Cecilya
Cecy
Tienen límites confusos entre sus capas de maquillaje
y el comienzo del rostro
son villanas de telenovela
señoras con un nombre de doble consonante
Michelle, Linette, Alinne…
la letra repetida es primordial para acentuar el poder
la fuerza que imprimen a la causa de tener amarrado al protagonista
y repiten “es y será mío” tantas veces como les resiste la garganta.
Ellos pueden ser Juan Eduardo, José Augusto, Pedro Martín
con apellidos tan largos como trenes
partidarios de las copas y el fijador capilar
fundamentalistas del espejo
cultores de la barba candado perfecta cual tatuaje.
Y las buenitas angelicales, pálidas como fantasmas
enfermizas, lloronas
híbridas entre gato siamés y hada de cuento infantil
con menos carisma que una sopa fría en invierno
patéticas, vomitivamente estúpidas
que traicionan sus seudo principios en la cama del galán.
Las que acopian también al amigo que se dice sincero
hambriento y hormonal igual que el portador del apellido de tren.
Y después, en roles dignos, más decentes
tal vez la tía, una hermana mayor
alguna mujer sabia que conoce de hierbas
un sacerdote honesto
un vecino solidario
gente normal
aquellos que no son escuchados
los que advierten sobre el caos antes de que se presente
y que reciben la razón cuando ya está todo roto.
Yo veo en la novela un claro pantallazo
el resumen de alguna comunidad, una muestra
un escenario de malvados pequeños en espíritu
que no quieren robarse un diamante o dominar el mundo
solo aspiran a sudar entre las sábanas
para matar el tedio de sus días
y alimentar un ego que parece tenia.
Veo que ciertas tontas cabezas de humo
jamás aprenden a sortear el engaño incluso siendo prevenidas
que permanecen ciegas frente a la mentira de los inescrupulosos
y la de los solapados que se les arriman fingiendo.
Empatizo con la gente sensata
los ignorados, criteriosos, los silenciosos de bajo perfil
esos roles secundarios que no se destacan mucho
los que ni con el mayor esfuerzo y buena voluntad
podrán cambiar la necedad ajena.
En la ficción
y en la vida.
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y el comienzo del rostro
son villanas de telenovela
señoras con un nombre de doble consonante
Michelle, Linette, Alinne…
la letra repetida es primordial para acentuar el poder
la fuerza que imprimen a la causa de tener amarrado al protagonista
y repiten “es y será mío” tantas veces como les resiste la garganta.
Ellos pueden ser Juan Eduardo, José Augusto, Pedro Martín
con apellidos tan largos como trenes
partidarios de las copas y el fijador capilar
fundamentalistas del espejo
cultores de la barba candado perfecta cual tatuaje.
Y las buenitas angelicales, pálidas como fantasmas
enfermizas, lloronas
híbridas entre gato siamés y hada de cuento infantil
con menos carisma que una sopa fría en invierno
patéticas, vomitivamente estúpidas
que traicionan sus seudo principios en la cama del galán.
Las que acopian también al amigo que se dice sincero
hambriento y hormonal igual que el portador del apellido de tren.
Y después, en roles dignos, más decentes
tal vez la tía, una hermana mayor
alguna mujer sabia que conoce de hierbas
un sacerdote honesto
un vecino solidario
gente normal
aquellos que no son escuchados
los que advierten sobre el caos antes de que se presente
y que reciben la razón cuando ya está todo roto.
Yo veo en la novela un claro pantallazo
el resumen de alguna comunidad, una muestra
un escenario de malvados pequeños en espíritu
que no quieren robarse un diamante o dominar el mundo
solo aspiran a sudar entre las sábanas
para matar el tedio de sus días
y alimentar un ego que parece tenia.
Veo que ciertas tontas cabezas de humo
jamás aprenden a sortear el engaño incluso siendo prevenidas
que permanecen ciegas frente a la mentira de los inescrupulosos
y la de los solapados que se les arriman fingiendo.
Empatizo con la gente sensata
los ignorados, criteriosos, los silenciosos de bajo perfil
esos roles secundarios que no se destacan mucho
los que ni con el mayor esfuerzo y buena voluntad
podrán cambiar la necedad ajena.
En la ficción
y en la vida.
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