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La vecina

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 27 de Febrero de 2026 a las 6:09 PM. Respuestas: 0 | Visitas: 24

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    En los veranos de mi infancia, en el barrio viejo de Lima, lleno de casas apiladas y patios que olían a hierba recién cortada, el tiempo parecía detenerse. Éramos un puñado de niños salvajes: mis hermanos, mis primos y yo, persiguiendo un balón de plástico rojo que siempre terminaba volando por encima del muro de los vecinos. Los Ramírez eran casi familia. Don Luis, con su risa fácil y su bigote gris, y su esposa Marta que siempre nos regalaba limonada fría cuando el sol quemaba. Nos habían dicho mil veces: «Si el balón cae y no vuelve, entren nomás, muchachos. La puerta del patio nunca está con llave». Y así lo hacíamos, sin pensar, sin miedo.

    Todo cambió cuando la señora Marta se embarazó. Al principio fue una fiesta: mi hermana y mis primas le bordaron mantitas, mi mamá le llevó caldos, y don Luis andaba inflado como pavo real, todo orgulloso. Pero después del parto algo se rompió dentro de ella. Lo notamos todos, aunque nadie lo decía en voz alta. Doña Marta ya no salía al patio. Se quedaba horas mirando la pared con la bebé en brazos, como si no supiera qué hacer con ella. A veces la niña lloraba y ella solo la apretaba más fuerte, con los ojos perdidos, hasta que don Luis se la quitaba casi a la fuerza.
    «Está cansada», decía él. Pero no era cansancio. Era otra cosa. Algo que le comía el alma desde adentro.

    La relación se pudrió despacio, como fruta que se echa a perder sin que nadie se dé cuenta hasta que huele mal. Al principio eran discusiones entre susurros detrás de las ventanas cerradas. Luego gritos. Él la llamaba loca. Ella lloraba casi sin fuerzas, con la cara hundida en las manos. Una noche lo oímos todo el barrio: don Luis gritando que casi asfixia a la bebé con la almohada mientras dormía.

    —«¡Estás enferma, carajo! ¡Loca de mierda!».

    Y ella solo sollozaba, con un sonido seco, como si ya no le quedaran lágrimas.
    Una mañana don Luis anunció que se iba de viaje por trabajo. Dos semanas, dijo. Besó a la niña, ni miró a su esposa, y se fue. Nosotros los niños seguimos jugando. Nadie sabía que se había casado en secreto con una mujer nikkei que le había dado los papeles y se mandaron a volar a Japón. Luego corrió el rumor de que había vaciado la cuenta conjunta y que dejó una nota que doña Marta encontró días después. Cuando la leyó, algo se quebró del todo. Se quedó sentada en la cocina, mirando el vacío, con la bebé durmiendo en la habitación de al lado.

    Unos días después la vimos saliendo con la bebé en brazos y nos saludó desde el portón, con una sonrisa como la que tenía antes de sufrir por la depresión postparto. Le dijo a mamá que iba a donde su madre a dejarle a la niña porque tenía que hacer unas diligencias.

    —«Me voy a hacer unas compras, pequeños. Cuídense», nos dijo. Le devolvimos la sonrisa y entramos a jugar al patio trasero de la casa.

    Horas después, como siempre, el balón voló al patio de los Ramírez. Como presumíamos que no había nadie en casa decidimos ir por él. Mi hermano y yo corrimos. Yo llegué primero.
    El balón estaba justo frente a la puerta abierta de la cocina. Me acerqué a tomarlo y sentí el frío recorriéndome la espalda, un frío que no era del aire, sino que venía como un glaciar sobre la piel. Levanté la vista. Allí estaba ella. Y la vi.

    Colgaba de la viga maestra, descalza, con el camisón blanco manchado de orina. El cuello torcido como si fuese una escuadra. Pero lo peor eran los ojos. Negros, enormes, fijos en mí. No parpadeaban. Me miraban como si me reconocieran. Como si me esperaran desde siempre. La boca abierta en un grito que nunca salió. El pelo largo, negro, pegado a la cara por el sudor de la muerte. Y se balanceaba apenas, como si algo invisible la empujara.

