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Crikthon – 97

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por JimmyShibaru, 5 de Enero de 2026 a las 1:59 PM. Respuestas: 0 | Visitas: 39

  1. JimmyShibaru

    JimmyShibaru Poeta recién llegado

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    Hombre
    Aleck despertó en su cámara de sueño. Salió flotando y recargó su tanque de oxígeno en un dispositivo alargado de apenas dos botones: Encender y Apagar. Esperó diez minutos mientras su mente se llenaba de pensamientos intrusivos. Por un instante, deseó desconectar la manguera y dejarse ir, pero el instinto fue más fuerte. Al terminar la carga, un pitido seco y una luz parpadeante cortaron el silencio.

    Se arremangó la manga del mono de trabajo y extrajo una inyección de la nevera. Tenía varias opciones etiquetadas con nostalgia: "Carne asada con verduras" o "Sopa especial de la abuela". Eligió la de "Cereales variados con leche" y hundió la aguja en su brazo.

    Salió de su habitación avanzando a saltos torpes debido a la baja gravedad. Al llegar a la armería, deslizó su tarjeta de identificación por el escáner; la puerta siseó al abrirse. Tomó una pistola negra de largo alcance y la aseguró a su espalda con los anclajes magnéticos de su traje.

    Ya listo para la rutina, se dirigió a la sala de maquinaria donde sus compañeros ya comenzaban la jornada, supervisando que los objetos de las cintas transportadoras estuvieran intactos. Eran productos de mala calidad, pero su deber era que al menos no llegaran rotos a su destino. Aleck se rascó la pierna a través del tejido sintético y suspiró. Era otro día más en el que su propia mente no le daba tregua.

    De pronto, algo brilló con una intensidad distinta. Krox, el compañero que trabajaba al lado de Aleck, detuvo la correa de un golpe seco. Entre los desechos, rescató un pequeño cilindro de cromo pulido con el sello de la "Vieja Pandora". Era un núcleo de energía pura, un objeto de valor incalculable en el mercado de las colonias.

    Aleck sintió un frío repentino que no provenía del sistema de ventilación. Se acercó un paso, manteniendo las manos a la vista.

    —Déjalo en la cinta, Krox. Sabes que los escáneres de salida detectan el rastro de radiación de esos núcleos. Es ilegal. Si te pillan, no habrá juicio, nos lanzarán a ambos por la esclusa.

    La reacción de Krox fue instantánea y cargada de una paranoia eléctrica. Antes de que Aleck pudiera reaccionar, desenfundó su propia pistola de dotación. El cañón negro, idéntico al que Aleck llevaba a la espalda, apuntó directamente al centro de su visor.

    —Atrás —gruñó Krox. El seguro del arma hizo un clic metálico que resonó en toda la sala—. No vas a ser el héroe de la compañía hoy. Si intentas avisar por el comunicador o dar un paso hacia la alarma, te juro que lo último que verás será el destello de esta carga.

    Aleck se quedó petrificado, sintiendo cómo el sudor se le pegaba a la nuca bajo el traje. Podía ver el temblor en la mano de Krox, una mezcla de euforia por el hallazgo y el miedo de ser descubierto.

    —Krox, baja eso —susurró Aleck, intentando mantener la calma—. El aire ya está bastante pesado como para que empieces a disparar. Si el sensor de presión detecta un disparo, las puertas automáticas nos sellarán aquí dentro antes de que puedas escapar.

    Krox no escuchaba. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en el cilindro que ahora brillaba con una luz azulada y pulsante dentro de su puño. De repente, el objeto emitió un zumbido agudo, una frecuencia que hizo que a Aleck le empezaran a sangrar los oídos.

    —Es mío, Aleck... —dijo Krox

    El zumbido del objeto en la mano de Krox fue interrumpido por un sonido mucho más aterrador: el siseo hidráulico de las compuertas superiores. Del techo de la sala de maquinaria descendieron tres esferas de metal mate, del tamaño de una cabeza humana, con un único ojo rojo que escaneaba el lugar con movimientos espasmódicos.

    Drones de limpieza Clase-S.

    —¡Suéltalo, Krox! —gritó Aleck, dando un paso atrás—. ¡Los drones de seguridad ya están aquí! Si detectan el código de rastro del objeto, van a disparar a todo lo que se mueva.

    Pero Krox estaba fuera de sí. El poder adquisitivo que representaba ese cilindro era su única salida de aquel infierno espacial, y no pensaba renunciar a él.

