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El Vestido Blanco

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 31 de Enero de 2026 a las 5:29 PM. Respuestas: 1 | Visitas: 27

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    La ciudad era un cadáver que aún latía. En las noches de verano, el asfalto de Buenos Aires exudaba un olor a meados viejos y birras derramadas, y las luces de neón en Recoleta parpadeaban como ojos cansados que se negaban a cerrarse. Allí vive él, en un departamento angosto del tercer piso de un edificio estilo francés que alguna vez fue elegante y ahora solo huele a humedad y a secretos que se pudren detrás de los tapices.

    Su nombre es Gabriel. Treinta y cuatro años, rostro delgado, ojos de un azul tan claro que parecen lavados por demasiadas lágrimas que derramó. Escribía poemas en servilletas de bar y los guardaba doblados en el bolsillo interior de una campera de cuero color café. Ella es su musa, su religión privada. Su nombre es Florencia.

    Flor tiene veintisiete años, el cabello negro azabache que cae en ondas pesadas hasta la cintura y una boca que parece siempre a punto de contar un secreto que te destrozaría. Trabaja en un departamento de la calle Arenales, detrás de una puerta roja con un número de bronce oxidado: 4B. Allí recibe a sus «clientes». Hombres con trajes caros y almas baratas. Hombres que pagaban por lo que a Gabriel le da gratis: su cuerpo, su risa, la ilusión de que alguien en el mundo los deseaba de verdad.

    Él no la juzga. O eso se repite mientras camina hacia ella cada tarde, cruzando la plaza Francia donde los perros flacos duermen bajo los Tipas y las estatuas de próceres miran al vacío con ojos de piedra. Para Gabriel, incluso los grafitis en las paredes parecen versos de amor escritos por ángeles borrachos. Los contenedores de basura rebosantes son altares. El mundo entero se ha convertido en el paraíso desde que Florencia existe para él.

    Gabriel llega puntual, como siempre, con un termo bajo el brazo y un paquete de facturas de la panadería de la esquina. Florencia le abrió la puerta descalza, envuelta en una bata de raso raída que dejaba ver un tatuaje desvaído de una rosa en el tobillo.

    —El poeta romántico —le dijo, con esa sonrisa torcida que le arrugaba la comisura de los ojos—. Pasá, che, antes de que los vecinos piensen que soy santa por recibir visitas gratis.

    Se sentaron en el sillón hundido, mate en mano. Ella ceba con maestría, pasándole el primer sorbo, aunque él protestara.

    —No seas boludo, vos sos el que trae el combustible.

    Se reía, y le revoloteaba el pelo como a un hermano menor y luego le hablaba de su trabajo sin filtros.

    —Hoy vino un gil con corbata a rayas que me contó su vida entera mientras yo fingía interés. «Flor, sos mi salvación», me dice. Y yo pensando: «Salvación cobra por hora, boludo».

    Su risa era ronca, genuina, pero siempre terminaba en un suspiro.

    —Vos no sos como ellos, Gaby. Vos me mirás como si fuera la Virgen de Luján, aunque con UNAS tetas como las de Moria Casán.

    Y se reía fuertemente. Gabriel se sonrojó, y después balbuceó algo sobre sus poemas. Ella le tomaba la mano, seria de pronto:

    —Escribí uno para mí hoy. ¿Querés?

    Y él obedeció, mientras ella lo escuchaba con los ojos cerrados, fumando un pucho a medias. Sabía que él la amaba como a una diosa inalcanzable. Y él para ella, era su refugio, el único que no pagaba por su tiempo.

    —No me pidas casamiento, loco —murmuraba a veces, en broma—. Yo soy de las que rompen vajilla, no de las que la lavan.

    Esa tarde, antes de irse, ella le plantó un beso en la frente, como a un niño.

    —Volvé mañana, Gaby. Traé más versos. Me hacen creer que el mundo no es tan mierda.

    Él le prometió volver. Luego se acomodó la campera y caminó junto a ella hacia la puerta. En el trayecto ella le dijo:

    —¿Sabes qué es lo que más me gusta de vos?
    —¿Qué? —repreguntó mirándola a los ojos.
    —Que vos no me preguntas cada medio minuto si te amo —respondió haciendo un gesto pícaro.

    Gabriel la miró fijamente y le dijo con el alma desnuda:

    —Pasa que no necesito escuchar lo que directamente me demostrás y me hacés sentir. Esa pregunta tiene una respuesta que ya sé.

    Flor le saltó al cuello y le dio un beso que confirmaba eso. A pesar de que quisiera negarlo, lo amaba. Aunque también por eso se sentía culpable debido a su pasado, su presente, de lo que no sabe como escapar para tener un futuro. Preferentemente con él.

    Ella se quedó en el umbral viéndolo irse, mientras por dentro se decía: «La puta madre, ¡qué lindo sería que sí me pida casarnos y dejar atrás toda esta mierda!». No sospechaba que Gabriel sí que había mantenido ese pensamiento.

