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Secretos a flor de piel

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 26 de Enero de 2026 a las 5:20 AM. Respuestas: 1 | Visitas: 11

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    El eclipse empezó a las 14:07 y terminó a las 14:11.

    Cuatro minutos.

    En New Haven eso fue suficiente.
    Primero se hizo el silencio de los pájaros. Luego el de los coches. Luego el de la gente.

    Estábamos en la plaza del campus, cientos de estudiantes, profesores y turistas con sus gafas de cartón, mirando hacia arriba como devotos idiotas. El sol se volvió una uña negra rodeada de fuego blanco. El aire se enfrió de golpe, como si alguien hubiera abierto la puerta de un congelador cósmico.
    Entonces llegaron las sombras.
    No eran sombras normales. Eran largas, demasiado largas, como si el sol bajo las hubiera estirado hasta romperlas. Se despegaban del suelo y caminaban solas. Algunas tenían forma humana, pero deformadas: cabezas demasiado grandes, brazos que terminaban en garras de tinta líquida, bocas que se abrían en sonrisas verticales.

    La primera víctima fue Marisol Vega, la chica que siempre llevaba auriculares y mentía sobre su virginidad. Su sombra se le metió por la boca, le arrancó la voz como quien saca una muela con alicates. Luego habló con su voz, pero más húmeda, más íntima:

    «Le hice creer a Diego que el bebé era suyo mientras me cogía a su hermano en el asiento trasero del coche… le dije a mi madre que el dinero de la universidad era una beca cuando lo saqué vendiendo yerba a chicos del instituto… dejé que mi prima se ahogara en la piscina porque quería su herencia…»

    Cada secreto flotaba como humo negro y se disolvía. Cada confesión era un garfio. Literal. La piel de Marisol se abrió en tiras perfectas, como si un ser invisible la desollase viva. Las palabras quedaban grabadas en su carne: ABORTO, INFIDELIDAD, TRÁFICO, MUERTE. La sangre chorreaba, pero nadie se atrevía a tocarla. Cuando terminó, Marisol seguía viva, muda, con la piel colgando como cortinas rojas. Se arrastró hasta el bordillo y se sentó allí, esperando que alguien la matara por piedad.

    Cada secreto se llevaría en la piel como un tatuaje. Como un cartel en el que el mundo sabría nuestros más oscuros secretos. La gente se apartó. Algunos corrieron. Pero las sombras los seguían.

    El profesor Lang, ese viejo que presumía de ser intachable, se quedó petrificado cuando su sombra se arrodilló frente a él y lo atrapó por la lengua y la estiró hasta el pecho. Luego empezó a hablar con su voz de conferenciante:

    «Violé a siete alumnas entre 1998 y 2017… grabé a cada una en VHS y las veo cuando me siento solo… a una la dejé embarazada y pagué para que abortara en una clínica de perros… tenía solo doce años».

    De pronto un bisturí invisible empezó a rasgar su piel: VIOLADOR. PEDERASTA.

    Una niña de siete años, traída por sus padres para ver «el anillo de fuego», perdió la voz cuando su sombra susurró con voz de caramelo:

    «Papá entra en mi cuarto cuando mamá toma sus pastillas… me dice que es nuestro secreto de grandes… me dice que si hablo me quedaré muda para siempre.

    «Me mete cosas desde que tengo cinco… Mamá lo sabe y por eso toma pastillas para dormir más profundo… la semana pasada me rompió por dentro y me dijo que era mi culpa por moverme…».

    Ella era una víctima inocente. Las sombras no solo eran verdugos. También eran justicieras. La piel de la niña quedó impoluta. Sería otro el que recibiría el castigo.

    El padre intentó taparle la boca. Pero la sombra le arrancó los dedos de raíz e hizo que se los trague. Tras esto intentó correr pero su propia sombra lo atrapó por los tobillos y lo arrastró por el césped mientras recitaba en voz alta cada golpe, cada amenaza, cada noche, cada toque. Para él no hubo cortes. Lentamente fue desollado. Como había perdido su voz los gritos se transformaron en súplicas de perdón a su hija. Y aunque aquel alma inocente estaba dispuesta a perdonarlo, las sombras ya habían emitido sentencia.