    —¡Que se acerquen! —bramó Krox, girando su arma hacia los drones.

    El primer dron emitió un pulso sónico que hizo vibrar las placas de metal de las paredes. Una voz sintética, carente de cualquier rastro de humanidad, resonó por los altavoces de la sala:

    "Protocolo de Contención 408 activado. Posesión de material clasificado detectada en el Sector 7. Nivel de amenaza: Terminal. Procediendo a la esterilización del área."

    —¿Esterilización? —susurró Aleck con el corazón en la garganta.

    Eso no significaba un arresto. Significaba que los drones no iban a discriminar entre el ladrón y los testigos. Los demás trabajadores, que hasta ahora habían estado en trance, empezaron a gritar y a correr hacia las salidas, pero las puertas se sellaron con un estruendo metálico. Estaban atrapados.

    Krox disparó. El proyectil impactó en la coraza de uno de los drones, pero solo logró desviar su trayectoria unos centímetros. El ojo rojo del dron se volvió de un blanco cegador. Un láser de alta frecuencia se desplegó desde su base, cortando el aire de la sala con un chirrido eléctrico.

    Aleck vio cómo el rayo pasaba a escasos centímetros de su hombro, fundiendo instantáneamente la cinta transportadora. Comprendió que si no usaba la pistola que llevaba a la espalda, moriría allí mismo, no por el vacío del espacio, sino a manos de las propias máquinas que debían protegerlos.

    Aleck reaccionó y echó la mano a su espalda, sujetó la culata de su pistola negra. La desenfundó con rapidez, apuntando al dron que se preparaba para una segunda ráfaga láser. Apretó el gatillo con fuerza, esperando el retroceso y el estallido del disparo, pero solo obtuvo un silencio sepulcral.

    En la pequeña pantalla digital del arma, un mensaje parpadeaba en un rojo burlón: [ERROR: PROTOCOLO DE CONTENCIÓN INTERNA ACTIVADO].

    —¡No dispara! —gritó Aleck, apretando el gatillo una y otra vez.

    —¡La mía tampoco! —rugió Krox desde el otro lado de la cinta, desesperado—. ¡Maldita sea!

    Aleck comprendió la crueldad del diseño en un segundo. Las armas de la compañía estaban programadas por satélite; solo se desbloqueaban si los sensores externos detectaban una amenaza alienígena o un abordaje pirata. Pero ante una "insurrección" o un "mal comportamiento" del personal, el software las convertía en pisapapeles. La empresa no quería que sus esclavos pudieran defenderse de sus verdugos mecánicos.

    —Son armas inteligentes, Krox... —dijo Aleck, dejando caer la pistola, que flotó perezosamente en la baja gravedad—. Y nosotros somos el objetivo.

    Los drones emitieron un pitido de confirmación. Sus esferas empezaron a girar sobre sí mismas, acumulando una energía azulada en sus núcleos. Ya no disparaban láseres de precisión; estaban cargando una onda de choque para limpiar la habitación de cualquier forma de vida orgánica.

    Uno de los trabajadores que intentaba forzar la puerta trasera fue alcanzado por un pequeño proyectil aturdidor que le atravesó el cráneo de lado a lado. Cayó al suelo, su cuerpo flotando levemente mientras la sangre formaba esferas en el aire.

    —Si no soltamos esa cosa, van a convertir este sector en una morgue —Aleck miró a Krox, que seguía abrazando el cilindro de cromo—. ¡Tíralo a la trituradora de desechos! ¡Quizás si el objeto desaparece del radar de los drones, el protocolo se detenga!

    Krox miró el objeto y luego a los drones. Sus ojos estaban inyectados en sangre. —Si no puedo tenerlo yo... no lo tendrá nadie —susurró, pero en lugar de tirarlo, se lo metió dentro del traje, sellando la cremallera—. ¡Venid a por él, latas de basura!

    Los tres drones se alinearon en formación de triángulo frente a ellos. Aleck sabía que le quedaban segundos de vida si no encontraba una forma de burlar un sistema que lo quería muerto.



    El pánico estalló como una chispa en un tanque de combustible. Al ver que las armas eran inútiles, el resto de los trabajadores, desesperados por sobrevivir, comenzaron a agarrar lo que tenían más cerca en las cintas transportadoras.

    —¡Derríbalos! —gritó uno de los operarios, lanzando una pesada biela de motor defectuosa contra el dron más cercano.

