1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación

El colectivo de los comienzos

Tema en 'Prosa: Surrealistas' comenzado por Luciano_olivera, 28 de Enero de 2026 a las 2:59 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 10

  1. Luciano_olivera

    Luciano_olivera Poeta recién llegado

    Se incorporó:
    25 de Febrero de 2025
    Mensajes:
    7
    Me gusta recibidos:
    12
    Género:
    Hombre

    Siempre que camino por la avenida Rivadavia de noche hay un momento en que la ciudad parece sostener la respiración. Los carteles de neón siguen prendidos, pero no llaman a nadie; las persianas de los negocios dibujan sombras en el asfalto; los perros callejeros se desperezan y vuelven a tumbarse sobre las baldosas tibias. Llevo la mochila al hombro y un cuaderno pesado que no he podido inaugurar. El cuaderno tiene hojas gruesas, anillado, regalo de mi tía Rosa, con la recomendación de “usalo cuando tengas algo importante que decir”. Con esa sentencia lo volvió un tótem sagrado: ni la lista del súper me animaba a escribir ahí. Entre el peso del papel y el peso de la frase, sentía que tenía que descubrir la vacuna contra el aburrimiento antes de estrenar una página.

    Trabajo tarde en una oficina con aire acondicionado, planillas y correos interminables; al salir, mi cabeza vibra. Algunas noches vuelvo en taxi, otras camino por Corrientes o me subo a cualquier colectivo que me deje en mi barrio. Esa noche decidí esperar el 88 porque necesitaba oír el ronroneo del motor y sentir el vaivén de los asientos: esa sensación de ser llevado por alguien más mientras atravieso la ciudad, como una planta en un barco.

    La parada estaba vacía salvo por un hombre calvo con bufanda, sin cejas ni barba. Miraba hacia arriba, aunque tenía los ojos cerrados y los labios levemente separados, como si estuviera a punto de rezar o de contar un chiste viejo. Me acerqué despacio, no sé si por curiosidad o por deseo de no estar solo.

    —¿Hace mucho que esperás? —le pregunté.

    —Desde que dejé de mirar la hora —respondió sin abrir los ojos. Su voz era grave, como de radio antigua. Parecía hablar desde otro tiempo.

    Nos quedamos en silencio. Un papelito voló y se enredó en un arbusto. Lejos se escuchó la sirena de una ambulancia. El hombre respiraba con tranquilidad, como quien está acostumbrado a esperar sin prisa.

    Iba a preguntarle algo más cuando las luces de un colectivo doblaron la esquina como un animal lento. El motor gruñía y las ventanillas estaban empañadas. Cuando se detuvo frente a nosotros, las puertas se abrieron con un suspiro metálico que recordaba el bostezo de un teatro.

    Subimos. El chofer nos saludó con una sonrisa cansada. Tenía la cara redonda y un diente de oro que brillaba cuando la luz le daba de costado.

    —Buenas noches —dijo, como quien abre la puerta de su casa.

    Me senté en uno de los asientos del medio, cerca de la ventana. El hombre sin cejas se acomodó en el asiento al lado del conductor, como si fueran viejos conocidos. Saqué el cuaderno de la mochila y lo apoyé en mis rodillas sin animarme a abrirlo.

    El motor rugió y el colectivo se puso en marcha. Atravesamos la avenida vacía. Las luces de la calle se reflejaban en los charcos. Entonces sucedió algo que no supe si era un capricho del cansancio o el deslizamiento hacia otro mundo.

    El colectivo tomó una curva y el paisaje se volvió líquido. Donde había edificios aparecieron pasillos tapizados de cuadros que murmuraban frases. Los árboles se convertían en lámparas de papel que susurraban canciones infantiles. Los semáforos no mostraban colores, sino palabras: “No te juzgues”, “Tiempo de descanso”, “Respirá”.

