emiled
Poeta adicto al portal
Ángel perdido
I-
Hace ya nueve otoños que partió, hermosa niña,
como una alondra feliz hacia tierras lejanas.
Dicen que besó el oleaje del mar,
que acariciaron su velo las grises estrellas.
Y que, mientras dormía el sueño eterno,
cruzando las cortinas ajadas,
se deslizó intrépido un ángel jubiloso
sobre su lecho y espantó a las frías sombras, que huían.
II-
Dicen que entre los vivos ya nadie la vio pasar,
rara belleza, con su vestido como la nieve blanco;
que el perfume que su blanco pecho irradiaba
se fue, como un astro en la lejanía extinguido.
¡Pero yo, presa de anhelos y lágrimas, la vi!
Flotaba sobre los espesos matorrales
cual etéreo perfume, y en su frágil vuelo de cisne,
con el alma desnuda, le lloraban los rosedales.
Tenía la boca roja y el pecho blanco,
por ojos tenía dos zafiros como espejos
que reflejaban la hermosura de su alma.
¡Ay! Bellezas que no son de este mundo.
III-
Al sentir el frescor otoñal se alejó,
cándida y altiva, por los muelles del ensueño.
Los efluvios nocturnos la acompañaron
hasta que las diluvios amainaron.
Crecieron rosas y lirios en su lecho solitario
y el ruiseñor calló triste su melancólico canto.
Y dicen que aún hoy impasible la espera,
recostado en su velo, el bello crepúsculo.
E.N.R.D
I-
Hace ya nueve otoños que partió, hermosa niña,
como una alondra feliz hacia tierras lejanas.
Dicen que besó el oleaje del mar,
que acariciaron su velo las grises estrellas.
Y que, mientras dormía el sueño eterno,
cruzando las cortinas ajadas,
se deslizó intrépido un ángel jubiloso
sobre su lecho y espantó a las frías sombras, que huían.
II-
Dicen que entre los vivos ya nadie la vio pasar,
rara belleza, con su vestido como la nieve blanco;
que el perfume que su blanco pecho irradiaba
se fue, como un astro en la lejanía extinguido.
¡Pero yo, presa de anhelos y lágrimas, la vi!
Flotaba sobre los espesos matorrales
cual etéreo perfume, y en su frágil vuelo de cisne,
con el alma desnuda, le lloraban los rosedales.
Tenía la boca roja y el pecho blanco,
por ojos tenía dos zafiros como espejos
que reflejaban la hermosura de su alma.
¡Ay! Bellezas que no son de este mundo.
III-
Al sentir el frescor otoñal se alejó,
cándida y altiva, por los muelles del ensueño.
Los efluvios nocturnos la acompañaron
hasta que las diluvios amainaron.
Crecieron rosas y lirios en su lecho solitario
y el ruiseñor calló triste su melancólico canto.
Y dicen que aún hoy impasible la espera,
recostado en su velo, el bello crepúsculo.
E.N.R.D