


Prendí tu ausencia
de bengalas....
A tientas,
de puntillas...
busqué tu mano
en los silencios.
Mi voz fue sabueso
sin olfato,
desgastado
en su propio eco.
Lloré por ti
¡hasta inundarme!,
grité tu nombre
en los desiertos.
Varada en tus olvidos
opuse resistencia,
como una heroína batallando
con dragones de leyendas.
Y desperté un día...
sumida
Con el cariño
retenido entre los dientes.
Con las caricias
en los abismos de mis yemas.
Con este aliento que arde
como pira en la garganta.
Con este abrazo mío
tan vacuo sin ti,
tan desmayado...
Con mi lecho sonámbulo,
buscando entre las sábanas
la calidez de tu sombra.
Con este dolor que cruje
y me ensordece,
que muerde mi pecho,
que hiedra
Que se rompan la estrelllas
y caigan sobre mí sus ondas de fuego.
Que salten los cristales de mi casa,
hechos añicos,
y se claven en lo más hondo de mi cuerpo.
Que llueva torrencialmente
inundando las aguas
los surcos de mis sueños.
Que me caigan los años
como púas sobre las sienes.
Que se derrame la nieve sobre el cabello,
que me crucen el rostro estrías
Introduje mi mano sobre mi pecho con una facilidad pasmosa, indolora, como si la piel fuera agua que no ofreciera resistencia alguna. Lo agarré en la palma de mi mano y, con un sólo tirón, lo extraje fuera, colocándolo sobre la mesa.
Bombeaba de forma irregular, a veces, acelerada, con una extraña energía que lo levantaba a cada latido dos palmos de su superficie; otras, quedaba repentinamente quieto, inerte, como si aliento alguno le diera vida.
Su
Córtame los dedos,
¡córtalos!
que no graviten más sobre el pasado,
que no persigan los ecos mudos,
que no se torturen en papeles amarillos
llorando letras.
Silencia las voces que no llegan.
Siléncialas, tú que sabes cómo hacerlo,
cómo callarlas sin palabras.
Tú, artífice del dolor,
que con un gesto
matas mil veces al difunto.
¡Córtame los dedos!
parlanchines del corazón.