    Sentí un cosquilleo en la nuca. Miré al resto de los pasajeros. Un hombre con sombrero leía un libro al revés, una mujer en jogging se hacía la trenza con hilo rojo. Nadie parecía sorprendido.

    —No se preocupe —dijo el chofer, como si hubiera leído mis pensamientos—. Esto pasa a partir de la medianoche. Este es el colectivo de los comienzos.

    —¿De los comienzos? —pregunté, inclinándome hacia adelante.

    —Así le decimos —intervino el hombre sin cejas, abriendo al fin los ojos. Sus pupilas eran de un azul eléctrico—.

    La idea me pareció absurda y lógica al mismo tiempo. Miré mi cuaderno cerrado. Había pasado meses acariciando la idea de empezar un cuento y siempre me detenía en la primera frase. La sola posibilidad de fracasar me paralizaba.

    Pensé que tal vez si lo abría, ese paisaje imposible se disolvería. Otra parte de mí quiso entregarse a la rareza de la noche. Decidí hablar con el hombre sin cejas.

    —¿Cómo te llamás? —pregunté.

    —Me llamo Pedro, aunque hace tanto que nadie me llama por mi nombre que a veces dudo —respondió, y se acarició la bufanda—. Estoy acá porque cuando cierro los ojos veo letras. Se desordenan solas, forman frases, insultos, recetas, canciones. Aprendí a elegir cuáles leer.

    Lo observé fascinado. Quise reírme pero me sentí hermanado en algo que todavía no nombraba.

    Antes de que pudiera responder, el timbre sonó y el colectivo se detuvo. Subió un hombre disfrazado de payaso, con el maquillaje corrido y un portafolios de cuero desgastado. Tenía olor a perfume barato y un remolino de pelo color naranja. Se desplomó en el asiento libre justo frente a mí y dejó escapar un suspiro que parecía un globo desinflándose.

    —¿Cómo le va, don Payaso? —saludó el chofer, con una familiaridad cariñosa.

    —A las corridas, amigo. Hoy llegué tarde a mis propios chistes —respondió el payaso, y se acomodó la nariz roja.

    Se secó el sudor con un pañuelo azul y me miró.

    —Hola —dije, sin saber qué más.

    —Hola —respondió—. ¿Tenés nombre?

    —Soy Marcos —dije—. ¿Vos?

    —Me llaman Víctor en la vida real y Fideo en las fiestas infantiles —me guiñó un ojo—. Contame, ¿por qué traés un cuaderno cerrado en medio de la noche?

    —Porque no sé cómo empezarlo —dije, sorprendido de mi honestidad.

    Víctor soltó una carcajada que hizo temblar su nariz postiza. La agarró al vuelo y se la volvió a colocar.

    —Sos un personaje —dijo, sonriendo—. La gente siempre se obsesiona con terminar. Vos ni siquiera sabés cómo arrancar. ¿Qué querés escribir?

    —No lo sé —admití—. Siento cosas, pienso cosas. Pero cada vez que apoyo la lapicera, me acuerdo de todas las historias que abandoné y me paralizo. Pienso en las libretas a medio llenar, en los proyectos que anuncié y nunca concreté.

    Víctor se puso serio. Sacó de su portafolios una carpa en miniatura de circo hecha con telas de colores. La desplegó sobre sus rodillas con delicadeza. De su interior empezaron a salir muñecos diminutos que hacían piruetas y pasaban de un trapezo a otro.

    —Mirá —dijo—. Esto lo hice cuando me cansé de hacer números de clown que no me divertían. Un día me acordé de que, de chico, hacía carpas con sábanas para mis hermanos. Entonces empecé a construir cirquitos en miniatura para recordar que cualquier cosa que haga puede ser un espectáculo si le pongo cariño.

    Describí el olor del café quemado de esta mañana, la cara que pone tu perro cuando no querés que suba a la cama, la luz que se filtra por la persiana rota. Eso ya es empezar.

    Lo escuché hipnotizado. Asentí. Volví a mi asiento con el cuaderno sin abrir. Miré al chofer por el espejo retrovisor.

