no los dejaban salir de casa. Por eso no le extrañó oír voces infantiles al otro lado de un cañaveral.

    Tampoco le sorprendió ver a chicos sin camisa, como lagartos, tomando el sol sobre unas rocas. Ni a un tercer grupo de niños y niñas que no dio muestras de haberla visto.

    ―Seguro que en la charca también hay chiquillos ―dijo, muy segura de sí.

    El jilguero se lo confirmó con un leve aleteo.

    Desde lo alto, la charca le pareció un pequeño estadio de fútbol. Aunque el fondo estaba completamente pelado, a su alrededor ―desde aquella altura hasta casi el pie―las altas hierbas de florecillas blancas y amarillas parecían una grada repleta de espectadores.

    Las porterías no eran más que montículos de piedras, con redes imaginarias.

    ―Voy a bajar…

    Pero el jilguero ya volaba al centro de la charca.

    Palito se detuvo un instante a observar a los cuatro niños que jugaban al fútbol. Sin protección alguna en las porterías, competían dos contra dos, entregados al juego.

    ―Lo bueno ―pensó mientras descendía― es que parecen de mi edad.

    Al ver que ningún niño reparaba en ella, se sentó al borde de la hierba, donde calculó que terminaba el área de juego.

    Pasó un rato. Ni una mirada.

    Defraudada, y armándose de valor, se levantó y entró directamente en el terreno. Sin dudarlo, se colocó en medio de una de las porterías, la más cercana, franqueado la entrada como si siempre hubiera estado allí.

    Pero los niños seguían jugando de un lado a otro del campo, sin prestarle atención, sin tirar una sola vez a la portería que ella defendía, como si fuera invisible.

    Sin poder dar más de sí, Palito, decidió marcharse.

    Fue entonces cuando algo ―o alguien― pareció escucharla. El mayor de los niños cogió el balón con las manos y se dirigió hacia ella.

    ―Las niñas no juegan al fútbol ―le dijo, sin rodeos.

    ―¿Lo dices tú?

    ―Sí. Miguel.

    ―Será aquí, porque en la ciudad sí jugamos.

    ―Pues vete a jugar a la ciudad.

    ―Estoy de vacaciones.

    Carlos se colocó junto a Miguel.

    ―Tu eres la nieta de la señora Pino.

    ―¿Cómo lo sabes?

    ―Aquí todos sabemos quién entra y quién sale de la aldea ―aclaró Miguel.

    ―No hay nada que no se sepa ―añadió Carlos.

    Palito negó con la cabeza.

    ―En eso te equivocas. Mi abuela no vive ahí ―dijo, señalando hacia la aldea.

    ―También de las laderas de los alrededores ―remató Carlos.

    ―Yo juego igual que un chico.

    ―¿Quién lo dice? ―le pregunta Miguel.

    ―Palito

    ―Eso salta a la vista ―rió Carlos.

    ―¿Cómo dices que te llamas? ―insistió Miguel.

    ―Palito.

    ―Eso no es un nombre ―sentenció, muy serio.

    ―Eso solo se le ocurre a la gente de ciudad ―continuó Carlos, riendo.

    ―Tampoco es para que te rías como un cosaco ―le reprochó Palito.

    ―No es reírse; es beber como un cosaco ―la corrigió Miguel.

    ―Da lo mismo.

    ―¿Es lo mismo beber que reír? ―preguntó Miguel, frío.

    ―Exagerar ―respondió sin dudar.

    ―¿Por qué no te largas de una vez? ―la encaró Carlos.

    Palito lo sostuvo con la mirada.

    ―Pues a mí me gusta mi nombre. Y mucho. No sé a qué viene tanta risa, cuando mi abuela se llama Pino Y no solo es el nombre de la Virgen del pueblo: también es la patrona de la provincia.

    ―Los del pueblo también son unos mequetrefes―soltó Carlos.

    Miguel lo agarró del brazo y lo separó de Palito.

    ―Y tú una listilla, como todos los de la ciudad ―dijo Miguel, ya a cierta distancia.

    ―No menos que tú ―replicó ella.

    ―¿Por qué no la dejas jugar? ―intervino Alberto, su hermano―. Hoy somos pocos.

    ―¡Cállate, mocoso! ―le gritó Miguel.

    ―Venga, por lo menos déjame intentarlo ―insistió Palito.

    ―¡Vámonos, chicos! ―concluyó Miguel.

    Se alejaron entre la hierba.

    ―¡Cobarde! ―les gritó Palito cuando ascendieron la charca.

    El jilguero se posó a su lado.

    ―¡Tú no tienes qué decir! ―le soltó ella, todavía alterada.

    ―A mí que me registren ―se defendió el jilguero, aleteando.


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    Con los días, Palito y el jilguero volvieron a media mañana por la charca. Aunque no encontraron ni un alma no dejaron de regresar esa misma tarde.

    Y fue entonces cuando la sorprendió un buen puñado de niños jugando al fútbol. Esta vez con porteros incluidos. Y, por supuesto, la pandilla compuesta por Miguel, Carlos, Alberto y Chano.

    Sin pensarlo, bajó hasta el terreno de juego. Se quedó de espectadora, igual que la vez anterior, y sin prestar atención a la alineación de los equipos, empezó a ponerle voz al partido. Cada vez que alguien tocaba el balón, animaba por su nombre a los jugadores que ya conocía.

    Desde la hierba, el jilguero le dijo:

    ―Te vas a desgañitar.

    ―Por intentarlo que no quede.

    ―Tú sabrás.

    ―Si supiera, no estaría aquí sentada, si no en medio del campo ―respondió sin apartar la vista del balón.

    El jilguero la observó un instante.

    ―¿No se te ocurre otra cosa?

    ―¿El qué?

    ―Bah, déjalo...

    Pero casi de inmediato añadió:

    ―Podríamos ir al estanque que hay por encima de la aldea. Bueno… la Palito que yo conozco no lo dudaría ni un momento.

    Ella sabía que allí no tenía nada que hacer y que ya había visto cuanto tenía que ver. No se le ocurrió nada mejor.

    ―¿A qué esperamos? ―dijo al vuelo.

    ―También podemos ir de vuelta, y acercarnos al estanque del otro lado de la montaña.

    ―¿Tienes amigos allí?

    ―Depende de cómo se mire.

    ―¿Qué hacéis en los estanques?

    ―¿Qué podemos hacer? Refrescarnos.

    Cruzando el interior de la charca, entre los supuestos espectadores, hacia la parte que daba a la aldea. Palito ascendía a paso lento. Iba arrancando ramitas de las hierbas que se le cruzaban en el camino, trenzándolas hasta formar una corona de florecillas blancas y amarillas.

    Cuando alcanzó la cima, se la colocó en la cabeza. Sonrió al paisaje y, sin volver la vista atrás, se prometió no volver a pisar aquel estanque.

    Luego se giró hacia el jilguero.

    ―¿Corremos hasta la aldea? ―preguntó, arrancando a correr.

    Llevaba días con la intención de ir a la tienda de comestibles. Más que nada por su abuela, por su interés constante. Porque aunque le decía que se la veía entusiasmada, no dejaba de preguntarle durante las comidas cómo le iba en sus salidas.

    ―¿Correr? ―le inquirió el jilguero, desde lo alto de su cabeza.

    ―Me temo que lo tuyo no es el deporte ―gritó Palito sin dejar de correr, mientras ascendía hacia la carretera.

    ―Como para ti la contemplación ―replicó él.

