Con respeto por su memoria, solo llega a mi pensamiento dos estrofas de un poema de un autor anónimo: “Era la media noche cuando calló el viajero, silbaba la ventisca del frío septentrión, fortificó de paz su alfombra de viajero, echó sobre sus hombros un manto de cordero y se recogió un instante contra su corazón… Me quedé en silencio con una emoción extraña pensando en el amigo de la adversidad en ese peregrino sin pan y sin cabaña que viaja solitario por una senda fría callada y armoniosa como la eternidad.”