    —¿Y usted? —pregunté—. ¿Cómo empezó a manejar este colectivo?

    —Yo empecé hace veinte años —respondió—. De chico no dormía. Me levantaba a medianoche y recorría la casa como un guardián fantasma. Pensaba que era inútil esa vigilia, que no servía para nada. Hasta que un vecino colectivero me dijo: “Hay gente que necesita viajar de noche para llegar a otros comienzos”.

    Sus palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza como moscas de luz. Sentí que la noche se abría en capas.

    El motor ronroneaba en el túnel que habíamos tomado. Las paredes estaban cubiertas de mosaicos con dibujos de animales: caballos con alas de colibrí, peces con patas, mariposas con ojos humanos. Al otro lado del cristal, cardúmenes de peces plateados nadaban en el aire como cometas.

    Me acerqué al hombre sin cejas.

    —¿Qué ves vos? —le pregunté.

    —Letras, como siempre —respondió, con naturalidad—. Letras que se forman en el aire y se disuelven. Algunos las leen y se asustan. Yo aprendí a elegir las que me sirven.

    —¿Y vos qué ves? —preguntó a Víctor.

    —A veces veo a mi yo de siete años haciendo equilibrio en una cuerda imaginaria —contestó el payaso—. Otras, veo a mi papá, que nunca entendió por qué dejé ingeniería para ponerme una nariz roja. Él prefería los números. Yo también, pero un día entendí que no todo lo que importa se mide con fórmulas.

    Nos reímos. Yo pensé en mi padre, que arregla heladeras en su barrio. Me enseñó a usar destornilladores y a no forzar tornillos. Tal vez por eso me cuesta iniciar, porque aprendí a no arruinar roscas. Sacudí la cabeza. El mundo que pasaba afuera me estaba ablandando.

    El túnel terminó de repente y volvimos a una calle que conocía: un tramo de Caballito con casas bajas y árboles viejos. El colectivo se detuvo frente a un cine en ruinas. Subió una mujer con un bolso lleno de cables y lamparitas. Tenía las manos manchadas de polvo brillante. Se sentó frente a nosotros. Víctor guardó sus juguetes y se enderezó.

    —Buenas noches —dijo él.

    —Buenas —respondió ella con voz de papel.

    Nos quedamos en silencio. La mujer acariciaba los cables del bolso como quien hace una trenza. Yo seguía su gesto con curiosidad hasta que, medio en serio, comenté:

    —Qué maraña de cables… parecen raíces de algo que todavía quiere crecer.

    Ella sonrió con tristeza, suspiró y dijo:

    —Durante años trabajé en el cine de la esquina —explicó—. Cambiaba los títulos de la marquesina y encendía el cartel cada noche. Hoy desarmé las letras y retiré estas lamparitas porque van a demoler el edificio. Al bajarlas sentí que apagaba algo más que un anuncio. Me traje estas lucecitas porque no sé qué hacer con ellas. —Nos miró—. ¿Cómo se sigue después de desenchufar algo que te alumbró tanto tiempo?

    Su confesión quedó flotando. Nadie contestó enseguida. Víctor se quitó la nariz, gesto de respeto, y yo me incliné hacia ella.

    —Mi viejo arregla heladeras —dije, buscando las palabras—. Siempre me repite que una bombita que se apaga no fracasa; simplemente hizo su trabajo. A veces dejar que se apague es cuidarla. Usted no la apagó: la despidió.

    La mujer asintió, con los ojos brillosos.

    Víctor buscó en su portafolios, sacó una galleta y se la ofreció.

    —En el circo apagamos las luces para que empiece la magia —dijo—. Tal vez desenchufaste para que algo nuevo se encienda. Los cables también necesitan descansar.

    Ella sonrió, respiró hondo y miró por la ventana. Al llegar a la siguiente parada se despidió en silencio. Cuando bajó, dejó una bombita en el asiento, como quien deja una semilla.

