Inquietud

FanÁngel

Poeta recién llegado
Es solo inquietud, nada más.
Es solo la ciega necesidad
de ser amado en este cosmos
de locura.
¿Qué pide el hombre?
¿Y la montaña rusa?
¿El cielo verde?
¿O la escarcha del vacío?

Yo solo sé que no estoy
hecho solo de azufre,
el carnaval de las
llamas que se consumen
sin tregua en un río de lava.

Estoy hecho de silencios,
de pausas enmudecidas
en el compás de la hiedra
con su síncopa de agua.

Mi inquietud se traduce
en ansiedad vacilante.
A veces me consume
en un mar de cielos
rotos y otras veces
se desprende de mí
la otra mitad.

Pero en el callado
enmudecido de la pausa
del silencio, es donde
el psiquiatra dice
que tengo que poner
dos negras y dos blancas
en un compás de seis por cuatro.

Yo lo intento, busco el pentagrama,
pero solo hallo la inquietud
de mi ansiedad vacilante
en una clave de sol que no ilumina
y una clave de fa que emite notas
sin sonido.

¿Qué me está pasando?
La mano no me responde.
Intento dibujar una negra
y luego una blanca, y luego
otra negra y luego otra blanca...
pero la mano ya no me responde.

Creo que he recobrado el sentido.
Me despierto en la semioscuridad
de mi dormitorio. Abro los ojos,
despacio; estoy acostado en la cama,
me incorporo poco a poco, me enderezo,
busco las zapatillas que están en el suelo,
y veo algo que no entiendo.
No tiene sentido.

Las zapatillas no están.
Pero en su lugar me veo
flotando sobre una cama
que tiene un pentagrama
por colchón; y en las sábanas,
mojadas por el sudor de mi
inquietud, veo dibujadas las
dos negras y dos blancas
que completan un compás
de seis por cuatro.

¡Claro, ahora lo entiendo!
Un compás de seis por cuatro.
Lo que dijo el psiquiatra
que pusiera...
y yo, como un tonto, sin
encontrar el pentagrama,
que resulta que soy yo,
¡que soy yo!,
¡que soy yo!,
en mi inquietud
de ciega necesidad
de ser amado en este
cosmos de locura.

La locura de tocar
siempre el mismo compás
de seis por cuatro, con
dos negras y dos blancas
que me quitan la inquietud
y la ansiedad mucho mejor
que mediante una receta
fría con el Diazepam de
mi alma atormentada.
Pues me deleito con las felaciones
de cuatro cabezas blancas y negras
con dientes como perlas,
plicas perfectas
y montes de Venus carnosos
que riegan jugos
de maná por el culmen
de mi boca.
 
Es solo inquietud, nada más.
Es solo la ciega necesidad
de ser amado en este cosmos
de locura.
¿Qué pide el hombre?
¿Y la montaña rusa?
¿El cielo verde?
¿O la escarcha del vacío?

Yo solo sé que no estoy
hecho solo de azufre,
el carnaval de las
llamas que se consumen
sin tregua en un río de lava.

Estoy hecho de silencios,
de pausas enmudecidas
en el compás de la hiedra
con su síncopa de agua.

Mi inquietud se traduce
en ansiedad vacilante.
A veces me consume
en un mar de cielos
rotos y otras veces
se desprende de mí
la otra mitad.

Pero en el callado
enmudecido de la pausa
del silencio, es donde
el psiquiatra dice
que tengo que poner
dos negras y dos blancas
en un compás de seis por cuatro.

Yo lo intento, busco el pentagrama,
pero solo hallo la inquietud
de mi ansiedad vacilante
en una clave de sol que no ilumina
y una clave de fa que emite notas
sin sonido.

¿Qué me está pasando?
La mano no me responde.
Intento dibujar una negra
y luego una blanca, y luego
otra negra y luego otra blanca...
pero la mano ya no me responde.

Creo que he recobrado el sentido.
Me despierto en la semioscuridad
de mi dormitorio. Abro los ojos,
despacio; estoy acostado en la cama,
me incorporo poco a poco, me enderezo,
busco las zapatillas que están en el suelo,
y veo algo que no entiendo.
No tiene sentido.

Las zapatillas no están.
Pero en su lugar me veo
flotando sobre una cama
que tiene un pentagrama
por colchón; y en las sábanas,
mojadas por el sudor de mi
inquietud, veo dibujadas las
dos negras y dos blancas
que completan un compás
de seis por cuatro.

¡Claro, ahora lo entiendo!
Un compás de seis por cuatro.
Lo que dijo el psiquiatra
que pusiera...
y yo, como un tonto, sin
encontrar el pentagrama,
que resulta que soy yo,
¡que soy yo!,
¡que soy yo!,
en mi inquietud
de ciega necesidad
de ser amado en este
cosmos de locura.

La locura de tocar
siempre el mismo compás
de seis por cuatro, con
dos negras y dos blancas
que me quitan la inquietud
y la ansiedad mucho mejor
que mediante una receta
fría con el Diazepam de
mi alma atormentada.
Pues me deleito con las felaciones
de cuatro cabezas blancas y negras
con dientes como perlas,
plicas perfectas
y montes de Venus carnosos
que riegan jugos
de maná por el culmen
de mi boca.
Un monólogo interior de una persona que lucha contra una profunda inquietud y ansiedad.

Saludos
 

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