Fábula

FanÁngel

Poeta recién llegado
Siento un paraje de lodo por mi cuerpo.
La lente silente de la acera quema hierbajos en mi mente.
He vuelto de ingreso al psiquiátrico;
los médicos me dicen que me esté quieto en mi inquietud
o me tendrán que poner una camisa de fuerza
e inyectarme Diazepam por vía intravenosa.
Yo no les hago caso;
yo solo en el ocaso de mi juventud.

Vuelve el mar a tirarme adentro,
la marea me lleva donde quiere
pero el psiquiátrico me sigue por doquiere.

El sesgo de mi locura es muy delirante,
pero el mar lo limpia con su sal en cal
viva cada instante de mis episodios psicóticos.

Danzas tribales en la bañera de mi mente:
quiero danzar el son de la muerte viva
de la tortuga que se quiebra en cintura
de avispa donde el río espejea mi cama.

Otra paciente me ha dicho que tengo
el alma muerta;
no entiendo el sentido
de aquella frase, pero sé que su locura
es mucho peor que la mía, pues creía
que mi alma siempre ha estado viva
en este mundo de muerte.
Será que lo dice porque cree que el mundo
está vivo...
¡pobre loca en su delirio!

Mientras duermo unos entes me susurran
en los oídos un cántico indefinible,
me aplastan con unos cuerpos invisibles;
quiero llamar a la enfermera de guardia,
pues son las tres de la madrugada,
pero tengo el cuerpo paralizado:
no me responde.
El pecho está siendo cada vez
más aplastado con el peso de la nada.
Voces me susurran en los oídos;
no puedo más que dejarme morir,
pero de pronto muevo el dedo
meñique del pie izquierdo
y logro poco a poco salir
de ese sortilegio de parálisis
que me inunda.
El corazón está muy acelerado
y tengo grandes sudores fríos.

Le comento al médico lo ocurrido
y me dice que eso ha sido, probablemente,
una parálisis del sueño;
pero yo dudo de tal explicación
porque sentía vivamente el peso
que me aplastaba el pecho y el
estómago.

Mi estancia en el hospital se alarga.
Me trasladan desde observación a una
habitación individual con baño propio;
me dicen que mi dolencia es grave,
pues el TAC craneal que me han
hecho ha revelado un tumor
en el cerebro inoperable.
La noticia me deja sin resuello,
pero poco a poco la voy asimilando,
pues quiero irme cuanto antes
de este hospital y morir en la
calle, que es donde vivo, pues
soy un sintecho más,
que no le importa a nadie.

A la mañana siguiente me informa
un médico de la esperanza de vida
que cree que me queda:
—Dos semanas —me dice.
Yo me alegro para mis adentros
porque serán las dos semanas
últimas de mi sufrimiento
de dormir bajo cartones
ante la mirada indiferente
de la gente que pasa a mi
alrededor con mi mochila por almohada
y mis ropas enmohecidas y deshilachadas.
Creo que lo mejor será quedarme vestido
con la bata que me han dado en el hospital
y llevarme la manta también;
así pareceré más decente ante la muerte
en el momento de mi óbito de la semana
que viene.

Pero lo pienso mejor y la idea ronda
mi mente:
tengo que quedarme en el hospital
y morir en él;
así mi cuerpo será llevado rápidamente
a la morgue del sanatorio mental y
podrá ser donado a la ciencia,
para que estudiantes de medicina
lo diseccionen y me extraigan
el cerebro para estudiar más
detenidamente el tumor que
me está matando.
Será mi tributo a la ciencia
para curar esta enfermedad
en el futuro.

Le digo al médico que prefiero
quedarme las dos semanas que me
quedan de vida en esta habitación
tan confortable,
pero me responde que
hay más pacientes en observación
en espera de habitación y que ya no pueden
hacer nada más por mí,
salvo cuidados
paliativos con unas recetas en la
farmacia.
Me puedo marchar a casa.
"A casa"... me tomo la ironía a broma.

Así que vuelvo para morir a la calle,
que es mi casa desde hace años.

Tres semanas después...
¡qué sorpresa,
he sobrevivido
una semana más al pronóstico
dado por el médico!
Una patrulla de la policía
local detiene su vehículo
a un lado de la acera.
Me preguntan si soy
"tal y cual" y les contesto
que sí, que soy "tal y cual".
Me preguntan si he estado
ingresado en un psiquiátrico
hace poco, y les contesto
que sí.