    Seguimos avanzando por calles que cambiaban. De pronto los carteles con nombres de calles dejaron de indicar países y empezaron a mostrar verbos: “Atreverse”, “Recordar”, “Perdonar”.

    El chofer tocó la bocina dos veces y anunció:

    —Próxima parada: Las Decisiones Pospuestas.

    Ahí bajó la mujer del bolso de bombitas, después de abrazarnos a cada uno con una intensidad inesperada. Su mirada ya no era de vacío sino de algo que no supe nombrar, tal vez una mezcla de cansancio y alivio.

    Bajaron también una pareja que discutía sobre pintar el living de verde. Subió un hombre viejo con un sobretodo marrón y una valija que parecía de madera. Tenía una nariz aguileña y manos grandes de obrero. Se sentó al lado de Víctor. El chofer lo saludó con un gesto. Abrigaba una bufanda con dibujos de relojes.

    —Hola —dijo, y su voz era grave, áspera, como si hubiera fumado toda su vida—. Soy relojero.

    —¿Relojero o coleccionista de relojes? —preguntó Víctor, mirando la valija.

    —Ambas —respondió el hombre, abriendo la valija con solemnidad—. Tengo aquí nueve relojes que no sirven. Uno marca siempre las tres y veintitrés, otro retrocede al mediodía, otro tiene manecillas que se mueven al ritmo de un tango. Los junto porque cada uno late distinto. Cada uno de mis relojes defectuosos tiene una historia.

    —¿Nos la contás? —pregunté, curioso.

    El relojero sacó uno de los relojes, enorme, con la esfera rajada y las manecillas dobladas.

    —Este era de mi abuelo —dijo—. Decía siempre: “Cuando muera, no me lloren, denle cuerda a este reloj para que mi hora se repita”. El día que murió, le dimos cuerda y el reloj se rompió. Nos quedamos mirando las piezas en el suelo, como si hubiéramos desarmado su vida. Su tiempo se completó. El mío, sin embargo, sigue.

    El relojero acarició el borde de la esfera durante un largo segundo y guardó los demás relojes sin nombrarlos. No hacía falta contar todas las historias; su gesto decía que cada objeto guardaba un pedacito de tiempo irrepetible.

    Nos quedamos fascinados escuchándolo. Su forma de hablar hacía que cada reloj tuviera un alma. El hombre sin cejas le dijo que veía frases en sus palabras. Yo pensé en mis tiempos malgastados, en mis noches enteras en Instagram, en mis tardes procrastinando. ¿Cuántas oportunidades se habían ido por quedar dormido en la vigilia?

    El colectivo siguió su marcha. Afuera, la calle se transformó en un bosque de libros gigantes. Las raíces se extendían hacia la calle, las copas eran capítulos que se abrían.

    Un gato naranja apareció de pronto, caminando sobre el borde de la vereda con la elegancia de un equilibrista. Colgaba de su cuello una cinta de cuero de la que pendía un reloj de bolsillo plateado. No parecía un reloj corriente: en vez de números había pequeños dibujos de lunas y soles. El gato no miraba el reloj porque sus ojos estaban al frente; en cambio, de vez en cuando levantaba la pata y tocaba con delicadeza la esfera, como si sintiera su latido.

    —Mirá —susurró Pedro, el hombre sin cejas—. Un minino que lleva el tiempo colgado.

    —¿Para qué querrá un gato un reloj? —pregunté.

    —Para recordarse que cada noche tiene siete vidas —respondió Víctor, con humor.

    El gato se detuvo un momento y se lamió la pata. En un movimiento brusco, la cinta se soltó y el reloj cayó al asfalto. Lo escuché rodar y chocar contra la rueda del colectivo. Mi corazón dio un salto.

    Sin pensarlo, tiré del cordón para avisar al chofer y grité:

    —¡El reloj del gato!