    La aldea era una sola calle, con casas a ambos lados de la carretera. Sin más artificio que una ermita con su pequeña plazoleta.

    A su paso, los mayores que estaban sentados al fresco, a la vera de sus casas, la saludaban con una inclinación de cabeza. Ella respondía alegremente, aunque no podía evitar preguntarse si eran los únicos con potestad para saludar o hablar con desconocidos, aunque estos fueran niños.

    La tendera tampoco fue menos amable. Le dio la bienvenida, elogió la corona de florecillas y se interesó por su abuela ―detalle que no la sorprendió, pues sabía que era clienta habitual―. Incluso la invitó a pasar por la plazoleta donde jugaban las niñas. A las que Palito, ya había saludado, pero ellas la miraron como si fuera un bicho raro… o una perdiz.

    La mujer no se despidió sin mandarle recuerdos y desearle buena tarde. Le indicó además que el reloj marcaba las siete, aunque quedaban dos largas horas de luz.

    Poco después de dejar atrás la civilización ―como la llamó el jilguero―, mientras Palito vertía agua de su botella en el hueco de una roca, él bebía cuando un petirrojo se posó junto a ellos para hacer lo mismo.

    ―¿De dónde sale? ―preguntó al jilguero.

    ―De la chistera ―respondió el jilguero―. ¿De dónde va a salir? De una botella.

    ―Digo la princesa, que no soy ciego.

    ―¿Prince… qué? ―preguntó sorprendido.

    ―¿De qué habláis? ―intervino Palito, acercándose.

    ―¿De qué vamos hablar? ―replicó el jilguero―. De ti.

    ―Eh, que yo pregunté primero ―dijo ella, satisfecha.

    Después de beber, el petirrojo dio un salto y se posó en el suelo, picoteando las migas que caían de las galletas de Palito.

    Ella también se sentó. Rompiendo más galleta y se la ofreció en la mano.

    ―La corona no le hace justicia, no… ―le susurra el petirrojo al jilguero.


    ...

     
    #12
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    Saltó del alfeizar de la ventana al interior de la habitación y, sin apagar el radiocasete, lo metió en la mochila. Fue a la cocina a por agua y, en nada, ajustándose la mochila sobre los hombros llegó a la verja.

    ―¡Nos vamos! ―le gritó al jilguero desde el paso, sabiéndolo en el ramaje de la higuera.

    Y siguió avanzando por la prolongación del camino de la casa de su abuela, en dirección al estanque del otro lado de la montaña.

    ―¿Y eso? ―le preguntó el jilguero, aludiendo a la música que sonaba de su espalda.

    ―Me apetecía. ¿Te molesta?

    ―En absoluto.

    Antes de terminar de bordear la pronunciada curva que daba al otro lado de la montaña, el paisaje cobró otra vida: la vegetación se hacía más rala y los árboles perdían altura.

    ―¿Por qué los niños no salen solos de la aldea? ―volvió a interesarse el jilguero.

    ―De la aldea no sé, pero yo estoy aquí.

    ―¿Lo estarías sin mí?

    ―Supongo. La abuela dice que no hay peligros. Además, ¿para qué están los amigos? Para jugar, ¿no?

    ―Y para hacer cosas que cuando se está solo, no tiene la menor gracia. ¿Es así?

    ―¿Lo dices por el baile?

    ―Solo te vi hacerlo el día de tu llegada.

    ―En la azotea me desperezaba.

    Se detuvo para darle la vuelta a la cinta de casete. Al hacerlo, vio que el camino descendía. No era una gran pendiente, pero sí lo suficiente para descubrir, desde allí arriba, el espectacular rectángulo del estanque, escoltado en su cabecera por una larga hilera de árboles.

    ―También para hacer lo que solos no se atreven ―apuntó un gorrión, dando brincos al salirles al encuentro.

    ―Si lo dices por las travesuras de los niños, siempre han existido ―defendió Palito.

    ―Desde que la tierra es tierra ―observó el jilguero.

    ―No he dicho lo contrario ―apuró el gorrión―. Solo señalé un matiz que solemos olvidar.

    Y, abriéndose en vuelo, se despidió rumbo a las aguas del estanque.

    El camino concluyó en una alfombra de ramas y hojas secas.

    Dejando el estanque a su izquierda, hundiendo los pies en la tierra blanda, Palito se internó en la sombra, bajo la espesura del primero de los árboles alineados.

    Se quitó la mochila y la apoyó en el troncó.

    Luego hizo lo mismo con ella. Sacó el radiocasete de su envoltorio y lo colocó bajo los pies.

    Al instante se le acercó un verderón.

    ―Se acabó la buena vida.

    ―¿Qué te ha hecho la cría? ―replicó un mosquitero, posándose a su lado―. Ni siquiera la has dejado llegar…

    ―Son muy ruidosos ―insinuó el verderón, con tono airado―. Y detrás vendrán los demás. Nunca falla.

    ―Él sabe que los niños no vienen por aquí porque se lo tienen prohibido ―aclaró un pinzón―. Aunque más de una vez le he oído decir que no vienen porque este lugar es sagrado…

    ―Pues a mí no me lo han prohibido ―confesó Palito, intentando tranquilizar al verderón―. No es más que música. Cantada, sí, pero música.

    Aun así, terminó apagando el radiocasete.

    ―No tienes por qué hacerlo ―le dijo el jilguero.

    ―A los maestros les molesta casi todo. Y a verderón, la música lo que más ―les reveló el mosquitero.

    ―¿Maestro? ―preguntó Palito, con curiosidad.

    ―De todo y aprendiz de nada ―respondió socarrón el pinzón.

    ―Para verderón, como el canto es innato, ya no es nada. Ha llegado más lejos que la mayoría de nosotros ―explicó el mosquitero.

    ―Bobadas ―replicó el verderón, quitándose importancia.

    ―Maestro aéreo ―ironizó el pinzón―. O del espacio, si lo prefieres.

    ―¡Anda ya! ―exclamó Palito― ¿Y eso qué es?

    ―Y qué lectura tiene ―añadió el jilguero―. Nunca he oído tal cosa.

    ―Usar a los demás pájaros para montar sus numeritos en el aire ―precisó el pinzón.

    ―No es frecuente, pero yo he visto algunas de sus acrobacias ―apuntó el mosquitero.

    ―¿Podemos verlas nosotros? ―pidió Palito―. A mí me encantaría.

    ―No es para los hombres, y menos aún para los mocosos ―respondió el propio verderón.

    ―Qué tontería ―le lanzó Palito―. Entonces, ¿para qué te tomas la molestia de enseñar?

    Sin prestarles más atención, con la intención de bordear el estanque, Palito volvió a encender el radiocasete y lo guardó en la mochila. De un salto se puso en pie y salió de la espesura.

    Al momento se le acercó el jilguero.

    ―¿Qué haces?

    ―Esos están locos… ¿A ti te gustan?

    ―Tampoco es cuestión de hacerles mucho caso. Lo bueno es pasar ratos… nada más lejos del momento dado.

    ―A nosotros, en la ciudad, lo prohibido nos dura lo que el día. No creo que por eso dejen de venir los niños por aquí.

    ―No siempre depende de ellos, siendo como es una propiedad privada.

    ―¿Ves lo mismo que yo? ―preguntó al ver acercarse al estanque una gran bandada de pajarillos

    ―El calor ―dedujo el jilguero.

    Pero cuando ella miró con atención, supo que no era eso. Porque los pájaros ya posados sobre el muro, sin emitir sonido alguno, movían las patitas y sacudían las alas al ritmo de la música que ella llevaba a la espalda.


