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La Muerte viene por mí

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 6 de Febrero de 2026 a las 6:54 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 24

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Es mi destino, y acaso mi salvación, dejar constancia de lo que ningún hombre debería confesar; pero si el silencio ha de ser mi cadena perpetua, que al menos estas líneas lleven la verdad que ha envenenado mi vida con un amor más oscuro que la noche misma. Escribo esto en una celda fría de Newgate, el 31 de diciembre de 1888, mientras las campanas de Londres repican la medianoche y el año nuevo se acerca como un verdugo disfrazado de esperanza. Mi nombre ya es leyenda y maldición: algunos me llaman Jack, otros Saucy Jacky, pero yo soy simplemente el Niño que la Muerte tomó en sus brazos una gélida noche de enero de 1862.

    Aquel invierno aún está grabado en mi piel como con un cuchillo helado. Tenía dos años, o tal vez menos; el hambre y el frío habían borrado los números de mi edad. Mi madre —pobre criatura sin nombre propio, solo «la mujer del callejón» para los que pasaban— me mecía contra su pecho hundido, cantando una nana rota que apenas era un susurro. Yo dormía, o fingía dormir, porque el sueño era el único lugar donde no dolía el vacío del estómago.

    Entonces llegó Ella.

    No la vi llegar; nadie ve llegar a la Muerte cuando viene. Solo sentí el cambio; el cuerpo de mi madre se volvió pesado de pronto, como si toda la miseria del mundo se hubiera concentrado en sus huesos. Sus brazos se aflojaron. La manta cayó. El frío del Támesis helado me golpeó como un latigazo.

    Abrí los ojos y lloré. No era llanto de un niño; era el grito de quien comprende, con la claridad brutal de los inocentes, que el mundo se ha partido en dos y que ya nunca volverá a encajar.

    Y entonces la sentí.

    Una presencia más fría que el hielo, más negra que la niebla del río. Me alzó. Sus brazos no eran brazos, sino ausencia de calor, pero me envolvieron con una ternura que ningún ser humano me había dado jamás. Aún llevo guardada su esencia a flores marchitas. Me cantó. Su voz no era voz, era el eco de todas las tumbas, el susurro de los ataúdes cerrándose, el último suspiro de los moribundos. Y sin embargo, en su canto había amor. Un amor terrible, absoluto, que no pedía nada a cambio. Y desde aquella noche, Ella nunca me dejó.

    Crecí en diversas casas hasta acabar en los orfanatos de Whitechapel, entre niños que morían de tifus y guardianes que morían de ginebra. Pero yo no moría. Sobrevivía. Siempre sobrevivía. Porque Ella velaba mis sueños. A veces, en las noches más crudas, la sentía sentarse al borde de mi catre, mecer el aire alrededor de mi cabeza, cantar esa nana que era lamento y promesa:

    Duerme, duerme, pequeño mío.
    Duerme, aunque la que te mece
    sea la misma que mató a tu madre…


    Y yo, en la oscuridad, extendía mis bracitos hacia Ella y susurraba:

    «No te vayas».

    Con los años aprendí que el mundo era cruel con los débiles, pero especialmente cruel con las mujeres como mi madre. Las que vendían su cuerpo por unas monedas, las que terminaban en callejones con la garganta abierta por el frío o por la desesperación. Las veía pasar por Buck’s Row, por Dorset Street, por todas las venas negras de Whitechapel. Y en cada una de ellas veía a mi madre. En cada una veía lo que la miseria hace a los que la Muerte no se lleva a tiempo. Comprendí, con la claridad de quien ha sido amado por lo inevitable, que podía devolverle el favor.

    La primera fue Mary Ann Nichols, el 31 de agosto. La encontré tambaleante, borracha de desesperación más que de ginebra. Le ofrecí ayuda. La llevé a un lugar oscuro. Y allí, con un cuchillo que parecía cantar en mi mano, le di el regalo más grande que un hombre puede dar: la paz inmediata. Corté su sufrimiento como quien corta una cuerda demasiado tensa. La abrí para que su alma escapara más rápido. Y mientras la sangre caliente empapaba la niebla, susurré:

    «Esto es para Ti, Madre mía. Para que sepas que no he olvidado».

