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La versión que queda

Tema en 'Prosa: Generales' comenzado por Luciano_olivera, 29 de Enero de 2026 a las 2:54 PM. Respuestas: 0 | Visitas: 14

  1. Luciano_olivera

    Luciano_olivera Poeta recién llegado

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    Hombre

    «Esta llamada puede estar siendo grabada para fines de mejora del servicio», murmuraban las paredes como quien repite un mantra sin prestarle atención. Con el tiempo, aquella frase se confundió con el zumbido del ascensor. A veces un niño interrumpía, preguntaba qué era eso de mejorar el servicio, y un adulto se encogía de hombros: «nada, eso siempre estuvo ahí». Nadie recordaba un mundo sin el archivo de versiones. Estaba ahí, flotando en el aire como la presión: un ministerio, una red, un rumor. En los papeles lo llamaban Sistema de Conservación de Identidades.

    No se hablaba de sustitución sino de regreso. En los centros de barrio, un artefacto con sensores recogía gestos y humores sin hacer preguntas serias. No era consulta médica ni confesión, apenas una invitación a andar y charlar mientras antenas invisibles acumulaban registros. A intervalos que sólo el sistema conocía, se generaban copias parciales: una calma, una carcajada, un ademán. Cuando alguien se torcía —la palabra «crisis» abarcaba cualquier desviación incómoda— se activaba la penúltima versión. Nunca la primera, para evitar infancias perpetuas. Luego llegaba un aviso a los contactos: ya está bien, vuelve a ser funcional. Nadie advertía que esa persona no volvería a sentir desde ese lugar.

    Iván guardaba la imagen de un suelo acolchado y paredes azules. Tenía ocho años y una mujer desconocida le pedía que caminara, que dijera si prefería lo dulce o lo salado. De regreso, su madre preparaba la cena sin comentar nada. Más tarde vino el adolescente que se hacía fotos en el espejo, que soñaba con estudiar filosofía y acabó en logística porque le dijeron que era más seguro. Sus versiones se apilaron en una bóveda que nunca vio. Hasta que un día, sentado en la cocina, sintió que el tiempo era una pila de vasos sucios. La crisis no hizo ruido: se deslizó por debajo de la puerta. Dejó de ir a la oficina, de contestar mensajes, de hacer otra cosa que mirar una mancha de humedad en el techo. Entonces el sistema hizo su trabajo.

    No hubo sirenas ni uniformes. Una mañana se despertó con su cuerpo habitual y una respiración diferente. Recordaba la mancha, pero ya no le hablaba. Recordaba haber llorado bajo el agua, pero no podía recuperar la textura de ese llanto. En su teléfono parpadeó un logotipo sobrio: _Restauración completada. Versión 5.2 activada_. Debajo, la invitación a evaluar el servicio. Clara, su pareja, le apretó la mano con alivio. «Pensé que te perdía», dijo, exhausta. Un compañero mandó: _Bienvenido de vuelta, amigo_. El jefe colocó un proyecto atrasado sobre su escritorio. El mundo dio por hecho que aquello era una buena noticia.

    Los días siguientes caminó sabiendo que había sido otro. Su memoria no tenía huecos: recordaba discusiones, olores de pasillos tardíos, bromas de su hermano, canciones que había grabado para amigos. Podía verlos como quien ve diapositivas tras un cristal, sin atravesarlo. De pronto se descubría repitiendo un gesto —pasar el dedo por el borde de la taza antes de beber— sin sentir la urgencia que lo originaba. Era él y, sin embargo, era otro.

    Un día, camino del trabajo, entró en la oficina donde tramitaban restauraciones. No tenía un motivo. Por ahí quería ver si en el rostro de alguien se reflejaba su inquietud. En la sala de espera, una pantalla mostraba estadísticas de éxito y satisfacción. Un niño se balanceaba en una silla mientras su madre le sujetaba el hombro. En la pared, un cartel advertía: _No se permite la entrega de versiones a terceros_. Cuando le tocó, una funcionaria sonriente pronunció su nombre con soltura.

    —No vengo a hacer un trámite —dijo, buscando las palabras—. Me restauraron hace una semana. Sé quién era. Sé lo que pensaba. Pero no lo siento.

    Ella asentía, como quien escucha describir un viento.

    —Suele pasar —respondió—. La distancia entre memoria y afecto es común al principio. ¿Confusión en las tareas diarias?

    —Al contrario. Trabajo, duermo, como mejor. Me dicen que estoy más amable. Pero cuando recuerdo la última semana, es como si lo hiciera un testigo detrás de un vidrio. Me pregunto si la versión anterior fue destruida o sigue en algún sitio.

    —Las versiones no se destruyen —recitó ella—. Se archivan bajo la protección del Ministerio de Datos. Sólo se restaura si hay crisis. Son registros de estados que usted atravesó. No piensan. La conciencia es una continuidad; usted es todas sus versiones.