    El colectivero frenó con suavidad, como si supiera que a veces hay que detenerse por cosas que no parecen urgentes. Abrí la puerta y bajé. El aire de la madrugada estaba frío. El gato me observó con ojos amarillos inmensos mientras yo recogía el reloj. Al tenerlo en la mano, sentí que estaba tibio, como si de verdad latiera.

    Se lo acerqué al minino. Él acercó su hocico, olfateó y luego frotó su cabeza contra mi pantorrilla, como agradeciendo. Sus bigotes cosquillearon mi piel. Le puse de nuevo la cinta por detrás de la cabeza, cuidando de no lastimarlo, y ajusté el nudo. El gato parpadeó lentamente —una forma de decir gracias en idioma gato, según mi abuela— y se marchó con el reloj rozando su pecho, sin necesidad de mirarlo.

    Subí al colectivo con el corazón acelerado y las manos tibias. Víctor y Pedro me aplaudieron suavemente.

    —¿Por qué te importó tanto el reloj del minino? —preguntó el relojero, curioso.

    —Porque yo he perdido mis relojes varias veces —respondí, jadeando—. Y nadie me avisó. Perdí años distraído, trabajos, canciones, amores. Siento que se me caen los tiempos y no me doy cuenta. Hoy me pareció que podía ayudar a alguien, aunque fuera un animal que no mira relojes.

    Víctor asintió con una sonrisa.

    —A veces el tiempo es una excusa para no empezar —dijo—. “No tengo tiempo”, decimos. Pero si un gato puede cargar un reloj y no mirar nunca la hora, cualquiera puede hacerse cargo del propio tiempo, aunque sea para acariciarlo con la pata.

    Nos reímos. El chofer puso en marcha el motor y seguimos. Sentí que cada parada era una lección disfrazada de anécdota.

    Seguimos avanzando en silencio; cada uno pensaba en su propio compás. Afuera, el paisaje seguía transformándose con la misma naturalidad: bibliotecas convertidas en bosques, ferias que latían como corazones. Las conversaciones y confesiones se mezclaban con el ruido del motor, y yo sentía que el cuaderno que me había regalado Víctor ardía en mi bolsillo, esperando su turno.

    No sé cuánto tiempo habíamos recorrido cuando un hombre con gabardina oscura subió al colectivo. Tenía un pañuelo negro cubriendo su ojo derecho. El izquierdo brillaba con una intensidad ámbar que parecía contener muchos amaneceres. Llevaba un cuaderno pequeño en el bolsillo del pecho. Se sentó frente a mí y me examinó como si me conociera de antes.

    —Buenas noches —dijo. Su voz era suave, como si se hubiera quedado a vivir en una biblioteca.

    —Buenas —respondí.

    —Soy escritor —anunció, como quien dice “soy asmático” o “soy zurdo”—. Escribo novelas que no termino y cartas que nunca envío.

    —Yo… intento escribir —dije, consciente de que sonaba poco contundente.

    —¿Intentás o escribís? —preguntó, inclinando la cabeza—. Hay gente que dice que intenta nadar y otras que dice que nada. Si ponés un pie en el agua, ya estás nadando.

    —Escribo a veces —admití—. Pero me da miedo que sea malo, que sea ridículo, que no esté a la altura de mis autores preferidos. Me pasa lo mismo que con el amor: pienso que si no va a durar para siempre, no vale la pena intentarlo.

    El escritor se rió. Se tocó el parche.

    —Yo perdí este ojo por leer demasiado —dijo, y luego se corrigió—: En realidad lo perdí en un accidente doméstico, pero prefiero decir que lo perdí entre las páginas de un libro, suena más romántico.

    Se acomodó en el asiento.

    —¿Sabés qué descubrí? Que escribir es hablar con un amigo que te escucha sin interrumpir. Te propongo un trato: cuando escribas, hacelo como si escribieras para un amigo que no te juzga.

    Sacó de su bolsillo el cuadernito y lo abrió. Adentro había una sola frase escrita con tinta roja: “No dejes que el juez interno te arruine la fiesta”. Me lo tendió.