    Las siguientes fueron ofrendas también: Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes, Mary Jane Kelly… Cada una recibía mi cuchillo como un beso de liberación. Cada una era un «gracias» escrito con rojo sobre los adoquines de Whitechapel. Y las cartas… ah, las cartas. Las enviaba a la policía, a los periódicos, firmadas «From Hell» o «Saucy Jacky», porque quería que Ella supiera que yo no me escondía. Quería que el mundo entero hablara de mí para que su nombre —aunque nunca lo pronunciaran— resonara en cada conversación aterrorizada.

    «Atrápenme si pueden», escribí, porque sabía que nadie podría. Ella me protegía.

    Pero esta noche, la última del año, mientras escribo estas líneas que nunca serán leídas, la siento llegar de otro modo. No como protectora. No como madre.

    La puerta de mi celda (porque sí, me atraparon al fin, o creyeron atraparme) se abre sin ruido. La niebla entra primero, luego Ella. Ya no es sombra: es una figura alta, encapuchada, con la guadaña que los hombres imaginan, pero que yo sé que no necesita. Sus ojos —dos pozos sin fondo— me miran con algo que nunca había visto en ellos: tristeza.

    —Mi pequeño… mi vida… —susurra, y su voz es un lamento como de mil viudas—. ¿Esto es lo que crees que quería de ti?

    Me arrodillo. Tiemblo. Por primera vez en mi vida, tiemblo de verdad.

    —Yo… te ofrecí almas. Le di paz a las que sufrían como mi madre. Y a ti mi devoción…

    Ella se acerca. Su mano helada toca mi mejilla, y siento que la vida misma se retira de mi piel.

    —No quería sacrificios, niño mío. Quería que vivieras. Que crecieras. Que encontraras, tal vez, un poco de la luz que yo nunca podré darte. Mi piedad aquella noche fue un error… y tu respuesta ha sido convertir mi error en abominación. Las lágrimas —lágrimas verdaderas, calientes— caen por mi rostro.
    —Entonces… ¿por qué me salvaste?
    —Porque eras inocente. Porque tu llanto partió algo en mí que creía muerto para siempre. Pero la inocencia no justifica la sangre derramada en su nombre.

    Se inclina. Su aliento es el último aliento de todos los que han muerto.

    —Has llamado demasiado la atención, pequeño. El mundo ahora me busca en cada sombra, y yo solo quería mecerme en silencio contigo. Es hora de terminar esto.

    Alzo la vista.

    —¿Me llevarás contigo al fin?

    Ella niega con lo que podría ser una cabeza.

    —No. Te llevaré lejos. Donde nadie vuelva a encontrar al niño que crié ni al monstruo que en se convirtió. Vivirás, porque esa es la única penitencia que puedo imponerte: vivir con lo que has hecho, lejos de mí, lejos de todo.

    Y entonces la niebla me envuelve. Siento que el tiempo se dobla, que Londres se aleja, que 1888 se disuelve como la sal en el agua.
    Cuando la niebla se disipa, estoy en otro lugar, otro tiempo. Un hombre sin nombre, sin pasado conocido. Jack el Destripador simplemente… desapareció. Los periódicos hablaron de suicidio, de huida a América, de mil teorías. Pero la verdad es más sencilla y más terrible: La Muerte vino por mí.

    No para matarme. Sino para salvar al mundo de su hijo pródigo.Y desde entonces vivo, en algún rincón olvidado del futuro, esperando que un día Ella regrese. No para castigarme; sino para, tal vez, cantarme de nuevo aquella nana.

    Duerme, duerme, pequeño mío…
    Duerme, aunque ya nadie te mece.
    Duerme, pequeño mío…
    Que la Muerte es tu verdadera madre.
     
    #1
    A Alizée y Luis Libra les gusta esto.

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