    Iván asintió para terminar la conversación. No es que imaginara a su yo anterior encerrado en un sótano pidiendo auxilio. Le inquietaba haber asistido a su propio entierro y haber vuelto a desayunar. Salió al sol: el vendedor de filtros de agua gritaba lo de siempre; un adolescente perseguía una pelota. Todo seguía. Pero él caminaba como si el piso hubiera cambiado de textura.

    Esa noche, Clara hizo pasta con albahaca. La lámpara trazaba un círculo preciso sobre la mesa. Clara hablaba de una compañera que había dejado de saludar porque estaba en crisis. «La van a restaurar pronto», dijo, anunciando algo inevitable. Iván escuchaba a medias. Recordaba la última discusión antes de su caída, cuando dijo que necesitaba un cambio. Podía reproducir cada palabra, la mano de Clara en el aire pidiendo silencio, pero no alcanzaba el ardor. Tenía una nostalgia sin temperatura, un recuerdo frío que no pinchaba los nervios.

    —¿En qué pensás? —preguntó ella.

    —En el sabor —contestó, porque el sabor era innegable.

    Ella lo miró buscando algo y volvió a los platos. Movían los brazos en coreografías aprendidas por otra versión de ellos, repartiendo las tareas. De repente, Iván preguntó:

    —¿Creés que era mejor antes?

    Clara posó el vaso con cuidado.

    —Eras más inestable —dijo—. Te enojabas por nada. No dormías. Vivías en recuerdos como si fueran presentes. Yo te repetía que volvieras, que te enfocaras. Y la restauración te trajo. Ahora estás. Eso me parece mejor.

    —¿Y si necesitaba esa inestabilidad? —insistió.

    —¿Para qué? —respondió ella, con dulzura y un límite—. Esto no va de heroicidad. Nadie quiere verte sufrir. Ni vos. Se trata de seguir.

    La frase quedó suspendida en el vapor. Al acostarse, Iván volvió a mirar la mancha del techo. Ya no era nada. Cerró los ojos y recordó el llanto sin sentirlo. Se vio niño en aquel suelo acolchado. Se imaginó viejo, recordando esta noche sin sabor. La idea de ser capas superpuestas le dio vértigo y calma. Cruel, inevitable.

    Con el tiempo, la distancia no se borró, se instaló como un ruido de fondo. Iván volvió al ritmo de siempre. Los amigos lo sacaron a tomar algo, el jefe lo felicitó por cerrar un contrato. Sonreía más, decían. Su hermano notaba algo en los silencios. La vida giraba alrededor de la nueva versión, como la vegetación que crece alrededor de una piedra.

    Una tarde visitó la zona donde trabajaban los digitalizadores. No era un edificio público, pero la frontera entre lo público y lo privado era difusa. Pasó por un corredor de puertas numeradas. Detrás de un vidrio opaco, dos personas en batas manipulaban un cilindro de acero. Podía imaginar matrices de otras personalidades circulando en ese metal. El olor a desinfectante se parecía al de un hospital. Un guardia se acercó: ¿tenía turno? No. Pues debía irse. Obedeció.

    En la calle, la tarde ardía en naranja. Un grupo de adolescentes danzaba al ritmo de una música que salía de ninguna parte. Iván se sentó en una banca. Pensó en las versiones de quienes pasaban, almacenadas, listas. Vidas que crecían hacia adentro. Vio un museo imaginario de vitrinas etiquetadas con gestos. Vio una sala donde alguien desaparecía y aparecía su copia. ¿Había sido él observado así por algún operador detrás de números y gráficas?

    Esa semana empezó a tener sueños: una biblioteca sin libros, con cajas transparentes que contenían figuras líquidas. Se acercaba a una y encontraba su rostro más joven, más cansado, más eufórico. Al tocarlo se deshacía. Otro sueño: un pasillo de espejos. Cada espejo devolvía un Iván con distinta ropa, distinto cabello, cicatrices extrañas. Se acercaba para hacer una pregunta y el reflejo le pedía silencio. Despertaba con la sensación de haber hablado con su propio eco en un idioma indescifrable. No había angustia ni alivio, sólo un zumbido de heladera en la cocina.

    Un domingo fueron con Clara a un parque que frecuentaban de adolescentes. Árboles altos, bancos descascarados, un lago artificial con patos y carpas. Los domingos, la gente sacaba sus versiones familiares: la que come helado, la que patea una pelota, la que compra artesanía. Iván caminaba cuando vio, en un banco, a un hombre de mirada conocida. Un rostro parecido al suyo con la expresión alterada. Una bufanda roja. Un cigarrillo.

    —¿Nos conocemos? —preguntó Iván, sintiendo un eco.

    —Quién sabe —respondió el otro—. Quizás cruzamos pasillos, coincidimos en algún semáforo.

    Sonrió y fumó.

    —Te restauraron hace poco —afirmó.

    Iván asintió.

    —¿Y a vos?

    —Hace años —dijo—. No recuerdo si era la 3.4 o la 6.1. Se confunde. Al principio es raro. Luego es normal. Luego olvidas que olvidaste.

    —¿Y qué sentís ahora?

