Él aprendió a sobrevivir
antes que a decir “te necesito”.
Por eso hablaba poco.
Por eso sus silencios
tenían el mismo filo
que un cuchillo apoyado contra la garganta.
Yo lo conocí cuando todavía éramos jóvenes
y fingíamos que no pasaba nada
mientras el deseo nos incendiaba lento.
Éramos roces debajo de la mesa,
miradas demasiado largas,
mi boca apenas cerca de la suya
y su respiración perdiendo el ritmo
como si besarme fuera un pecado
que estaba dispuesto a cometer igual.
Mientras nadie veía,
él me tocaba como quien tiene hambre.
Como quien llevaba años sobreviviendo
sin saber lo que era descansar en otro cuerpo.
Después vino el mundo
a pudrirlo todo.
La guerra.
La sangre.
La violencia volviéndole los ojos más oscuros.
Los hombres jugando a ser dioses
y él convirtiéndose en algo
que daba miedo mirar demasiado tiempo.
Pero conmigo…
conmigo seguía siendo el chico
que temblaba cuando mis uñas bajaban despacio por su cuello.
Yo odiaba sus silencios.
Porque nunca sabía
si estaba pensando en besarme
o en desaparecer otra vez.
Y aun así,
cada vez que se alejaba,
mi cuerpo seguía esperándolo
como se espera una tormenta.
Él volvía de cada batalla roto,
con rabia en las manos
y cansancio en los huesos.
Y entonces me agarraba de la cintura
como si quisiera comprobar
que todavía estaba viva.
Como si yo fuera lo único
que el mundo no había logrado quitarle.
Peleábamos.
Nos destruíamos un poco.
Él lleno de culpa.
Yo llena de esperanza idiota.
Y después terminábamos respirándonos cerca,
demasiado cerca,
como dos personas
que saben exactamente cómo hacerse daño
pero eligen quedarse igual.
Porque aunque parecía hecho de hielo,
cuando el miedo lo vencía
me besaba con desesperación.
De esos besos que dejan marcas invisibles.
De esos que parecen una despedida
aunque ninguno quiera irse.
Nunca fue un héroe.
Los héroes no miran así.
No aman así.
No vuelven cubiertos de sombras
solo para hundir la cabeza en el cuello de alguien
y admitir en silencio
que están cansados de pelear.
Pero me amó.
Dios… cómo me amó.
Con manos violentamente suaves.
Con celos escondidos detrás de la calma.
Con esa necesidad oscura
de volver siempre a mí
aunque el mundo entero ardiera alrededor.
antes que a decir “te necesito”.
Por eso hablaba poco.
Por eso sus silencios
tenían el mismo filo
que un cuchillo apoyado contra la garganta.
Yo lo conocí cuando todavía éramos jóvenes
y fingíamos que no pasaba nada
mientras el deseo nos incendiaba lento.
Éramos roces debajo de la mesa,
miradas demasiado largas,
mi boca apenas cerca de la suya
y su respiración perdiendo el ritmo
como si besarme fuera un pecado
que estaba dispuesto a cometer igual.
Mientras nadie veía,
él me tocaba como quien tiene hambre.
Como quien llevaba años sobreviviendo
sin saber lo que era descansar en otro cuerpo.
Después vino el mundo
a pudrirlo todo.
La guerra.
La sangre.
La violencia volviéndole los ojos más oscuros.
Los hombres jugando a ser dioses
y él convirtiéndose en algo
que daba miedo mirar demasiado tiempo.
Pero conmigo…
conmigo seguía siendo el chico
que temblaba cuando mis uñas bajaban despacio por su cuello.
Yo odiaba sus silencios.
Porque nunca sabía
si estaba pensando en besarme
o en desaparecer otra vez.
Y aun así,
cada vez que se alejaba,
mi cuerpo seguía esperándolo
como se espera una tormenta.
Él volvía de cada batalla roto,
con rabia en las manos
y cansancio en los huesos.
Y entonces me agarraba de la cintura
como si quisiera comprobar
que todavía estaba viva.
Como si yo fuera lo único
que el mundo no había logrado quitarle.
Peleábamos.
Nos destruíamos un poco.
Él lleno de culpa.
Yo llena de esperanza idiota.
Y después terminábamos respirándonos cerca,
demasiado cerca,
como dos personas
que saben exactamente cómo hacerse daño
pero eligen quedarse igual.
Porque aunque parecía hecho de hielo,
cuando el miedo lo vencía
me besaba con desesperación.
De esos besos que dejan marcas invisibles.
De esos que parecen una despedida
aunque ninguno quiera irse.
Nunca fue un héroe.
Los héroes no miran así.
No aman así.
No vuelven cubiertos de sombras
solo para hundir la cabeza en el cuello de alguien
y admitir en silencio
que están cansados de pelear.
Pero me amó.
Dios… cómo me amó.
Con manos violentamente suaves.
Con celos escondidos detrás de la calma.
Con esa necesidad oscura
de volver siempre a mí
aunque el mundo entero ardiera alrededor.