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    #13
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    Plantaba unas semillas cuando, al alzar la vista en busca del jilguero, sus ojos se toparon

    con unos pies. Eran de Miguel, plantado en lo alto de los peldaños del huerto, rígido, como un mástil, esperando ser visto.

    ―Hola ―la saludó alzando la voz mientras se acercaba.

    ―¿Hace mucho que estás ahí? ―preguntó Palito sin dejar de remover la tierra.

    ―¿Me puedo sentar?

    Sin esperar respuesta, se sentó frente a ella y le tendió la mano para ayudarla.

    ―Gracias, pero si lo haces tú me quedo sin nada ―dijo Palito―. Además, me gusta hacerlo.

    Miguel asintió, incómodo.

    ―Quería pedirte perdón.

    ―¿Por?

    ―Por nuestras groserías.

    ―Pues sí que te has dado prisa… ―replicó ella―. Aunque por eso no se pide perdón.

    ―Pues mis disculpas.

    ―Te pega mejor la chulería ―lo pinchó.

    ―Ahora no viene a cuento.

    ―En cambio yo sí te doy las gracias, mira tú por dónde. Aunque, la verdad, hace días que lo hice.

    ―Si me las hiciste llegar, no me enteré.

    ―Fue para mí. Porque, en realidad, jugar al fútbol no es tan divertido.

    Miguel soltó una risa corta.

    ―Estás diciendo tonterías.

    ―Para lo que sirve…

    ―Nosotros jugamos con las niñas a otras cosas.

    ―¿Y tú me vas a decir a mí a lo que tengo o no que jugar?

    ―Nadie te lo dice.

    Palito se encogió de hombros.

    ―De todos modos has perdido el tiempo. Igual que yo con vosotros… aunque no del todo, porque algo aprendí.

    ―Si tú lo dices… ―murmuró Miguel, y añadió―. ¿Se lo dijiste a tu abuela?

    ―¿A mi abuela? ¿Ella qué tiene que ver? ―se detuvo un segundo y se respondió sola―. No, no me lo digas. Aquí todo se sabe, ¿no?

    ―Mi madre dice que las formas me pierden.

    ―Como para estar dándole vueltas a lo mismo… ―Palito sonrió―. Eso ya lo hace un balón, ¿me equivoco?

    ―El fútbol es mucho más que un juego.

    ―Ya. Por eso, igual que yo, mi abuela no se entretiene con esas majaderías. Que se despreocupe tu madre.

    ―Ella me dijo que viniera a disculparme.

    ―¿Y cómo lo supo?

    ―Por mi hermano. ¿Por quién si no?

    ―En mi barrio pasa igual. Los chismes no distinguen entre ciudad y pueblo.

    ―Yo no soy un pueblerino. No te equivoques.

    ―Qué más da.

    ―Mi madre lo dijo por quién es tu abuela; que no estuvo bien lo que hicimos.

    ―Hiciste lo que te nació y punto.

    Palito recordó entonces las palabras de su madre sobre el bien y el mal, aquellas que le dijo tras una pelea con Begoña, la que desde entonces ―y hasta ahora― seguía siendo su mejor amiga.

    Como Miguel guardaba silencio, retomó:

    ―¿No crees que eres lo bastante mayor para saber qué está bien y qué está mal? ―y, sin darse cuenta, imitó el tono de su madre―. Lo importante es pensar por uno mismo. Tú, solo tú, eres responsable de tus actos.

    ―Lo que no creo es que tengas que comerme la oreja.

    ―Entonces no podrás contarles a tus amigos lo listilla que soy.

    ―¿Vas a seguir? ―gruñó.

    ―Vaya, yo que iba a decirte que debiste venir con Carlos… pero te manejas bien solo.

    ―Pues claro.

    ―Tampoco es cuestión de seguir al pie de la letra lo que nos dicen los padres. Hay cosas que deberían quedarse entre nosotros.

    ―Lo dudo.

    ―La próxima vez le dices a tu madre que sí, que pediste perdón, y santas pascuas. No va a enterarse de nada de lo que no pasó. Porque, dime, ¿pasó algo?

    ―Claro que no.

    ―Pues eso. Dices que sí y luego haces lo que te dé la gana.

    ―Dices cosas raras.

    ―Bah. Las cosas de los adultos no son como las nuestras. A mí nadie me convence de lo que ya sé. Así que te podrías haber ahorrado el viaje. Bueno, dos viajes… porque ayer vi a Carlos merodeando por aquí, estirando el cuello por el muro.

    ―Está con mi hermano por ahí afuera.

    ―¿No les gustó lo que hacía en la higuera?

    ―El que te vio fue él. Dijo que hacías cosas raras.

    ―Si canturrear es raro… ―respondió Palito, mientras hablaba con el jilguero y un mirlo que revoloteaban cerca.

    ―Es la tercera vez que venimos.

    ―No me dais pena. Y si ayer no entrasteis fue porque no quisisteis ―añadió, recordando cómo, después de almorzar, ella se entretenía en el huerto mientras su abuela dormía la siesta con la radio encendida.

    Miguel dudó.

    ―Si quieres, podemos…

    ―Ni te molestes ―lo cortó ella.

    Se levantó, sacudiéndose la tierra.

    ―Bueno, me voy.

    ―Adiós. ―dijo Palito sin mirarlo―. Y saluda a los de ahí afuera.

    ―De tu parte.


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    #14
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    Esa mañana se despertó ansiosa, con la única idea de volver al estanque del otro lado de la montaña. Obvió que la propiedad fuera privada, diciéndose que, si había sido invisible para unos, bien podría pasar inadvertida para otros.

    Ya, decidida, y sabiendo como sabía que a los pájaros parlanchines la música no les hacía ninguna gracia ―y que, presumiblemente, tampoco volvería a ver tantos pajaritos como los del muro del estanque―, dejó el radiocasete donde estaba. No volvió a salir del alfeizar de la ventana.

    En su lugar metió en la mochila la toalla de playa que ya usaba algunas mañanas para tomar el sol en el patio, y uno de los tres libros que su madre le había comprado como tarea para las vacaciones, aún intactos sobre la mesita de noche.

    Mientras el jilguero se acercaba a las aguas del estanque, Palito se dirigió a la arboleda, al mismo punto del día anterior. Para su sorpresa, ni uno más ni uno menos: allí estaban el verderón, el mosquitero y el pinzón. Al verla aparecer, se miraron entre ellos y guardaron silencio.

    Después de saludarlos con un gesto, apartó las ramas del suelo frente al árbol, sacó la toalla de la mochila y la extendió sobre las hojas secas. Luego se tendió boca abajo, de cara al estanque.

    Al instante, el verderón se plantó delante de ella.

    ―¿Decías algo?

    ―No ―respondió seca, sin levantar la vista.

    ―Ni ayer entendiste una sola palabra.

    ―De un liante como tú, desde luego que no ―contestó. Y aunque solo dijera media verdad, no significó que mintiera―. Es más, si lo sabes todo, no sé qué haces aquí.

    Mientras hablaba, rebuscó en la mochila y sacó el libro.

    ―Vaya… esas alas sí que son lustrosas ―comentó el pinzón, acercándose sin quitar ojo al libro.

    ―¿De qué hablas? ―preguntó Palito.

    ―De las alas que tienes entre las manos.

    ―¿Tú crees?

    ―¿Qué si lo creo? ¡Lo sé! ―afirmó el pinzón.