    Grité. Grité tanto que me quedé sin aire. Mi hermano llegó, me tapó los ojos, la boca y me sacó a rastras. Pero ya era tarde. Esa imagen se tatuó detrás de mis párpados para siempre.

    La policía vino. Los periodistas. Mi mamá me abrazó tan fuerte que casi me rompe las costillas. Nunca conté lo que vi de verdad. Solo dije que la había encontrado colgada. Querían hablar con quienes la hallaron pero no lo autorizaron porque éramos niños.

    Fue algo terrible, pero que el barrio, como siempre hacen los que no quieren recordar, lo olvidó.

    Los años pasaron. La casa se vendió. Nuevos vecinos, nuevos niños, nuevas risas. Mientras yo crecía con la luz encendida todas las noches, porque en la oscuridad veía su silueta en las cortinas, en las perchas, en la cuerda de tender ropa. Veía esos ojos. Y pasé mil noches en vela, hasta enfermarme de insomnio.

    Quince años pasaron, y un día la niña —ya adolescente— volvió. Se llamaba Lucía. Se mudó dos casas más allá de la mía, quedando en medio la casa de la tragedia. Allí vivían otros parientes suyos, y con su abuela, que es quien la crío desde aquel día, habían llegado allí para vivir en anticrético. Era guapa, callada, con algo triste en la mirada que recordaba a su madre de quien no tenía memoria, para ella su única madre era su abuela. Nadie podía imaginar que su llegada fue el detonante para una serie de ataques.

    Las víctimas eran los hombres que vivían en la casa que una vez fue de sus padres. Despertaban con manos invisibles en la garganta, sintiendo que los ahorcaban. Con moretones en el cuello que aparecían de la nada. La hamaca del patio se mecía sola a las tres de la mañana aunque no hubiese viento. Los perros aullaban mirando hacia el muro que separaba las dos casas. Los amigos que iban de visita salían corriendo, diciendo que alguien los observaba desde las sombras.

    Una noche mi hermano mayor fue a jugar cartas allí. Estuvo horas riendo, bebiendo cerveza. Hasta que miró hacia el patio.

    Y la vio.

    Estaba de pie junto a la cocina, descalza, con el mismo camisón blanco sucio. Con el cuello roto. Con el pelo largo y azabache tapándole media cara. Pero los ojos… esos ojos negros, hundidos, que brillaban como carbones ardiendo, lo miraron fijo.

    Mi hermano se levantó y les dijo que le dolía la cabeza y salió lo más rápido que pudo. Nunca volvió. Llegó a la casa, blanco como papel, diciendo: «Era ella… era ella, pero peor. Como si hubiera estado esperando».

    Santiguaron la casa tres veces. Trajeron a un cura, un curandero, hasta un medium que salió gritando y no quiso cobrar porque sintió que alguien lo estaba asfixiando.

    Nada funcionó.

    Los ataques seguían. Cada noche alguno de los varones de la familia despertaba con unas manos invisibles prestas a lastimarlos, pero solo atacaba a los hombres, quizás porque le recordaban a aquel esposo bígamo.

    Fueron muchas noches de tortura. Hasta que, cinco años después de su llegada, Lucía se mudó a otro barrio.

    Habían cumplido sus años de anticrético y tuvieron que irse. Y tras eso… el silencio.

    La hamaca quieta. Los perros callados. Los hombres durmiendo sin marcas en el cuello.

    Paz.

    Al menos para los vivos.

    Quienes ruegan porque a Lucía no se le ocurre volver.

    Esta es una historia real. Esto es algo que vi y se me quedó grabado en fuego. Tanto que aún duermo con la luz prendida, porque en la oscuridad… aún veo a mi vecina.
     
    #1
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