1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación

La Guaya

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 31 de Enero de 2026 a las 5:13 PM. Respuestas: 1 | Visitas: 13

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

    Se incorporó:
    30 de Junio de 2006
    Mensajes:
    777
    Me gusta recibidos:
    649
    Género:
    Hombre
    En el barrio de San Cosme, donde las casas se apretaban como dientes viejos y la calle olía siempre a tierra mojada y a guayas maduras que se pudrían en el suelo, crecimos bajo la sombra de una guaya enorme que nadie recordaba haber plantado. Sus ramas se retorcían como dedos de bruja y en temporada colgaban frutos dorados que nos volvían locos. Subíamos descalzos, nos raspábamos las rodillas y nos llenábamos la boca de esa pulpa dulce que sabía a cielo y pecado.

    Un día un viejo, doña Chucha lo llamábamos aunque era hombre, con la cara llena de surcos y los ojos hundidos como pozos secos, nos vio desde su banqueta y masculló:

    «Cuidado, chamacos, que de tanto trepar se les aparece el ahorcado».

    Nos reímos hasta que nos dolieron las panzas. ¿Qué no era cuento de viejas para que dejáramos de comer las guayas?

    Los sábados eran nuestros. Los padres salían a sus fiestas, a sus cenas en el Sanborns o al baile del Salón Los Ángeles, y nos dejaban la casa abierta como un corral. Mis hermanos, los hijos de los vecinos, todos revueltos: jugábamos a las escondidas, a la traes, a los encantados. La casa olía a palomitas quemadas y a refresco de tamarindo derramado. Nos sentíamos dueños del mundo.

    Aquella noche de abril, el aire estaba pesado, como si la ciudad entera contuviera el aliento. Jugábamos al gallito ciego y yo era la que llevaba los ojos vendados. De pronto, cerca de las doce, alguien tocó la puerta: tres golpes secos, como si golpearan con los nudillos de un muerto. Corrimos a ver. Nada. La calle vacía, la guaya quieta, solo el eco de los grillos. «Algún tonto», dijo mi hermano el mayor, y seguimos.

    Volvieron a tocar. Más fuerte. Salimos otra vez. Nadie. La tercera vez ya no reímos. Nos quedamos en la sala, apretados, mirando la puerta como si fuera a abrirse sola. Mi hermano el del medio, el más valiente, se asomó por la ventana que daba al árbol. Yo me pegué a él. Otro amigo también. Y entonces vino el golpe más fuerte, un trancazo que hizo temblar la madera, como si alguien del otro lado quisiera romperla a cabezazos.

    Y vimos. O no. Pues no había nadie. La puerta se movía sola, golpeada por la nada. Por algo incorpóreo. El aire se volvió frío de repente, como si nos hubieran metido a todos en un refrigerador. Gritamos. Corrimos. Nos escondimos debajo de las camas, detrás de los sillones, abrazados como cachorros asustados. La puerta siguió sonando, sonando, sonando. ¿Y los vecinos? Ni un alma asomó. Era como si el barrio entero se hubiera quedado sordo.

    Nos armamos con palos de escoba, con el rodillo de amasar de mi mamá, con lo que encontramos. Abrimos la puerta de golpe, todos gritando como locos. El ruido cesó de inmediato. Silencio. Un silencio que pesaba toneladas.

    Entonces alguien susurró: «Escuché pasos… corrieron hacia la guaya».
    Nos miramos. El valor nos duró lo que dura un suspiro. Nos dividimos en dos grupos, como en las películas de Cantinflas que veíamos los domingos.

    «¡Los rodeamos!», gritó mi hermano. Unos por la izquierda, otros por la derecha.

    Corrimos descalzos sobre el asfalto todavía tibio. Nos encontramos frente a frente, jadeando, riéndonos nerviosos.

    «¿Ven? No hay nadie. Nos volvimos locos todos juntos».

    Y entonces cayó.

    De la rama más alta, de entre las hojas negras, bajó un cuerpo. Lentamente al principio, como si lo soltaran con cuidado, y luego de golpe. Cayó de cabeza, con un ruido húmedo, como saco de papas mojadas. Quedó boca arriba, en medio del círculo que formábamos. El cuello torcido en escuadra, la lengua morada asomando entre los dientes, los ojos abiertos y blancos, mirando sin ver. La soga todavía le colgaba del cuello, pero no estaba atada a nada. Solo colgaba, floja, como si la hubiera traído puesta.
    Alguien se orinó encima. Lo olimos antes de verlo. Otros corrieron sin rumbo, tropezando, llorando. Los que nos quedamos no podíamos movernos. El ahorcado olía a tierra vieja y a algo más, a algo que no era de este mundo.

    Volvimos a casa temblando, abrazados, moqueando. Cuando llegaron los padres, a las dos de la mañana, nos encontraron hechos un ovillo en la sala, mudos. Les contamos. No nos creyeron. «Se les subió el refresco a la cabeza», dijo mi papá. «Mañana se les pasa».

    Pero no se pasó.

    Durante días no salimos. Ni a la escuela, ni a la tienda, ni a misa. Nos daban de comer en la cama porque nos temblaban tanto las manos que se nos caía el plato. Llorábamos sin motivo. Veíamos la guaya desde la ventana y sentíamos que nos miraba. Que esperaba.

    Trajeron al padrecito de la iglesia de San Cosme. Un hombre flaco, con olor a incienso y a sudor de sotana. Rezaron, asperjaron agua bendita, quemaron copal hasta que la casa olió a mercado de brujería. Nada.
    Entonces hicieron la colecta. Peso sobre peso, los vecinos que al principio se reían ahora daban de buena gana. Y el 5 de mayo, día del cumpleaños de mi hermano el del medio, alistaron la guaya un poco, lo justo para clavar una cruz de madera blanca a sus pies. La cruz era sencilla, con el nombre de Jesús grabado. Mi hermano sopló sus velitas mirando esa cruz y dijo, muy serio, que era el mejor regalo que le habían hecho nunca.

    Desde entonces no volvió a tocar nadie la puerta a medianoche. Ni se oyeron pasos. Ni cayó ningún cuerpo.
    Pero los sábados, cuando jugábamos otra vez, nadie, nadie, se quedaba despierto después de las doce. Nos metíamos a la cama aunque tuviéramos sueño de pájaro, y cerrábamos los ojos fuerte fuerte, por si acaso la guaya, allá afuera, volvía a acordarse de nosotros.

    Y a veces, en las noches muy calladas, creemos escuchar que las ramas se mueven solas. Como si alguien se balanceara.
     
    #1
    A Alde le gusta esto.
  2. Alde

    Alde Miembro del Jurado/Amante apasionado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA

    Se incorporó:
    11 de Agosto de 2014
    Mensajes:
    21.212
    Me gusta recibidos:
    16.558
    Género:
    Hombre
    Me ha gustado como explora la noción de la infancia y el temor a lo desconocido desde la perspectiva de la cultura latinoamericana.

    Saludos
     
    #2

Comparte esta página