Brillan cada vez que digo sí.
De mica y de feldespato.
Las piedritas de los cerros
cuando las miro de soslayo.
Yo siempre las fijo en un verso
para que sigan deambulando.
Porque nunca guardé la fortuna
como tréboles del campo.
Prefiero al tacto la harina
cernida a prepo en peñascos.
Cuando el rocío deja una alfombra
de luna mezclada con barro.
A fuego bajo y revolviendo.
De silicio quedará un extracto.
Arenas negras de torio
y radón triturado.
Que el viento ha forrado de esmalte
y espinas también el llano.
Por eso mis manos presumen
a veces un surco argentado.
Y un silencio de cuero cobrizo.
Y herradura de caballo.
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