De pronto, uno de los policías
hace un gesto, y un hombre se
apea del vehículo policial y
se acerca a mí.
Reconozco entonces en él
al médico que me dio el alta
y que me dijo que me quedaban
dos semanas de vida.
Me dice que el tumor raro
que reveló el TAC es una
rara variante desconocida,
que han estudiado las
imágenes detenidamente
y resulta que puede ser la cura
para este tipo de tumores.
"Glioma", lo llama;
a mí me suena más bien
a "brioma".
Dicen que necesitan estudiar
mi cerebro más detenidamente
para encontrar la cura definitiva.
Me da un informe completo
en el que se especifica
que, con mi colaboración
a la ciencia médica,
me retribuirán con
un millón de euros.

Yo salto de alegría.
¡No me lo puedo creer!
¡La enfermedad que supuestamente
me iba a matar, resulta ser mi
salvación!

En cuanto firme el documento de
tres páginas, podrán empezar
a hacerme las pruebas para
encontrar la cura de esta
enfermedad hasta ahora incurable.

Lo medito un segundo;
no necesito más tiempo.
En mi entusiasmo les digo
que sí...
que quiero morir en paz
en la calle de mis sueños,
y que no me interesa someterme
a ninguna prueba médica más
ni recibir ningún
dinero a cambio.
Pues ya estaba dispuesto a morir
en la calle
y así lo haré
hasta que me llegue la hora,
sea esta cual sea.

Me preguntan por qué
tomo esta decisión tan absurda,
y yo les respondo que, como he
sido invisible para el mundo
en los últimos tres años,
prefiero seguir siendo
invisible para un mundo
que considero que está
muerto, pero que tengo
el alma muy viva,
señores policías
y señor doctor-médico.
 
Siento un paraje de lodo por mi cuerpo.
La lente silente de la acera quema hierbajos en mi mente.
He vuelto de ingreso al psiquiátrico;
los médicos me dicen que me esté quieto en mi inquietud
o me tendrán que poner una camisa de fuerza
e inyectarme Diazepam por vía intravenosa.
Yo no les hago caso;
yo solo en el ocaso de mi juventud.

Vuelve el mar a tirarme adentro,
la marea me lleva donde quiere
pero el psiquiátrico me sigue por doquiere.

El sesgo de mi locura es muy delirante,
pero el mar lo limpia con su sal en cal
viva cada instante de mis episodios psicóticos.

Danzas tribales en la bañera de mi mente:
quiero danzar el son de la muerte viva
de la tortuga que se quiebra en cintura
de avispa donde el río espejea mi cama.

Otra paciente me ha dicho que tengo
el alma muerta;
no entiendo el sentido
de aquella frase, pero sé que su locura
es mucho peor que la mía, pues creía
que mi alma siempre ha estado viva
en este mundo de muerte.
Será que lo dice porque cree que el mundo
está vivo...
¡pobre loca en su delirio!

Mientras duermo unos entes me susurran
en los oídos un cántico indefinible,
me aplastan con unos cuerpos invisibles;
quiero llamar a la enfermera de guardia,
pues son las tres de la madrugada,
pero tengo el cuerpo paralizado:
no me responde.
El pecho está siendo cada vez
más aplastado con el peso de la nada.
Voces me susurran en los oídos;
no puedo más que dejarme morir,
pero de pronto muevo el dedo
meñique del pie izquierdo
y logro poco a poco salir
de ese sortilegio de parálisis
que me inunda.
El corazón está muy acelerado
y tengo grandes sudores fríos.

Le comento al médico lo ocurrido
y me dice que eso ha sido, probablemente,
una parálisis del sueño;
pero yo dudo de tal explicación
porque sentía vivamente el peso
que me aplastaba el pecho y el
estómago.

Mi estancia en el hospital se alarga.
Me trasladan desde observación a una
habitación individual con baño propio;
me dicen que mi dolencia es grave,
pues el TAC craneal que me han
hecho ha revelado un tumor
en el cerebro inoperable.
La noticia me deja sin resuello,
pero poco a poco la voy asimilando,
pues quiero irme cuanto antes
de este hospital y morir en la
calle, que es donde vivo, pues
soy un sintecho más,
que no le importa a nadie.