    ―No es que me guste leer… ―comenzó a decir ella.

    ―¿Yo he dicho algo de leer? ―la cortó.

    ―Porque leer, lo que se dice leer… siempre se nos queda más lo oral ―intervino el mosquitero―. Es decir, lo práctico.

    ―Siempre que lo oigas muchas veces ―replicó Palito―. Lo que se oye una sola vez es puro aire.

    ―Ni falta que hace ―dijo el pinzón―. Lo importante es el lenguaje, lo que se mueve.

    ―A Palito no le atrae el vuelo ―manifestó el jilguero al llegar.

    ―¡A todos los críos les gustaría volar! ―saltó el verderón.

    ―Tampoco soy tan cría ―protestó ella―. Y además, volar es solo un medio de transporte. Nada más.

    ―Lo que prima es el movimiento, querida. En todo. ―repuso el verderón.

    ―Habló el maestro ―dijo Palito, mirándolo con recelo.

    ―A lo mejor acaba apostando por la ciencia ―comentó el mosquitero.

    ―Un poco locos sí que están ―confirmó Palito, mirando al jilguero.

    ―A ti te lo oigo ―masculló el verderón―. Aunque quedaría mejor decir ociosos Y tú tampoco te quedas corta.

    ―Vamos, que sois unos loros ―dedujo Palito.

    ―¡Y tú una tortuga! ―fingió el verderón.

    ―No es más que representar un papel ―intervino el mosquitero.

    ―Es lo que tienen los críos ―añadió el pinzón―. No hay especie que no intente matar el tiempo. Es decir, vivir.

    ―Pero también aprendemos a ponernos en la piel ajena ―dijo Palito―. Aunque el verderón no se entere.

    ―¿Acaso no te vale la tuya? No me vengas con pamplinas, niña ―replicó.

    ―Ponerse en la piel no es lo mismo que representar un papel ―insistió ella.

    ―En el fondo son lo mismo ―dijo el jilguero.

    ―¿Cómo va hacer lo mismo? ―lo miró, molesta―. ¿Dónde queda lo que sentimos?

    ―Quizá sea la diferencia entre la risa y el llanto ―respondió él―. Avatares.

    ―Entre fingir y actuar ―zanjó el pinzón―. Es decir, entre lo que nos concierne y lo que no.

    ―Tampoco suelo pensar lo que digo… ―intentó arreglarlo Palito.

    ―No tienes por qué disculparte ―le dijo el pinzón.

    ―¡No lo hago! ―replicó sin amilanarse―. Quería decir lo poco que sé.

    ―Nosotros tampoco pensamos lo que decimos ―añadió el mosquitero―. No vayas a creer lo contrario.

    ―A mí lo que me gusta es aprender ―dijo Palito.

    ―No hay de lo que no se aprenda ―concluyó el verderón―. De todo se aprende. Y mirándolo bien, importante, lo que se dice importante… no hay nada.

    Desde entonces, las mañanas de Palito, después de su sustancioso desayuno, se convirtieron en una excursión diaria al estanque del otro lado de la montaña. Pajarillos había muchos, claro, pero no siempre para conversar, discutir o simplemente contemplarlos.

    A veces le asombraba la cantidad de pájaros que había por todas partes. En su barrio los oía trinar, sí, pero de ahí a verlos… había que fijarse mucho entre los árboles. Algo que había hecho alguna vez con sus amigas, sin prestarles demasiada atención.

    Verlos corretear así, por el campo, nunca.


    ...


     
    #15
    Última modificación: 17 de Enero de 2026
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    Para su sorpresa, en una de sus visitas a la tienda de comestibles, Palito vio a Miguel al otro lado del mostrador.

    ―Tenía que haberlo pensado ―se dijo, contrariada―. ¿Cómo no se me ocurrió?

    Bastó una mirada de la madre para hacerlo desaparecer.

    La tienda, además, estaba más concurrida de lo habitual. De las que en la ciudad llaman de aceite y vinagre, Palito tuvo que esperar su turno. Mientras tanto, observó cómo la tendera despachaba a un par de clientas, al tiempo que su marido atendía por el lado opuesto.

    Cuando por fin le tocó, la mujer fue directa a ella. Cordial y correcta como siempre, no dejó de hablar ni un instante: se interesó por su abuela, comentó el calor, y aun ya de espaldas, a punto de salir Palito del establecimiento, le envió recuerdos y le deseó buena tarde.

    Apenas dio unos pasos fuera, distraída, quitándole el envoltorio a un caramelo, reapareció Miguel. Abrió de golpe una de las ventanas del segundo piso, haciendo ruido a propósito.

    El efecto fue inmediato.

    ―Sabemos lo que haces ―dijo, y cerró tras de sí.

    Las palabras no le causaron impresión alguna. Aun así, Palito echó un vistazo alrededor, por si alguien más miraba.

    ―Como si yo fuese ciega ―pensó.

    Claro que los chicos son más atrevidos, más valientes que las niñas. Pero eso no les añade valor alguno. Muchas veces, incluso, el efecto es contrario de lo que esperan.

    Sin más, se apresuró a salir de la aldea por la ruta del estanque, sorteando los obstáculos de aquella parte del barranco.

    El jilguero ya le había contado que los demás habían emigrado barranco arriba, hacia los estanques de la parte alta. En verano, los niños los usaban como campo de juegos, y no podía decirse que fueran muy amables con los pájaros.

    El único pájaro con el que solían encontrarse era el petirrojo, con quien Palito compartía el gusto por lo dulce.

    Sin que mediara magia alguna, por arte, en pleno vuelo se les acercó el mismísimo comediante.

    ―Me pareció verla por la aldea… princesa.

    Oírlo alegró a Palito.

    ―Por eso estamos aquí ―le respondió.

    Se deshizo de la mochila, la apoyó en una piedra y se acomodó en el suelo, colocándosela sobre el regazo. Sirvió agua al jilguero y al petirrojo en la tapa de la botella de aluminio, y luego bebió ella.

    No se le olvidaba el agua, por insistencia de la abuela, que siempre repetía que allí, sin nubes ni brisa, el sol achicharraba a cualquiera.

    ―Has traído lo muy, muy… ―dijo impaciente el petirrojo.

    ―Y lo menos también ―contestó Palito, riendo, mientras abría una bolsa de patatas saladas.

    ―Aparte de princesa, eres toda una artista… ―musitó complacido.

    Al petirrojo también le gustaba lo salado.

    ―Y tú un zalamero ―dijo ella con gracia.

    Palito se dio cuenta de que también le atraía que la llamaran de formas distintas.

    ―Y tú, la flor más bella ―insistió el petirrojo.

    ―¡Oh, muchas gracias!

    ―A mandar, princesa.

    ―¿Aún te quitan el sueño? ―intervino el jilguero.

    ―Como si no lo supieras… ―dijo Palito―. Sabes que con lo de las flores usé palabras de la abuela.

    ―¿Por bonitas?

    ―O por lo que nos gusta oír ―responde―. Qué más da.

    ―Eso te honra ―dijo el jilguero.

    ―¿Me qué?

    ―Que no te dejas llevar… ―insinúa el petirrojo.

    Y al instante deseó no haber dicho nada.

    ―Que sigues tus instintos ―aclaró el jilguero.

    ―Vamos, que no te falta agudeza ―añade el petirrojo.

    ―Lo puedes decir, amigo ―lo animó el jilguero.

    ―Pero, ¿de qué habláis? ―preguntó Palito.

    ―Nada que necesite respuesta, pequeña.

