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El Umbral de Obsidiana

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 7 de Febrero de 2026 a las 10:00 AM. Respuestas: 1 | Visitas: 19

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    No hablaré de ello con claridad, pues aun ahora, mientras escribo estas líneas en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic con las manos que aún tiemblan y los ojos que rehúsan mirar directamente a los ángulos de la sala, siento que las palabras mismas se retuercen para no pronunciar lo que debe permanecer innombrado. Pero el deber de advertir, ese último residuo de la razón que aún se aferra a mi mente como un liquen moribundo, me obliga a dejar constancia antes de que la negra disolución me reclame del todo.

    Mi nombre es profesor emérito Nathaniel Whateley (sí, de esa rama maldita de Dunwich que mi familia siempre negó), y lo que sigue es la crónica de cómo llegué a cruzar el Umbral de Obsidiana que no figura en ningún mapa, ni siquiera en los fragmentos del Necronomicon que el difunto doctor Armitage guardaba bajo siete llaves.

    Fue en el otoño de 1927, durante una expedición a las colinas calcáreas del oeste de Massachusetts, más allá de donde los caminos se convierten en senderos de cabras y los propios campesinos cierran sus ventanas al atardecer. Buscaba (¡insensato de mí!) ciertas ruinas prehumanas de las que hablan en susurros los más osados párrafos de los Manuscritos Pnakóticos. La noche me sorprendió en un valle donde el cielo parecía aplastado por una losa de plomo, y la luna, si es que aquello era la luna, mostraba una faz gibada y enferma, como la de un cadáver inflado por los gases de la tumba.

    Entonces lo vi.

    Erguido entre dos robles muertos, cuya corteza se había tornado negra y brillante como la de un escarabajo, se alzaba un monolito de obsidiana absoluta, más alto que cualquier menhir druídico y tallado con ángulos que herían la vista. No eran ángulos euclidianos, no, sino curvaturas imposibles que parecían doblar el espacio a su alrededor, haciendo que el aire se ondulara como agua perturbada. En su superficie, apenas perceptible bajo la luz mortecina, se repetía una y otra vez un símbolo que reconocí con un escalofrío: el Signo Amarillo, el mismo que aparece en las pesadillas de los pintores locos y en ciertas páginas arrancadas del Libro de Eibon.

    Me acerqué. No diré que fui impulsado por la curiosidad científica; eso sería mentir. Algo tiraba de mí, una atracción nauseabunda y a la vez irresistible, como la que siente el insecto hacia la llama que lo consumirá. Mi linterna temblaba, y su haz se quebraba al tocar la superficie del monolito, como si la luz misma temiera revelarlo todo.

    Y entonces toqué la piedra.

    El contacto fue frío, pero no el frío de la materia inerte, sino el frío de los espacios interestelares donde nunca ha brillado estrella alguna. En el instante en que mis dedos rozaron la obsidiana de la puerta (porque eso era, una puerta) se entreabrió sin sonido, con la lentitud de un párpado que se levanta sobre un ojo muerto. Del otro lado no había oscuridad común. Era una negrura que palpitaba, una negrura viva y consciente, llena de formas que no eran formas. Vi (o creí ver, pues la mente humana se niega a aceptar la geometría de lo imposible) masas globulares de un color que no existe en ningún espectro terrestre, colores que parecían gritar al ser percibidos. Flotaban, giraban, se fundían y separaban en una danza que obedecía a leyes matemáticas tan ajenas a las nuestras como el sueño de un gusano lo es al de un dios.

    Y había ojos.

    No ojos en rostros, no ojos en cuerpos, sino ojos solos, flotando como medusas en un océano de negrura absoluta, ojos sin párpados ni pupilas, ojos que veían a través de las dimensiones y que me vieron a mí, Nathaniel Whateley, como quien ve una mota de polvo en el infinito.

    Entonces hablaron.

    No con palabras, pues ningún aparato fonador humano podría reproducir aquellos sonidos que eran a la vez chirridos de grillos primordiales, lamentos de estrellas agonizantes y el crujir de los eones al doblarse sobre sí mismos. Hablaban directamente en el tejido de mi cerebro, inyectando conocimiento como se inyecta veneno. Comprendí, en un relámpago de horror absoluto, que la humanidad no es más que un accidente, una efímera exudación de hongos sobre la costra de un planeta insignificante. Que los Grandes Antiguos no duermen, sino que esperan, y que su despertar no será un cataclismo, sino el simple reconocimiento de que nunca nos necesitaron.

    Comprendí también que lo que nosotros llamamos «realidad» es solo la sombra proyectada por sus sueños, y que cuando esos sueños cambien de dirección, nuestra ilusión tridimensional se desvanecerá como niebla al sol negro de Azathoth.

    Intenté gritar, pero no había aire, ni espacio, ni tiempo donde gritar. Solo había la certeza, grabada con ácido en cada célula de mi ser, de que yo (como todos los hijos de Adán) llevo en mí la marca de su servidumbre desde antes de que la primera ameba se arrastrara fuera del légamo primordial.

    Desperté al amanecer, tendido en el musgo, con la boca llena de tierra y las uñas rotas de arañar la puerta que ya no estaba. El monolito había desaparecido, o quizá nunca estuvo allí para ojos que no fueran los míos. Pero la marca permanece: una quemadura negra en la palma de mi mano derecha que ningún médico ha logrado explicar, y que palpita cada vez que intento olvidar.

    Desde entonces, las noches son inhabitables. En la oscuridad detrás de mis párpados cerrados, ellos siguen bailando. A veces, cuando la luna adopta esa faz gibosa y enferma, oigo el roce de la puerta de obsidiana abriéndose de nuevo, muy despacio, en algún lugar dentro de mi cráneo. Por eso escribo esto con mano temblorosa y con la esperanza de que, al leerlo, algún otro insensato se detenga antes de buscar lo que no debe ser buscado.

    Porque más allá del Umbral de Obsidiana no aguarda la muerte, que sería misericordia.

    Aguarda la verdad.

    Y la verdad devora.
     
    #1
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  2. Alde

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    Me ha gustado ese cosmos lleno de misterios aterradores.

    Saludos
     
    #2
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