    Al día siguiente iba caminando con una sonrisa de oreja a oreja. Había comprado el vestido blanco en una boutique de la Avenida Alvear, una tienda que olía a perfume francés y a dinero antiguo. Era de seda salvaje, con encaje de Chantilly en el escote y una cola que rozaba el suelo como un susurro. Lo llevaba doblado en una bolsa de papel madera, junto a una cajita de terciopelo negro que contenía un anillo de diamante de dos quilates. Esa noche iba a pedirle que se casara con él. Ya tenía reservada la mesa en un restaurante del puerto donde se comía mirando el río marrón y se podía creer, por un rato, que la vida era limpia.

    Subió las escaleras del edificio viejo. El ascensor estaba roto otra vez. El pasillo del cuarto piso olía a faso y a desinfectante barato. La puerta 4B estaba entreabierta. Un hilo de luz amarillenta se derramaba sobre el felpudo raído. Presintió algo malo. Ella siempre tenía la puerta cerrada.
    Empujó la puerta.

    El departamento era pequeño, recargado de espejos y telas rojas. El aire estaba pesado, cargado de un olor metálico que Gabriel reconoció demasiado tarde. En la cama deshecha, Florencia yacía desnuda, boca abajo, con el cabello negro derramado sobre la almohada. Un hombre estaba encima de ella. Grande. Corpulento. Vestido solo con una camisa blanca manchada de sudor. Movía las caderas con violencia, como si quisiera borrar algo de ella a fuerza de golpes. Por la posición de la cama estaba de espaldas y no podía ver su rostro, y tampoco ser visto.

    Gabriel vio los moretones frescos en los brazos de Flor. Vio que no se movía. Vio la sangre que empezaba a manchar las sábanas de color rosa que él le había comprado hace un mes.

    Algo se rompió dentro de su pecho, un sonido seco como una rama helada que se parte en dos.

    El hombre no lo había oído entrar. Gabriel dejó caer la bolsa con el vestido. El papel crujió como huesos. Caminó hasta la mesita de luz, abrió el cajón donde Florencia guardaba el fierro —una Bersa TPR9 que le había regalado un cliente policía— y lo tomó. El metal estaba frío. Pesado.

    El primer disparo fue en la nuca. El cuerpo del hombre se tensó un segundo, como si el dolor lo hubiera sorprendido en medio de un sueño agradable, y luego cayó hacia adelante, aplastando a Florencia bajo su peso. La sangre brotó caliente, salpicando la pared, el techo, la cara de Gabriel. El segundo disparo fue innecesario, pero lo hizo igual. Y el tercero. Y el cuarto. Como también fue innecesario el quinto. Y siguió hasta que el percutor golpeó por decimoséptima vez.

    Se acercó tambaleándose. Apartó el cuerpo inerte con unas manos que ya no sentían nada. Florencia tenía los ojos abiertos, fijos en un punto que ya no existía. Un hilo de sangre le salía por la comisura de la boca. Estaba fría.

    Gabriel se arrodilló junto a la cama. Luego se puso de pie y tomó el vestido blanco de la bolsa y lo levantó como si fuera una mortaja. Lo acercó al cuerpo de Florencia, su Flor, queriendo cubrirla, queriendo borrar lo que había visto. La seda absorbió la sangre como una esponja hambrienta. El blanco se volvió carmín, luego granate, luego negro. Y entonces con furia giró el cadáver del hombre. Y vio una cicatriz familiar que le heló la sangre.

    Debajo del pelo empapado en sangre y sesos, debajo de la máscara de muerte, estaba el rostro de su padre. El mismo que lo crió en Villa Soldati con abrazos que olían a venganza. El mismo que se quebró quince años atrás cuando un fisura mató a puñaladas a su madre llamándola «puta de mierda tacaña» luego de que esta no tuvo una moneda para darle. El mismo que ahora yace semidesnudo y muerto a un costado de la cama de la mujer que Gabriel amaba, con la pija aún dura.

    Gabriel soltó un alarido. Era el grito de algo que acababa de descubrir que había estado muerto desde siempre.
    Tomó la semiautomática otra vez. Se sentó en el suelo, entre charcos de sangre que reflejaban las luces rojas del cartel de neón de la calle. Puso el cañón debajo de su barbilla. Y apretó el gatillo.

    La Bersa TPR9 tiene 17 tiros en el cargador. Pero en algunos casos hay que sumar una bala extra en la recámara.

    El último pensamiento que tuvo fue que, antes del fin, es que el vestido blanco estaba completo: teñido del color exacto de su amor.
     
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  2. Alde

    Alde Miembro del Jurado/Amante apasionado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    En ocasiones, la búsqueda del amor y la felicidad puede llevar a resultados devastadores.

    Le saludo nuevamente
     
    #2
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