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El último hombre en la Tierra

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 22 de Febrero de 2026. Respuestas: 2 | Visitas: 80

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    El hombre se llamaba Gabriel Ortiz. Tenía cuarenta y dos años, una cicatriz en la ceja izquierda de cuando su padre lo golpeó con una botella de ron, y un trabajo que nadie quería: bajar cada mañana a las alcantarillas de Madrid para desatascar las venas negras de la ciudad. Le pagaban poco, pero le bastaba para el alquiler de un piso estrecho en Carabanchel y para que Ana, su mujer, no tuviera que limpiar más casas ajenas. Tenían dos hijos: Lucía, de nueve, que dibujaba caballos con alas, y Mateo, de cinco, que aún dormía abrazado al osito de peluche al que le faltaba un ojo.

    Aquella mañana de agosto, Gabriel bajó como siempre a las seis y media. El aire bajo tierra olía a mierda y a lejía vieja. Llevaba los auriculares puestos y escuchaba una lista de canciones que Ana le había grabado: Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, cosas que ya nadie ponía. Cuando la primera bomba cayó, él estaba hasta las rodillas en aguas fecales, quitando una rata muerta que se había enredado en una bolsa de plástico. Sintió la vibración antes que el sonido: un trueno que le subió por las piernas y le apretó el pecho. Luego vino el estruendo, tan grande que pareció que el planeta se partía la crisma. Allí quedó inconsciente en la mierda por unos minutos.

    Al volver en sí subió por la escalera de servicio oxidada cuando ya todo había terminado. Empujó la tapa de la alcantarilla y salió a un mundo que había dejado de ser mundo.

    Madrid ya no estaba.

    Donde antes había tráfico y bocinas y gente gritando por el móvil, ahora había silencio y ceniza. Los edificios se habían doblado como si fueran de cartón mojado. Los coches eran cáscaras negras con formas humanas quemadas dentro, como fotografías de negativos. En Vista Alegre, una mujer seguía sentada en el banco del autobús, pero ya no tenía cara; solo un hueco carbonizado donde habían estado los ojos, y aún abrazaba algo pequeño que alguna vez fue un niño. Parecía una de esas figuras de Pompeya que Gabriel vio una vez en un documental, solo que esta madre no había tenido tiempo ni de gritar.
    Caminó sin rumbo, llamando nombres que ya no existían. Ana. Lucía. Mateo. El aire quemaba los pulmones. Sabía lo que era la radiación; había visto películas, había leído los carteles de protección civil que nunca nadie se tomaba en serio. Cinco días después, la piel de sus antebrazos empezó a levantarse en ampollas transparentes. Luego vinieron las llagas que no cerraban. Luego los gusanos, pequeños y blancos, que se metían en la carne abierta como si ya estuviera muerta. Se los quitaba con los dedos y seguían saliendo más. El pelo se le caía a mechones; cuando se miraba en los cristales rotos de las tiendas, veía un rostro que se deshacía lentamente, como cera bajo una llama invisible.
    Se refugió en su antiguo piso, el único lugar que aún reconocía. La puerta colgaba de una bisagra. Dentro, el tiempo se había detenido a las 8:14 de la mañana: el café seguía en la mesa, frío y con una piel seca encima; el dibujo de Lucía, un caballo alado de colores chillones, estaba pinchado con una chincheta en la nevera.

    Encontró el cuerpo de Mateo en su cama. El niño se había escondido debajo de la manta cuando empezaron los temblores. La explosión lo había quemado vivo, pero la manta seguía abrazándolo, como si la tela hubiera querido protegerlo hasta el final. Gabriel no tuvo fuerzas para enterrarlo. Lo dejó allí, con su osito tuerto, sin poder cerrar la puerta del cuarto pues era incapaz de verle en un ataúd.

    Los días se volvieron una sola noche larga. Bebía agua de los charcos negros que quedaban en los baños rotos, sabiendo que cada sorbo lo mataba un poco más rápido. Vomitar sangre se volvió rutina. A veces se quedaba mirando la foto familiar que aún colgaba torcida en la pared del salón: los cuatro sonriendo en la sierra de Guadarrama, dos veranos atrás. Las lágrimas le caían por las mejillas muertas y se quedaban ahí, espesas, sin evaporarse.

    La duodécima noche, algo crujió afuera. Una madera del suelo del descansillo, la misma que siempre rechinaba cuando Ana volvía tarde del turno de limpieza. Gabriel se levantó despacio; las piernas le temblaban como si fueran de gelatina podrida. Cogió la pistola del cajón —una vieja Star 30M que su suegro le había dejado “por si acaso”— y se acercó a la puerta con el corazón latiéndole en la garganta como un animal encerrado.

    Observó por la mirilla. Allí estaban.

    Ana estaba de pie en el umbral, pero ya no era Ana. La piel del rostro se le había desprendido en tiras que colgaban como cortinas quemadas; los ojos eran dos pozos blancos, lechosos, que aún buscaban algo. A su lado, Lucía —su pequeña Lucía— tenía la mitad de la cara hundida, como si alguien hubiera aplastado una figura de cera. De la boca le salían burbujas negras. Y detrás, arrastrando los pies, venía Mateo. El niño que no había podido enterrar. El osito colgaba de una mano carbonizada; con la otra señalaba a Gabriel, como si lo acusara.

    No hablaban. Solo gemían, un sonido húmedo y roto que salía de gargantas que ya no tenían cuerdas vocales.

    Gabriel levantó el arma. Le temblaba tanto el brazo que el cañón dibujaba círculos en el aire.

    —Ana… —susurró. La voz le salió como grava.

    Ella dio un paso adelante. El olor llegó hasta él: carne quemada, orina vieja, algo dulzón y podrido que era peor que la muerte.

    Apuntó a la cabeza de su mujer. El dedo en el gatillo parecía pesar cien kilos.

    No pudo.

    Bajó el arma lentamente hasta apoyarla en su propia sien. Cerró los ojos. En la oscuridad vio el caballo alado que Lucía nunca terminaría de colorear.

    Gatilló.

    El estallido fue breve, casi educado.

    Cuando el cuerpo de Gabriel cayó al suelo, los tres no-muertos entraron en el piso. Se quedaron quietos un momento, mirando el cadáver fresco con algo que podría haber sido hambre o podría haber sido tristeza. Luego, muy despacio, se tumbaron a su lado: la madre abrazando lo que quedaba del padre, la niña acurrucada contra su pecho, el niño pequeño agarrando el osito y la mano inerte de su papá.En el silencio que siguió, Madrid siguió ardiendo sin llamas.

    Y la humanidad, lo que quedaba de ella, terminó allí, en un piso de Carabanchel, entre dibujos de caballos con alas y una foto familiar que nadie volvería a mirar jamás.
     
    #1
    Última modificación: 27 de Febrero de 2026 a las 6:15 PM
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  2. Luis Libra

    Luis Libra Atención: poeta en obras

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    Me has recordado a Stephen King en versión madrileña, jeje. Escribes muy bien, Kein. Te felicito.
     
    #2
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  3. Alde

    Alde Miembro del Jurado/Amante apasionado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    La caída de la civilización, el sufrimiento, y la pérdida familiar a través de la tragedia.

    Saludos
     
    #3

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