    ―Yo solo sé que lo paso muy bien con vosotros.

    ―Me temo que no somos nosotros quienes te abramos la vista ―dijo el petirrojo―. Sin embargo, tus amigos… y aquellos que no lo son tanto, quizá lo hagan.

    ―Eso es cierto ―apuntó el jilguero.

    ―Nunca se sabe ―respondió Palito.

    Después de dar buena cuenta de las golosinas y de satisfacer sus pequeños caprichos, juntos retomaron el camino del estanque.


    ...


     
    #16
    Última modificación: 17 de Enero de 2026
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    ―No estará contando las ramitas… ―susurró Palito, curiosa.

    ―Juegan a los palillos ―contestó el jilguero.

    ―¿Jugar? ¿Solo una?

    ―¿No has jugado nunca a los palillos?

    ―¿A un juego de pájaros? ―dijo muy seria―. Todo juego que se precie es de contar.

    ―Sobre todo por ser un juego de los humanos ―repuso el jilguero―. ¿Es eso lo que insinúas?

    ―No puede ser. Imposible.

    ―Pregúntales a las tórtolas ―recomendó―. No las va a espantar.

    Sorteando las dificultades del barranco, Palito se salió del sendero y se sentó en una piedra cercana, muy cerca de las tórtolas.

    ―Buenas tardes, guapa ―dijo una de ellas, levantando la vista.

    ―¿Cómo estás? ―preguntó la otra.

    ―Bien, muchas gracias. ¿Y vosotras?

    ―Jugando ―respondieron a la vez.

    Palito les preguntó si era verdad, si estaban jugando, y si aquel juego se llamaba los palillos, como le había dicho el jilguero.

    ―Adaptado a nosotras, claro ―respondió una―. Las ramas son lo nuestro.

    ―¿No conoces el juego? ―preguntó la otra, con cierta duda.

    ―No. Pensé que el jilguero me gastaba una broma ―repuso Palito―. Ni sabía de su existencia.

    ―Pues es algo vuestro ―aclaró la tórtola.

    ―Eso dice él ―contestó Palito.

    ―Pero muy antiguo… ―añadió la otra.

    Palito no sabía, de tan iguales, a cuál de las dos dirigirse.

    ―Lo asombroso es veros jugar ―murmuró, tímida―. Me pareció que solo jugaba una.

    ―Es un juego de habilidad ―intervino el jilguero.

    Las tórtolas recogieron con el pico el haz de ramas que tenían junto a ellas y las dejaron caer al mismo tiempo sobre la piedra, en medio de ambas. Luego se quedaron inmóviles.

    ―Así se inicia el juego ―explicó una.

    ―¿Y quién ganó la partida anterior? ―preguntó Palito.

    ―La destreza ―respondió la otra.

    ―Pero… ¿cómo se juega? ―insistió, no muy convencida.

    ―La regla es sencilla ―dijo una de ellas.

    ―Se tiran las ramas al azar, como están ahora, y se retiran por tumos. Sacamos las ramitas una a una, procurando que las demás no se muevan. El turno no termina hasta que eso sucede. Cuando otra rama se mueve, el turno acaba ―concluyó la otra.

    ―Pues sí que es fácil ―dijo Palito―. Así cada una sabe cuántas ramas ha retirado.

    ―Ya te dije que era un juego primitivo ―repuso la tórtola―. Incluso para los pájaros…

    ―Nuestros juegos de mesa son más modernos ―dijo Palito, orgullosa.

    ―No me cabe la menor duda ―respondió una de ellas.

    ―¿Te apetece jugar? ―preguntó la otra.

    ―Son demasiado frágiles para mí ―respondió Palito, sonriendo―. Las ramitas se partirían entre mis dedos…

    Sin embargo, ya estaba pensando en los fósforos de madera de la cocina. En que aquella misma noche, cuando se retirase a su habitación, jugaría a los palillos con el jilguero.

    Continuaron conversando cuando, de repente, sin haber iniciado la partida pendiente, las tórtolas recogieron las ramas con el pico y alzaron el vuelo.

    ―¿Y eso? ―dijo Palito, sin entender por qué habían huido.

    Con lo agradables que parecían, pensó.

    ―Tenemos visita ―le contestó el jilguero.

    Al ponerse en pie, vio que frente a ellos tres silenciosos niños cruzaban por el paso. La saludaron a coro y se despidieron con un adiós, gesto que Palito devolvió del mismo modo.

    Era lo mismo que ya hacían los demás aldeanos cuando se la encontraban. Igual que, al principio, solo hacían las personas mayores.

    Aquel era el único tramo de paso hacia la parte baja del barranco, un trayecto que se bifurcaba con el barranco de la izquierda de la carretera comarcal. De los pocos lugares que aún le quedaban por recorrer, aunque al ver que otros niños merodeaban por allí prefirió regresar con su abuela y con Margarita.

    Además, aquella noche ―aunque no precisamente para dormir― quería acostarse temprano.

    Al pisar la carretera por la tarde o cuando iba con la abuela a por la leche de cabra, en cada una de sus salidas ocurría lo mismo: por mucho que lo hiciera regresar a casa, Canelo no se daba la vuelta hasta llegar al borde del barranco. Y al regreso sucedía igual; llegara por donde llegara, antes de iniciar el ascenso hasta la casa del cabero, en aquel mismo punto de despedida, Canelo ya la estaba esperando.


    ...


     
    #17
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  18. Alicia12

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    18
    El brinco de su cuerpo la despertó. Intentó incorporarse sin saber dónde estaba y, de pronto, recordó la conversación telefónica del día anterior.

    Sin darse cuenta, oyó el trinar de los pájaros en el patio. Miró hacia los pies de su cama y susurró:

    ―¿Jilguero, estás ahí?

    Sabía que no. Como todos los pájaros, era madrugador. Cuando ella se levantaba, él llevaba horas fuera, volando por el hueco entre la cortina y el marco de la ventana. Desde la segunda noche en casa de la abuela dormía acurrucado, hecho una bolita, a los pies de su cama.

    Aclaraba un dos de septiembre cualquiera de los años ochenta.

    El día después de que, en principio, su madre le dijera que aquella tarde pasaría su padre a recogerla para llevarla de vuelta a casa.

    Con la oscuridad todavía instalada y el silencio de la vivienda, encendió la luz de la mesilla de noche. Al ver que el despertador marcaba solo las siete y diez, la apagó de nuevo.

    Recostó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

    Repasó mentalmente lo que sus padres habían acordado para mantenerse en contacto durante las vacaciones: serían ellos quienes la llamarían por teléfono, siempre a la hora del almuerzo, con la seguridad de que tanto ella como la abuela estarían en casa.

    Con su padre había hablado varias veces; llamadas que aprovechaba para hablar también con su madre. En cambio, ella solo la llamó el día que inició sus propias vacaciones. Le dijo entonces que al final viajaría sola a su tierra, que, al igual que Palito, visitaría a su familia.

    La segunda llamada de su madre fue justo el día anterior, dando por terminadas las vacaciones de ambas. Por mucho que le hablara de las ganas que tenía de verla, de las cosas que le había comprado o de las novedades que traía para las dos, Palito le pidió quedarse unos días más. Hasta el nueve de septiembre, como habían quedado en un principio, le recordó.

    Consciente de que no volvería a pasar unas vacaciones tan extraordinarias, le dijo que había hecho algunos amigos y que se lo estaba pasando genial. Su madre no puso inconveniente alguno: aceptó que se quedara con la abuela, aunque le advirtió que aún quedaba por preparar todo el material escolar.

