El pianista (nocturno al adiós)
Tu corazón es la casa que llenaba los confines de mi mundo, más tu silueta se fundió en las sombras de la noche, dejándome tumbado sobre el césped de la vida. Ya se acerca el amanecer, más no veo su alegría porque tú no me enseñaste como dejar de querer.
Delira de soledades el nocturno caminante.
Es apuesto y...
¡ Es tan joven, impulsivo y peligroso!
(Así piensan,
y así temen,
y así actúan,
los custodios de su amada)
Se rebela,
se inconforma,
y entre llantos alucina.
Y de la mente a sus manos,
cortas fluyen mas se alargan unas notas inclementes que evidencian el silencio que por doquiera lo envuelve.
Esta sólo,
y solo vive,
y brinda sólo.
Es estrella el caminante.
Una nube al cielo empaña y le amotina la esencia.
Las escalas se suavizan,
se armonizan,
se retuercen,
pues desgarran el recuerdo de un cariño en primavera que era casa que abarcaba los confines de su mundo.
Y le traslada un suspiro al corazón de su amada,
y habita esa primavera de las tiernas inocencias e ilusiones pasajeras.
Y la presencia se extiende con sus frescura y cariño,
robándole una sonrisa.
Más la silueta se funde,
se desvanece y se aleja por las sombras de la noche.
Y ante la forzada ausencia,
a sus manos van corriendo y en su mente se acumulan
y llegan a la existencia unas notas cristalinas que lamentan la tristeza del vacío que lo envuelve.
El piano es el instrumento que corresponde a sus manos,
que le acompaña el intento de trastocar el silencio,
con mil sonidos febriles productos del desengaño.
La noche va transcurriendo
- se desgrana sin sentirla -
los acordes van creciendo,
van formando y van tejiendo el canto de la impaciencia,
de una rebelión que agota,
que lo tumba ya cansado sobre el césped de la vida.
El piano ya está en silencio,
sin manos en el teclado.
Y llega el amanecer pletórico de alegría.
Y el músico, - ya cansado -
sobre la misma ironiza.
Aunque no enseñe la vida como dejar de querer,
cuando la noche es nublada te permite componer.
Tu corazón es la casa que llenaba los confines de mi mundo, más tu silueta se fundió en las sombras de la noche, dejándome tumbado sobre el césped de la vida. Ya se acerca el amanecer, más no veo su alegría porque tú no me enseñaste como dejar de querer.
Delira de soledades el nocturno caminante.
Es apuesto y...
¡ Es tan joven, impulsivo y peligroso!
(Así piensan,
y así temen,
y así actúan,
los custodios de su amada)
Se rebela,
se inconforma,
y entre llantos alucina.
Y de la mente a sus manos,
cortas fluyen mas se alargan unas notas inclementes que evidencian el silencio que por doquiera lo envuelve.
Esta sólo,
y solo vive,
y brinda sólo.
Es estrella el caminante.
Una nube al cielo empaña y le amotina la esencia.
Las escalas se suavizan,
se armonizan,
se retuercen,
pues desgarran el recuerdo de un cariño en primavera que era casa que abarcaba los confines de su mundo.
Y le traslada un suspiro al corazón de su amada,
y habita esa primavera de las tiernas inocencias e ilusiones pasajeras.
Y la presencia se extiende con sus frescura y cariño,
robándole una sonrisa.
Más la silueta se funde,
se desvanece y se aleja por las sombras de la noche.
Y ante la forzada ausencia,
a sus manos van corriendo y en su mente se acumulan
y llegan a la existencia unas notas cristalinas que lamentan la tristeza del vacío que lo envuelve.
El piano es el instrumento que corresponde a sus manos,
que le acompaña el intento de trastocar el silencio,
con mil sonidos febriles productos del desengaño.
La noche va transcurriendo
- se desgrana sin sentirla -
los acordes van creciendo,
van formando y van tejiendo el canto de la impaciencia,
de una rebelión que agota,
que lo tumba ya cansado sobre el césped de la vida.
El piano ya está en silencio,
sin manos en el teclado.
Y llega el amanecer pletórico de alegría.
Y el músico, - ya cansado -
sobre la misma ironiza.
Aunque no enseñe la vida como dejar de querer,
cuando la noche es nublada te permite componer.