    —Guardalo —me dijo—. Úsalo cuando el juez te grite. Yo uso este parche para recordarme que no tengo que ver todas las imperfecciones. A veces hace bien no ver todo.

    Tomé el cuadernito como si fuera un amuleto. Lo guardé en mi chaqueta. Sentí que pesaba más de lo que parecía.

    Le conté al escritor de mis libretas a medio empezar, de las historias que abandoné porque me abrumaban, de Laura que me regaló un libro y nunca llegué a la mitad, de Hernán que me enseñó a tocar la guitarra y después se mudó. Él escuchó con atención y luego contó que su padre le cortó la corriente de adolescente para que saliera de la habitación y conociera a gente.

    —Él decía que uno no puede escribir de la vida si no la vive —sonrió—. Así que me obligó a salir y, cuando volví con el corazón roto, me escuchó. Desde entonces, cada vez que me frustro en una página, salgo a la calle, tomo un colectivo y escucho historias. Este colectivo es mi biblioteca ambulante.

    Me sentí afortunado. De golpe, las conversaciones se acumulaban en mi cuaderno sin siquiera haberlo abierto.

    El motor se detuvo frente a una plaza con una calesita iluminada. Era la parada de las segundas oportunidades. Bajamos varios: Víctor, el relojero, Pedro y yo.

    En el kiosco pedí mate cocido y unas medialunas; la mujer me dijo que la calesita no era solo para chicos, que girar sin rumbo ayuda a pensar. Me subí a un caballito y dejé que el viento me peinara. Mientras giraba, pensé en mi cuaderno cerrado en el bolsillo, en los comienzos no iniciados y las historias sin terminar. Sentí el viento en la cara y me reí de la sensación infantil de dar vueltas sin avanzar.

    Cuando la calesita se detuvo, regresé al colectivo con la cabeza más liviana. Le conté al chofer que me gustan los círculos. Él respondió que nadie empieza de cero y que cada vuelta agrega algo. Nos reímos.

    El relojero se sentó en su asiento y acarició uno de sus relojes. Un viajero tarareaba una melodía suave. El escritor se acomodó el parche.

    Yo abrí mi cuaderno de un tirón, como quien rompe un hechizo. Las hojas eran blancas, generosas. Escribí:

    “Peces plateados que vuelan frente a la ventanilla. Un payaso que guarda carpas, un relojero que colecciona horas defectuosas, un gato que acaricia su propio tiempo, una mujer que aprende a soltar cables, un viajero que tararea acordes, un escritor que se tapa un ojo para mirar mejor. Un colectivo que me lleva a lugares que no sabía que necesitaba.”

    Sentí una descarga. Miré mi letra torpe. Era fea y viva. Víctor ya no estaba, pero Pedro se asomó y leyó por encima de mi hombro.

    —Ya empezaste —dijo, sonriendo.

    Seguimos avanzando bajo la Cruz del Sur mientras todos parecían dormir o soñar despiertos. Cerré los ojos y dejé que las imágenes se mezclaran hasta que el timbre sonó en mi esquina. Bajé con el cuaderno abierto y el chofer me despidió con una sonrisa.

    Caminé hasta mi casa escribiendo frases sueltas. Me senté y escribí hasta el amanecer: diálogos, escenas que aún olían a mate cocido y a flores marchitas. Entendí que escribir también es girar, volver, dejar que algo nazca sin un final perfecto. Cerré el cuaderno y puse agua para el mate.

    Cuando escuché el primer colectivo del día, recordé que cada vez que dudara podría tocar el cuadernito rojo y pensar en el gato con su reloj. La hora de empezar siempre está a mano, incluso en la oscuridad.

    No sé si este cuento va a ganar algún concurso. Sé que nació en un colectivo que no necesitaba calles para avanzar.

    Cerré el cuaderno y puse agua para el mate.
     
    #1
    A Alizée le gusta esto.

Comparte esta página