    Se despidieron hasta esa fecha.

    A pesar de que todo le resultaba diferente, no dejaba de ser igual, se dijo así misma.

    Sin poder reconciliarse con el sueño, pero tampoco levantarse ―no quería preocupar a la abuela, y menos ahora, con los pocos días que le quedaban junto a ella―, se quedó pensando en lo fácil que era estar a su lado. En lo bien que se entendían, en los buenos ratos que compartían, sonriendo con afecto y cariño.

    Pensó en lo mucho que sabía su abuela de todas las cosas. En que habría sido una excelente profesora, porque nunca dejaba una pregunta sin responder. No como su última profesora, la del curso recién terminado, que cada vez que ella le preguntaba algo le contestaba que, si no estaba en el libro de texto, ella no sabía nada.

    ―Echaré de menos sus comidas ―dijo en voz baja.

    Se dio cuenta de que era la primera vez que lo pensaba y lo decía en voz alta.

    Le alegró oír que su abuela ya trasteaba por la casa.

    Y así era, se dijo. Por lo pronto, el desayuno. Después de algo más de dos meses, pensar en él antes de tiempo aún se le hacía la boca agua, como le ocurría mientras se duchaba o se vestía. Nunca había comido tan rico ni tan bien como durante aquellos meses. Ni siquiera cuando salía a comer con sus padres a algún bar o restaurante.

    Desde que se sentaba a la mesa, Palito no se cansaba de halagar la comida de su abuela. Repetía en cada comida lo delicioso que estaba todo, fuera de cuchara o de tenedor. Había aprendido a disfrutar comiendo despacio, a no querer que se acabara lo que tenía en el plato; algo impensable para ella, que siempre había comido a toda prisa.

    Su abuela, encantada, observaba el apetito de su nieta y repetía, una y otra vez, que volver a cocinar para dos era como volver a jugar a las casitas.

    Palito se volvió a quedarse dormida.


    ...


     
    #18
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  19. Alicia12

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    19
    Cuando acabó de leer el relato, Palito hizo un alto. Alejada de los pajarillos, sentada junto al segundo árbol de la arboleda, levantó la vista.

    Al echarles un vistazo volvió a la realidad.

    ―No, no tendré otras vacaciones así ―se dijo pensando en su suerte.

    En la casualidad de haber tropezado con el jilguero, hecho que dio pie a conocer a otros personajes tan peculiares.

    Los pájaros seguían enfrascados en sus interminables parloteos. Parloteos dichos en voz baja, aunque a veces el tono de las discusiones se les disparaba.

    Había momentos en los que Palito los escuchaba sin intervenir. En otros, simplemente dejaba de hacerlo: por falta de compresión, porque se le hacía cuesta arriba o porque se cansaba de oírlos. Aun así, reconocía que estaba aprendiendo otra forma de escuchar a los adultos.

    Entonces se alejaba un poco de ellos, sacaba el libro de la mochila y se enfrascaba en la lectura.

    De hecho no se creyó capaz de lograr lo que su madre le había mandado. Y, sin embargo, allí estaba: era la última de las lecturas, la tercera de las obras de su tarea.

    El entorno era idóneo ―se dijo―, pero hasta que los pájaros no le enseñaron cómo hacerlo, nada de nada. Porque no se trataba solo de leer, sino de encontrar el gusto en ello. Y eso se lo debía, precisamente, a sus amigos.

    El jilguero la observaba. Viéndola tan lejos, le pasó por delante de los ojos, de un lado a otro, y por primera vez se posó en su hombro.

    ―¿Dónde estás?

    ―Con un pie en casa y otro aquí ―respondió ella, con un suspiro.

    ―Eso está bien.

    De un salto se colocó sobre la toalla.

    ―No es tanto el deseo como el de seguir creciendo, supongo.

    ―Por muy niña que seas ―dijo―, vivir otras historias provoca a la imaginación

    ―También me pregunto que, siendo tan lectora como lo es mi madre, sea tan callada.

    ―El sedentarismo.

    ―¿El sedentarismo? Con alas o sin ellas, no veo que seamos más o menos sedentarios que las aves… o cualquier otra especie.

    Entonces intervino el verderón.

    ―Tiene gracia la cría. Aunque el aire sea nuestro elemento, no nacemos precisamente en él ―le explicó―. El jilguero habla del sedentarismo mental, bonita.

    ―¡No seas absurdo! ―respondió muy sería.

    A Palito le vino a la cabeza lo distinta que notó a su madre por teléfono días atrás: charlatana, atropellada.

    De eso no se acordó entonces, se dijo.

    Sin mencionarlo, arrepentida de lo que había dicho, añadió:

    ―Eso me pasa por hablar de lo que no sé ―dijo, esbozando una sonrisa a verderón―. Mi madre suele decir que lo que no se compra no se come…

    ―¡Por Dios! ―la intimidó el verderón―. ¿Ahora hablas por boca ajena?

    ―No es que lo entienda ―aclaró Palito―, pero tus palabras me recordaron la frase… como mencionaste a la mente…

    Sin inmutarse, terminó de abrir el libro que mantenía marcado entre sus dedos, dispuesta a embarcarse en otra aventura, a respirar otro relato.

    Para los pájaros fue lo suficiente para seguir dándole al pico. Sin moverse del lugar que ocupaba Palito.

    ―Siempre a imagen y semejanza ―cargó el verderón―. De ahí no salen los humanos.

    ―Solo hay que ver las casas de la aldea ―apuntó el mosquitero, hasta entonces callado―: caras con ojos por ventanas y una boca que es la puerta, con la que se dan en las narices.

    ―O la estampa del engreído Dios ―remató el verderón.

    ―Mientras a nosotros nos enjaulan, ellos viven inmersos con sus encerronas mentales ―continuó el mosquitero―. Abstraídos en sí mismos, sin ver lo que tienen alrededor.

    ―No deja de ser otra forma de cautiverio ―reflexionó el jilguero―. De mantenerse ocupados. Quizá se deba al tamaño de la jaula y no a la jaula en sí.

    ―Experimentan más con las creencias que con su propia naturaleza ―añadió el verderón.

    ―Como si se avergonzaran de ella ―asintió el jilguero.

    ―Para eso nuestros nidos ―repuso orgulloso el verderón―, por poner un ejemplo.

    ―¿Qué pintan los nidos aquí? ―preguntó Palito, curiosa.

    Como cualquier cría: capaz de estar entretenida y, al mismo tiempo, al tanto de lo que dicen los mayores.

    ―Muchos de nuestros nidos reflejan el hábitat terrestre ―le explicó el mosquitero.

    ―¿Os creéis superiores? ―preguntó Palito.

    ―¿Superiores a qué? ―replicó el verderón―. Siempre con la manía de que hay alguien superior… ¿a qué? ¿No lo es la naturaleza? Si es que no pasamos de ser un alimento común…

    ―¡No digas más tonterías! ―exclamó Palito.

    Y dejando de prestarles atención, volvió a meterse entre las hojas del libro.


    ...


     
    #19
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  20. Alicia12

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    20
    No fue hasta el último día de vacaciones cuando la abuela, mientras desayunaba, la sorprendió con una noticia: no habría un adiós entre ellas. Al contrario, se verían más a menudo, porque su padre iba a venirse a vivir con ella.

    Palito lo sintió por su padre; sabía que no le agradaba estar allí. Sin embargo se alegró por la abuela, porque no se quedaría sola. Y también por ella misma, con la ventaja añadida de que la abuela ampliaría la casa con una habitación más.