    El metal golpeó la coraza de la esfera con un estruendo seco, pero apenas dejó un rasguño. El dron ni siquiera se tambaleó; su sistema de estabilización giroscópica lo mantuvo perfectamente estático en el aire. En respuesta, el ojo rojo del robot parpadeó y un pulso de energía invisible golpeó al trabajador, lanzándolo contra la pared con tal fuerza que el sonido de sus huesos rompiéndose fue audible por encima del ruido de las máquinas.

    Otros dos compañeros se sumaron al ataque. Llovieron piezas de metal, engranajes oxidados y restos de cerámica industrial. Un diluvio de chatarra que rebotaba inútilmente contra los escudos deflectores de los drones. Era como intentar derribar un muro de acero lanzándole migas de pan.

    —¡Parad! —intentó gritar Aleck—, ¡Solo estáis logrando que aceleren el proceso!

    Pero era tarde. Los drones interpretaron la resistencia como una confirmación del nivel de amenaza.

    El dron central emitió un sonido armónico, casi musical, y desplegó tres cuchillas rotatorias de monofilamento que giraban a una velocidad invisible al ojo humano. Con un movimiento fluido, la máquina se lanzó hacia la multitud. Lo que siguió no fue una batalla, fue una carnicería sistemática.

    Aleck vio horrorizado cómo la primera cuchilla cortaba el brazo extendido de una compañera que intentaba protegerse la cara. Debido a la baja gravedad, la sangre no cayó al suelo; brotó en grandes globos rojos que quedaron suspendidos en el aire, creando una niebla escarlata que oscureció la visión de todos. Los gritos de agonía se mezclaban con el zumbido mecánico de los motores de los drones, que se movían entre los cuerpos
    flotantes con una precisión quirúrgica.

    Krox, aterrado por la masacre que él mismo había provocado, retrocedió hasta quedar arrinconado contra el generador principal, apretando el objeto robado contra su pecho mientras veía cómo sus amigos eran eliminados uno a uno como errores en una línea de código.

    —No somos personas para ellos... —susurró Aleck, esquivando un fragmento de metal que volaba hacia él—. Solo somos material defectuoso que hay que descartar.

    Aleck no esperó a que la justicia mecánica terminara su trabajo. Mientras los gritos de Krox se ahogaban en un borboteo de sangre y estática, Aleck se lanzó hacia una rejilla de ventilación que había quedado mal cerrada por la vibración de los láseres.

    De un vistazo rápido hacia atrás, vio el final de su amigo. Los tres drones habían rodeado a Krox, quien seguía abrazando el cilindro de cromo como si fuera un tesoro sagrado. Vio cómo las cuchillas de monofilamento brillaban antes de descender sobre él en un movimiento envolvente. Aleck cerró los ojos y se impulsó hacia el interior del conducto, arrastrándose por el metal frío mientras el sonido de la carnicería se amortiguaba tras él.

    El aire dentro de los tubos olía a aceite quemado y a muerte. Aleck avanzó a ciegas, guiado por la tenue luz de los indicadores de emergencia, hasta que desembocó en el muelle de carga secundario. Allí, solitaria y preparada para entregas automáticas, se encontraba una nave de reconocimiento biplaza.

    Sin mirar atrás, Aleck saltó al interior de la cabina. Sus manos temblorosas golpearon el panel de control. El sistema le pidió una identificación; usó su tarjeta, rezando para que el protocolo de seguridad no hubiera bloqueado también los motores de escape.

    [AUTORIZACIÓN ACEPTADA. DESTINO: SECTOR EXTERIOR]

    El motor de la nave rugió, una vibración que Aleck sintió hasta en los dientes. Los anclajes se soltaron y la nave salió disparada por el túnel de lanzamiento hacia el vacío infinito.

    A través del cristal de la cabina, Aleck vio la estación minera hacerse pequeña. Era una mole de hierro negra contra el brillo de las estrellas lejanas, una tumba de metal.

    Se recostó en el asiento, suspiró. Estaba a salvo, estaba lejos, pero el silencio de la cabina empezó a llenarse de nuevo con sus propios pensamientos. La mirada de Krox, el brillo del objeto y el sonido de la carne cortada lo acompañarían en el vacío.

    Aleck cerró los ojos, deseando, una vez más, desconectar y quedarse sin oxígeno. Pero la nave seguía avanzando, alejándose de todo, hacia una oscuridad que prometía no tener fin.
     
    #1

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