    Cerca había una rejilla de protección con puntas filosas para evitar que salten sobre el jardín y pisoteen las rosas. Fue allí donde se produjo una escena digna de película snuff de los 70s. Le abrieron las piernas y lo deslizaron por el recto en una de las puntas hasta convertirlo en una brocheta.

    En la piel de la madre se escribieron tres palabra que le cubrían todo el torso: CULPABLE. MALDITA. ENCUBRIDORA. Luego su abdomen se abrió como una cremallera y sus intestinos cayeron al suelo todavía palpitando. La madre, desesperada, se clavó las uñas en los ojos hasta sacárselos.

    Yo vi todo esto porque mi sombra aún no venía por mí. Todavía no. Corrí hacia la biblioteca, pensando que las puertas cerradas servirían de algo. Pero dentro, la oscuridad era peor. Las sombras se deslizaban entre los estantes como cintas de acetato.

    Encontré a la bibliotecaria, la señora Cho, sentada en el suelo con la boca abierta de par en par.

    Su sombra estaba sentada frente a ella, acariciándole la cara con dedos que no existían, y hablaba con la voz dulce que usaba para contar cuentos a los niños:

    «Les dije que mi marido se había ido de viaje… mientras se pudría en el congelador del sótano… corté los pedazos tan pequeños que cupieron en las bolsas de la compra».

    Intenté gritarle que corriera. Pero no salió sonido. Mi sombra había llegado. Se levantó del suelo como una mancha de tinta que aprende a caminar.

    Era yo, pero más alta, más delgada, con la boca cosida con hilo cañamo, listo para hacerme confesar mis más íntimos secretos.

    Se acercó despacio. No había prisa. El eclipse ya casi terminaba.

    Cuando llegó a mí, metió la mano dentro de mi pecho —sin dolor, solo una frialdad absoluta— y sacó algo que parecía una cinta de casete hecha de carne y nervios.

    Era mi voz.

    La sostuvo frente a mi cara y empezó a reproducirla. Primero las mentiras pequeñas. Luego las medianas. Luego las que me despiertan a las tres de la mañana con la almohada empapada.

    «Le puse veneno para ratas en la comida de mi madre durante tres meses porque quería la casa… vi cómo se retorcía y le dije que era culpa del COVID… grabé a mi mejor amiga mientras la violaban en una fiesta y vendí el vídeo en la dark web… aborté con una percha en la bañera y tiré al bebé por el váter mientras todavía se movía… dejé que mi novio se suicidara porque había descubierto todo y no quería pagar el precio…»

    Cada frase era un garfio al rojo vivo.
    Mi piel se abrió desde el cuello hasta el ombligo en tiras perfectas. Las palabras se escribieron en carne viva, profundas, hasta el hueso: ASESINA. TORTURADORA. MONSTRUO. Las letras sangraban, pero no caían; se quedaban allí, palpitantes, como si quisieran que todo el mundo las leyera para siempre. Intenté gritar. Pero no tenía voz. Solo sangre que sabía a hierro y a culpa.

    Mi sombra sonrió con mi propia boca. Luego se inclinó y me susurró al oído:

    «Ahora todos los sabrán, Elise. Todos lo sabrán. Ahora te toca enfrentarlos a ellos».

    Salí de la biblioteca, y contemple el caos; vi que todos estaban pagando por sus pecados. Un chico se arrancó la piel de la cara como si fuera una máscara. Una profesora se clavó un abrecartas en el la oreja y lo sacaba y metía mientras lloraba gotas se sangre. Todos llevaban palabras escritas en la carne.

    Y entonces el eclipse terminó. De pronto el sol volvió. Las sombras se hundieron en el suelo. Yo seguía viva. Si a esto se le puede llamar vida. Muda. Con la piel colgando en jirones que nunca cicatrizarán.

    Las palabras arden cuando intento cubrirlas. A veces, en la noche, miro a mi sombra y siento que está esperando el momento para contar mis futuros sucios secretos. Paciente. Espera el próximo eclipse.

    O quizás solo espera que termine de desangrarme. Porque cuando ya no quede nada de mí para confesar, seré yo la que susurre desde la oscuridad dentro de alguien más. Y es que quizás, hemos sido reclutados todos lo que somos verdaderos demonios.

    El próximo eclipse total en New Haven será en 2045. Espero no estar viva para verlo.
     
    #1
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  2. Alde

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    El peso de los secretos y la consecuencia de la verdad.

    Le saludo nuevamente
     
    #2

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