    Adecuándola a su edad, le dijo.

    Aunque tuviera que mandarla construir en el propio jardín ―añadió con una risita.

    Después aclaró que bastaría con reducir el salón: retirar uno de los tresillos y la enorme librería.

    La sorpresa fue mayor cuando comentó:

    ―Tu madre se sentirá muy orgullosa de ti ―dijo, posándole cariñosamente una mano sobre la cabeza.

    ―¿Qué quieres decir? ―preguntó Palito sin dejar de comer, con el gesto ligeramente fruncido.

    La abuela repitió las mismas palabras, aludiendo a sus salidas mañaneras. Le habló de la lectura. De que, aunque por los alrededores había muchos sitios que invitaban a ello, no podía haber escogido un lugar más idóneo.

    La felicitó.

    Sin mencionar en ningún momento que se trataba de un terreno privado.

    Sin saberlo Palito, su abuela había estado al tanto de sus excursiones. Algo que la llevó a pensar también en Miguel: queriéndose sacar la espina de encima, dio por hecho que los demás no sabían de ella por estar con el jilguero o con cualquier otro pajarito, sino por los lugares que solía frecuentar.

    Incluso sin tener otra lectura a mano, no renunció a ir esa última mañana al estanque del otro lado de la montaña.

    No tenía intención de despedirse de los pájaros. No pensaba hacerlo; las despedidas la incomodaban. De hecho, la tarde anterior fue su abuela quien habló de su marcha en casa de Margarita. Aun así, a su manera y en silencio, dándoles otro sentido, Palito se despidió de los animales.

    Sobre todo de Rocky y de su querido Canelo.

    ―Y ahora menos ―dijo en voz alta, al salir del dormitorio.

    Después de volver a sacar de la maleta uno de los libros, meterlo en la mochila.

    Por una vez, y por última, el mirlo de la higuera también se sumó al camino del estanque.

    Algo que agradó a Palito por lo conciliador que era, aunque no tanto por haberse pasado todo el verano picoteando la mayoría de los higos, estropeándolos. Frutos de los que ella y su abuela apenas pudieron disfrutar.

    Con lo ricos que eran ―se le quejó más de una vez―, dando por descontado que la culpa no era solo del mirlo, aunque fuera el único con quien podía desahogarse.

    Bajo la espesura de los árboles de la cabecera del estanque, al ver al mosquitero solo ―ella, que nunca lo veía sin el verderón; de hecho, los pájaros los llamaban los inseparables―, le preguntó:

    ―¿Dónde dejaste al verderón?

    ―¡Achís!

    El estornudo se oyó por encima de ellos.

    Desde una rama cayó el gorrión, enterrándose en las hojas del suelo.

    ―El matiz ―dijo el mosquitero.

    ―¿Eso se dice o se pregunta? ―rió ligeramente Palito.

    ―Esos tienen de amigos lo que yo tengo de flor ―dijo el gorrión, saliendo de entre las hojas.

    Se refería al mosquitero y el verderón.

    ―Flor no, pero mariposón eres un rato ―se defendió el mosquitero―. De aquí a mayo.

    ―Ya empieza ―comentó el pinzón, acercándose.

    ―Nunca terminan ―aprobó el gorrión.

    ―Otro que tal baila ―replicó el mosquitero.

    ―Te echábamos en falta ―le dijo el pinzón al gorrión.

    ―Serás tú ―respondió el mosquitero.

    ―Y alguna más… ―añadió Palito.

    ―Y bla, bla, bla,… ―insistió el mosquitero―. Ni juntos valéis las hojas que estamos pisando.

    ―¡Venga ya! ―zanjó el pinzón―. Cocinados con arroz, pasamos todos por lo mismo…

    Y alzó el vuelo hacia el exterior de los árboles.

    El jilguero, que llegaba justo con las últimas palabras del pinzón, dejó caer:

    ―Vaya por Dios, ahora que empezaba lo bueno…

    Y, con la misma, se volvió hacia afuera, invitándolos a seguirlo.

    ―¿Qué quieres decir? ―preguntó Palito mientras se ponía en pie y salía detrás de él.


    ...


     
    #20
    Última modificación: 18 de Enero de 2026
  21. Alicia12

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    21
    En la parte exterior de los árboles, sin el menor sonido, una gran bandada de cientos y cientos de pajarillos, con sus minúsculos cuerpos dibujaban sobre lo alto del estanque, con todos sus colores y matices, el esplendor de un hermoso palmeral.

    Con la vista alzada, sin dar crédito a sus ojos, agrandándolos cada vez más, Palito exclama con asombro:

    ―¡Cielos! ¡Era verdad! ―susurró, iluminándosele la cara―. Es maravilloso…

    ―Supongo que esto es para ti… ―le dijo el jilguero, posándose a su lado.

    ―Es para adultos ―reconoció el mirlo―. Tú lo eres bastante.

    ―No es que… ―dijo Palito.

    Dejó la frase sin acabar, sobresaltada por el estrepitoso estruendo que provocaron los pajaritos con sus aleteos y sonidos. La última imagen que trazaron fue un arco iris.

    Después, desaparecieron por los aires.

    ―¿Y ahora? ―preguntó, fascinada.

    ―Se inicia el relato ―respondió el mirlo.

    Palito estuvo a punto de volver a preguntar, pero se mantuvo callada. Sin apartar los ojos de lo alto del estanque para no perder detalle, se acomodó en el suelo, a la espera del relato, algo en lo que ya creía estar puesta.

    Entonces se produjo un gran estallido de luz amarilla en el aire: el brillo de una inmensa masa de pajaritos canarios. Amarillos como el sol. Una imagen que no dejaba de oscilar y moverse.

    En su interior nació un punto sólido y oscuro.

    ―Esos somos nosotros ―dijo orgulloso el mirlo.

    La materia, ante sus ojos, se agrandaba, acompañada por un suave canto que brotaba de sus grietas, pliegues y fisuras. Haciéndose hueco, emergía un vivo color azul. Azul agua, que ascendía por y entre la materia, dando sentido a los colores.

    A la par, la esfera celeste se abría como una flor.

    ―¡La Tierra! ―gritó Palito, incapaz de contenerse, entusiasmada ante el extraordinario espectáculo, creyendo por un momento hallarse en medio del espacio.

    En continuo retroceso, el amarillo cedía espacio a ambos: la Tierra y el Sol. Los elementos se formaban al unísono, a cielo vivo, dentro de una densa aureola que, en matriz, originaba el día y la noche.

    ―¡Increíble! ―exclamó Palito, alzando aún más la vista.

    Vio cómo la energía se transmitía, semejante al brillo de la luz del sol filtrándose entre las ramas y las hojas de los árboles.

    Allí se coronaba el conjunto: entre la piel traslúcida de las estrellas y la densa masa amarilla de canarios, según la parte del espacio a ocupar ―irradiación o sombra―, giraban en aro las distintas fases lunares, a imagen y semejanza de la Tierra.

    En sus movimientos no había desequilibrio alguno. Ningún órgano fallaba. La escena daba lugar a un único cuerpo armónico: el Universo.

    ―¡Es fascinante! ―gritó Palito.

    Como colofón llegó el desenlace.

    Desde su inicio, la energía formada por la gran bandada de canarios comenzó a desaparecer. Las fases lunares se difuminaron, arrasando con ellas el elemento esencial que ocupaba el aire.

