joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
De dulzura, un rayo inquieto
cruzó el oreo vespertino.
Las tiernas teas de tu rostro,
semejantes y oscuros mellizos,
colmaron de candor a mi signo.
Un pedazo desprendido de cielo
dibujó una estela de recuerdos.
Al cuarteto de iris entrelazados,
punzó en el viento, la púa de Eros.
Un reloj con alas de mancebo
anhela ocultar los tañidos
en ausencia de un manadero
infinito de meloso dulzor.
Las sombras del silencio
agotan al mortal ingenuo.
Escondido entre el tumulto,
el transhumante solitario
palpa la soledad de un ciego.
Hay marfil de tu piel en mi seno.
Ha mi boca, miel de tus labios.
Un amor, de rasgados añicos,
está tatuado en los dedos.
Con la opacidad de testigo;
una creciente pasión, de señuelo,
en una noche de plenilunio,
regada, de la inocencia, la flor,
a fúlgida Selene, los pasos siguió.
cruzó el oreo vespertino.
Las tiernas teas de tu rostro,
semejantes y oscuros mellizos,
colmaron de candor a mi signo.
Un pedazo desprendido de cielo
dibujó una estela de recuerdos.
Al cuarteto de iris entrelazados,
punzó en el viento, la púa de Eros.
Un reloj con alas de mancebo
anhela ocultar los tañidos
en ausencia de un manadero
infinito de meloso dulzor.
Las sombras del silencio
agotan al mortal ingenuo.
Escondido entre el tumulto,
el transhumante solitario
palpa la soledad de un ciego.
Hay marfil de tu piel en mi seno.
Ha mi boca, miel de tus labios.
Un amor, de rasgados añicos,
está tatuado en los dedos.
Con la opacidad de testigo;
una creciente pasión, de señuelo,
en una noche de plenilunio,
regada, de la inocencia, la flor,
a fúlgida Selene, los pasos siguió.
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