A la mañana siguiente me informa
un médico de la esperanza de vida
que cree que me queda:
—Dos semanas —me dice.
Yo me alegro para mis adentros
porque serán las dos semanas
últimas de mi sufrimiento
de dormir bajo cartones
ante la mirada indiferente
de la gente que pasa a mi
alrededor con mi mochila por almohada
y mis ropas enmohecidas y deshilachadas.
Creo que lo mejor será quedarme vestido
con la bata que me han dado en el hospital
y llevarme la manta también;
así pareceré más decente ante la muerte
en el momento de mi óbito de la semana
que viene.

Pero lo pienso mejor y la idea ronda
mi mente:
tengo que quedarme en el hospital
y morir en él;
así mi cuerpo será llevado rápidamente
a la morgue del sanatorio mental y
podrá ser donado a la ciencia,
para que estudiantes de medicina
lo diseccionen y me extraigan
el cerebro para estudiar más
detenidamente el tumor que
me está matando.
Será mi tributo a la ciencia
para curar esta enfermedad
en el futuro.

Le digo al médico que prefiero
quedarme las dos semanas que me
quedan de vida en esta habitación
tan confortable,
pero me responde que
hay más pacientes en observación
en espera de habitación y que ya no pueden
hacer nada más por mí,
salvo cuidados
paliativos con unas recetas en la
farmacia.
Me puedo marchar a casa.
"A casa"... me tomo la ironía a broma.

Así que vuelvo para morir a la calle,
que es mi casa desde hace años.

Tres semanas después...
¡qué sorpresa,
he sobrevivido
una semana más al pronóstico
dado por el médico!
Una patrulla de la policía
local detiene su vehículo
a un lado de la acera.
Me preguntan si soy
"tal y cual" y les contesto
que sí, que soy "tal y cual".
Me preguntan si he estado
ingresado en un psiquiátrico
hace poco, y les contesto
que sí.

De pronto, uno de los policías
hace un gesto, y un hombre se
apea del vehículo policial y
se acerca a mí.
Reconozco entonces en él
al médico que me dio el alta
y que me dijo que me quedaban
dos semanas de vida.
Me dice que el tumor raro
que reveló el TAC es una
rara variante desconocida,
que han estudiado las
imágenes detenidamente
y resulta que puede ser la cura
para este tipo de tumores.
"Glioma", lo llama;
a mí me suena más bien
a "brioma".
Dicen que necesitan estudiar
mi cerebro más detenidamente
para encontrar la cura definitiva.
Me da un informe completo
en el que se especifica
que, con mi colaboración
a la ciencia médica,
me retribuirán con
un millón de euros.

Yo salto de alegría.
¡No me lo puedo creer!
¡La enfermedad que supuestamente
me iba a matar, resulta ser mi
salvación!

En cuanto firme el documento de
tres páginas, podrán empezar
a hacerme las pruebas para
encontrar la cura de esta
enfermedad hasta ahora incurable.

Lo medito un segundo;
no necesito más tiempo.
En mi entusiasmo les digo
que sí...
que quiero morir en paz
en la calle de mis sueños,
y que no me interesa someterme
a ninguna prueba médica más
ni recibir ningún
dinero a cambio.
Pues ya estaba dispuesto a morir
en la calle
y así lo haré
hasta que me llegue la hora,
sea esta cual sea.

Me preguntan por qué
tomo esta decisión tan absurda,
y yo les respondo que, como he
sido invisible para el mundo
en los últimos tres años,
prefiero seguir siendo
invisible para un mundo
que considero que está
muerto, pero que tengo
el alma muy viva,
señores policías
y señor doctor-médico.
Una triste experiencia de un paciente psiquiátrico sin hogar diagnosticado con un tumor cerebral inoperable, quien, tras sobrevivir a su pronóstico de muerte, descubre que su condición podría ser la clave para una cura, pero elige rechazar el tratamiento y la recompensa para morir en paz en la calle.

Saludos
 
Una triste experiencia de un paciente psiquiátrico sin hogar diagnosticado con un tumor cerebral inoperable, quien, tras sobrevivir a su pronóstico de muerte, descubre que su condición podría ser la clave para una cura, pero elige rechazar el tratamiento y la recompensa para morir en paz en la calle.

Saludos
Muchas gracias por pasar, Alde. Con esta historia he querido reflejar la dignidad del alma frente a la frialdad del mundo, ajeno a todo lo que no sea su propia vanidad y tranquilidad, su zona de confort. Lo demás: o está de más, o simplemente no existe. Un placer tu visita. Saludos.
 

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