    —Camino, duermo —encogió los hombros—. A veces me llegan imágenes de lugares que no pisé. Sueño con conversaciones que no tuve. Siento nostalgias que no sé si son mías. Y, sin embargo, pago cuentas, como, abrazo. La vida sigue, ¿no?

    —¿Alguna versión era mejor?

    —¿Mejor para quién? —miró el lago—. ¿Para trabajar, para amar, para dormir? Tal vez hubo una versión feliz. Tal vez la felicidad es un collage de minucias que se pierden en las mudanzas. Sólo sé que estoy acá. Y que la versión que queda es la que otros verán.

    Iván pensó en la palabra _quedar_: la prenda que queda en el fondo del armario, el último invitado que no se va, el sabor que se impregna en una cuchara de madera. ¿Después de varias restauraciones, quedaba un residuo sin forma?

    —¿Nunca intentaste entrar al archivo? —preguntó.

    El hombre soltó una carcajada breve.

    —Todos lo piensan al principio —respondió—. Algunos lo intentan. Hay foros, grupos, teorías. Unos juran que si accedes a todo podés recomponerlo y ser algo completo. Otros dicen que enloquecerías. El sistema lo impide. Y si pudieras, ¿qué harías con ese cúmulo? ¿Podrías cargarlo? ¿Querrías? Tal vez el archivo sea un depósito sin alma y nuestros pensamientos sean proyecciones. Tal vez no exista eso que llamás alma.

    Clara lo llamó desde un puesto de helados. Iván se levantó, agradeció al desconocido y se acercó a comprar uno. Mientras ella hablaba de un documental sobre colonias submarinas, Iván seguía con medio oído en la conversación con el hombre de bufanda. Sintió que compartían una lengua secreta; una mirada que reconocía la rareza en otros restaurados.

    Esa noche, en la cama, Clara le preguntó de qué habían hablado. Él resumió.

    —¿Por qué te inquieta esto? —preguntó, mirando el techo.

    Él podría listar razones: el desarraigo, la empatía por su yo anterior, la curiosidad por un destino común. Se deshacían al pronunciarlas.

    —No sé —dijo—. Tal vez porque seguir vivo como alguien que ya no soy es raro.

    —Todos cambiamos —dijo ella—. Siempre somos alguien que ya no somos. Vos lo estás sintiendo de golpe.

    La frase quedó flotando como polvo en la luz. Se durmieron abrazados.

    Con los meses, Iván dejó de hablar del tema. No porque hubiera hallado respuestas, sino porque las preguntas se integraron al ruido de fondo. Cuando veía anuncios que celebraban la eficacia del sistema, sentía una punzada. Cuando oía que la restauración salvaba matrimonios, pensaba en la crueldad implícita. Pero pagaba impuestos que sostenían el sistema, caminaba por calles diseñadas por restaurados, tarareaba canciones compuestas por voces que quizás ya no sentían lo que cantaban.

    Un día lluvioso, se encontró en un café escribiendo una lista de palabras: _mancha_, _versión_, _archivo_, _nostalgia_, _eco_, _bóveda_, _superficie_, _cuchara_. Las anotó sin orden, como quien atrapa insectos. Luego vio que no decían nada. Sonaban bien juntas. Guardó el papel en el bolsillo y salió bajo el agua.

    El olor a tierra mojada llenaba la calle. Los charcos reflejaban el neón. Un niño saltaba en un charco con botas amarillas. Una vieja protegía una planta bajo plástico. Un perro olfateaba revistas viejas. Todo parecía a la vez presente y recuperable. Iván apretó la lista en el bolsillo. Tal vez la hacía para recordar que alguna vez escribió su desconcierto. Tal vez para imaginar que en otra versión futura encontraría ese papel y no sabría de dónde salió.

    Pasaron años. Cumplió cuarenta, luego cuarenta y cinco. En algún momento lo restauraron de nuevo, quizá tras la muerte de un amigo, quizá por bajo rendimiento. No recordaba cuándo. Lo supo porque un día despertó y los meses previos eran álbumes que se dejaban mirar sin nostalgia. Aquel papel con la lista apareció entre sus cosas. No lo recordaba. Leyó: _mancha, versión, archivo, nostalgia, eco, bóveda, superficie, cuchara_. No podía asociarlas a ningún sentimiento. Sonaban como un poema absurdo. Lo guardó en otro cajón.

    No volvió a oficinas ni parques buscando respuestas. Las preguntas se diluyeron en el cansancio. A veces, de noche, creía oír a alguien revisando sus versiones como quien hojea un álbum ajeno. A veces, al lavar una cuchara, le parecía sentir la mano de un niño de ocho años sosteniendo un lápiz sobre un suelo blando. No sabía si era memoria, invención o coincidencia. La vida seguía, sin moralejas, sin cierres.

    Un día cualquiera, preparando café, Iván se vio en la ventana: un hombre de cabello entrecano, ojos cansados, una cicatriz en la ceja que no recordaba. Sobre su reflejo, destellos de otros rostros familiares y extraños. No intentó ordenar la extrañeza. Se sirvió el café, pasó el dedo por el borde de la taza, no porque sintiera algo, sino porque esa era la versión que quedaba.
     
    #1

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