Sonaban los clarines al borde de la sierra,
bajo un cielo de bronce cabalgaban los hombres;
temblaban estandartes anunciando la guerra,
levantando en el polvo la memoria y los nombres.
Retumbaban los cascos por los hondos caminos,
despertando en la tierra su latido inmortal;
las montañas dormían entre brumas y trinos,
y en los viejos barrancos suspiraba el vendaval.
Marchaba en la vanguardia un cansado Alejandro,
no el señor de los mundos que la historia escribió,
sino un hombre perdido que buscaba en lo hondo
una verdad más firme que la gloria encontró.
Había visto imperios consumirse en ceniza,
templos abandonados y coronas caer;
comprendiendo en silencio, tras la sangre y la prisa,
que el poder de los hombres también ha de ceder.
No luchaba por fama ni soñaba victorias,
ni esperaba que el tiempo lo volviera inmortal;
defendía en su pecho las pequeñas memorias
que resisten al fondo del naufragio final.
Y una noche en la estepa, junto al fuego encendido,
mientras duerme la hueste bajo el frío del rey,
preguntó a las estrellas con el corazón herido:
—¿Qué conquista en la tierra permanecerá en pie?
Y el viento respondió deshojando la llanura,
como reza en silencio la voz de una oración:
—Solo vence en la vida quien derrota la oscura
vanidad que se esconde silenciosa en su interior.
Entonces Alejandro contempló su armadura,
vio reflejado en ella su cansancio mortal,
y entendió que la gloria no era más que espesura
cubriendo con espejos la pobreza final.
bajo un cielo de bronce cabalgaban los hombres;
temblaban estandartes anunciando la guerra,
levantando en el polvo la memoria y los nombres.
Retumbaban los cascos por los hondos caminos,
despertando en la tierra su latido inmortal;
las montañas dormían entre brumas y trinos,
y en los viejos barrancos suspiraba el vendaval.
Marchaba en la vanguardia un cansado Alejandro,
no el señor de los mundos que la historia escribió,
sino un hombre perdido que buscaba en lo hondo
una verdad más firme que la gloria encontró.
Había visto imperios consumirse en ceniza,
templos abandonados y coronas caer;
comprendiendo en silencio, tras la sangre y la prisa,
que el poder de los hombres también ha de ceder.
No luchaba por fama ni soñaba victorias,
ni esperaba que el tiempo lo volviera inmortal;
defendía en su pecho las pequeñas memorias
que resisten al fondo del naufragio final.
Y una noche en la estepa, junto al fuego encendido,
mientras duerme la hueste bajo el frío del rey,
preguntó a las estrellas con el corazón herido:
—¿Qué conquista en la tierra permanecerá en pie?
Y el viento respondió deshojando la llanura,
como reza en silencio la voz de una oración:
—Solo vence en la vida quien derrota la oscura
vanidad que se esconde silenciosa en su interior.
Entonces Alejandro contempló su armadura,
vio reflejado en ella su cansancio mortal,
y entendió que la gloria no era más que espesura
cubriendo con espejos la pobreza final.
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