    Entonces, como un grifo abierto, el azul agua cayó en el centro del estanque.

    El vació dio paso a una gran denotación: la materia se expandió en añicos.

    ―¡Ohhh! ―exclamó Palito, maravillada.

    ―Aún entre nosotros los hay que, incluso dándose dolor de cabeza, se entretienen en discutir sobre la materialidad o inmaterialidad de la Luna ―comentó el mirlo, despidiéndose mientras se alejaba hacia lo alto del estanque, cuyos muros estaban ahora repletos de distintas especies de aves.

    ―¿Tú, también lo sabías? ―preguntó Palito al jilguero.

    ―Difícil. Ya sabes que no soy del lugar…

    De camino a casa de la abuela, Palito insistió:

    ―¿Entonces, ¿no es verdad que la Tierra gira alrededor del sol?

    ―No lo sé. Aunque no deja de ser tan interesante como la teoría humana.

    ―¿Eso piensas?

    ―Al menos es acorde a sus reflejos.

    ―Que son los tuyos.

    ―Tal vez.

    ―¿Crees que el Sol nos sostiene?

    ―Pudiera ser…

    El resto del camino lo hicieron en silencio.

    Fue entonces cuando Palito empezó a preocuparse: llegaba tarde para el almuerzo. Comida que, al igual que la cena, hacía siempre con la abuela. Aunque, como chiquilla, se consoló pensando que, después de todo, ella estaba al tanto de sus andanzas.

    Al tocar la mochila, se cercioró de que el libro seguía con ella.

    A las cinco de la tarde, Palito y su padre partieron rumbo a la ciudad. Satisfecha y exhausta, en cuanto el coche se puso en marcha, se acomodó en el asiento del copiloto y se quedó dormida.

    Ignorando que el jilguero estaba muy cerca de ella.


    El arte pone de manifiesto lo que en apariencia no se ve.



     
    #21
    Última modificación: 18 de Enero de 2026
  22. Alizée

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    Querida Amiga y Poeta @Alicia12 :

    He de decirte que ha sido una experiencia de lectura maravillosa.
    En principio porque adoro las aves y los detalles en general si me
    hablan de sitios nuevos, espacios abiertos, y sobre todo Natura.
    Cada
    capítulo me dejaba atrapada, con deseos de continuar leyendo
    y saber más de las vivencias de Palito con su abuela Pino y el ave.

    Hay magia en la comunicación si se desea experimentar, en este
    caso, refiero a "esas pláticas con el jilguero", acá, en el jardín de la
    casa, los colibríes tienen entre ellos una forma de conversar que
    a veces provocan la sensación de casi entender lo que dicen" yo
    creo que tu me comprendes. Gracias Enormes por compartir tu
    Arte. Lo he disfrutado mucho. Enhorabuena!
    Deseo que haya más, muchos más escritos de este tipo y tener la
    oportunidad de leerte. Te saludo con grande afecto, Admiración y
    deseando para ti, innumerables días hermosos
     
    #22
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  23. Alicia12

    Alicia12 Poeta asiduo al portal

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    Hola, Alizée. Gracias a ti, que desde un primer momento has estado presente. Participando en que la escritura de estas letras también hayan sido una experiencia única.
    Y ya no digo nada de tus gratas y generosas palabras. Mil gracias.
    Sí, supongo que no hay especie que no se comunique entre sí. Según dicen, los monos no hablan porque los mandarían a trabajar, jeje (broma).
    No está de más decir que solo están corregido los primeros capítulos, por el compañero y amigo Alonso Vicent (en estos momentos de vacaciones).
    Igual para ti, afecto y disfrute.
    Saludos. Un abrazo.
     
    #23
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  24. bristy

    bristy Miembro del Jurado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    Fué un verdadero placer haberte leído Alicia12, la lectura muy amena, entretenida, atrapa al lector enseguida, desde el primer capítulo, pienso que tienes mucho talento. Pocas veces me detengo en historias tan extensas pero estoy contenta de haberlo hecho. Un gran abrazo y mi admiración a tus letras, será hasta la próxima !
     
    #24
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  25. Alicia12

    Alicia12 Poeta asiduo al portal

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    El placer es mutuo, bristy. Gracias enormes por esas magnificas palabras que me brindas. Sí, claro, esto no es más que ocio, pararnos en ellas ocupa su tiempo (a veces nuestro espacio).
    Gracias reiteradas y consentidas, muchas, muchas también por tu compañía desde el inicio de las mismas.
    Un gustazo.
    Saludos, bristy.
     
    #25
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  26. Alonso Vicent

    Alonso Vicent Poeta veterano en el portal

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    Los patios de vecinos cobran vida, como los parques, y se llenan de vivencias, los llenas. Un regalo este relato, Rosa, que nos adentra en la ciudad y en el campo. Creo que al final gana el campo y sus habitantes.

    Me encantó ese capítulo doce y quince, que hacen de nexo de unión y que contribuyen a formar parte del paisaje y del paisanado transitando los alrededores.

    Comunicación y entendimiento sin despedidas. Menudos pajarillos nos trajiste, je je. Yo suelo comunicarme, normalmente, con animales más grandes (cabras, jabalíes, zorros), mientras observo águilas, cuervos, carabos y otros primos menores. Nos comunicamos con miradas y gestos, sin llegar a la palabra. Pero qué buenas las tuyas; estas que tuvieron como interlocutores mentes y vuelos.

    Un abrazote desde la península... que es donde se encuentran Palito uno y Palito dos, je je. Igual me la encuentro por los campos o bosques... entre gorriones;)
     
    #26
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  27. Alicia12

    Alicia12 Poeta asiduo al portal

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    Que maravilla de comentario, niño. Igual, igual a los vestidos con los que bailo por ahí, por el espacio...
    Ay, regalo es la compañía. Supongo que, sin desmerecer a los espacios, se lleva la palma. Y no deja de ser curioso que sean estos espacios... No sé si será influencia, que sabes que yo... pero, ¿conoces al poeta y novelista Alonso Vicent?
    Anda que los animalitos de ciudad... Hay tantas formas de comunicarnos, aquí, que por descontado, no hay ni jabalíes ni zorros, hombre, si me llegara a tropezar con alguno, no cabe duda que saldría corriendo, o como en las pelis animadas, saldríamos disparados en dirección contraria, jaja
    Pues ya sabes, si como Palitos os tropezáis por esos campos, deja que espacios y tiempo se den la mano...
    Entre gorriones, que tiempos...

    Eres extraordinario. Gracias.
    Un apretado quiero
     
    #27
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  28. Javier Alánzuri

    Javier Alánzuri Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Me animo a comentar este II relato recién leído porque si no se me va el santo al cielo y no lo hago con ninguno.
    Reflejas muy bien la condición humana, Alicia. Ya le he cogido manía a Amaranta igual que si fuera mi vecina, fíjate. :confused:
    Un patio de vecinos da para mucho, con personas de todo tipo. Tú lo presentas de maravilla y con frases como ésta para enmarcar....

    "Al fin y al cabo no somos más que lo que vivimos en el momento dado"
    Gracias y hasta pronto :)
    Saludos
    Javier


     
    #28
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  29. Alicia12

    Alicia12 Poeta asiduo al portal

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    Qué generoso y amable comentario, Javier, vamos, que me alargué para recrearme en él otra vez...
    Me satisface que te haya gustado. Mucho.
    Gracias, gracias a ti. Mil!!
    Saludos.
     
    #29
  30. Alde

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    Muy bonito.

    Saludos
     
    #30
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